El Blog de J.A. Sarasketa

23 sep. 2012 12:23

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El pájaro azul

Cerrada la codorniz, el turno es ahora de jabalíes, torcaces y becadas, grandes protagonistas junto a la mermada perdiz. Cubrió con nota su temporada de recechos el corzo y, salvo algún gancho donde volverá a oler a pólvora, es fácil que se limite a enseñar la matrícula a los perros jabalineros.

Por cierto, animales que ya han roto el silencio de la sierra y han mordido las primeras piezas en número de momento aceptable. Habrá que esperar como evoluciona la temporada.

Los palomeros, cada vez más numerosos, retocan con ilusión los puestos a la espera de que la niña de sus sueños cumbree los Pirineos. Todo se andará, ¡benditos animales!, cuántas satisfacciones van a deparar durante un largo mes a una legión de cazadores. Muchos son los que han reservado incluso sus vacaciones para esperar estoicamente, llueva o haga frío, en cresterías y collados. Es la fiebre del pájaro azul.
Centenares de líneas palomeras deberán superar hasta llegar a sus cuarteles de invierno en el sur peninsular. No importa, el recurso da para eso y afortunadamente mucho más. No en vano están en clara progresión en toda Europa, incluso muchas de ellas se han asentado en la península obviando su instinto migrador. Todo un regalo caído del cielo.

La siembra masiva de maíz, como consecuencia de las ayudas comunitarias, ha hecho que cambien parte de su régimen alimenticio y exploten demográficamente. Un espectacular patrimonio faunístico, un regalo que debemos regular en su justa medida aunque ya se encargaran ellas de no aproximarse a los puestos, salvo que un viento frontal solano las obligue a bajar de altura.

Gregarias donde las haya y con una vista extraordinaria, recelaran del más mínimo objeto extraño próximo a los puestos. Incluso el color blanquecino que deja el corte de una rama de cierto grosor puede hacer que se azoren. Excuso decirles si el cazador se mueve lo más mínimo por muy oculto que entienda estar. La panorámica que les da la altura desbarata cualquier error por pequeño que sea. Y cuando se las vea que van a entrar a tiro, sosiego, dejarlas entrar hasta que se les vea el azul del pecho, correr bien la mano izquierda —es la que mata— y doblar el índice sin dar gatillazo. Hasta dos metros y medio hay que adelantar el tiro a una torcaz que pasa a 35 metros. Y que conste que las matemáticas no mienten, al menos hasta ahora.