El Blog de J.A. Sarasketa

18 nov. 2013 10:5

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La caza, escuela de humildad

En materia de caza, si no hay esfuerzo y conocimientos por medio, difícilmente se pueden conseguir grandes logros, por mucho que algunos alardeen de sufrir sus carencias venatorias con un buen manejo del arma.

Aunque, a decir verdad, de los fracasos es cuando mejor se entiende que la caza es una escuela de humildad. Un simple lance es suficiente para darse cuenta lo mucho que le queda a uno por aprender. Les voy a contar una historia relacionada con el tema.

Sucedió hace bien poco, no me pregunten donde y a quien porque lo que de verdad importa es el lance en sí, si es que se le puede aplicar ese apelativo a tanto despropósito. Se daba una solana de robles con pocos perros y escasos puestos. El día precioso, de cuadro, con un poco de viento sureño. El protagonista de esta historia, a quien vamos a llamar Juan —cazador mayor con muchos pares de botas rotas en su haber—, ocupaba un puesto en el sopié de esos de por si acaso, fáciles de llegar y con pocas posibilidades de que le entre pieza alguna. La ilusión ni les cuento, por todo lo alto, como siempre.

Pero por aquello de andar poco —los años pesan y las rodillas crujen— hizo que Juan dejase el coche a unos 80 metros a su derecha y detrás de unos matorrales. «Aquí no hay quien lo barrunte», pensó. Claro, y pensó mal, como todo aquel que intenta engañarse a sí mismo por no sufrir un poco (primer error). Además el aire rebocaba un poco y un vehículo en el monte para un jabalí adulto es poco menos que un torrente de emanaciones, algo así como una cuadra de gorrines para los humanos (segundo error).

El caso es que a eso de las 12 horas un jabalí más grande que la esperanza sale lentamente de la mancha, sin perros, con la jeta cara al viento en dirección a la mata donde escondió el coche. Juan, consciente que lo había barruntado y se iba a vaciar por la derecha, encara el rifle y aprieta el gatillo convencido de que lo iba a dejar planchado. ¿Planchado? Sí, pero de tintorería.

El rifle, sin acerrojar bien, había picado en vacío (tercer error). El macareno llega al coche, oye el CLICK y vuelve sobre sus pasos en dirección al monte. ¡Anda que no meneaba rápido los jamones! Vuelve a cargar precipitadamente, frunce el ceño mascullando entre dientes algo así como «ay pájaro, te voy a meter hasta los tacos». ¿Tacos? Es lo que parecía llevar en las pezuñas de la velocidad que llevaba. ¡El rifle mal acerrojado otra vez había vuelto a fallar! ¡Torpe! (cuarto error).

Vuelve a cargar rápido y después de encomendarse a San Huberto y a todo su séquito le suelta un balazo con tan mala baba que… todavía está corriendo monte arriba. Si llego a dejar las llaves del coche puestas es fácil que con tantas facilidades hasta se lo hubiese llevado.