Caza y juventud

Anécdotas monteras

Del Susto

Carlos Casilda

Hace ya más de una decena de temporadas, recuerdo cazaba de la mano de mi padre en una de las monterías que organizaba en sus comienzos, la sociedad local de La Frontera.

1/5

Sus manchas de Eucalipto dificultan en gran medida los tiraderos y hay que afinar bastante a la hora de jugar el lance, por lo que desde hacía unas jornadas atrás, mi padre que era por entonces el que cazaba, ya que simplemente asistía de morralero, había encadenado una mala racha en el momento cumbre, y los cochinos, habían salido en sendas ocasiones airosos de los desafortunados encontronazos con nosotros. Hasta tal punto, que gracias a un amigo, comprobamos que el rifle seguía puesto a tiro y que el visor no se había movido, y al devolvérnoslo nos indicó que el rifle estaba “que afeitaba un pelo en el aire” y que para la próxima vez, le apuntase entre los ojos.

2/5

La montería transcurría con normalidad con sus ladras y sus disparos cuando de repente, un sonido me puso en alerta, se lo hice saber a mi padre que esperando la aparición del cochino por nuestras espaldas permanecía atento, cuando al sonido de su disparo apareció dando tumbos un jabalí de mediano porte, que quedó fulminado en mitad del camino. Los abrazos se sucedieron y no se le dio más importancia al asunto, le separamos los canes que llegaron tras su rastro y continuamos disfrutando de sus ladras tras otras reses que no decidieron romper por nuestra postura.

3/5

El día se fue estropeando y una llovizna suave pero continua deslució el día, que al finalizar la montería, y acercándonos a comprobar el porte del animal, observamos que no aparecía el disparo por ningún sitio. Le dábamos vueltas y vueltas y no había manera de encontrar el agujero por ningún sitio, ni rastro tampoco de sangre alguna, a excepción de un pequeño hilillo que le había salido por la boca, incluso llegué a explorar la misma por si acaso.

Ante tal dilema andábamos cuando precisamente nuestro amigote, que había ocupado postura en la misma armada solo que unas posturas por debajo, se acercó a nosotros y extendiendo su brazo exclamó: -¿Lo ves? Si les das en el ojo no se mueven.-

4/5

Efectivamente no nos habíamos percatado de que le faltaba el ojo izquierdo, que era el que nos había mostrado a la hora de entrar en la postura, y que efectivamente era el agujero de entrada de la bala, que quedó seguramente dentro del animal. Lo que nos hizo volver a la realidad después de barajar la posibilidad de que hubiese sido un infarto al ruido.

5/5