Diario de caza

16 ago 2012 9:30

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El héroe de la línea 7

Israel Hernández Tabernero

Su historia no es nueva, ni la única, pero a uno se le cae el alma a los pies al escucharlo. En paro desde 2008, fue uno de los primeros en sucumbir. Tiene tres hijos, una mujer también en paro y ningún subsidio. Para él no hay rescate.

Línea 7 del metro de Madrid. Cinco de la tarde. Voy sentado en el vagón, con los ojos clavados en la nada, mirando para adentro, sin perder detalle de lo que dibuja mi imaginación. Aunque lo intento, no puedo concentrarme: me muero de calor. El aire acondicionado debe de estar estropeado. En ese momento el tren comienza a aminorar su velocidad mientras entramos en la estación Parque de las Avenidas. Aguardo con impaciencia a que éste se detenga con la esperanza de que, al abrir las puertas, entre un soplo de aire fresco. Soplo que no llega. Miro con fastidio hacia la puerta que se cierra y pienso que tal vez en la próxima parada tenga más suerte.

Mientras intento volver a sumergirme en mis pensamientos alguien eleva la voz y reclama la atención de las pocas personas que nos encontramos en el vagón. Miro hacia él y trato de analizarlo en pocos segundos: se trata de un hombre adulto, que hace tiempo debió dejar atrás los 45. A pesar de la elevada temperatura, viste pantalón vaquero, camisa de manga larga escrupulosamente planchada y zapatillas de deporte. Lleva gafas de montura fina y la barba perfectamente rasurada. El pelo, peinado a raya, deja entrever muchas canas. Quizá demasiadas. El cuadro lo completan una pequeña mochila que lleva a su espalda y una bolsa de plástico llena de papeles que sujeta con su mano derecha. Aparentemente parece un hombre serio, un hombre de bien, de clase media, alguien que nunca reclamaría la atención de la gente en un vagón de la línea 7 del metro a las cinco de la tarde. Pero lo hace.

Su historia no es nueva, ni la única, pero a uno se le cae el alma a los pies al escucharlo. En paro desde 2008, fue uno de los primeros en sucumbir. Tiene tres hijos, una mujer también en paro y ningún subsidio. Para él no hay rescate. Ni siquiera pide para comer, según nos cuenta. Se conforma con poder pagar la letra de la hipoteca, con tener un techo que dar a sus hijos. Su impecable forma de hablar, la educación con la que se dirige hacia nosotros y su correcta forma de gesticular indican que cuenta la verdad. Que no miente. Y quizá eso hace que sus palabras se claven más, que nos duelan a todos los que escuchamos en silencio. Estremecidos unos, indiferentes otros… Lo miro fugazmente, con respeto y gesto grave, y me sorprendo al verlo aparentemente tranquilo, con la frente alta y mirándome a la cara. Se nota que ha repetido hasta la saciedad ese mismo mensaje, que la vergüenza y el pudor los dejó muchas estaciones atrás. Sin querer pienso en su familia, en los hijos que, posiblemente ignorantes de todo, no imaginan que su padre mendiga caridad por ellos bajo el suelo de Madrid.

El anuncio de la próxima parada suena por megafonía cuando el hombre comienza a recorrer el vagón con la mano extendida. Rebusco en mi bolsillo inútilmente mientras escucho cómo tintinean las monedas que va recogiendo. Confirmo que, efectivamente, no llevo nada encima y siento vergüenza por no poder ayudarle. Al llegar a mi sitio, él no se detiene para no hacerme sentir violento. Hasta para eso tiene estilo. Cuando alcanza el final del vagón se gira y, educadamente, agradece a todo el mundo su ayuda. En ese preciso instante el tren se detiene en la estación de Cartagena. Las puertas se abren y, nada más salir, se dirige hacia uno de los bancos del andén, donde se sienta.

El metro tarda en arrancar. Vuelvo a mirar hacia él y veo que saca un pequeño bocadillo de la mochila. Mientras le da un mordisco, introduce una mano en la bolsa y saca una revista que me resulta conocida. Es un número atrasado de Jara y Sedal. Viejo, desgastado. Mis ojos, abiertos como platos, observan cómo lo abre con cuidado y sumerge su desgracia en él. Las puertas se cierran, el tren arranca y su imagen empieza a quedar atrás. Deseo con fuerza que sus páginas, al menos, le permitan rememorar viejos lances vividos o soñar con los que aún están por venir, cuando salga de ésta. Porque saldrá. Irremediablemente me siento en deuda con ese cazador anónimo. Con ese fiel amigo lector. Y por eso decido traerlo a esta primera página. Porque se lo merece. Ánimo, compañero. Ánimo, valiente.


Editorial publicado en el número de agosto de Jara y Sedal

 

4 comentarios

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18 ago 2012 01:00
+4
bizarra
Maestro. Eres joven pero dices verdades como puños. Mejor si aprenderían de tu pluma muchos desgarramantas que se dicen periodistas. Para terminar una petición: "Sigue igual, no cambies"
18 ago 2012 22:18
cazador de sierra
los pelos de punta¡
22 ago 2012 16:37
txilili@hotmail.es
Politicos con 7 sueldos,Obispos con subvenciones,Banqueros con amnistias,Ilegales que son legales para chupar del bote,Futbolistas sin impuestos,ONG que viven del rollo,Sindicatos comprados con dinero publico,Partidos politicos primados por los bancos,Etc,Etc.......y un HOMBRE PIDIENDO EN EL METRO.....PARA NO HACER UNA LOCURA!!!!
25 ago 2012 12:15
ursus13
Gracias por un mensaje tan profundo.
Israel Hernández Tabernero Israel Hernández Tabernero es director de las revistas Jara y Sedal y Trofeo.

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