Armas de Mujer

Perdigón del 7 ½

Además de lo obvio, y con el permiso de su creadora, que no soy yo, «perdigón del 7 ½» es una expresión muy gráfica que describe una actitud muy común entre cazadores y tiradores. Su procedencia es casera y forma parte de ese repertorio de ‘frases hechas’ entre mi grupo de habituales. Quizá pueda resultar algo chorra para el resto del mundo, pero venía al pelo para esta ocasión. Seguro que después de leer esto verán con otros ojos los comportamientos y los comentarios que escuchan de amigos y conocidos, y comprendan por qué la frasecilla se ha convertido en un aforismo.

29 dic. 2014 - 8.330 lecturas - No hay comentarios

Los que por medio de vida tenemos la venta de armas y otros artículos afines, escuchamos y vemos cada día comportamientos irracionales, que cualquier mortal, sin el grado de apasionamiento que subyace tras la caza, no realizaría jamás. Y es que el plomo produce efectos descontrolados. Y no me refiero a la contaminación por plumbismo. Pobres pajaritos. Como si el plomo fuera su principal problema. Ni pensaba en engañabobos como el perdigón ecológico.

No, no… es mucho más primario.

Cada año, con el comienzo de la temporada de plato, como ocurrirá en breve, o como ahora, inmersos en plena temporada de caza, asistimos a un fenómeno similar al de aquellas señoras enloquecidas el primer día rebajas a las puertas de El Corte Inglés o el de la acampada de un grupo de adolescentes a las puertas de un estadio de fútbol antes de un concierto del grupo de moda.

Apasionamiento o inconsciencia, no se puede describir de otra mejor forma. Si no, díganme ustedes si tiene sentido cruzar todo Madrid para llegar a un parque comercial o recorrer 100 kilómetros hasta el centro de La Mancha para comprarse cuatro cajas de cartuchos 20 céntimos más baratas que en la armería de al lado de casa. No es que muchos lo hagan, pero algunos hasta se vanaglorian de ello.

He sido capaz incluso de entender lo del torero y la actriz de Hollywood, donde lo importante no era el polvo, sino contarlo. Pero 20 miserables céntimos son inexplicables.

Pero helos ahí. Haciendo kilómetros y presumiendo. Y es que es muy castizo: Ser el que más. Sobre todo, el más barato.

Nunca he comprendido dónde está la ventaja, ni para el que se pega el viaje, ni para el tendero que presume del canje, porque si uno conoce los precios y los márgenes, lo cierto es que nadie gana. Pero no seré yo quien critique este comportamiento. Al final, vendo cartuchos, además de rifles, y como diría algún financiero «A usted qué más le da: Lo importante es que compren».

Se pongan como se pongan, la cuenta no sale. Compra: un cajón de cartuchos (en jerga, un cajón son 250 cartuchos y que, para un cazador medio, son incluso una cantidad ingente) 50 euros (los baratos). Gasolina: 10, no me voy a pasar. No vamos a sumar los peajes si los hubiera, o el parking. Cacería: entre 500 y 1.000 (no hablamos de las de postín), viajes, cubatas y otras fiestas no incluidos. Llegado este punto todos pensamos, «¿qué importará el precio del cartucho?» Pero en fin, es lo que hay. Si usted se siente realizado, ¡olé sus narices!

He tratado de describirlo en plan graciosillo y dentro del respeto a que cada cual invierta su tiempo y su dinero como mejor estime, pero el hecho es que la situación es así de triste.

Aun me resulta difícil entender, después de tantos años en el negocio, por qué alguien es capaz de regatear, encabronarse y comenzar guerras comerciales por este discreto pero imprescindible producto. Cuando lo único importante debería ser que el producto vaya bien, se comporte adecuadamente para el uso que destinado y reporte la seguridad suficiente para acertar el disparo. Porque su precio es lo menos importante.

Créanme si les digo que he asistido a situaciones insólitas alrededor del bravo cartucho. Desde productores a cazadores, pasando por comerciantes que aun viven en otro siglo y siguen manejando su negocio en pesetas. Trato cuanto puedo de alejarme del tema, pero aislarse es imposible. La gente se trastorna cuando habla del cartucho de escopeta. Y justo esto, es lo que quiere decir «perdigón del 7 ½»: irracionalidad.

Como soy un alma inquieta y marketiniana, a las tres cosas indicadas por algún gurú como indispensables a realizar en la vida: plantar un árbol, escribir un libro y tener un hijo, añadiré una cuarta, menos metafórica: hacer mi tesis doctoral sobre el comportamiento psicosocial del cartucho de escopeta.

Ventajas de la pasión como proceso emotivo. Generan gran material de campo. Cuando esté, tienen mi promesa de que la publicaré. Sino entera, al menos sí las conclusiones.

 

Lola Fernández
Lola Fernández es responsable de marketing, entre otros cargos, en Excopesa, traficante legal de armas y cazadora accidental.

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