Caza y juventud

Anécdotas Monteras

Texto y fotos: Carlos Casilda Sánchez.

1/5

Hace ya "la tira de años", cazábamos la finca de la Duquesa "de un arma de caza, que no de fuego", que me cae cerquita de casa.

Nosotros como siempre a la misma armada, en esa ocasión otra postura, pero la misma armada. Cierre de la Ribera. Recuerdo que fue el día que hice migas con este buen montero de renombre muy cercano al mítico Corvarsí.

En silencio nos fuimos colocando y mientras caminábamos pared abajo entre las jaras muy calladitos pude observar dada mi notoria curiosidad por aquellos entonces, que, en los portillos y ocultos bajo una piedra existían unas "bolitas" aromáticas extrañas, lo que comenté acto seguido con mi padre.

2/5

La voz de alarma se dio y efectivamente, la mancha había sido chanteada con bolas de alcanfor. Fue, "mi primera vez". No comprendía como podía haber gente que se dedicase a estropear el trabajo realizado durante meses por otros, pero bueno.

Como el daño ya había sido hecho firme, se continuó con la celebración de la batida. Este señor montero se quedó justo antes de nuestra postura en un apretón fuerte de monte que unía dos manchas grandes y espesas, pero bien apretadas, de las que da miedo entrar, justo al pié de un fuerte regatón que moría a sus pies. El puesto me encantó. El siguiente y contiguo el nuestro, ya de monte mas liviano y algo mas despejado por su trasera.

3/5

La montería dio comienzo con más pena que gloria y no se escuchaba tropelía alguna entre las jaras. Pero de repente todo cambió en un "plis plas", se montó tamaña algarabía de canes y se estremeció todo en el interior de la frondosa mancha, no tardando en escucharse el crujir de la leña aproximándose, adivinando así la corrida más de una res que de un cochino y de ser uno de estos, debía ser un morondongo bueno.

Rápidamente se adivinó la dirección y se acercaba aquel monstruoso ruido estrepitosamente hacia nosotros, y vimos como nuestro montero se preparaba para soltarle un "trompetazo" al prófugo en cuanto asomase las orejas en el portillo que tenía a tan solo unos metros de la boca del rifle.

El ruido era cada vez mas fuerte y la ladra mas intensa por la cercanía en que se encontraba, el sonido de los cascos en el piso todavía lo recuerdo y como erizaba todos y cada uno de los pelos de mi cuerpo, el montero esperaba rifle a la cara el momento de apretar el frío acero del gatillo, cuando de entre la maleza apareció por la galitera tamaño rufián, encabritado y deslenguado que saltó sin dilación la pared con montura y todo, pero sin caballero y logró salvar su pelliza mas por el temple y la precaución del bueno de Leopoldo que por las argucias que le venía procurando a sus perseguidores canes.

4/5

El hombre vuelto el corazón a su sitio en el pecho, desatascada la garganta de toda protuberancia y aclarada la voz, bajó el arma y se apresuró a cortar los perros para que dejasen de perseguir al corcel desbocado.

No pasaron mas de diez minutos cuando apareció el guarda nombrado caballero andante buscando su rocín flaco que vete tu a saber donde iría a poner fin a tamaña huída.

Aquella ocasión fue salvada por el temple, el saber estar y la larga trayectoria de nuestro buen montero. Si ese puesto lo llega a ocupar algunos que he visto y conozco por ahí, el jamelgo da con las costillas en tierra.

5/5