El duende del bosque
Aunque con menos intensidad y lógicamente menos capturas, la caza del corzo se sigue practicando. Una vez que inicien las batidas de jabalÃ, en muchos lugares alternarán también su caza, si bien la gran mayorÃa de aficionados son partidarios de cazarlos solo a rececho.
Una minorÃa por el contrario, los menos exigentes, entienden que al no cumplir con los cupos pueden tener sus opciones al ejercer la caza en grupo. Durante el desarrollo de las batidas el lance siempre se produce mucho más rápido y las posibilidades de dejarlos heridos se acentúan de manera importante, por muy delicado que consideren algunos a este animal, misterio y alegrÃa del monte.
Un animal salvaje, a diferencia de uno doméstico, siempre tiene ese aporte de nervio o fuerza que hace difÃcil dejarle en el lugar fruto del disparo. Genio que se traduce normalmente en unos metros suficientes para perderle de vista al adentrarse en la vegetación. De ahà que saber interpretar por la sangre la magnitud de la herida sea tan importante para cobrarlo como obligatorio para evitarle sufrimientos innecesarios.
Si se presume que el corzo está tocado, es preciso no moverse y observar bien su huida con atención. Un tiro en los intestinos sangra poco, de color rojo ordinario, pero mezclada con excrementos y hierba rumiada, las gotas son gordas pero aisladas y si no se le persigue de inmediato se tumba y muere. Una herida en los pulmones hace derramar mucha sangre de color vivo espumoso, evita subir cuestas y tosiendo muere pronto. Los tiros en las patas producen poca sangre cerca de la huella del pie y si el hueso no está roto es difÃcil cobrarlos. Una herida que atraviesa de parte a parte se conoce por la sangre que vierte a ambos lados, mientras que si no está atravesado cae de uno solo, entregándose rápido. Si por el contrario la bala rozó la piel se le conoce por los pelos que deja y alguna vez por los jirones que se encuentran. Lógicamente da poca o ninguna sangre.
Pero lo más importante para evitar estos percances y hacerse con ese gran trofeo que ha entrado en fase regresiva, motivo de todas las cazas, es aportar tranquilidad, valorar bien la cuerna (que pase por encima de las orejas) y a poder ser tirarle cruzado y parado. Ya sé que no es fácil que se den todas estas circunstancias, pero con serenidad, un corzo y a la carrera que no venga muy obligado por los perros, se le puede dejar inmóvil dándole una voz corta como ¡eh! La curiosidad basada en su portentosa capacidad de huida les llega a perder.
Juan Antonio Sarasketa es presidente de la Oficina Nacional de la Caza.
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