Internacional

Búfalos a la huella

Por el salvaje Kruger

Iñigo Gallego Escribano
Fotos: Autor, Antonio Adán Plaza y Salgari Hunting Safaris

Como casi todos los años, este año me decidí a hacer otro viaje más de caza internacional, esta vez enfocado a la caza del búfalo y como no podía ser de otra manera recurrí a la compañía con la que siempre realizo mis cacerías y aventuras Salgari Hunting Safaris.

Juan Pablo Salido dueño de esta consultoría de caza, me ofreció diferentes posibilidades para realizar este ilusionante safari por la importancia del animal. Después de sopesar todo tipo de combinaciones disponibles estudiadas con Juan Pablo, elegí Sudáfrica, ya que la zona que íbamos a cazar es sumamente salvaje y deportiva; las estribaciones del Parque Kruger.

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Salimos de Madrid cuatro amigos (Natalio, José, Alberto y yo), yendo el resto de compañeros a cazar facocheros en la región del Limpopo, donde estaría el campamento base.

Tras diez horas de avión y seis de coche, llegamos de noche al lodge, donde Natalio, José y Alberto se quedarían para cazar facocheros en sus alrededores y desde el que yo trasladaría a una nueva concesión para recechar el búfalo Cafre a la huella. Esta estaba situada al sudeste de la región del Limpopo, en el área de Hoedspruit, llamada Dalerwa (antes llevada por Mebenca in Afrika); y tiene unas veinte mil hectáreas de extensión limítrofes (sin vallado) con el Parque Nacional del Kruger, lo que hacía que la caza fuera mucho más deportiva y con la posibilidad de conseguir buenos trofeos.

El profesional James Murray, nacido en Sudáfrica pero de ascendencia europea, y el tracker Yuda Molokomo, africano de pura cepa y negro como el carbón (ambos muy buenos profesionales, como pude comprobar más tarde) serían mis compañeros de viaje hasta el Kruger.

Ya de madrugada nos reunimos en el desayuno para posteriormente cargar el pickup en el que nos trasladaríamos al destino de caza: teníamos unos seiscientos kilómetros de viaje por delante.

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Llegados a la concesión nos recibió el guarda en su oficina, hicimos los papeleos que se requerían y nos enseñó en un mapa de la zona por dónde íbamos a cazar. Después decidimos dar una vuelta por la concesión en el todoterreno para observar los animales y el lugar en el que nos moveríamos al día siguiente. Al anochecer volvimos al campamento de descanso concertado, el cual está dirigido por Peter, que vive allí con su mujer, dos hijos y sus padres y es también cazador profesional, pero en este caso sólo se había encargado de contratar la caza del búfalo y proporcionarnos la estancia en su campamento.

El campamento estaba a la orilla de un río en el cual campaban a sus anchas cocodrilos y otros animales. Las estancias eran unas tiendas de campaña tipo militar, con unas paredes al fondo donde se encontraba el baño. La zona de comidas y desayunos estaba situada bajo un cobertizo de paja típico africano y al lado había un patio circular que tenía en el centro una pequeña elevación, asimismo circular, para hacer el clásico fuego de campamento.

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Al siguiente día, nos reunimos con el guarda, colocamos los aparejos en su todoterreno (comida, rifles, etc.) e iniciamos la cacería.

Estuvimos dando vueltas por las zonas donde era más probable que hubiera búfalos y a eso de las diez de la mañana localizamos un grupo a unos quinientos metros de la posición en que nos encontrábamos. Los observamos detenidamente, hasta que los guías dijeron haber visto un buen ejemplar dentro del grupo: según ellos, era muy viejo y merecía la pena ir a por él.

Bajamos del todoterreno James (el profesional), Yuda (el tracker) y yo; según el plan acordado, teníamos que esperar un rato, hasta que el guarda los espantara por otro lado para que entraran del todo en la concesión, ya que estaban en el límite del parque y si les entrábamos se podían espantar hacia el lado incorrecto y perderlos del todo. Al rato vimos que los animales se espantaban hacia la zona correcta, entrando en una maleza bastante densa en la que había que andar con mucho sigilo, porque en cualquier momento nos los podíamos encontrar encima.

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Después de una hora de seguir rastros conseguimos dar con ellos, pero al estar un rato observándolos para localizar al más viejo nos barruntaron y salieron disparados. Continuamos la marcha siguiendo las huellas, subiendo y bajando laderas, observando cada rincón entre la maleza, hasta que una hora después conseguimos localizarlos en una loma entre la vegetación, pero sin localizar al grande, así que fuimos rodeándolos con mucho cuidado, descubriendo nuevos ejemplares entre los arbustos. Tras otra hora de observación Yuda señaló con el dedo y dijo que estaba frente a nosotros, pero ligeramente oculto por la vegetación. James echó una ojeada y dijo que había que esperar un poco a que se descubriera.

Transcurrido un cuarto de hora se fue mostrando, hasta quedarse mirándonos fijamente, estaba a unos setenta metros. Entonces James me colocó el trípode y me dijo que esperara apuntando con el rifle hasta que se girara, mostrándonos el costado, para poder dispararle a la paletilla. Me coloqué con el rifle en dirección al búfalo, pero sin encarármelo, en espera de que se girara. Al poco rato se volvió con intención de iniciar la huida, rápidamente me encaré el rifle y ejecuté un disparo a la paletilla. El animal salió corriendo, entonces Yuda se subió a un árbol y vio cómo a unos cincuenta metros caía desplomado. Nos acercamos, comprobando que estaba tumbado y emitiendo los típicos mugidos de muerte; a pesar de todo, James me dijo que hiciera un segundo disparo de seguridad. Ya con la confianza de que estaba muerto, nos dimos un fuerte abrazo e intentamos acercarnos, sin lograrlo, ya que junto a dicho búfalo había otro de pie, mirándonos con intención de embestirnos. Esperamos unos quince minutos y por fin fue desapareciendo entre la maleza, acercándonos al ejemplar excepcional de cuarenta y dos pulgadas que acababa de abatir.

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Con el objetivo ya cumplido volvimos al campamento a descansar y tomamos una buena cena en la que probamos la carne de búfalo a la brasa, un manjar muy sabroso; a continuación nos sentamos alrededor del fuego a charlar un rato sobre el lance vivido.

Descansamos bien durante la noche para después de despedirnos de Peter y su familia, iniciar el viaje de regreso al otro campamento, donde me esperaban Natalio, José y Alberto.

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Como nos quedaban dos días en el Limpopo, aproveché para hacer unas esperas con cebo a felinos y otros animales, en las que cacé lince caracal, african cat y hiena peluda o brounina animales todos muy difíciles pero gracias a la buena gestión de la propiedad, abundaban en la zona todos ellos.

Terminado el safari, volvimos a España con la satisfacción de una tarea desarrollada con todo éxito poniendo todo el cuidado y buen hacer necesarios, agradeciendo a Juan Pablo Salido de Salgari Hunting Safaris y a su equipo su acierto además de el gran trato humano serio y cercano recibido tanto en esta como en todas las aventuras realizadas hasta ahora con ellos y esperando repetir otra experiencia siempre de la mano de su buen hacer.

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