Santiago Segovia Pérez

Soy consciente de que se ha escrito mucho sobre esto, pero a pesar de no ser antropólogo ni tampoco arqueólogo, creo poder entender en cierta medida el propósito por el que nuestros antepasados tenían la costumbre de atesorar ciertos restos de los animales que capturaban.

Posiblemente, las motivaciones mágicas o espirituales les indujeran a ello como forma de atraer o congraciarse con el ser dueño de los animales que eran sus presas. También es posible que, una vez más evolucionados, el poder ostentar estos adornos pudiera suponer una cierta afirmación personal y una exhibición de su destreza cazadora que hiciera a su propietario más prestigioso, dada su condición de exitoso venador, con las implicaciones que esto tiene para un grupo familiar o tribal.

Sin embargo, con el devenir de los años la persecución de un trofeo cuanto más puntuado mejor, se ha convertido en una suerte de irracional carrera, cuya única finalidad es cebar la vanidad de su poseedor, tratándose de conseguir aún a costa de pasar por alto las más elementales normas de la ética, de la decencia personal y, porque no, de la legalidad.

Cuernos y cuernas

Y digo irracional, porque no tengo muy claro que el trofeo con más puntos sea el más difícil de conseguir, el que nos suponga un lance más oneroso y el que represente de verdad la extracción de un animal que ya ha aportado al acervo genético de su medio todo su potencial.

Hablando del elemento más comúnmente aceptado como trofeo, es decir, la cornamenta, podemos descubrir que existen dos tipos fundamentales; un tipo que se produce de forma continua y gradual, y que se conserva durante la vida de su portador, con el ejemplo del macho montés o el muflón, y que se llaman cuernos, y otro tipo de carácter renovable anualmente, como lo que presentan el venado o el corzo, y que se llama cuerna. El cuerno se constituye y engrandece por un proceso acumulativo permanente, por lo que inicialmente y sin analizar otras cuestiones, se manifiesta el principio de que a más cuerna, más edad.


Muflón (Autor: Carlos Sanz)

Esto es una simplificación absurda, porque evidentemente un mejor estado de salud, una mejor alimentación, una mejor gestión en suma, pueden producir una cuerna más larga y más gruesa en igual o menor tiempo, pero simplemente estoy valorando este aspecto a igualdad del resto de condiciones. Por ello, con una cierta experiencia y un buen ojo a la vista del tamaño de los cuernos y el conteo de sus medrones, en el caso de que existan, podremos valorar con bastante precisión la edad aproximada del animal a abatir, con las consecuencias que esto trae consigo, y la aproximación más cercana al principio postulado al comienzo de que ese animal está lo suficientemente experimentado para hacernos el lance peliagudo y además su extracción no supondrá un menoscabo a la calidad del caudal genético de esa población.

Pero, ¿qué es lo que ocurre con los animales que portan cuerna? Aquí se complica un poco la cosa, y además ya no podemos actuar ni de lejos con la misma seguridad de hacer lo que debemos, y menos aún en el caso del corzo.

Como sabemos, la cuerna se renueva año a año a través de un proceso natural que, para el caso del corzo, tan didácticamente se nos explicaba en el número 3 de este boletín. Este proceso de renovación hace que el trofeo que presenta cada ejemplar año a año sea distinto, y tendremos que deducir por la cuerna que presenta ese año, que es la que está en ese momento a nuestra vista, si le ha llegado el momento o nos tendremos que esperar. ¿Cómo hacer eso, si posiblemente no lo hayamos visto en nuestra vida y no volvamos a verlo?

No obstante, existen diferencias notables entre el corzo y su primo el venado. En el venado un gran porcentaje de la responsabilidad de la creación de su cuerna está en la genética, y también, en una proporción parecida, en las condiciones del hábitat en que se desarrolla. No hemos de olvidar que el venado es un animal divagante, si no le cerramos el paso con cercas, por lo que cuando vemos la cuerna de un venado vemos la expresión de su calidad genética y de su pericia, que quizás sea genética también, para encontrar, allá donde se hallen, las mejores condiciones para su desarrollo, sin ataduras a ningún territorio, por lo que en realidad estamos viendo elementos que son fundamentalmente aspectos ligados a su genotipo.

Sin embargo, en el corzo el caso es opuesto. Con este animal la genética es hasta cierto sentido accesoria. Está demostrado que la calidad de la cuerna de un corzo, o de una población de corzos, se basa en elementos ambientales, no genéticos. No voy a abundar mucho en las ideas expuestas por los hombres de ciencia, pero resumiendo podríamos decir que una buena formación del tejido óseo del feto, una rica alimentación en proteínas y energía durante la formación de la cuerna, y una ausencia de estrés poblacional o por falta de tranquilidad, con todas las ventajas que esto conlleva, nos conducen a una creación de cuernas de buena calidad en gran proporción, por lo que el hábitat donde se desarrolle esta población de corzos y la reciente colonización del mismo es la clave de la calidad. En realidad cuando un macho luce su cuerna está mostrando la calidad de su territorio, al que ha accedido de forma casual divagando tras ser expulsado de los pagos que le vieron nacer, y sus bondades como territorio de cría, porque es una manifestación fenotípica. Pero estos son factores en los que normalmente no interviene el hombre cuando hablamos de esta especie, y soy conocedor de que con su primo el venado ocurre todo lo contrario. Como parto de la base de que una condecoración es el fruto de un trabajo, un esfuerzo previo y un buen hacer, no entiendo muy bien como premiamos algo que la naturaleza o la casualidad ha puesto en nuestras manos sin una dedicación previa.

Los sistemas de medición

Los distintos sistemas de medición y puntuación de las diferentes especies de caza, valoran ciertos parámetros de estos trofeos y asignando coeficientes a cada uno de ellos, engrandecen su importancia o bien, la minimizan, y todo ello, en buena teoría, porque se supone que estos sistemas tratan de valorar más aquellos aspectos del trofeo que coinciden con una mejor selección natural, un mayor vigor y salud, así como con el momento adecuado para proceder a su captura. Es decir, en hipótesis se debería de premiar aquel ejemplar que por sus condiciones físicas cumple una serie de requisitos por los cuales ha demostrado su calidad genética, la ha transmitido sobradamente y ya sólo le queda ser abatido antes de su depauperación por senectud, justo en el momento en el que debería ser más dificultoso el lance venatorio.

Realmente el ver los distintos sistemas de puntuación me hace dudar algo de la oportunidad de estas aseveraciones, porque más o menos cada sistema viene a decir algo muy dispar, y lo que para uno es importante, para otro es considerado intrascendente, llegando en algunos de ellos a una simplificación que hace muy dudosa su eficacia. Como ejemplo tenemos casi todos los sistemas americanos como es el Safari Club International. Se puede observar en el cuadro adyacente la extraordinaria sencillez de su homologación, la ausencia de coeficientes que modifique la importancia de cada medida, y algo sorprendente; se miden igual los corzos que los ciervos sika, ciervos axis, ciervos rusa y sambar. Incluso existe el formato 21 NT, que contempla la homologación de estos mismos trofeos con puntas atípicas, aspecto que merecería una penalización, o incluso la imposibilidad de homologar en el sistema C.I.C.


Obsérvese la simpleza de las mediciones para el trofeo del corzo según el Safari Club internacional. El método empleado, el 21 T, es común para el ciervo axis, rusa, sika, y sambar, así como para el corzo.

Sorprende también que el Safari Club Internacional Hyspania utiliza el método número 13, que es el aplicable para casi todos los ciervos. Todo esto produce una diversidad de criterios que es muy confusa para un cazador normal. Por poner un ejemplo, el que fue récord abatido por Pedro Mateache, arroja con el sistema del S.C.I. Hyspania 147,5 puntos, mientras que con el sistema C.I.C. evacua una puntuación de 207,85. También resulta sorprendente que un animal extraordinario no precise de una homologación contrastada por al menos un segundo medidor oficial.


Este es el método de medición por el SCI para las mismas especies pero con puntas atípicas, entre los que se incluye el corzo también. Este sistema bonifica el hecho de portar este tipo de puntas, frente a las normales.

Tras esto nos encontramos con la medición en verde o fiscal, que ya entra a considerar ciertos aspectos en los que se valora algo de lo que venimos exponiendo, aunque como todos saben las implicaciones de este sistema sólo se dejan sentir en el bolsillo, para bien o para mal, porque de todo hay.

Por último, con el sistema C.I.C. se nota que su creador ha intentado sinceramente explotar las posibilidades que un trofeo nos brinda para, deduciendo de sus medidas y puntuaciones, premiar lo que se debe premiar.


Estos son dos elementos fundamentales para una correcta medición según el sistema CIC. Uno de sus elementos, el dinamómetro, no sería necesario en la mayoría de los demás sistemas. (Autor: Taller de Maker)

Por otro lado, existen infinidad de especies que habitan en lugares muy remotos a las que dudo que se hayan dedicado suficientes estudios como para poder definir los valores de su homologación correcta en función de las hipotéticas premisas que nos conducen a ello. Son varias las especies que habitan a la puerta de nuestras casas, como el corzo, y que se han estudiado pormenorizadamente por los científicos y aún así, existen discrepancias en las valoraciones que cada uno asigna a tal o cual factor. Por citar un ejemplo, los estudios llevados a cabo entre la Universidad de León, la A.C.C.A. y la A.C.E. muestran que la inclinación de las rosetas, el diámetro de los pivotes y el perímetro de ambas rosetas medidas conjuntamente, están en relación directa con la edad, y esto no se tiene en cuenta en las mediciones. No parece que exista una relación directa entre la edad y el perímetro de las rosetas, medidas individualmente, en todas las poblaciones españolas, ya que esa relación sólo parece darse en las poblaciones centrales.


Ingenio utilizado por la Comisión Regional en Castilla y León de la Junta de Homologación de Trofeos de Caza, para evaluar el volumen de la cuerna. Tampoco sería necesario en la mayoría de los demás sistemas. (Autor: Taller de Maker)

Pero sigo un poco adelante. Otro aspecto de la filosofía de la homologación es premiar la mejora genética de las poblaciones animales susceptibles de homologación. Aquí me asaltan unas dudas: ¿realmente la naturaleza pretende que tal o cual parámetro del trofeo sea como los humanos deseamos?, ¿coinciden la selección natural y la evolución con nuestros conceptos?, ¿realmente estamos seleccionando como lo hace la naturaleza?, ¿no cabe la posibilidad de que estemos seleccionando de forma contraria a la natural? Si hemos quedado en que la cuerna del corzo es una manifestación fenotípica, ¿que podemos hacer seleccionando?, y si no se puede hacer nada, como admiten muchos autores, ¿de que mejora hablamos? Por otro lado también se trata de premiar la gestión adecuada que nos conduce a producir esos trofeos, pero eso entraña unos riesgos, porque una correcta gestión se podría confundir con la aplicación de unas técnicas viciadas.

Juzgando un trofeo en el campo

Aún así, hay otra cosa que me alarma también. Otra de las consideraciones básicas a cualquier sistema de homologación habría de ser su apreciación en el campo en la acción de caza. Es decir, el cazador al juzgar el ejemplar antes de proceder al disparo debería ser capaz de poder evaluar, aunque fuese de forma aproximada, todos aquellos parámetros del trofeo que fuesen de importancia y actuar en consecuencia. Desde mi reducida perspectiva puedo asegurar que existen aspectos de los trofeos de los corzos, como sus rosetas o el perlado, que hasta que no poseo el animal entre mis manos son de impracticable juicio, a no ser que nos encontremos a muy reducida distancia, cosa que es irrealizable en la gran mayoría de las ocasiones. En mi asistencia a alguno de los cursos de guías de rececho de corzo he podido comprobar en una de las prácticas que se realizan, que consiste en la evaluación de diferentes trofeos de corzo en campo, las grandes sorpresas que nos llevamos los participantes al ver sobre la mesa los trofeos que previamente hemos estimado, y las grandes desviaciones de nuestras valoraciones frente a la realidad, y todo ello entre experimentados guardas, porque no voy a referir mi caso. Aludo a estos cursos porque esto sucede a la vista de todos sin posibilidad de ocultación, ya que en el campo esta situación sucede a diario, y no hay nada más arduo que inventar posteriormente la excusa para justificar lo injustificable, o la historia que ensalce engañosamente nuestra fortuna. Y es que en esta cuestión sólo nos puede ayudar la experiencia, pero aún así nos equivocaremos. Por ello, ¿qué sentido tiene que se premie a un cazador que realmente no sabe en toda su plenitud y a ciencia cierta lo que está matando? Ilustro este comentario con unas fotografías muy clarificadoras.


Foto 1 (Autor: Santiago Segovia)

Foto 2 (Autor: Santiago Segovia)

Foto 3 (Autor: Santiago Segovia)

En ellas se puede observar una cuerna (Foto 1) que corresponde con un corzo al que las condiciones de luz, esa luz tan especial del crepúsculo que se disfruta durante lo que mi amigo Aníbal García Langa denomina “la hora bruja”, y las mías personales en cuanto a mi moderada capacidad visual, me hicieron sobrevalorar su cabeza en exceso, y el pobre jovenzuelo, al que le deberían quedar muchos días en su vida, los acabó por un infortunado disparo mío.

El segundo (Foto 2) es un claro ejemplo de todo lo contrario. Bien es verdad que la distancia de tiro era bastante larga, pero ni asistidos con la experiencia, o con el ojo incólume a las enfermedades oculares del guarda que me acompañaba, pudimos nunca sospechar lo que acabábamos de abatir hasta que no lo acariciamos entre nuestras manos. Incluyo una imagen (Foto 3) en la que se ven ambos trofeos juntos para que se aprecien mejor las diferencias, y el lector obtenga las conclusiones que considere pertinentes.

Claro está que nos referimos al sistema de caza del corzo por antonomasia entre nuestras inclinaciones: el rececho, pero en una batida ¿cómo se valora el trofeo? Aquí todo se resume en un premio como el de la lotería.

Si esto es así con aspectos que están a la vista, no digo nada del peso o la densidad del trofeo. Eso no lo valoramos hasta que el corzo ha pasado varios días en casa del taxidermista, luego ¿cómo podemos sostener esta teoría? El peso es un factor que se puede intuir visualmente, pero tiene que ver con la densidad de la cuerna. Existe quien afirma que la cuerna del corzo gana en densidad a medida que transcurre el tiempo desde su creación. Como ejemplo citaré el segundo corzo mencionado anteriormente, que como pueden ver ostenta un trofeo extraordinariamente masivo. ¿Cuánto dirían Uds. que pesa? Tan sólo 510 grs. tras el descuento pertinente. ¿Saben cuando se abatió? En abril. Por lo tanto, un proceso natural produciría el que un trofeo en octubre obtuviera mayor puntuación que el mismo trofeo en abril. Entonces, ¿por que no esperar a octubre? Se podría argumentar que habría que esperar a esa época para permitir que este ejemplar procree antes de ser abatido, de manera que su aportación genética de calidad perdure en esa población, pero hemos visto antes que esto es intrascendente para la creación de una cuerna de calidad, y lo normal sería que este individuo ya hubiese procreado, aunque en esto nos encontraríamos muchas sorpresas si lo analizáramos en profundidad, como mencionaremos más adelante.

Puntuación complementaria

Pero aún voy un poco más lejos. En teoría, una vez más, la medalla que se otorga a un trofeo es el premio que se otorga también a su “criador”, es decir, a aquel que con sus desvelos y esfuerzos aplicando una gestión correcta, ha conseguido uno o varios ejemplares que destacan entre el común de su especie. Pero lo que ocurre es que aquí cabe casi todo, y digo casi todo porque a Dios gracias con el problema de la contaminación genética parece que nos estamos concienciando, pero en algunos casos se aplican prácticas de gestión que se podrían incardinar perfectamente entre las rutinas zootécnicas de cualquier ganadería, y los animales de caza no son ganado.

Sinceramente creo que a la hora de homologar, si es que se pretende hacerlo, se deberían considerar otros aspectos complementarios a los que correspondería tener un gran peso en la puntuación: el esfuerzo físico y/o la destreza necesarias para culminar el lance, y eso dentro de un baremo para cada especie, dificultad del mismo, distancia de tiro, ayudas empleadas –no sólo en equipamiento, sino con la presencia de un guía o guarda-, grado de salvajismo del ejemplar, tipo de finca: abierta o cerrada, orografía de la misma, vegetación, densidad de la especie, repoblaciones e introducciones realizadas, guardería existente, modelo de gestión y sus técnicas, etc., pero hay uno que destacaría sobre los demás: la edad del ejemplar. Los estudios realizados demuestran que los corzos que normalmente se abaten no tienen más de tres o cuatro años de edad a lo sumo, y lo cierto es que con nuestro corzo sí se cumple el axioma de que con la edad nos ofrece una mayor dificultad de captura, luego debería ser una parte fundamental en su homologación. Para que se hagan una idea el corzo de la cuerna espléndida tan sólo tiene cinco años de edad, y en el estudio sobre la cuerna y su relación con la edad se ha tasado la edad de un ejemplar medalla de oro ¡con tan sólo un año!

Sin embargo, alguien podría tacharme de incoherente al defender la valoración de algo, como es la edad, que en el lance de caza es imposible determinar más que de forma aproximada por los ademanes y gestos del animal, apreciación que lo más que nos permitiría concretar es la definición entre tres clases de edad: joven, adulto y viejo. Pero resulta que, como hemos dicho antes, en la puntuación de un trofeo de corzo se emplean mediciones de magnitudes que poco o nada pueden ser advertidas por el recechista, luego ¿por qué no lo va a ser ésta de la edad, que si nos ofrece una cierta aproximación, y además es claro exponente de la dificultad de nuestro reto?

Aún así es evidente que en la sucinta relación apuntada hay aspectos que podrían ser falseados y posiblemente sean de nula aplicación práctica por su imposible contraste, pero hay otros que son más difíciles de falsificar, como el tipo de finca, la dificultad del terreno, la densidad, el modelo de gestión y la edad del individuo, que podrían ser realmente auditados por el organismo homologador, de manera que cada trofeo tenga que acompañarse de su mandíbula intacta, y la finca que pretenda homologar trofeos haya de pasar previamente su propia certificación, por la cual cada trofeo ya tenga una determinada clasificación o coeficiente de puntuación en función de la categoría de la finca de procedencia. De esta manera un trofeo se le puntuaría normalmente por el sistema tradicional, que en nuestro país suele ser el C.I.C. y una vez obtenida su puntuación, se le aplicaría un coeficiente de corrección en función de la edad y la clasificación de la finca. Este coeficiente significaría una bonificación o demérito porcentual a aplicar sobre la puntuación base obtenida.

Ética y caza

Es curioso observar como los americanos prestan una especial atención a la ética en la acción de caza. Los más cuidadosos son los miembros del Boone and Crockett Club, quienes han de firmar en el reverso de la ficha de homologación un completo affidávit, en donde se declaran entre otras cosas que no se han empleado medios aéreos o motorizados para localizar la caza y aproximarse a ella, luz artificial, equipos electrónicos de comunicación, vallas, trampas, anestésicos, o se ha efectuado su captura cuando nadaban o tenían dificultades motoras por la nieve, o no se han observado completamente las reglamentaciones específicas, incluyendo en éstas las propias de las tribus donde se lleva a cabo la acción de caza. Esto a nosotros nos resulta extraño, pero un poco de concienciación no nos vendría mal, entre otras cosas, porque si se demuestra que la declaración es falsa quedan sin efecto todas las homologaciones anteriores, y se inhabilita al cazador para las futuras, que le quedan imposibilitadas.


Esta es la declaración jurada que todos los miembros del Boone & Crockett Club han de firmar al proceder a la homologación de sus trofeos.

Conclusiones


Un gran lance, para un gran corzo; de los que dan sana envidia. Corzo abatido por Pablo Ortega en El Enebral en un lance justo, intachable y dificultoso. El animal fue abatido a más de 150 m. en un terreno con mucho matorral, escarpado y abrupto, con una entrada arriesgada, a las 22 hs. de la noche. Presentó una edad de ocho años, era tuerto y fue capturado después de haber pasado el celo, por lo que mostraba un clarísimo debilitamiento. Aún a pesar de ello superó con creces la medalla de oro. (Autor: Pablo Ortega)

A mi modo de ver, aunque el sistema de homologación actual implantado en España es acertado en términos generales, sería necesaria una participación más directa de los científicos para terminar de pulirlo en el sentido de que se premien los animales que realmente lo merecen. En esto sería básico determinar la edad de cada animal y asignarle un coeficiente corrector a cada clase de edad, añadiendo o disminuyendo puntos. El combinar en esta puntuación aspectos relacionados con las características de la finca y su modelo de gestión, previa clasificación de la misma, también sería crucial. Esta clasificación se efectuaría con la simple cumplimentación de un formulario en donde se declararían los aspectos influyentes del coto, que se podrían comprobar aleatoriamente por un inspector del organismo homologador. Haría declarar al cazador que ha cumplido unas mínimas reglas éticas, y por último, erradicaría la práctica habitual de la publicación de las listas de trofeos con los nombres de sus cazadores, ya que lo único que se consigue es dar lisonja a su vanidad y fomentar una enfermiza competitividad, que a nada bueno conduce.

La homologación de un trofeo debería ser la ratificación de una excelencia en la gestión natural de una especie, en condiciones de salvajismo y libertad, llevando a cabo unas prácticas cinegéticas de la mayor dignidad y honestidad, con el máximo respeto a la ética y a la legalidad, y en condiciones de máxima dificultad para el cazador.

Reconocimientos

Mi agradecimiento a Gerardo Pajares y Florencio Markina, por aclararme ciertos aspectos de la ciencia a los que mi corto entender no llegaba, y en especial a Gerardo por invitarme e incitarme a la escritura de este artículo y realizar su posterior corrección.