La noche se tornó desapacible y lluviosa, no paraba de llover cuando me metí en la cama. Tan sólo esperaba que al día siguiente nos dejase salir; pero, al despertar, pude comprobar que el tiempo seguía metido en agua. Cogimos el coche y dimos alguna vuelta por si, desde el mismo, localizábamos algún animal, pero la búsqueda fue infructuosa, tanto de mañana como de tarde. La lluvia había hecho desaparecer cualquier esbozo de vida de aquel entorno.

Es lo que tiene la montaña, que de hoy a mañana te cambia todo. El tercer día nos dio la sorpresa: último intento y, ante mi asombro, amanecía todo nevado, las sierras copadas por un manto blanco que no nos iba a poner fácil el último intento. Armados de valor y abrigados hasta las cejas, ascendimos al coto e intentamos averiguar las correrías de ese macho que bajaba por las tardes al valle. Pero, una vez más, sólo dimos vueltas sin localizar los machos. El tiempo se agotó y la ocasión se difuminó como las nubes, que ahora dejaban paso a un sol resplandeciente que se afanaba en derretir la nieve que todavía permanecía en los alrededores.

Pero así es la caza, unas veces se consiguen los objetivos y otras muchas, las más, se viene uno a casa con la sensación de haber dejado pasar la oportunidad, pero con ganas de volver a intentarlo. ¡Otra vez será!