El pasado marzo me aventuré por vez primera en el rececho de montaña. Neófito total en estos menesteres, ya que soy más de montería y aguardo, la única experiencia que tenía en el tema eran unos cuantos de recechos de venado exitosos y los continuos fracasos tras el duende del bosque.

En vez de balas como en la película western, ochocientos eran esta vez los kilómetros que me distaban del coto en el que iba a intentar hacerme con una montés. Los días precedentes fueron de infarto ultimándolo todo: papeleos, licencias, puesta a tiro del rifle y un largo etc. de asuntos necesarios para esta nueva aventura cinegética.