El Luchadero

Lucha de titanes

Para ser cazador con toda la enjundia que ello conlleva evidentemente no basta con tener licencia de caza y perro para pasearlo por el monte. Ser venador supone mucho más. No quiere esto decir que para serlo haya que abatir muchas piezas. No, cazar y ser cazador requiere ante todo afición, sacrificio y respeto, y si además se aporta habilidad y conocimientos es posible que estemos ante uno de esos personajes que suscitan admiración entre el colectivo.

12 feb. 2012 - 1.794 lecturas - No hay comentarios

Cuando en el medio rural se le define a un vecino como buen cazador, es posible que sea una persona ejemplar. De hecho cuando muere es normal escuchar: A muerto fulano de tal, buena persona y cazador. ¡Qué bellas palabras!

Así las cosas les voy a contar una historia que quizá no contemple todas las facetas que requiere este arte pero sí un par de ellas, valentía y habilidad. No es poco. Voy a ponerle un nombre ficticio al protagonista porque, conociéndole como le conozco, no le gustaría que le nombre.

Este buen señor ya mayor, de rostro moreno de sol y aire, cual pergamino con arañazos del tiempo —caricatura triste de la juventud lejana— le brillan todavía dos ojos vivarachos como dos chispas de fuego que han sabido leer el monte como muy pocos. Pastor de oficio, Benito gustaba cazar jabalíes a cuchillo, furtivamente, acompañado de dos perros. Uno cruce de mastín y pastor alemán, de mirada penetrante, fuerte y más bravo que un lobo. Imponía verlo. El otro, un mil leches, más pequeño pero ligero como el viento con unos bigotes canosos como de antiguo general. Ambos tenían más cicatrices que pleitos Ruiz Mateos.

El caso es que un día que cazaba jabalíes con mi cuadrilla tropecé con él en un camino de herradura de una solana de escobas. Había recogido mis perros y el rifle en el todoterreno dispuesto a volver al pueblo. Nos saludamos y después de obsequiarle con un trago de vino y un cigarro, charlamos un rato. No había pasado cinco minutos cuando sus dos perros empezaron a ladrar a parado. Sin mediar palabra y sin coger el rifle, torpe de mí, corrimos hacia ellos con la emoción que es de suponer.

¡Qué impresionante estampa se ofreció a nuestra vista! ¡Y qué lucha salvaje y desesperada de los dos perros! Aculado en un roble, un jabalí de cuello poderoso y erizadas cerdas se defendía con la boca llena de espuma y castañeando unos colmillos que daban pavor. Los perros, a corta distancia, le cortaban la huida, esquivando al mismo tiempo las furiosas embestidas de aquella fiera a la que en un descanso, fruto del cansancio, se le colgaron de las dos orejas. A pesar de todo el animal dando cabezazos para intentar soltarlos continuó más de 20 metros con los dos perros arrastras. No dudó Benito en acercarse al berraco cuchillo en mano. El peligro era latente. El jabalí aunque sujeto y cansado se movía lo suficiente para rajar a todo aquel que se pusiera por delante.

Han pasado muchos años pero todavía la emoción del recuerdo embota mi mente que no puede expresar la inaudita serenidad de aquel hombre, la decisión de sus perros y el ciego valor del jabalí. Un descuido del animal fue suficiente para que Benito aprovechase para entrarle por detrás y hundirle el cuchillo en el codillo hasta el mango. Dobló poco a poco el pobre animal defendiendo su vida con valentía, como corresponde a todos los de su raza, con resoplidos de rabia y agonía pero sin un solo gruñido de dolor.

Puede no gustar este relato por su crudeza, pero es lo que hay, la fuerza de un valiente para llevar carne a casa en época de penuria.