El Luchadero

Desveda

Próxima a desvedarse la perdiz, los cazadores preparan los archiperres para abordar una temporada que se preveía buena pero que se empieza a torcer por la pertinaz sequía que está asolando muchas zonas. Pero es igual para los aficionados porque saldrán a cazar, al menos para comprobar hasta dónde pueden apretar sin esquilmar el acotado.

09 oct. 2017 - 2.846 lecturas - No hay comentarios

Y cuando termine la jornada, muchos de ellos totalmente exhaustos sentirán, al margen de los resultados, una sensación extraña de bienestar propia del que lo ha dado todo en aras de su afición. Verán amanecer y oscurecer en las solitarias parameras, sudorosos, con los labios cortados, los pies agrietados y el corazón fuera de vueltas impotente para arrastrar un cuerpo al límite de sus fuerzas para entrarles a tiro a las poderosas perdices. Y lo intentarán una y mil veces, solos unos y otros llevando una mano de varios compañeros pero sin intentar engañar ni restarles posibilidades de defensa al ave más brava y escurridiza.

Trabajar las perdices solo, con el perro por delante en corto conociendo este oficio, marcándolas bien y sin adelantarse en las asomadas, es un placer extremo reservado a los escogidos. Es el encanto de la caza, conocimiento, sacrificio y una férrea voluntad para intentar conseguir unos fines que por sí solos no serían suficientes.

¿Quién no ha experimentado esa sensación de rigidez embriagadora al ver y oír arrancar a las perdices cuando menos lo esperaba? ¿Con qué sensación lúdica se pueden comparar esos momentos de incertidumbre que acontecen al disparo? Posiblemente para valorarlo y entenderlo habría que haber pasado todo lo que cazador se ha sacrificado durante muchas horas. ¿Puede existir acaso algo más bello y difícil que el trabajo de un animal que cobrar una alicortada a doscientos o trescientos metros de donde pegó el pelotazo? Es algo que muchas veces no se comprende, cómo llega a los cinco o diez minutos donde cayó, en un terreno seco con múltiples rastros y es capaz de coger el bueno hasta llegar a la perdiz que apeona como un rayo después de marcarla cien veces, arrastrándose lentamente con la cabeza estirada y los músculos tensos como el acero. Créanme si les digo que el que no haya visto esta operación de un buen perro de perdices nunca sabrá valorar con justicia lo que representa un compañero de este nivel.

Todas las modalidades y especies es indudable que tienen su dificultad para ejercerlos con una cierta garantía de éxito. Pero si tuviera que establecer una que requiera más exigencias, me quedaría con las perdices. No en vano su caza requiere una gran preparación física, exquisito manejo del perro, estrategia, un más que aceptable manejo de la escopeta y una voluntad férrea.