Diario de Caza

La culpa fue de las palomas

Estaba de balcón con vistas al río que en verano deja de correr para convertirse en una sucesión de charcas. El aguardo era inmejorable y completamente natural. La sombra me la proporcionaba una pequeña chaparra, mientras que un frondoso lentisco me tapaba por delante. Para colmo, un risco pizarroso y casi plano me servía de asiento.

21 feb. 2007 - 6.599 lecturas - Un comentario

Allí estaba yo sentado esperando que alguna torcaz me sobrevolase mientras un paisaje paradisíaco se extendía ante mí. Estaba en la misma curva del río y elevado sobre él unos veinte metros, de modo que veía medio mundo. Junto a mí, el rato que no me dejaba para bañarse, mi perro. Creo, en términos humanos, que era feliz.

Yo tampoco estaba precisamente amargado en aquel lugar que muy pocas personas pisarán al cabo del año. Extasiado con el paisaje, la soledad y el silencio, roto sólo por el jaleo de la vida que me rodeaba, entre lance y lance, muy escasos pero intensos, mi mente iba y venía como el perro al agua.

Pasé por mi infancia y primera juventud. Mis primeras escopetas de flechas y la caza de insectos, donde las abejas eran perdices y los grillos conejos; el tirachinas y aquella eterna búsqueda de gomas colorás tan escasas como cotizadas; aquellos amaneceres de noviembre saliendo a cazar con liria con los amigos por los alrededores del pueblo; la primera escopeta de perdigones; aquellos intensos recechos a gorriones en zona urbanizable o los aguardos de verano en los charcos y las higueras buscándole las vueltas a cogujadas, mirlos y rabilargos; las muchas salidas de morralero en compañía de mi padre, mis tíos y mi abuelo, premiadas a veces con un tiro a una lata…

Las he visto. Tres palomas vienen desde la lejanía. A mi izquierda, que es umbría, tengo una apretada mancha de encinas a la que vienen a sestear. De ahí también dominan el río. Me aplasto un poco más y sólo asomo los ojos por encima del lentisco. Me van a entrar. Me incorporo, descuelgo una del primer tiro pero las otras dos han deshecho tanto su trayectoria que sólo me dejan hacer una salva en su honor. Desde el charco más cercano acude mi perro, la deposita cerca de mí y vuelve al baño.

Y detrás de estas dos palomas supervivientes, o del perro, se vuelve a ir de nuevo mi mente. Ha pasado el tiempo y aquellos felices años de mi infancia con tanto sabor a caza han quedado en mi memoria como un grandioso tesoro que rescato a menudo, pero que desgraciadamente mis hijos no van a poder saborear. Y no sé qué es mejor.

Los tiempos han cambiado una barbaridad en pocos años. Sin ir más lejos, hace veinte otoños, las madrugadas de los sábados y los domingos los chavales salíamos al campo a cazar pajarillos con liria o de morraleros con nuestros padres, mientras que hoy salen de las discotecas y los botellones para volver a casa.

También es distinta la forma de entender la naturaleza y disfrutarla. Ahora se mira, se contempla, pero no se toca. Usar la escopetilla de perdigones es un delito ecológico. Son los nuevos tiempos, y lo asumo, incluso yo ahora soy incapaz de pegarle un tiro a un «pajarito». También yo he evolucionado y ahora disfruto más que antes al contemplar un paisaje o el bailecillo de una curruca que merodea por mi puesto, y desde luego me molestan cada vez más las agresiones que sufre la naturaleza. ¿Será que ahora paso mucho más tiempo en el asfalto, la echo mucho de menos y la estoy idealizando? Y si a mí me pasa esto, ¿qué siente el urbanita que nunca ha mamado el campo? ¿Y qué puede pensar de mí, armado y llevando una paloma muerta colgada de la cintura? No puedo, la caza no se puede entender si no se siente. ¿Cómo explicar el amor a quien no lo ha sentido? Lo único que tenemos que pedir a la sociedad es respeto.

En fin, doy gracias por poder estar donde estoy con mi perro y mi escopeta, y espero poder seguir haciéndolo hasta que el cuerpo aguante. No tengo la culpa de haberme curtido en otra época… que pasó hace dos días. Y espero que mis hijos puedan sentir la misma felicidad que yo siento ahora, entre otras cosas porque será la prueba de que han salido cazadores y por tanto que la caza sigue practicándose.

Perdonen el rollo, pero la culpa fue de las palomas, que apenas pasaron y me dejaron pensar.

 

1 comentarios

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26 feb. 2007 00:10
Vicente Manzano
Nº 37.- TIRADOR (Tirachinas).- ¿Quién no conoce, ha oído hablar, ha tenido en sus manos o ha tirado con un “tirador” o tirachinas?. Es tan simple, tan vulgar y popular; pero yo cuento en la feria como me fue en ella y la época del tirador, mi época, la pasé en Extremadura y este “apunte” fueron mis propias experiencias. No tenía tantas aplicaciones el tirador como juego; poner un bote en una pared y tirotearle haber el que más veces le tiraba al suelo y otras que no eran tanto juego pero que en aquella época no había freno para ellas solo la conciencia, como era tirar a los pájaros en lajalambrej o en lajacaciah cuando se refugiaban del sol o a los níos de “colorina” en los olivares alreor del pueblo.
Pero hay una cosa muy particular y que yo voy a explicar porque siempre la he recordado y creo que es muy significativa:
En mi pueblo no había coches ni bicicletas entonces, ni nada de donde acaparar gomas para los tiradores, y las traían de Navalmoral de la Mata. ¿Quién nos las traía? Pues había dos señoras que eran hermanas y se dedicaban entonces a “trapichear” un poco comprando y vendiendo cosas que traían y que no había en el pueblo y así honradamente se ganaban alguna perrilla tan difícil de ganar entonces; una de ellas era mi tía Faustina la de mi tío Juan “Moca” mi cariñoso recuerdo para ellos y la otra era su hermana tía Quica “La Eña”. Había que encargar las gomas y valían aquí viene lo bueno por eso he hecho para María José y todos vosotros un tirador de gomas negras y otro de gomas colorás; valían el par de gomas negra UN REAL y el par de gomas colorás DOS REALES y la simple explicación que a las colorás las llamábamos gomas de “tocino” y nosotros les añadimos el sobrenombre de: El tirador de los ricos. Llevaban las gomas colorás de tocino porque su poder adquisitivo lo permitía y también llevaba la “jorca” de alamabre en vez de palo como eran las nuestras de un trozo de rama de olivo o encina. Hice uno de cada y si se observa en la foto uno lleva “GOMAS COLORÁS Y JORCA D’ALAMBRE” y otro lleva “GOMAS NEGRAS Y JORCA DE PALO”.

Vicente.
José Ignacio Ñudi José Ignacio Ñudi es cazador y periodista.

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