Captiva nº 5
Tras las cabras
El pasado marzo me aventuré por vez primera en el rececho de montaña. Neófito total en estos menesteres, ya que soy más de montería y aguardo, la única experiencia que tenía en el tema eran unos cuantos de recechos de venado exitosos y los continuos fracasos tras el duende del bosque.
Carlos Casilda
En vez de balas como en la película western, ochocientos eran esta vez los kilómetros que me distaban del coto en el que iba a intentar hacerme con una montés. Los días precedentes fueron de infarto ultimándolo todo: papeleos, licencias, puesta a tiro del rifle y un largo etc. de asuntos necesarios para esta nueva aventura cinegética.

El viernes de mañana tomé el camino hacia Teruel y, poco a poco, fueron quedando atrás paisajes conocidos que, tras recorrerlos, volvían a mi memoria lances pasados, el Cruce de las Herrerías, con ese venado de los Frontones, Almaraz y Monfragüe con infinitos recuerdos de buenas fincas, Mohedas, Los Casares… y, poco a poco, me alejo de esta tierra mía para adentrarme en lo desconocido: Madrid, Guadalajara y, casi sin darme cuenta, estoy ya pisando tierras del Maestrazgo, cuando, en el borde de un sembrado, algo llama mi atención. Detengo el coche y sí, efectivamente, un corzo pasta plácidamente al borde de la línea definida de foresta. No hay peligro ya que existe un ensanche en el lateral de la carretera con arena, de ésos que se usan para frenar los camiones en caso de emergencia. Me apeo y busco la cámara de fotos mientras el corzo observa, un poco molesto, cómo trasteo en el maletero. Dada mi tardanza decidió poner tierra por medio antes de que pudiese plasmarlo ante el objetivo.

La llegada al pueblecito fue ya con las últimas luces del día y tras encontrarme con mi buen amigo Andrés, artífice de toda esta aventura, fuimos a ver al presidente del coto, que me pondría en contacto con el guarda que me acompañaría. Sobre el papel, un macho selectivo de menos de cinco años y hembras de la misma edad con cupo de dos. Saldríamos a las ocho de la mañana.

La noche no se hizo larga, ya que el cansancio del viaje me hizo dormir como un lirón y el despertador fue el encargado de tocar diana. Tras coger los bártulos bajamos al bar donde habíamos quedado con el guarda. El termómetro a -1ºC. Hacía menos frío del que en un principio me esperaba y, tras las presentaciones y un café, emprendimos el camino al coto.

Comenzamos dando una vuelta con el coche para intentar localizar algún grupo y hacerles una primera entrada, y tras algo más de una hora, divisamos los primeros. Bajamos del coche y con ayuda de prismáticos y telescopio estuvimos decidiendo si había algo merecedor de hacer la entrada. En un principio, todos los machos eran demasiado grandes para lo que podía tirar; además, no se distinguía ninguno que pudiese ser selectivo y tan sólo tres hembras acompañaban al grupo. No obstante, aconsejado por el guarda, decidimos hacer la entrada, ya que podría haber alguno que no atisbáramos a ver desde aquí y, si llegado el caso no estuviese, podríamos intentar tirar sobre alguna de las hembras. Era el primer día y nos quedaba la tarde y el día siguiente para intentarlo.

Sacamos el rifle, mochila al hombro y emprendimos el ascenso. Poco a poco y con mucho trabajo, discurríamos entre aquel pedregal bañado de algún joven pino y un mar de espinosas matas que no había visto en la vida, serpenteando sigilosamente y haciendo paradas para asegurarnos de que el grupo seguía en la zona.

En la subida algunos machos decidieron quitarse del medio y volcaron por la cumbre hacia otros derroteros, hicimos un alto para comprobar que, al menos, las hembras seguían pastando, aunque mucho más altas de donde las descubrimos en un principio.

Al llegar a un pequeño promontorio, el guarda acomodó la mochila encima del mismo y me pidió que mirase a ver si desde ahí podía tirar. Me acomodé lo máximo posible, pero seguía viendo las cabras muy lejos. Ahí permanecimos un buen rato mientras comprobaba la no existencia de algún selectivo entre los pocos machos que allí habían quedado. Yo, mientras, tuve tiempo de sacar el telémetro, 320 marcaba el aparatito y el que suscribe, acostumbrado a estas monterías y aguardos donde me asombro cuando marca 150, aquello me parecía una aberración.

El guarda me indica que no hay machos, pero que si quiero puedo intentar hacerme con la hembra para aprovechar la entrada que hemos hecho y que luego ya decidiríamos. Le asiento, pero le pongo el inconveniente de la distancia, a lo que me contesta que si nos acercamos más pueden emprender la huída.

Miré un pino que distaría de nosotros unos cien metros y le indico si nos dejarían arrimarnos hasta ese punto. Nos movemos todo lo sigilosamente que podemos, pero, al poco de comenzar el ascenso, se percatan de nuestra presencia. No se mueven aunque no dejan de mirarnos. Aún así, continuamos haciendo paradas casi constantes hasta llegar a un pequeño desnivel en la vereda, donde el guarda me acomoda la mochila y me insta a disparar desde ahí.

Me tumbo y pongo aumentos a tope, veo la hembra pequeñita en la retícula, me indica que me tome mi tiempo y dispare cuando esté seguro. Apunto y ‘reapunto’. El pulso, a pesar de estar totalmente apoyado, se mueve levemente, así que voy tomando los tiempos y, cuando estoy totalmente seguro, hago presión en el gatillo hasta que me sorprende el disparo. En ese momento entré en estado de apnea, ya que el visor ha golpeado mi cara por no estar bien sujeto el rifle, fallo de principiante.

El guarda sigue la carrera de la cabra que veo perfectamente a simple vista cómo se mete en un apretón de matas de donde no sale. Me pregunta si le he dado, mientras me comenta que no ha visto salir polvo de ningún sitio. Yo le indico que la he apuntado muy bien, pero no se qué ha podido pasar. Tiro de telémetro y 278 metros al tiro y 450 de subida a donde se ha refugiado.

Tras dilucidar la situación, decidimos perder la mañana y subir hasta donde dejamos de verla. El ascenso fue rápido, pero costoso. Llegamos sudando casi a la cima por la que se perdieron los machos y donde se metió la hembra, pero ya antes de acercarnos la vimos inerte. La alegría se hizo notoria y recibí la primera enhorabuena de manos del guarda. La sacamos hasta el coche e hicimos las primeras fotos antes de continuar buscando el macho.

Cogimos el coche y cambiamos de zona. No encontramos ningún grupo más y decidimos comer temprano para intentarlo de nuevo por la tarde.

El sol que nos calentaba fue perdiendo fuerza y un manto ennegrecido nos cubría en las primeras horas de la tarde amenazando lluvia. Entonces fue cuando el guarda decidió intentar hacer una espera en un pequeño valle al que salía a comer un macho que tenía visto como selectivo. Eso hicimos y, mientras nos adentrábamos en la zona, pudimos ver algunas hembras sobre las que podría haber disparado sin problema alguno, ya que estuvieron a escasos treinta metros de nosotros.

La espera no se extendió demasiado, a duras penas veinte minutos, justo los que tardaron en hacer aparición las primeras gotas de lluvia, poniéndonos en alerta de lo que se nos venía encima. Antes de llegar al coche nos llegaba el agua de la coronilla a los tobillos.

La noche se tornó desapacible y lluviosa, no paraba de llover cuando me metí en la cama. Tan sólo esperaba que al día siguiente nos dejase salir; pero, al despertar, pude comprobar que el tiempo seguía metido en agua. Cogimos el coche y dimos alguna vuelta por si, desde el mismo, localizábamos algún animal, pero la búsqueda fue infructuosa, tanto de mañana como de tarde. La lluvia había hecho desaparecer cualquier esbozo de vida de aquel entorno.

Es lo que tiene la montaña, que de hoy a mañana te cambia todo. El tercer día nos dio la sorpresa: último intento y, ante mi asombro, amanecía todo nevado, las sierras copadas por un manto blanco que no nos iba a poner fácil el último intento. Armados de valor y abrigados hasta las cejas, ascendimos al coto e intentamos averiguar las correrías de ese macho que bajaba por las tardes al valle. Pero, una vez más, sólo dimos vueltas sin localizar los machos. El tiempo se agotó y la ocasión se difuminó como las nubes, que ahora dejaban paso a un sol resplandeciente que se afanaba en derretir la nieve que todavía permanecía en los alrededores.

Pero así es la caza, unas veces se consiguen los objetivos y otras muchas, las más, se viene uno a casa con la sensación de haber dejado pasar la oportunidad, pero con ganas de volver a intentarlo. ¡Otra vez será!