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El grito íntimo
Juan Pedro Juárez
Gracias a Dios, echo a diario más de doce horas de campo y tanto va el cántaro a la fuente… que me encuentro con un montón de anécdotas curiosas que, por descabelladas, extrañas o, simplemente, por ser fruto de alguna buena siesta, no dejan de ser interesantes. Quizá algún conato de insolación, o algo parecido, me llevó a vivir una de estas situaciones estos días de atrás. Quisiera compartirla con ustedes.

La poligamia de los ciervos implica un gran dimorfismo sexual, sobre todo del tamaño corporal, para que el macho pueda hacer frente a sus rivales mediante luchas o, simplemente, ahuyentarlos por su imponente físico.
Una de esas tardes en las que me echo al monte, me senté tranquilamente en un alcornocal a observar el paisaje, cuando oí que alguien me llamaba:
—Psss, ¡eh, usted!
Me volví sobresaltado y vi a un venadete bueno, de tercera cabeza, mirándome fijamente.
—¡Eh, tú!, ¡fuera!, ¡vete de aquí!
—No quiero —escuché detrás de mí—, me estoy preparando un picadero y tú estás en medio de él.
Pueden imaginar los momentos que pasé buscando a quien me estaba intentando gastar una broma. Mientras, me venía a la mente una frase de un guarda de Gredos que siempre me decía que a él no le inquietaba hablar a las cabras; lo que le preocupaba era cuando aquéllas le contestaban. Tras largo rato de dudas acerca de mi estabilidad mental, mirando fijamente al venado, le pregunté:
—¿Eres tú quien habla?
Moviendo su hocico (¡yo lo vi!), contestó:
—Sí.
Mi reacción fue inmediata y exclamé:
—¡Hombre!, un venado que habla.
A lo que él, secamente respondió:
—Todos hablamos. Pero no conocía a ningún humano que nos entendiese. Tú parece ser que sí.
No sin pensar que estaba loco del todo, me atreví a preguntarle sobre la vida de los de su especie: una oportunidad así no se podía dejar pasar. Me contó que, incluso siendo joven, me podía informar bien, ya que su padre había sido un venado que había llegado a viejo y de quien pudo aprender mucho.

La estructura sexual de los cérvidos es el harén, en el que un macho acapara a varias hembras para cubrirlas. © Guy Fleury.
Le llamaban «el del Arenal», como a su padre, porque en el lecho de un reguero y alrededores tuvieron localizada su vida. Tras la primera berrea que viví, mataron a mi madre y, aun siendo un gabarrón que lucía nada más que los pivotes óseos, mi padre, dos hermanos suyos y dos míos, me aceptaron en su pelota. Mis tíos eran tres parideras posteriores a él y mis hermanos eran un vareto, o primera cabeza de seis puntas, y un hermano de padre y madre de segunda cabeza, con trece. Así que allí iba yo con dos pivotes por toda arboladura pareciendo, entre ellos, el estrambote. Mi padre hablaba mientras nos contaba sus batallas, sus ardides y sus amores. Yo le escuchaba con atención, pero no le entendía. «Tengo ya siete años —comentaba una mañana a la vuelta del careo— y soy el más viejo de estos contornos. He saltado muchas veces la valla y no he llegado a conocer ningún macho de mayor edad. Cierto es que, a partir de ahora, la cuerna quizá me mengüe, pero todo dependerá de la vida que llevemos y que nos dejen llevar».
—Cuando mataron a mi padre —expuso— ocupé el arenal y, entre zarzas y junqueras, descubrí doce ciervas. Suponiendo que del verde y del agua no se irían, las defendí ante otros venados con toda valentía e, incluso, a veces, con saña.

La brama del ciervo es un estímulo coital auditivo, que sirve para el acercamiento de las hembras. © Custodio Torres.
«Tú pequeño —me decía mi padre— no te asustes cuando tus hermanos y yo mismo comencemos a ignorarte, ni cuando te gritemos e incluso te persigamos. Lo que tienes que hacer es pegarte a las hembras, y si no te pones mucho en mi camino, mis fiebres de berrea no te perseguirán. Pronto nos verás restregar nuestras cuernas contra alisos y chaparros: hay que quitarles la correa y ese color blanco tan ridículo que se les queda; tú harás lo mismo. Y, tras el primer bramido de pasión, huye a la cárcava y observa. Verás cómo nuestros tripones cuerpos, hinchados por la paja del verano, merman tras los gritos de guerra y las carreras de pelea. Oirás los estampidos de las cuernas y los gemidos de aquéllos cuyos cuellos se retuercen bajo las arboladuras de los poderosos. Algunas veces podrás oler la sangre, e incluso, no te niego que en alguna ocasión puedas llegar a sentir el hedor de la muerte».
«Y a vosotros —dijo a mis hermanos— que va a ser vuestra primera berrea y ganas tendréis de tener vuestras hembras, os diré que la primera tarde que me veáis con gesto torvo, tenso y nervioso, os vayáis, busquéis un grupo de vuestra edad y ensayéis futuras luchas y, si podéis, usad vuestros amores de forma furtiva en un descuido de un nuevo sultán».
«Creo —añadió— que, como todos los años, mis ciervas no saldrán de la cárcava, vendrán pronto, las cubriré lo antes posible y durante la época fuerte de los amores podré estar tranquilo sabiendo que, aunque algún mozalbete intente montarlas, ya estarán preñadas. Dudo que osen tocarme el harén; estos últimos años me han servido para afianzar mi picadero y, si alguien intenta inmiscuirse dejaré que el intruso se acerque hasta las arenas blandas y saldré a por él desde el centro de la cárcava, con posición algo más alta que él para que, tras la primera embestida, hunda sus patas en la arena y quede a mi merced. Mis bramidos resonarán, utilizaré la cárcava para potenciar mi voz y, una vez más, mis hembras parirán los mejores frutos de esta sierra. Cuando estas puntas de terciopelo se endurezcan y las limpie, volveré a ser, con el tronar de mi garganta, el rey del arenal, bramando y procreando de noche; sesteando —siempre atento— desde la solanita de la cárcava, durante el día; vigilante y peligroso para aquel que quiera robar mis amores, y un fantasma invisible, pero patente, para los humanos. Dentro de dos o tres cabezas, cuando mi cuello empiece a estar lacio, mis puntas romas y mi cuerna angulosa; cualquier tarde saldré a su encuentro y les gritaré: «Aquí estoy. Matadme a mí porque a mi simiente no la venceréis nunca». En aquella, mi primera berrea, aún siendo un gabarrón y ya con siete puntas, mi padre me hizo sentir un privilegiado. No salía de su cárcava, nadie le retaba y todos temían que, en sus ansias de amor, saliese a la vega para cubrir a treinta ciervas más. Él no salía. Conocíamos su secreto: su robusta cuerna se debía a sus padres, mucha comida, pocos amoríos y, por ello, poco desgaste físico.

La berrea es una ocasión no sólo de conseguir un gran trofeo, sino de poder efectuar una correcta gestión de machos al permitirnos observar más fácilmente a ejemplares selectivos. © Custodio Torres.
Emocionaba verle en su solanilla sesteando, asomando su maravillosa cuerna por encima de las jaras, rodeado de sus ciervas, mientras, en la vega, una docena de machos inferiores se dejaban la vida por un puñado de hembras demasiado jóvenes. Ésa fue la berrea en la que mi padre mejor puso de manifiesto que él era el sultán de aquellos contornos. Las dos veces que luchó lo hizo con una saña desbordante. Sus hembras eran las mejores, cubiertas a tiempo y con unos primales envidiables. Pero las malas artes de un hombre traidor convirtieron aquella berrea en la peor de mi corta vida. Los humanos tentaron con hierba fresca a las ciervas de mi padre. Cuando un atardecer salieron a por el apetitoso verde, me fui con ellas como mi padre me enseñó. Al llegar al improvisado comedero, sentí algo raro; pero los bramidos de mi padre reclamándonos para que volviésemos, me impidieron ver lo que me inquietaba. Cuando mi padre llegó a nuestra altura un ruido metálico me hizo reparar en aquel hombre escondido tras las alpacas. Mi grito se fundió con el disparo: “¡Padreee!”. Allí me quedé, solo, con él, mientras los humanos realizaban su ritual: felicidad ante la muerte de un ser que reflejaba todo el poder de la sierra».
Ahora, acabando estas líneas y con «los del Arenal», padre e hijo, colgados frente a mí, me abrasa la pena. No me atreví a decirle que el traidor de las alpacas era yo, que no olvido los once días que su abuelo tardó en dar el codillo y no encontré palabras para explicarle que vivimos por y para ellos, que nos desvivimos para que tengan comida, que los conocemos, que les hablamos, sabemos cuándo nacen, dónde carean, dónde gastan y cuándo sufren. Y que, por ese ansia de dominar nuestro entorno, pretendemos decidir cuándo mueren, aunque su muerte sea, para nosotros, la única forma de mantenerlos a nuestro lado.
La luz influencia la época reproductiva

Las hembras escogen a los ejemplares más grandes y fuertes para asegurar que su prole reciba unos genes igual de «poderosos» que aseguren su supervivencia futura.© Guy Fleury.
Los ciervos se consideran animales de «estación sexual de días cortos»: la glándula pineal es una glándula «reloj» o «cronológica», ya que percibe las sensaciones luminosas del medio ambiente y hace que el organismo animal conozca la diferencia entre día y noche y las diferentes estaciones del año. Esta glándula segrega la melatonina que influye sobre la reproducción y se produce durante la noche en forma de ondas pulsátiles, induciendo a la liberación de hormonas sexuales (gonadotropinas), que en las hembras provocan el inicio de la actividad sexual en determinados períodos del año —aumentando la actividad ovárica, apareciendo el celo— y en los machos determina el incremento de la espermatogénesis, el aumento del tamaño testicular y de la líbido.
Ya hemos dicho que la melatonina se segrega por la noche. Como la duración del día no es igual todo el año, los cérvidos se clasifican en el grupo de «animales de estación sexual de días cortos», ya que su actividad sexual coincide con la época en la cual las noches empiezan a ser más largas (se segrega más melatonina al haber más horas sin luz) y los días más cortos, dentro de unas condiciones climáticas favorables: fin del verano y otoño.
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