El Luchadero

Nostalgia

Los que hemos conocido tiempos pretéritos —no sé si para bien o para mal— detectamos ahora en materia de caza un comportamiento cuanto menos distinto, más acomodado y, lógicamente, fruto de la evolución de las cosas.

22 may. 2016 - 7.597 lecturas - No hay comentarios

Las armas están más perfeccionadas, los coches ni les cuento, la munición, el calzado, las prendas, los visores… Por no hablarles de los nuevos carros de perros, los móviles o los GPS. Todo ayuda y se utiliza para cazar. Uno, que como otros muchos de mi generación se desplazaba en una Lambretta con el perro en los pies a Burgos o donde fuese preciso, con una caja de cartuchos, la misma ropa para viajar y cazar, llueva o salga el sol, le suscita una cierta admiración el cúmulo de trastos que algunos aficionados mueven en cada salida.

¿Hace falta tantas cosas para cazar? Si les preguntan a mis hijos —uno profesional del tema— seguro que les responden que todo es poco. Lógicamente es muy difícil inhibirse de lo que el comercio les ofrece. Pero permítanme cuando menos que añore el duermevela de la víspera de la desveda, la misa de cazadores a la que se asistía totalmente pertrechados —incluso con la escopeta enfundada—, con los perros, acompañados de cuatro viejecitas tapadas hasta los ojos, mientras dormía el pueblo escondido en el regazo del cierzo que lo azotaba.

Recuerdo también con cierta nostalgia cómo me contaba mi padre que llego a cruzar el río Ebro a nado con una percha de perdices para poder coger el tren, o cuando el que esto les cuenta llegó a verle al mismísimo frío en Pancorbo. ¿No lo creen? Prueben en invierno a seis bajo cero a desplazarse hasta Burgos en moto sin parabrisas y cuatro prendas de las de antes.

Ni les cuento en la época del feudalismo, en la que la caza era la única diversión de la nobleza feudal. Al ciervo se le corría a caballo, sin otro auxiliar que la jauría, que rendían por fatiga a la res, que remataban a cuchillo. Al jabalí se le acosaba también con perros y a caballo. Una vez sujetado se le mataba a pie y a cuchillo. Al oso se le cazaba obligándole a huir primero, y a cuadrarse y hacer frente a los perros alzándose sobre las patas posteriores, momento en que se le abrazaba para rematarlo a cuchillo.

Evidentemente fueron otras épocas con otros medios. Todos respetables como los de ahora si el cazador no resta a la pieza instinto alguno de conservación y defensa. Y créanme que hay muchos cazadores, cada vez más, que este principio lo llevan a rajatabla. Prueben si no, incluso cazando codorniz, a seguir a pleno sol a un cazador que por tal se tenga o a meterse un jabón de seis horas detrás de las perdices, la mayoría de las veces en directa.

El próximo día 19 de junio el campo de aviación de Dima acogerá el XXIV Día del Cazador y Pescador.