El Luchadero

El mejor legado

En breve finalizará la temporada de caza y con ella un sinfín de vivencias. Algunos de nuestros mayores abandonarán toda una vida cinegética preñada de múltiples lances y gratos recuerdos, y es posible que se identifiquen con la historia que les voy a contar.

20 dic. 2015 - 2.966 lecturas - No hay comentarios

En su atención y con la esperanza de que sus descendientes recojan el testigo con la misma ilusión y respeto que ellos lo hicieron este relato tiene su verdadera razón de ser.

El caserío se alzaba entre el ramaje oscuro de las encinas y los pinos, su fachada blanca como una promesa de paz. Las gallinas escarbaban y picoteaban alrededor del mismo, acudiendo cuando la voz temblorosa del abuelo les llama para que su nieto les dé unos granos de maíz. Alguna se deja acariciar por las manos gordezuelas y rosadas del niño, mientras que las temblorosas y descarnadas del viejo cazador desgranan la mazorca.

A unos escasos cien metros irrumpe la figura del astuto raposo atrapando en un periquete una de las gallinas. Con voz angustiada el pequeño llama a su abuelo. ¡El raposo, abuelo! ¡Ya está otra vez aquí! ¡Seguro que volverá mañana! Clama el chiquillo implorante. El viejo cazador le consuela

—Me quedaré aquí esperándole y no nos robará más gallinas.

Entre sus manos oprime la escopeta. La vieja escopeta remendada con alambres, en cuyos cañones la roña ha reemplazado al pulido pavón que en su juventud tuviera. La vieja paralela que tan pocos tiros falló… medita el viejo con ella estrechamente abrazada y la mirada estática perdida en el azul del cielo. Pero duda de sí mismo, de la seguridad de su pulso, aquel que por aquellos contornos tanta fama dejara. Piensa en los ratos gozosos que la vieja escopeta, su eterna compañera, le hiciera pasar junto al viejo setter que tembloroso y acurrucado descansa frente al fuego bajo. Sus manos callosas, como si de papel de lija se trataran, acarician los enmohecidos cañones, y duda que la muerte que en ellos se albergó y acató tanto tiempo su mandato, responda ahora con sus deseos. Daría gustoso un dedo de su mano para vengar las lágrimas de su nieto. Medita el viejo con la mirada perdida en el espacio y la imaginación en la noche de los recuerdos.

Al amanecer del siguiente día vuelve el raposo a por otra presa. Trémulo de rabia el viejo se incorpora, apoyando su hombro sobre la culata y sobre ella la arrugada mejilla. Hay un fulgor de rabia en su mirada. Los músculos del rostro contraídos y crispadas sobre la vieja escopeta las manos descarnadas, intenta con un poderoso esfuerzo reprimir el temblor que han dejado los años en sus brazos. Dos veces hizo ademán de tirar y ambas se detuvo temeroso de no acertar. Y por fin en un momento en que el raposo huía con su presa en la boca disparó.

A punto estuvo de caérsele la escopeta de las manos. Una exclamación de desaliento brota de su pecho al observar que el zorro desaparecía por entre los pinos sin soltar la gallina. Aún resuena el estampido, reflejado por el eco de los barrancos del valle. Y el desgraciado cazador siente vergüenza al oírlo, porque es la voz que va pregonando su derrota como antes sus triunfos.

Con paso vacilante entra en el caserío. Suspira ruidosamente al colgar para siempre la vieja arma que fue su eterna compañera. Se sienta junto a la lumbre y en sus manos descansa su cabeza. Tras él, en silencio, entra el muchacho. ¡Los matarás todos abuelo! dice convencido. Sí, todos, responde frío, como si estuviera más cerca de la muerte. Los ojos apagados miran por un momento a la escopeta colgada en la pared. Después se fijan en las llamas pero no las ve porque las lágrimas que de ellos brotan se lo impiden. Un cazador se ha ido pero sus andanzas que tantas veces relató con sano orgullo al receptivo chaval a buen seguro que germinarán con la fuerza necesaria para que la vieja escopeta pasee nuevamente respetuosa en las jóvenes manos por montes y barrancos. Él, como otros muchos jóvenes, seguirán los pasos de sus mayores, engrandeciendo el colectivo.