El Luchadero

De chocha nada, y de sorda menos

Para el becadero, una salida a sordas es algo así como el día perfecto en el que los problemas diarios desaparecen. No en vano su caza, siempre compleja, tiene ese alo de misterio del ave viajera que fascina a un cazador sumido en la soledad del monte, donde el silencio casi se oye.

29 ene. 2012 - 2.110 lecturas - No hay comentarios

Así, el perro, ciego de pasión cara al viento, corta el terreno sin descansar bajo la atenta mirada de su dueño en busca de la dama de los ojos aterciopelados. Ambos saben bien de sus querencias y que su emanación corporal y deyecciones la pueden delatar. Pero la tarea es compleja y dura porque la becada de choca no tiene nada y de sorda mucho menos.

Los días más apropiados para su caza son los de fuertes heladas, los de cielo encapotado y bajas temperaturas. Por el contrario, con días ventosos, el animal pierde parte de su instinto de conservación, levantándose más rápido y volando más largo que de costumbre. Difícil para la rebusca. El perro también trabaja peor y las becadas se ubican igualmente en lugares más extraños.

Cuando el animal ha recibido las emanaciones del ave, comienza a alegrarse con movimientos rápidos y alegres de cola. En su afán de descubrirla trabaja con verdadera pasión, aumentando su excitación nerviosa hasta seguir una trayectoria determinada. El cazador toma precauciones ante un posible levante porque el perro ha empezado a disminuir su velocidad. Marcha despacio, su cuerpo se alarga y tensa, está sumamente nervioso. Al final se queda quieto, como petrificado, sin mover un sólo músculo, en una postura inverosímil. ¡Ahí esta la sorda!

Ésta se siente descubierta, pero no se mueve, se aplasta contra el suelo porque se fía de su mimetismo. El miedo la sobrecoge, sus ojos sobresaltados, la mirada anhelante de huida y sus músculos en tensión para salir disparada cuando se lo ordene su aturdido cerebro.

En el cazador se desarrolla un proceso psíquico semejante al de su perro. Su tensión nerviosa llega a un límite que le absorbe todos los sentidos porque no sabe por dónde arrancará la becada.

De pronto, remonta la sorda como si fuese catapultada y en el momento que inicia un vuelo horizontal el cazador la abate. Sumiso y contento el perro la entrega a su amo. Momento de máximo entendimiento y compenetración. Han cumplido fielmente el cometido correspondiente.

Pero esto que así contado parece sencillo, no lo es, porque para llegar al momento del lance, normalmente el cazador ha de sudar la camiseta durante muchas horas, barranco arriba, ladera abajo la mayoría de las veces sin resultado alguno.