El Luchadero

La caza en su mejor estilo

Pasaron las palomas, tarde y por lugares donde pocos las esperaban. Algo que llevamos años observando sin saber bien los motivos. ¿Serán los vientos, los aerogeneradores, muchas líneas de paso? No lo sé, quizá un poco de todo.

01 dic. 2013 - 2.243 lecturas - No hay comentarios

El caso es que cada vez hay más torcaces y muchas menos capturas. Algo no cuadra, por mucho que se empeñen los ayuntamientos propietarios de los puestos palomeros en seguir cobrando las cantidades astronómicas de antaño. Un puesto vale según las palomas que se vienen abatiendo, así de claro, lo demás son milongas y ganas de engañar a los cazadores.

Ahora, sin embargo, la perdiz se erige en protagonista en unos campos desmesuradamente crudos donde su caza adquiere mayor dificultad, más eventualidad. Y precisamente es ahí donde reside la dicha del afán venatorio. Muy pocas entre las especies menores logra ese egregio brío, esa fuerte tensión que se produce en los contados momentos que arranca la perdiz próxima al cazador.

El venador buscará a base de esfuerzo ese lance con la embriaguez que da la alegría cuando las piernas flaquean. Al abatirla contempla con respeto a una perdiz que ha recibido algo así como un brusco manotazo en el aire. Corre a cobrarla o bien espera la servidumbre de su perro, la acaricia y peina con las manos. En ese momento desearía darle la vida que le ha quitado. «Enjundia de esfuerzo y hazaña que lleva la caza en su mejor estilo» como dijo alguien.

Valora el cazador ese momento que se desarrolla en el mayor teatro universal como es la Naturaleza, teniendo como único testigo su mejor compañero, el perro. No le importa hacer número, valora haberla trabajado hasta la extenuación, como mandan los principios venatorios. Y créanme que son muchos los que así lo hacen. Porque ser cazador con toda la enjundia que esa palabra conlleva supone sacrificio, compañerismo, conocimientos y sobre todo cariño hacia los animales, por mucho que algunos no lo entiendan.

No en vano evoca su pasado predador perfectamente reglado. Un atávico deseo. Normalmente un hombre de bien, con sentimientos como el que más y carente de ñoñerías propias de las que no comulgan con su afición. Sabe que su participación en el medio es indispensable para regular las poblaciones de los animales, pero no los engañará. Un ejemplo de andar por el campo y por la vida.