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Aguila Real
Familia: Accipítridas
Aquila chrysaëtos
Especie Protegida
 
 
       
Longitud: 
  90 cm.  
       
Habitat: 
  Montañas y riscos  
       
Identificación: 
  Casi uniformemente oscuro, con matiz dorado en la cabeza; pico pesado y poderoso; alas excepcionalmente largas; hembra mayor que el macho.  
       
Nidificación: 
  Ambos sexos construyen o reparan nidos en noviembre o diciembre; puesta, marzo o abril, usualmente dos huevos blancos, a menudo con marcas pardo rojizas; incubación, alrededor de 50 días, principalmente por la hembra; los pollos, alimentados por ambos padres, dejan el nido tras unas 12 semanas.  
       
Alimentación: 
  Liebres, conejos, perdices, corderos ( raramente ) y carroña.  
       
 
 
No hay ave que se pueda comparar en majestuosidad al Aguila Real. Esta enorme rapaz vuela sobre las cumbres montañosas, desplegando las alas en una envergadura de algo mas de dos metros, mientras escudriña el cielo y la tierra en busca de su presa. Luego se lanza hacia la víctima a una velocidad de 150 kilómetros por hora y cae para apresar una liebre, perdiz o conejo. Ocasionalmente las águilas capturan corderos, aunque normalmente solo los que están débiles por falta de alimento. Comen también carroña.

Las Aguilas Reales se emparejan para toda la vida y tienen normalmente dos o tres puntos concretos de nidificación para elegir entre ellos; estos lugares se hallan situados a distintas alturas, variando la distancia entre ellos, que a veces puede ser mínima, escasamente 20 metros. Frecuentemente utilizan estos puntos en rotación.

El nido escogido, un gran montón de ramas colocadas en saliente o cornisa de montaña, y muy raras veces en un árbol, va aumentando de tamaño al paso de los años. Lo reparan antes de la estación de cría y a menudo lo engalanan con vegetación fresca. Según van creciendo los pollos el nido se va cubriendo de un deposito de huesos, restos del alimento aportado por los adultos.
 
 
     
Información Adicional:
     
  El Águila real Aquila chrysaetos es el más extraordinario de todos los pájaros que vuelan por los cielos de Iberia. El espectáculo que ofrece cuando se remonta con las alas bien desplegadas e inmóviles y dobladas las primarias hacia arriba, como si una invisible corriente de aire la elevara suavemente, no puede ser con facilidad olvidado ni comparado a cualquier otro de los muchos que la Naturaleza ofrece todos los días al observador, qué tiene puestos el corazón y la mirada en las cumbres y riscos de las montañas.

La subespecie que habita la Península Ibérica Aquila chrysaetos homeyeri posee ligeras variaciones, probablemente de origen clinal en el tamaño, que es menor, y en la coloración más oscura, con los matices poco marcados, menos que en la forma tipo Aquila chrysaetos chrysaetos del norte de Europa.

Las águilas adultas de la subespecie homeyeri tienen la cabeza y la nuca cubiertas con plumas muy características de forma lanceolada y color marrón amarillento, que es dorado en la subespecie chrysaetos, con la particularidad, además, que estas plumas no son en la subespecie ibérica tan alargadas. El dorso de las alas y la espalda son marrones muy oscuros. La cola es oscura hacia el final y algo más clara en el nacimiento, donde está irregularmente franjeada de marrón y gris oscuro con las puntas de las rectrices negras. Cuando se ve al águila por encima a no mucha distancia, se aprecia que el plumaje de la espalda apunta un matiz rojizo y las plumas cobertoras alares, que tienden a parduzco, forman unas manchas blanquecinas que pueden ser bien observadas cuando al planear cerca de un risco, o pared rocosa se ladea para dar la vuelta. Por debajo, las plumas son totalmente marrón oscuro, algo más pálidas que por encima, salvo una zona más clara que se aprecia en el nacimiento de las plumas de vuelo (primarias y secundarias), que forma como una línea diagonal a través del ala y que solo se puede observar bien con los prismáticos cuando el águila sobrevuela planeando. Unicamente muy de cerca o en águilas naturalizadas se puede apreciar el color pardo rojizo de las plumas infracobertoras caudales (bajo el nacimiento de la cola). La cera y las patas son amarillas, el iris de color avellana y el fuerte pico y las uñas negras, aquél más pálido en la base.

El plumaje de adulto no lo alcanza hasta el sexto año de vida y, naturalmente, pasa antes por varios estados de transición en los que hay una considerable variación en el color, lo que origina confusión al calcular las edades. Los muslos y parte de los tarsos están cubiertos con «pantalones» marrón amarillentos, a veces blancos.

Los jóvenes en su primer año de vida son realmente fáciles de identificar por tener en general el plumaje de color marrón mucho más oscuro que el de los adultos, al extremo de que casi parece negro. Además, la base de las plumas de vuelo, primarias y secundarias, es blanca, lo mismo que la cola, teniendo ésta una ancha banda subterminal muy oscura, casi negra. Aunque estos caracteres son visibles tanto por encima como desde abajo, las manchas blancas son menos extensas en el dorso de las alas, ya que prácticamente sólo alcanzan a la base de las plumas primarias, mientras por debajo en algunas juveniles llegan casi hasta el cuerpo. A partir del segundo año los inmaduros pierden gradualmente las manchas blancas hasta que al poseer el plumaje completo de adultos, éstas prácticamente desapareen. Lo mismo sucede con el tercio blanco de la cola, que pasa a estar casi totalmente oscurecido y confundido con la banda terminal, que ahora llega también hasta la punta misma de las rectrices.

El iris es mucho más oscuro que el le los adultos, pero la cera y las patas son también amarillas. Durante tres o cuatro años las sucesivas mudas cambian totalmente el plumaje, alcanzando el de adultos, como ya se ha dicho, al sexto año de vida, en que aquel plumaje se aclara en las alas y el cuerpo y ya han desaparecido para entonces totalmente las manchas blancas.

Estas descripciones corresponden a un patrón de plumaje en su desarrollo normal; sin embargo, se pueden apreciar variaciones individuales en todos los estados. Algunos ornitólogos han querido ver en ellas nuevas subespecies, pero ninguna ha sido admitida como tal por la forma irregular en que se manifiestan. Una variedad que rara vez se ve en los Alpes franceses tiene los hombros blancos, casi como los del Aguila imperial Aquila heliaca.

Los sexos del Aguila real son semejantes en cuanto al color del plumaje, pero las hembras son algo mayores que los machos y parecen bastante más pesadas. También en el carácter y en las actitudes puede haber alguna distinción de manera que permitan la separación de los sexos, ya que ésta no es posible atendiendo sólo al color del plumaje. En general, pare siempre que el macho se muestra más nervioso en su conducta, estando más tiempo en vuelo que la hembra, que, desde luego, durante la época de la cría, pasa grandes intervalos posada, pero esto también sucede el resto del año. En el invierno el macho realiza muy frecuentes picados sobre el lugar donde habitualmente permanece quieta la hembra. Esta parece volar más reposadamente y cuando la pareja está junta, observándolos atentamente pueden distinguirse por la ligera diferencia de tamaños.

El Aguila real es un pájaro de fuerte estructura, pero muy bien proporcionado. En el vuelo la cabeza sobresale hacia adelante, más que en el Ratonero común Buteo buteo y menos que en el Aguila imperial. Las alas no dan la sensación de ser rectangulares sino muy bien graduadas con los bordes posteriores ondulados. La cola es ancha pero no corta, la más larga entre las águilas y casi tanto como la anchura de las alas. Al remontarse o cuando se cierne al ver el pájaro de frente las alas forman una amplia V con las primarias dobladas hacia arriba y desde abajo y si no hay viento se aprecian también ligeramente dirigidas hacia adelante.

Cuando vuela hacia lo lejos o directa a un posadero bate las alas profunda y poderosamente. Se dice que es la más elegante de todas las grandes águilas y que mantiene el ritmo y un perfecto control de sus acciones aun con el más fuerte viento.

Los adultos pueden ser confundidos en una somera observación con el Aguila imperial, pero ésta no es tan ágil al volar y su plumaje es diferente, lo mismo que la silueta de vuelo cuando se ve desde abajo, ya que tiene las alas más rectangulares y al remontarse también lo hace con alas más rígidas y planas, no levantadas ni dirigidas hacia adelante. Probablemente exista mayor confusión cuando se ve de lejos con el Ratonero, con el que tiene en común parecida silueta y vuelo con alas en V, aunque, por supuesto, es de mucho mayor tamaño. Además, sucede que el Aguila real no parece, cuando se la ve a distancia, el gran pájaro que es y resulta entonces necesario establecer un punto de comparación con otra especie que vuele próxima, lo que no es difícil por los continuos amagos de ataques que sufre por parte de otras aves de presa y sobre todo de los córvidos.

El Aguila real vive con preferencia en zonas montañosas, pero no es infrecuente en lugares de baja altitud dentro de su general escasez en el país, ocupando páramos, monte bajo y zonas despobladas.

Como todos los pájaros, siente preferencia por determinados lugares y posaderos, bien sea una rama seca de un árbol, una repisa de un cortado rocoso o la cima de una peña. En estos sitios se puede ver habitualmente a las águilas y en ellos pasan muchas horas del día. Cuando vuela sus acciones llaman enseguida la atención por lo majestuosas. Puede cernirse durante horas a gran altura sin aparentemente realizar esfuerzo alguno, pero también planear siguiendo el borde de un cortado de montaña a favor de la brisa, llevando las alas parcialmente plegadas o elevándose en espiral de forma que recuerda al Ratonero común, pero remontándose a mucha mayor altura hasta que pronto no es más que un punto oscuro en el cielo. Cuando vuela de un risco de una montaña a otra situada enfrente, se lanza hacia abajo planeando de forma que traza en el aire una amplia curva, elevándose con la misma facilidad y deteniéndose en su nuevo posadero con gran suavidad, lo que llama la atención para un pájaro tan grande y pesado. Estos vuelos pueden ser muy rápidos y se calcula que a veces alcanzan casi doscientos kilómetros por hora y aunque a la distancia de un observador al pie de una montaña o un valle, parezca a simple vista que el águila planea despacio, en realidad cubre una gran distancia en un tiempo mínimo. Se dice que una de sus acciones más espectaculares es cuando sobre la cresta de una montaña permanece cerniéndose pico al fuerte viento que a veces alcanza velocidades de 150 Km por hora, como desafiando a este elemento, permaneciendo inmóvil y tal parece como si estuviera colgada por un hilo invisible del cielo, moviendo sólo ligeramente las-plumas primarias de las alas. También se puede observar cómo inesperadamente cuando vuela realiza un picado vertical hasta el suelo, a veces para capturar una presa, otras por lo que parece un simple juego. En estos momentos alcanza la rapidez de un halcón y posiblemente mayor velocidad aún. Se calcula que en estas caídas repentinas llega a velocidades de 250 a 300 kilómetros por hora.

Es un pájaro extraordinariamente silencioso y sólo en contadas ocasiones puede oírsele un grito en cierto modo parecido al del Ratonero común, pero más agudo y prolongado, repitiendo la segunda sílaba «uíííu-jíu-jíu-jiu» Al final del invierno y probablemente formando parte del cortejo nupcial, su voz es más parecida a la del Ratonero y emite con más insistencia un maullido «uíííu» repetido tres o cuatro veces. Los variados sonidos escuchados cuando se aproximan al nido o los que emite la hembra al recibir las presas aportadas por el macho, no son fáciles de representar por escrito.

La alimentación del Aguila real es muy variada porque a pesar de mostrar una gran preferencia por los mamíferos, no desdeña pájaros de cualquier tamaño, como luego se verá, ni siquiera insectos, y es frecuente su presencia sobre la carroña, en especial de animales silvestres . También captura buen número de animales carniceros, muchos de ellos enfermos o disminuidos físicamente. En la Naturaleza se puede comprobar la evolución anárquica de poblaciones de liebres, conejos, perdices, etc., después de la desaparición de sus depredadores naturales, sin poder determinar con exactitud qué papel regulador corresponde al Aguila real. Pero también catástrofes como la producida al propagarse la mixomatosis entre los conejos, afectan en sentido opuesto al faltar la presa fundamental.

Se calcula que los mamíferos pueden, hablando en general, ocupar en su dieta un porcentaje que varía del 70 al 98 por 100, y mientras éstos son abundantes en su territorio se alimenta totalmente de ellos. Se estima asimismo que cuando la caza mayor es abundante, puede representar hasta un 40 por 100 de su total alimento. La carroña no es desdeñada, como ya se indicó y, probablemente, ahora ha disminuido algo esta tendencia a alimentarse de ella por dos motivos fundamentales. La escasez de animales domésticos muertos en el monte y la competencia con otras especies eminentemente carroñeras y a las que también afectó mucho la escasez de cadáveres de animales abandonados en el campo, como consecuencia de la drástica reducción del pastoreo en toda la Península Ibérica.

Puede asegurarse que los ornitólogos españoles han realizado una exhaustiva labor de estudio de las presas aportadas a los nidos por diferentes parejas de águilas reales en lugares dispares de la geografía peninsular y una somera descripción, a riesgo de ser reiterativo, nos puede clarificar ideas equivocadas que han llegado a ser verdaderos tópicos en el país sobre la supuesta peligrosidad de cualquier pareja de águilas establecida en una zona, atacando al ganado e incluso a las personas.

Bernis (1973) hace referencia al proverbial acarreo a los nidos de Aguila real de conejos, perdices y liebres, amén de otras piezas de caza menor y que desde tiempo inmemorial es aprovechado por los paisanos de numerosas regiones españolas que saben explotar los nidos con pollos de esta y otras grandes aves rapaces. Los pastores “cosechan” los nidos empleando diversos recursos, en general tan burdos como cruentos: poniendo sogas al cuello a los pollos, cosiéndoles el ano o afirmándoles un palo a través en las fauces (echarles el «frenillo»). Muchos ingeniosos pastores atan al nido a los aguiluchos y les liman las uñas, otros les cortan las plumas para prolongar su estancia en el nido y que los adultos sigan aportando presas exquisitas. Y todavía muchos que se aprovechaban de los nidos de esta manera, cuando los aguiluchos morían o los eliminaban pasaban con ellos a las Juntas de Extinción de Alimañas, para además cobrar la prima contra entrega de sus garras. A estas impresionantes descripciones de Bernis hay que añadir unos datos tomados en Asturias y que no son menos aleccionadores y demostrativos de cuánta incultura y ligereza ha sido desterrada o hay aún que exterminar en la Península Ibérica al hablar de las aves de presa. La llamada «Junta Provincial de Extinción de Animales «Dañinos» que funcionó en Asturias durante poco más de tres años, alcanzó notables (?) éxitos premiando la muerte de 23 águilas reales y ¡25.114 milanos, cuervos y similares! Pero aún es más triste y sorprendente conocer que por cada «ave de rapiña» abatida se concedía un premio de 5 pesetas en 1957.

Bernis (1973) da presas concretas: Culebra rayada Elaphe scalaris (1) precisamente en un nido sobre un alcornoque quercus suber, el reptil era gigantesco, Ophidia indet. , Conejo Oryctolagus cuniculus (20), Jabalí Sus scrofa (1 juv.) y Perdiz común Alectoris rufa (5). Cita también datos antiguos de ornitólogos extranjeros referidos entre otras presas a Sisón Otis tetrax, Liebre Lepus spp., jóvenes o crías de Rebeco Rupicapra rupicapra en los Picos de Europa y de Ciervo Cervus elaphus y más frecuentemente parece ser que chivos de cabra doméstica.

Para Navarra, Elósegui, Senosiaín y González identifican en dos nidos presas de Ardilla Sciurus vulgaris (2), Jabalí (juv.), Conejo (9), Chova piquirroja Pyrrhocorax pyrrhocorax (3), Mirlo común Turdus merula (1), Arrendajo Garrulus glandarius (1), Lagarto ocelado Lacerta lepida (2), Ophidia indet. (3).

En la región centro-occidental española, Garzón (1973) encontró restos casi exclusivamente de liebres y conejos, Paloma bravía Columba lívia (1), Grajilla Corvus monedula (1) y sorprendentemente Mosquitero común Phylloscopus collybita pajarillo que sólo pesa 10 gramos. cinco estómagos analizados determinó resto de Conejo (4), Paloma torcaz y Lacerta indeterminado.

En Asturias, en dos nidos, restos de Corzo Capreolus capreolus (2), Conejo (5), Rebeco (2 juv.), Zorro Vulpes vulpes (2), Perdiz pardilla Perdix perdix (3), Zorzal charlo Turdus viscivorus (3), Chova piquigualda Pyrrhocorax graculus (2), Chova piquirroja (3), Pito real Picus viridis (2), Urogallo hembra Tetrao urogallus (1), Bisbita alpina Anthus spinoletta (6), Roquero rojo Monticola saxatilis (1 ), Lagarto verde Lacerta viridis (1).

J. M. Thiollay encuentra en la zona explorada por él en los Alpes presas de grandes gallináceas, zorzales, bisbitas, alondras, acentores, colirrojos, collalbas, palomas, tórtolas, codornices y córvidos. En un solo nido el 20 por 100 de las presas aportadas por los adultos estaban constituidas por grandes culebras. Considera que la mixomatosis fue un golpe brutal para las águilas que capturaban fundamentalmente conejos.

Desde siempre se acusó al Aguila real de capturar chivos de cabra doméstica y corderos. Hasta qué punto esto es cierto totalmente es difícil de determinar, pues muchas veces los datos obtenidos de las gentes del campo son propensos a la fantasía y cuando corren de boca en boca se exageran lógicamente. A este respecto, Bernis escribe en Ardeola: «La captura de chivos, corderillos, cervatos, etc., es un hecho cierto aunque siempre se ha exagerado. De ahí sus vernáculos castellanos de Aguila chivera, Chivera negra y otros». Cita luego detalles atestiguados por los guardas del Coto Nacional de Gredos sobre apresamiento de chivos de cabra montés Capra hircus y dicen además que a veces el águila intenta despeñarlos. También en Sierra Morena se encontró en un nido un chivo de cabra montés. En determinadas zonas del noroeste español los campesinos conocen varios casos de capturas de chivos de cabra doméstica y gallinas; sin embargo, se estima que la mayor parte de los restos de grandes mamíferos hallados en los nidos proceden de animales encontrados muertos en el campo por el águila. Los corderos sólo hasta las dos semanas de edad pueden ser capturados y muertos.

El Aguila real caza sus presas siguiendo á baja altura (30-40 metros) las laderas de montañas en vuelo relativamente lento efectuando repentinos picados sobre las posibles presas. No todas las capturadas consigue devorarlas, pues si no las mata en seguida, algunas, casi siempre pequeños pájaros, escapan de sus garras. En cambio, conejos, liebres y otros animal terrestres parecen ser presas más fáciles. La caza desde un posadero es ocasional y el Aguila, que suele permanecer muchas horas quieta sobre una roca, mira indiferente a presas que pasan a su alcance aunque a veces inesperadamente se lanza contra ellas. También vuela a lo largo de valles de montaña, arroyos, monte bajo e incluso praderas, donde su sola sombra proyectada sobre el suelo hace enmudecer el canto de los pequeños pájaros o iniciar una precipitada huida a los pequeños y medianos mamíferos. Sin embargo, frente a otras aves de presa no resulta tan fiera como se podría presumir si atendemos a su real fuerza y potencia. Con frecuencia vuela rodeada de gran cantidad de pequeños pájaros que forman un nutrido coro de chillidos a su paso, pero otras especies, entre las que destacan los córvidos, sobre todo las chovas de pico rojo, hacen pasadas y efectúan picados sobre ella sin llegar a tocarla. Las reacciones del Aguila real ante estos ataques son esporádicas y su conducta es más flemática que la seguída en idénticas circunstancias por el Ratonero común. Bannerman (1956) relata la feroz lucha entre este águila y un Gato montés Felis sylvestris. Sobre la nieve helada un gato montés comía una liebre. Repentinamente apareció el águila que hizo intentos de ataque, posándose finalmente a unos metros de distancia. Como consecuencia de la lucha que inmediatamente se produjo, se vio al águila elevarse con el gato bien cogido en las garras y posarse en un elevado risco. A continuación el pájaro se lanzó al vuelo ganando altura. Cuando estaba muy alta, unos 500 ó 600 metros sobre el monte, el gato fue lanzado espacio, cayendo sobre unas rocas donde quedó totalmente destrozado. Al siguien día se vio en la misma zona un Aguila real aparentemente enferma y poco después descubierta con terribles heridas en los muslos de manera que le impedían mantenerse en pie. El ejemplar se conserva naturalizado en el Museo Real escocés.

El Aguila real es especie eminentemen sedentaria y la misma pareja ocupa durante años una amplia zona que constituye su territorio y que puede alcanzar una superficie extraordinariamente extensa, aunque es mucho menor en proporción a una mayor densidad de las águilas. Aquí desenvuelve todas sus actividades la pareja, usando con preferencia dentro de él lugares idóneos para la caza por ser querencioso de determinados animales que constituyen fundamentalmente sus presas. Probablemente en zonas boscosas y llanuras la extensión que una pareja ocupa es mucho menor que en montañas y solamente una pequeña porción de terreno descubierto es usada para la caza.

Se estima que existe una general correlación entre el tamaño del territorio y la densidad de posibles presas, pero donde las águilas son muy numerosas está claro que hay muchas más presas asequibles en la zona de las que ellas podrían comer, aunque existen otros factores que mantienen baja la población de águilas reales.

Aparte del Quebrantahuesos Gypaétus barbatus, el Aguila real es el pájaro de la avifauna europea que parece requerir un más extenso territorio para desarrollar todas sus actividades a lo largo del año. Besson (1966) afirma que un territorio comprende: 1.° Partes totalmente inexplotadas por las águilas y rara vez sobrevoladas por ellas, normalmente grandes valles y zonas habitadas. 2.° Superficies explotadas solamente de abril a mitad de octubre, en general las situadas por encima de 1.900 metros. 3.° Zonas explotadas sobre todo de mitad de octubre a mayo, las situadas por debajo de 1.900 metros.

Garzón (1973) calcula una población de ochenta parejas para una zona muy extensa de la España centro-occidental que comprende parte de las cuencas de los ríos Duero, Tajo y Guadiana, englobando varias sierras, Guadarrama, Gata y Gredos, y que él estima en una extensión de aproximadamente 100.000 Km cuadrados. La distancia menor entre dos nidos era de 8 Km en 1973, pero diez años antes había hasta cuatro nidos en poco más de 100 Km cuadrados.

Las parejas adultas están próximas al nido durante la mayor parte del año y los vuelos nupciales pueden ser observados con buen tiempo en casi todos los meses. Estos consisten fundamentalmente en acciones que recuerdan a las del resto de las aves de presa con vuelos ondulados, repentinos picados y rápidos ascensos, casi siempre efectuados por una sola águila y rara vez la pareja. Esta puede estar cerniéndose o planeando sobre una cima de montaña cuando inesperadamente el macho se lanza en picado hacia la hembra, que se vuelve de espaldas en el aire y le presenta las garras. Aunque estas águilas son muy silenciosas, en esta época suelen en ocasiones emitir agudos maullidos.

Pérez Chiscano (1973) realiza observaciones en solitario y más tarde en compañía de Fernández Cruz en zonas agrestes de la provincia de Badajoz y en varios lugares con nido atestiguan, presenciándolos, vuelos nupciales ya en el mes de enero.

Las parejas tienen extraordinaria querencia a un determinado territorio y lo ocupan año tras año, anidando en él con variado éxito. Si uno de los adultos perece, el otro puede emparejarse con un inmaduro y permanecer entre sí unidos varios años más, hasta que, al alcanzar la madurez, la cría tiene éxito. Con frecuencia, en una extensa zona se pueden ver estas parejas no reproductoras ocupando un territorio. Las formadas por dos subadultos son mucho más raras.

En Europa, el nido es construido generalmente en cortados rocosos, aprovechando un entrante de la pared vertical, a veces en una repisa tan estrecha que muchos nidos, si son voluminosos, pueden precipitarse en el vacío. En la Península Ibérica ocupan en las cordilleras y altas sierras paredes de profundos desfiladeros y roquedos de montaña aprovechando oquedades, En otras zonas que pudiéramos considerar como de llanura son frecuentes los nidos en árboles, coexistiendo algunas veces con Aguila imperial. Garzón cita cómo en 1972 ambas especies anidaron aproximadamente a un kilómetro de distancia entre sí y parece ser que en ocasiones el Aguila real ha usado incluso nidos de Imperial para criar. Nidos en alcornoques y en pinos no son infrecuentes y en ellos acumulan verdaderas masas de palos año tras año, haciendo nidos extraordinariamente voluminosos, pues éstos sufren mucho menos las consecuencias meteorológicas que los situados en alta montaña. Bernis menciona uno en un roble y da para 25 nidos anotados por él, sólo 3 en árboles. Las citas antiguas también son escasas. Los nidos están situados de forma que durante las horas más calurosas del día les dé la sombra, por lo que las águilas evitan casi siempre la exposición al Mediodía. Normalmente están en altitudes variables entre 200 y 1.900 metros sobre el nivel del mar. Garzón cita para el centro-oeste peninsular 6 nidos entre 200 y 300 metros, 14 entre 700 y 900 metros y los más elevados en las sierras de Gredos y Guadarrama a 1.800 metros. Sobre el suelo del barranco su altura es muy variable, muchas veces a 30-50 metros, pero existen observaciones de alturas extremas de 12 y 100 metros.

Cuando construyen por primera vez nidos en paredes rocosas éstos son generalmente pequeños para el tamaño que tienen estas águilas y, en realidad, sólo son una ligera agrupación de palos secos con ramas verdes en el centro que con el tiempo podrían llegar a ser grandes estructuras si la repisa rocosa lo permitiera, alcanzando entonces un diámetro de 3 metros y una altura de 1 metro. Los construidos en árboles pueden ser mucho mayores por la continua acumulación de materiales todos los años, formando un montón de palos y ramas cuyo espesor excepcionalmente se calculó en 5 metros, con un diámetro de poco más de un metro y medio.

Cada pareja posee un número de nidos que oscila entre 2 y 5, aunque se han comprobado algunas que tenían 8 y 10. Casi todos se ocupan alternadamente de un año a otro. Al final de la temporada un nido del que ya han volado los pollos puede estar cubierto por restos de presas y es necesario dejarlo dos inviernos antes de volver a usarlo de nuevo. Seton Gordon menciona un nido de 5 metros de espesor que vigiló desde 1909 hasta 1952. En las montañas no se encuentran nidos de este tamaño porque los duros inviernos destruyen casi siempre su estructura en parte, resistiendo mejor los instalados en árboles. Los nidos no ocupados en la temporada de cría suelen servir de posadero, lugar para alimentarse, etc. Durante ella no los descuidan, aportando a ellos a veces material. Estas grandes estructuras que vistas de lejos parecen simplemente un montón de ramas y palos secos, sin embargo, están construidas y adornadas incluso con sentido estético, que Seton Gordon ha querido ver en el aporte de ramas floridas de Serbal Sorbus aucuparia. Ambos sexos toman parte en su construcción. El mismo nido puede ser ocupado durante decenas de años y en España son bien conocidos varios lugares casi centenarios en albergar una pareja de águilas reales todos los años. El material con el que está el nido construido ya se ha dicho que suelen ser ramas y palos secos de 3 a 4 cm de diámetro, formando la base las más gruesas y sobre ellas muchas ramas verdes de árboles y arbustos de hoja perenne. En Asturias y otras zonas de la Cordillera Cantábrica una parte importante de la estructura del nido está formada con palos de tojo Ulex europaeus y el interior con ramos de acebo llex aquifofium, sobre todo en nidos observados en el sudoeste asturiano.

La puesta consiste casi invariablemente en dos huevos, rara vez uno y mucho más ocasional es la de tres. Tienen color blanco sucio o amarillento, manchados de marrón o con punteado del mismo color y de gris que suele agruparse a veces en la parte más ancha. Brown y Amadon, para 106 huevos de la subespecie europea chrysaetos dan un promedio en las medidas de 76,7X59,4 mm. Pérez Chiscano y M. Fernández Cruz dan para dos huevos en un nido pacense subespecie homeyeri, medidas de 75,95 x 57,50 y 72,75 x 58,25 milímetros. La puesta se efectúa con intervalos de tres a cuatro días entre cada huevo. Las fechas de las puestas han sido más bien estimadas en Iberia por los ornitólogos, puesto que la inaccesibilidad de la mayoría de los nidos impide realizar observaciones completas, sobre todo en los últimos días del invierno en que la montaña aún está cubierta de nieve y hielo. Estos cálculos son aproximados en cuanto a la fecha de la puesta del primer huevo y debe suponerse que en el centro de España, sobre todo en niveles no muy altos, la puesta comienza en algunas parejas en la última mitad de febrero, quince días más tarde en la mayoría de los emplazados en esa zona y un mes después en el norte de la Península, Cordillera Cantábrica y Pirineos. A la vista de los innumerables datos existentes, se puede afirmar con Bernis (1967) que «las águilas reales ibéricas ponen en su mayoría durante el mes de marzo, con una minoría ya en la segunda mitad de febrero, pero que también aquí se producen posturas más tardías en abril. Al comparar con el resto de Europa occidental, sólo se puede concluir una no marcada tendencia a posturas 10-20 días más precoces en Iberia».

Normalmente la hembra incuba sola, pero el macho también participa por largos períodos, mucho más de lo que generalmente se ha creído siempre, y Seton Gordon afirma que el macho con frecuencia incita a la hembra a abandonar el nido para incubar él. En este período la hembra sale del nido para comer y el macho también a veces aporta presas que despedaza delante de ella. Parece ser, según estima Besson, que las salidas del nido de la hembra pueden malograr la puesta cuando aquélla no encuentra pronto una presa y prolonga excesivamente su ausencia, enfriándose entonces los huevos. Esta situación debe ser afortunadamente excepcional por cuanto, como se ha visto, el macho ocupa el puesto de su pareja con asiduidad. El período de incubación ha sido calculado en 43-45 días. Los pollos nacen cubiertos con un plumón blanco que les dura por lo menos casi tres semanas, fecha en la que comienzan a aparecerles los primeros cañones de las plumas. Está muy extendida la idea, y así lo aseguran Brown y Amadon, de que en el 80 por 100 de los casos el pollo nacido primero mata y devora al más joven. Los mismos ornitólogos añaden que no hay evidencia para asegurar que el pollo victorioso sea una hembra, pero posiblemente las hembras puedan sobrevivir mejor que los machos y ser criadas con éxito. También se asegura que la madre no hace nada para evitar o prevenir esta batalla entre sus hijos, que no tiene explicación, sobre todo teniendo en cuenta que muchas veces se efectúa en presencia de abundante comida.

J. M. Thiollay estima a propósito de estas luchas entre los pollos que la mortalidad en el nido es importante factor en la supervivencia de las águilas. Admitiendo el canibalismo, en el 70 por 100 de los nidos con dos pollos, no llega a volar, más que uno. Una abundante alimentación puede contribuir al éxito de la cría de ambos jóvenes, pero no al número de los huevos puestos por la hembra, contrariamente a lo que sucede con otras especies. Por contra, la penuria de presas puede aumentar el número de parejas estériles o incluso hacer que los adultos abandonen provisionalmente su territorio durante el verano. Las puestas de reemplazo, en el caso de malograrse la primera, parecen ser excepcionales.

Durante los primeros quince días los pollos son atendidos solícitamente por los adultos, pero después, a los veintiún días, a no ser que las condiciones meteorológicas sean duras, situación que no es infrecuente en alta montaña durante el mes de mayo, son dejados solos en el nido muchas veces. A los cuarenta y cinco o cincuenta días ya están completamente emplumados y salen del nido a los 65-70 días (Brown y Amadon); 71-78 días según Elósegui para Navarra; 77-81. días da Geroudet en Suiza; y 77-84 días Seton Gordon para Escocia. Sin embargo, los jóvenes permanecen aún muchos días cerca del nido y continúan siendo atendidos por los dos adultos y a veces por un inmaduro solitario que colabora espontáneamente en la cría. Durante el período de emplumado de los pollos, la hembra permanece mucho tiempo cerca del nido posada en una roca cercana o planeando en las proximidades sin perder de vista su área de nidificación. Al final es la hembra la que aporta casi todas las presas a los aguiluchos, ya que el macho parece perder interés en la cría y se muestra como cansado, aportando no más de una presa diaria y con frecuencia pasan varios días sin que lleve ninguna.

Se estima, sin embargo, que los jóvenes, después de aprender a volar, dependen todavía durante dos o tres meses de los adultos, que cazan presas para ellos y se las dejan en el posadero elegido. Aunque en el otoño se alejan, durante el invierno vuelven a la zona del nido y su querencia al lugar es muy grande.

El éxito en la reproducción del Aguila real es desgraciadamente muy bajo en la Península Ibérica. Sin embargo, ha sido aún menor de lo que es actualmente. Las medidas de protección a todas las aves de presa decretadas por el Gobierno palian en gran medida la acelerada caída en la densidad de águilas reales en España. Pero como se trata de una especie que preferentemente habita la alta montaña, allí es difícil que la Ley pueda perseguir a los infractores a menos que la educación cívica y el respeto a la Naturaleza puedan más que el temor a la sanción. El creciente excursionismo de montaña, el alpinismo y lo frecuentados que son ahora lugares antes inaccesibles prácticamente a las personas de toda condición, son también causas de la drástica disminución de esta maravillosa ave de presa que a la vez es muy sensible a cualquier molestia o a la presencia del hombre, siendo esto motivo suficiente para abandonar un nido o una puesta. Se cita el caso de dos nidos abandonados solamente porque a dos kilómetros de distancia se construyó una estrecha pista.

Al hablar de la supervivencia del Aguila real en la Península Ibérica es necesario extenderse en algunos relatos, muchos de ellos recopilados por los ornitólogos españoles en sus salidas al campo y que ponen en evidencia cuán necesario es elevar el grado de cultura de determinadas gentes, no todos precisamente hombres del campo, sino también desaprensivos de la gran ciudad y de los pueblos.

En Asturias se han destruido con tan excesiva frecuencia los nidos, que la especie está en verdadero peligro de extinción, siendo así que el biotopo es de lo más favorable que puede haber para el desarrollo de una importante población de águilas reales. La abundancia de cortados rocosos, paredes, cornisas y acantilados, junto con la extraordinaria fauna, posibles presas, en especial volátiles, abonan este criterio. No obstante, es necesario insistir que en esa región la desaparición casi total de la Liebre y el Conejo han supuesto un duro golpe para las águilas, pero en alta montaña abundan aún las presas. El continuado incendio de nidos o la captura con lazos de los pollos, ha hecho ya un daño muy difícil de reparar en una especie que tarda varios años en alcanzar su madurez y aun así, con un éxito en la reproducción que se puede estimar en no más de un 0,5 de joven aguilucho con cada pareja nidificarte y año.

La protección máxima a la especie en la Península Ibérica es necesaria. A este respecto, Garzón (1973) estima que Aquila chrysaetos quizá sea el ave de presa que ha experimentado una mayor regresión durante los últimos años. Atribuye esto fundamentalmente a la expoliación de los nidos y a la disminución de las presas habituales. Un dato escalofriante para el centro-oeste de España: en 1973 solamente se conocieron siete nidos ocupados en un área donde 10 ó 15 años antes anidaban no menos de treinta y dos parejas. Según esto, Garzón estima que en 13 años el Aguila real ha decrecido en un 78 por 100.

Esta especie prácticamente no tiene enemigos en la Naturaleza a no ser el propio hombre que, como ya se ha visto, la persigue con saña. Como los inmaduros no crían antes de los 4-6 años de edad, la expectativa media de vida para los adultos en estado silvestre, calculando una pérdida del 75 por 100 de los jóvenes antes de la madurez, sería de 10 años. Parece comprobado que un Aguila real en libertad puede vivir 20 años. En cautividad ha alcanzado hasta 46 años, pero un promedio de 15 años es lo corriente.

De acuerdo con Garzón las perspectivas para la supervivencia de la especie en España son desastrosas a menos que se intensifiquen las medidas de protección, erradicando de los cotos de caza totalmente la costumbre de colocar cebos de carne o animales enteros envenenados con estricnina u otros productos igualmente mortales. El mismo ornitólogo señala que sólo durante 1971 y 1972 conoció al menos siete nidos destruidos por repoblaciones forestales o construcción de telesillas para estaciones invernales en el centro-oeste español; en el mismo período encontró dos águilas reales envenenadas y vio trece muertas por cazadores. A esta persecución humana hay que añadir las duras condiciones climatológicas que la especie sufre en alta montaña. Desde hace ya varios años las primaveras en la Península Ibérica se han convertido en estaciones frías y lluviosas, con frecuentes nevadas que, a no dudarlo, influyen notablemente en el éxito de la reproducción de esta especie, no tanto por la destrucción de los nidos y los pollos como por la dificultad que tienen los adultos para encontrar las presas.

En Europa el Aguila real falta totalmente en muchos países y en otros su reproducción se estima como muy local y sólo unas pocas parejas permanecen allí sedentarias. Además de en Iberia existen poblaciones en el mediodía francés, junto al Mediterráneo, y en el Macizo Central; en toda la península italiana, Grecia y los Balcanes, zona costera Yugoslava, los Cárpatos, los Alpes, Rusia y Noruega hasta casi el Cabo Norte, así como Finlandia y Escocia no siendo realmente abundante en ningún lado.

En la Península Ibérica se halla muy repartida por todos los riscos de las cordilleras, siendo más numerosa en los Pirineos y sierras del Centro y Sur. En la Cordillera Cantábrica, antaño su más importante reducto, ha disminuido drásticamente y un dato notablemente significativo es que, aún no hace muchos años, las águilas reales inmaduras eran observadas con frecuencia incluso cerca de acantilados costeros. Aunque es un ave eminentemente sedentaria, los inmaduros efectúan movimientos de dispersión invernal, viéndose muchas veces águilas reales en zonas alejadas de sus habituales áreas de reproducción. Sin embargo, ya al final del invierno regresan al lugar de nacimiento y merodean por él, emparejándose algunas de estas águilas inmaduras con adultos, aunque naturalmente sin reproducirse, pero a veces construyendo nidos o aportando material a los antiguos como si realmente fueran a criar. Comentando estos desplazamientos de jóvenes águilas, Bernis (1966) señala que en fase dispersiva cabe esperar que algún águila real nacida en el noroeste de Africa visite de forma ocasional el sur de España. Añade que es muy improbable que recibamos en la Península otros visitantes extranjeros, excepto los del vecino Pirineo francés. Durante el otoño se ve por la Sierra de Aralar (Guipúzcoa-Navarra) un pequeño flujo de águilas reales con dirección al interior de la Península (Noval, 1967).

Muy pocas águilas reales se han anillado en Europa, pero a pesar de ello, no han sido escasas las recuperaciones, a veces a considerable distancia, algunas superando los 700 kilómetros hacia el Sur, siempre en aves de procedencia escandinava, que son las que efectúan desplazamientos más largos.

 
     
  Alfredo Noval  
     

 

 

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