El Luchadero

Tirador

El cazador normalmente nace venador y como es lógico se va perfeccionando con el paso de los años. El tirador por el contrario se hace, requiere un proceso de adiestramiento para ser un tirador que se preste. Ambas facetas deben conjugarse para que redunden en resultados.

05 ene. 2014 - 1.853 lecturas - No hay comentarios

Normalmente los grandes cazadores no suelen destacar por su alto nivel en el manejo de las armas ni los tiradores de élite por ser unos consumados cazadores. No, se amparan más bien unos y otros en sus habilidades para alcanzar sus objetivos. Como todos los deportes de habilidad la práctica del tiro en la caza determina unas reglas precisas que la simplifican y la hacen más eficaz. Siempre y cuando la escopeta en cuestión esté adaptada a la conformación del tirador, de tal manera que, dentro de los principios generales que la técnica y la experiencia determinan, cada individuo aplica sus propias precisiones a consecuencia del ejercicio prodigado.

A este respecto conviene poner de relieve una serie de recomendaciones: la longitud, altura y desviación o ventaja de la culata debe estar adaptada inexcusablemente a la anatomía del cazador en cuestión. De tal forma que al encarar el arma, el brazo izquierdo (los diestros) debe extenderse sin exageración sobre el arma ya que le corresponde el cometido de dirigir el cañón sobre el recorrido de la pieza. No en vano será esta mano izquierda la que verdaderamente haga efectivo el disparo.

La posición de las piernas juegan también una importante labor. Pero si tenemos en cuenta que el disparo se realiza en terrenos accidentados y por lo común de manera espontánea y rápida que no permite reflexión alguna, advertiremos que no existe la posibilidad de fijar una posición definida para este o aquel caso, porque solamente la práctica puede aconsejar la adecuada a las circunstancias concurrentes. Difícilmente correremos bien la mano izquierda si el pie izquierdo está muy adelantado y viceversa.

Cuando arranca una pieza, la escopeta hay que llevarla a la cara y no a la inversa. Sin amarrarnos mucho, con suavidad, los dos ojos bien abiertos en el momento del disparo —dispondremos de más visión— si el ojo rector en los diestros es el derecho. La culata por lo general no debe ser ni curva ni recta. Y para comprobarlo nada mejor que se coloque una persona delante de los cañones para observar que solo se vea el ojo del tirador si éste tiene la escopeta debidamente encarada.

Para lograr abatir las becadas conviene cubrirlas bien en el momento que arranca remontando. A las perdices, por el contario, bien vengan de pico o cruzadas, habrá que correr bien la mano izquierda y adelantar el tiro un par de metros si están a treinta o menos metros de distancia. A las liebres es prudente en el momento del arranque dejarlas que den dos o tres regates porque seguido enderezarán el rumbo y con solo cubrirlas en principio será suficiente. El tiro a las torcaces es muy parecido al de las perdices, si bien habrá que dejarlas entrar hasta que se vean los colores del pecho porque de lo contrario, debido a la distancia, dejaremos los tiros normalmente traseros.