No Perdamos el Norte

Ciervos de ocasión y circunstancia

Terminada la berrea, los auges monteros afloran a lo largo y ancho de toda la Península Ibérica. Nosotros, los monteros del Finisterre, ya estamos más que fogueados en las estériles batidas que nos obligan a realizar desde mediados de agosto. La desmotivación crece al ver mermadas las cabañas de jabalíes por esta errática gestión y, sin embargo, los daños a los cultivos se convierten en recurrentes.

17 nov. 2014 - 3.355 lecturas - No hay comentarios

En este estado de cosas, el desánimo y las ganas de pillar pelo cervuno, harto ya de jabalí norteño, empuja nuestra ansia venatoria hacia tierras castellanas, allá donde otrora fue el Duero frontera contra el infiel. Esta ha sido siempre buena tierra de caza, vino y pitanza, que desde el Virrey Palafox en el precioso Burgo de Osma, hasta el Fogón de Salvador, ya en la capital, hay muchos templos culinarios donde dar reposo y contento a nuestros estómagos.

Ha sido hoy, en estas secas, adustas y polvorientas tierras donde el poeta cantó al camino. En otras ocasiones, ha pasado en las tierras de los conquistadores del Inca, ya pegados a Portugal y en cien sitios más. Ocurre en todos lados, porque en todos sitios cuecen habas, como también crecen hongos o se multiplican los mercachifles de los negocios mal atendidos que no debiera ser ninguno, pero menos el cinegético que, a nosotros, pobres viajantes que cargamos nuestros rifles de ilusión, es el que más nos afecta.

Buenos orgánicos hay sin duda alguna, pero también hemos de reconocer que tenemos tendencia a tropezar más de dos veces en la misma piedra. Mi límite lo pongo en tres, algunos lo alargan más y ese es el beneficio de los trileros cinegéticos que el tiempo, juez inapelable, acaba poniendo en su sitio.

El viaje, siempre hermoso hacia la meseta, contaba esta vez con la compañía de mi esposa. Ella se sumó a la expedición de amigos que, desde la periferia de los dos mares de España, confluiríamos en su centro para compartir paella valenciana, queimada gallega e ilusión por la caza.

Nuestro orgánico, al que llamaré Gilberto, que es nombre figurado, nos había ofertado una cacería de venado, cierva y jabalí… Ya sabíamos que jabalíes no había pero dimos por bueno el embuste y continuamos con el sainete. La primera batida de la temporada prometía ser abundante después de la berrea, luego se dispersarían y había además que bajar la alta densidad de ciervas, eso nos habían contado.

La buena compañía y la amistad hacen mucho por la caza, incluso hacen más bellos los lances que no son y más hermosas las cuernas que nunca existieron.


SORTEO MAÑANERO

Después del sorteo las armadas se iban colocando de una forma parsimoniosa en aquellas pistas terreñas que circundaban los pinares, estas se dibujaban como la última frontera del prado, que era el morir.

La práctica habitual de este personaje es esa, lentitud, ruido, no situar primero los cierres y después las traviesas. De esa forma y siendo él, el único postor, con su lento ir y venir al colocar las armadas tan parsimoniosamente, los ciervos perdían la paciencia y se marchaban camino de su perdedero. Mientras, las últimas armadas, nos carcomíamos en la plaza del pueblo esperando el regreso de este personaje.

Llegó nuestra hora, nos recoge el famoso Gilberto y nuestra procesión se encamina al cazadero, vemos al pasar los demás puestos ya aburridos de esperar y nos desviamos hacia la pista que nos toca cubrir, en esta ocasión yo no llevé mi coche.

Mi esposa y yo, con el trece de la suerte en nuestra papeleta, echamos el pie a tierra en el doce y el orgánico, postor, guarda y si me apuras cocinero, continuó en el coche de los compañeros de Castellón hacia el puesto catorce. Ruido y parsimonia; premeditada escena que ya conociendo las mañas, nos hizo barruntar sobre la misma idea. Está vaciando la mancha y para cuando suelten perros, aquí no queda ni el Tato.


CARRERA HACIA EL PUESTO

Con absoluta determinación echamos a correr desde el puesto doce al trece, que era el nuestro. Llegamos jadeantes cargados con los achiperres, que gracias al reparto de cargas, entre los dos, nos permitió salvar rápido la distancia. Al llegar al nuestro, escuchamos con claridad las voces del orgánico en el puesto catorce. Si quería vaciar aquellos pinares, solo le faltaba contratar a la muy solicitada orquesta Panorama, líder de las verbenas de mi querida Galicia. Aquí es tradición que hagan un pase en la sesión vermut y la hora del aperitivo se acercaba peligrosamente.

La regla de oro: Al llegar al puesto arregla todo rápido y carga el arma.

Seguridad, el tiro era a bicho pasado. Pinares a la espalda, campo al frente limpio y largo. El doce a mi derecha, un noble extremeño afincado en León. El catorce a mi izquierda, dos amigos de Castellón, padre e hijo.

Los primeros tiros suenan y los venados y pepas saltan al prado, en el justo momento en que yo había metido, ya en la recamara, mi cuarto cartucho. Es el último que carga mi cerrojo. Cuatro ciervas y un hermoso y grueso doce puntas buscaron vida en aquel prado y solo tres de las pepas la encontraron. La fortuna y mi veterano Remingtom se confabularon, me regalaron una pepa y aquel magnífico venado, la ligera vara de peral me permitió cobrarlo a 350m. la vieja cierva a más… Tiros limpios y seguros a pieza pasada. A lo largo de la mañana los disparos fueron flojeando, los ciervos se habían vaciado y los corzos reventaban con sus carreras el trabajo de las buenas rehalas.

Se mató lo que se tiró prácticamente a primera hora después de aquel tedioso, lento y doloso, que no doloroso, procesionar hacia los puestos.

Pronto, no había pasado ni media hora, justo en medio de la cacería y el orgánico volvió a pasar con su coche por aquel puesto trece, para mayor ruido y molestia, evidentemente.

D. Gilberto paró a venderme la moto de que estuviese atento que había visto un venado muy bueno hacía media hora, que lo menos tenía diez puntas. Yo, con una sonrisa socarrona, a juicio de mi esposa, le contesté que no se preocupase que no hubiera escapado el pavo y que, a falta de diez tenía doce. El disgusto se dibujó en su rostro, en ese momento pareció que en sus ojos se dibujaba la sombra de 1200€ perdidos de algún rececho futuro, futurible o quizás furtible, si se me permite el palabro.


YA EN LA JUNTA…

Tarde, mal, a rastras y casi a oscuras, llegamos a una desorganizada junta de carnes donde pude alegrarme de que Marcos, Marcelino, José Miguel y Toño también se hubiesen divertido pero, el resto solo habían podido tirar o colgar alguna cierva esporádica. Nada que objetar hubiese tenido, porque la fiesta es mejor tenerla en paz, salvo que la escena se repitió al día siguiente en que volvimos a sufrir el tedioso espectáculo de la lenta colocación de puestos. Convenimos de nuevo, todos, en la seguridad de que habían vaciado la mancha para mejor atender a los clientes de la siguiente montería.

La picaresca en la caza no es soportable, no toleré descubrir que nos habían vendido dos monterías de venado y cierva sin cupo, pero el extraño paseante de armadas, solo tenía seis precintos de macho, cosa que le costó reconocer.

Por lo menos así nos llegamos a explicar el oculto motivo que podría tener un organizador para hacer las cosas tan rematadamente mal. Temía, aquel gran gestor, que hubiésemos cazado más ciervos que precintos de macho tenía….


LA VUELTA AL HOGAR

El sentimiento, camino al hogar, fue contradictorio; agridulce más bien. Habíamos sido engañados pero nuestras naves salvaron su dignidad y arboladura. Con un magnífico trofeo regresé a casa, pero también lo hice con el firme propósito de no volver a visitar jamás a aquel extraño paseante de las armadas. Personalmente yo decidí retirarme del juego después de aquella afortunada mano en forma de doce puntas. Los buenos jugadores deben saber cuándo parar, para evitar que les desplumen. La banca siempre gana, en la caza también.

España es ancha y larga, con buenos orgánicos, con unos precios que han bajado mucho en las monterías. Pero es ahora, en este preciso momento, cuando se debe ser cauto y saber discernir entre la gente honrada y los que solo pretenden parecerlo.

La caza, y la mayor más, tienen fama de ser nido y criadero de negocios y politiqueos varios. Créanme que no es exactamente así. Sirve para aprender con quién no debemos hacerlos, que es más importante que lo contrario.

En esta temporada montera que comienza habrá vivencias para dar y tomar. Lo más importante es compartirlas con amigos y gente de bien. Los cazadores, los monteros más, solo debemos fijarnos en no tropezar en la misma piedra de los trileros más de tres veces, porque el que tropieza cuatro, es porque le gusta. Evidentemente.


Publicado en la revista Caza Mayor de Noviembre.

 

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