El Luchadero

Elefantes

Es obvio que la caza del elefante genera rechazo de una parte de la sociedad y hay que admitirlo. Son sensibles con la muerte de los animales y con este tan emblemático, más. Sin embargo, no a todos los cazadores de la mayor les atrae por igual su caza.

13 may. 2012 - 1.990 lecturas - No hay comentarios

Algunos pueden entender que es una caza relativamente sencilla donde las oportunidades de defensa del animal son mínimas. Otros incluso, por qué no, pueden hasta sentir un cierto grado de compasión al ver derrumbarse una mole no exenta de un cierto grado de nobleza. Los hay también a quienes la presencia de un elefante a una corta distancia les hace que les suba la adrenalina hasta las orejas y la vena cazadora les haga agarrarse al rifle.

Posiblemente todos tengan su parte de razón, pero una cosa son los sentimientos y otra bien distinta los argumentos ecológicos y biológicos para ejercer esta práctica. Concretamente, en Bostwana, los conflictos entre elefantes y personas, resultado de una creciente población, son constantes en las comunidades que viven frente a los elefantes. No en vano su población se estima en 130.500 ejemplares que siguen creciendo en una proporción de un 5% anual. Sorpresivamente solo se autoriza la caza del orden de 300 ejemplares al año, es decir un 0,23%.

El resultado de esta incorrecta gestión se traduce en una devastación de cultivos y pérdida de vidas humanas en la zona de mayor influencia de los elefantes (80.000 km2) Concretamente en Tuli Block, ubicado en el centro oriental, la densidad de elefantes es de 0,80 a 1,10 por km2. Los bosques a su paso se están convirtiendo en maleza y matorral, forraje propicio para que los incendios se propaguen. Además desplazan a otras especies como son rinocerontes y antílopes cuando el agua escasea, pues los elefantes dominan los abrevaderos en época de sequía.

De hecho en 1991 el Parlamento estableció entre otras medidas de gestión el aprovisionamiento de charcas artificiales y la eliminación selectiva de elefantes para establecer la población en 54.500 ejemplares. Capturas que no se dieron en su justa medida y que han concluido casi con el triple de animales. Hay que señalar también que la falta de comercio de productos derivados de los elefantes (colmillos, piel, carne) constituye la mayor amenaza para su supervivencia en el África Meridional. A la gente se le acaba la paciencia y no es raro escuchar que el gobierno vela más por los animales que por las personas.


LA CAZA

La caza puede resultar fácil o difícil, pero siempre muy peligrosa. Todo depende un poco de la suerte y de la densidad de animales. Una jornada de caza se inicia al amanecer, desde el campamento —fijo o móvil— y termina normalmente al anochecer. Localizada la huella —dos pies de ancho y largo como mínimo para un buen macho— los tracker (rastreadores) inician la localización que bien puede durar unas pocas horas como varios días. El tiempo que el animal ha pasado por el lugar lo detectan por la temperatura de las defecaciones —metiendo la mano— y la ubicación posterior del animal en base a la poca o mucha comida que encuentre a su paso.

En la sabana se mueven más que en la selva, a pesar de que pesen el doble. Un elefante adulto de sabana puede llegar a los 6.000 kilos perfectamente. Localizado el animal y con el viento siempre de cara cazador y profesional, también armado, inician el acercamiento. En la sabana hasta los 15–20 metros y en la selva hasta 8–12 metros, portando normalmente rifles express —de gran calibre— entre el 375 y 600 y más rápidos para doblar que un cerrojo.

Es el profesional quien marcará el momento y lugar para proceder al disparo. Si el elefante está de frente —en el mayor de los casos— debe apuntarse al cerebro —del tamaño de un balón de rugby— y si se encuentra de lado, al corazón. Al detectar la presencia del cazador el animal puede cargar perfectamente hasta 5–6 metros del cazador, si bien suelen ser normalmente cargas intimidatorias. Excuso decir que son momentos muy peligrosos donde se aprecia el valor y el temple del cazador, por mucho que a su lado esté el profesional, porque si no logra pararlo con dos tiros arrasará con todo lo que encuentre a su paso. Muchos son lo que no pueden contarlo.

Así las cosas, más de un profano en la materia se preguntará ¿cómo es posible que un mal tirador no logre acertarle en el cerebro a tan corta distancia? Pues sencillamente por eso, la distancia, por el peligro que conlleva, por la patata que está fuera de revoluciones. Pregúntenle a Sergio Ramos por qué tiro el balón a la fila 27 en la tanda de penaltis y eso sin elefante alguno bajo los palos, seguro que nos da alguna pista.

En cuanto al precio del abate de un elefante con unos colmillos aceptables puede rondar los 20.000€, a los que habría que sumar los gastos de la organización (1.000€ día).