El Luchadero

Sensibilidad

A un mes de finalizar la temporada de las especies menores, son muchos, demasiados, los aficionados que prácticamente han limitado sus capturas a extremos que para algunos aficionados es poco menos que una insignificancia. Pero se equivocan quienes vuelven a identificar necesariamente caza con morral.

25 dic. 2016 - 6.033 lecturas - No hay comentarios

Estos sufridos cazadores son un dechado de ilusión y paciencia. No encontrarán caza en el monte pero cuidarán el perro personalmente todos los días del año con un cariño entrañable. Lo sacarán al monte en época de veda cuando la totovía duerme y el mochuelo vela, mientras por el levante el día comienza a estremecerse.

La gran afición y sensibilidad de estos compañeros perseverantes hace que sean estimados por todos pero no comprendidos por algunos. La triste realidad es que las reducidas poblaciones de especies que bullen por el mes de julio, para enero se han reducido ostensiblemente, entre otras muchas razones porque algún que otro advenedizo alocado en comerse el campo y su fauna lo patea durante el día y vuelve rápido a casa, incapaz de sentir la emoción de una puesta de sol, ni la de una ladera azul con temblores de abejas.

El cazador sensible, inmerso en el campo, lo conoce y lo ama. Distingue y aprecia cada loma, cada vaguada, cada ladera con su nombre y accidentes. ¡El paso del tío Filiberto! ¿Quién sería el tío Filiberto? Seguramente un hombre antiguo como un atardecer que usaba en sus conversaciones aquellos bellos arcaísmos que la televisión y el coche han desterrado. Dirían, maniantales, veredes, raboso, jabalines, alorros…

¿Cómo va a conocer y menos entender el escopetero La solana del raboso, El portillo de la umbría, La vereda del lobo, El cubilar de los corderos, La ralla de las pauletas, La mosquera, Las planas de Chacote, Monte fenero, Barrio estrecho o el Fachar del boixo? Todos estos cazadores conocen estos parajes y muchos más. Y no solo los entienden, sino que se preocuparán muy mucho de inculcar su presencia a sus hijos para mantener vivo un legado que se lo transmitieron sus padres.

No importa pues tanto la percha, es suficiente a veces el simple contacto con algo que uno siente como suyo. ¿Quizá añoranza, tradición, ancestros? De todo un poco posiblemente, pero seguro que gran parte tambien de melancolía propia de nuestros mejores representantes.