El Rincón de Candiles

Esto no era lo que el montero esperaba

Sólo el revoloteo de los jilgueros en los encinares rompía el silencio. Una inquieta zorra, subida en un montículo de piedras que se elevaba ante el puesto, escuchaba las voces lejanas de los perreros y de repente desapareció en su madriguera.


Poco después empezaron a oírse los primeros punteros, cuando entre el ruido de las matas, careaba muy lento el venado Candiles seguido de su escudero, sin sospechar que a menos de veinte metros de distancia, acechaba un montero que ya soñaba con el limpio doblete.

Receloso y muy inquieto, permaneció durante un instante sin avanzar, descubriendo a éste agachado tras el enebro, listo para disparar, y al pasar por su derecha, brincó de repente hasta caer dentro del puesto y, a toda carrera, le arrastró asustado y con la correa del rifle enganchada en una luchadera de Filigrana.

El salto que dio, fue digno de verse.

Al salir de estampida las dos reses, sin un rasguño, ni ser heridas de un balazo, le hizo pensar a Candiles en el desastre que armó en un momento en el monte, que gusta de dar alguna sorpresa de vez en cuando.

Al poco rato de éste incidente, apareció un venado seguido de cinco ciervas y, al doblar por el sopié, cayó en tierra de un certero disparo del vecino y, allá salieron corriendo las enamoradas hembras, saltando sorprendidas de estampida hasta desaparecer del portillo.
Fue el mejor venado de la montería, con una soberbia cuerna de catorce puntas

¡San Huberto, cuánto tuvo que luchar en ésta berrea con otros machos, para traerse con él a tan lindas criaturas, y que ahora lo dejasen pateando entre las jaras, en presencia de ellas, ante tamaña desilusión!

—Por cierto señor, yo iba en silencio pendiente de los perros, y usted en cambio, retrocedió sobre sus pasos, pendiente de quien nos acechaba a los dos y, cuando lo descubrió, sobrevoló sobre él, derribándole ante mí sorpresa —dijo el escudero.

—Eso fue, porque mi experiencia así me lo aconsejó y no tenía donde taparme. ¡Y no veas! las cabriolas que dio al verme caer delante de sus narices, sin poder dispararme.

—Y cómo iba a dispararle, si la correa del rifle se enganchó en una de mis luchaderas y, hasta que se soltó, no logré levantar la cuerna.

—¡No me digas! Yo pensé que no habías participado en esta situación tan comprometida —dijo Candiles, echándose a reír.

—O sea, ¿eso es lo que pensó de mí?

—Pues claro. Debes creerme. Tú sabes qué te aprecio.

—Nada podía hacer, porque el lío que armó usted allí surgió de repente y no sé qué me ocurrió —contestó Filigrana,

—¡Venga, vamos! ¡Qué nos vamos! Por aquí estamos muy comprometidos y tenemos que jalar rápidos, antes de que nos venteen los perros.

A lo lejos se ofrecía un espectáculo suntuoso. Entre anchos brezales en libertad, las nubes bailaban en medio de oleadas de aíre y más aíre. Y cerca de los olivos, por la aguja del regato, en los cercanos encamaderos, en la impenetrable espesura de los jarizos, volaban azules torcaces alegrando las ladras de las rehalas y el vocerío de los perreros, jalando los amables cerros de aquel portillo de Sierra Morena de Andújar.

—Hasta el medio día, la cosa fue intranquila y sin embargo muy afortunada por salir ilesos, y vengo dudando si debí sorprender a aquél hombre o seguir otra trocha y comenzar a trotar sin descubrirnos al amparo de los matorrales de la espesura, que desviasen el tiro entre el punto de mira y nosotros.

Pienso, que una sola cosa bien hecha, es cuando pueden llevarse a cabo las decisiones.

Candiles estaba sorprendido, intercambiando miradas cautas que atravesaban las trochas de las reses. El instinto y el temor eran respuestas a lo ocurrido, pero jamás se vio en un trance semejante, con toda la rabia de un ciervo agresivo. No acababa de discernir, ni remotamente, lo que había hecho cuando brincó por encima de su postura.

Maestro, no se martirice más, que ya pasó todo. ¿Qué otra cosa podía hacer en un trance semejante?

—Es que veo la sierra de manera diferente, bajo una horrible nube envuelta en osadía, impropia de un venado desconocido hasta entonces.

—Estoy preocupado —dijo Filigrana— por si nos rodean las rehalas. Sígame, y a ver si podemos colarnos por la frontera de ese collado y huir por allí, ya que hoy no se montea esa mancha y los perros ahora van al tope.

—Como quieras. Pero por suerte, aquello no fue ni una locura, ni una torpeza. Soy venado viejo, que jugué mi suerte a corta distancia, y era consciente de que, lo qué hiciera, se decidiría en breves segundos.

Y por la noche serreña corría el rumor de que Candiles, había atacado a un hombre.

Publicado el 17/10/2012 12:22:00, 14357 lecturas.

 

Según nos ha comunicado D. Felipe Choclán, debido a los compromisos contraídos para concluir y entregar a la editorial dos nuevos libros —uno sobre toda una vida de montero y el otro sobre sus años de estancia, trabajo, caza y pesca en Marruecos—, dejará durante algún tiempo de escribir los relatos que periódicamente van apareciendo en este blog. Mientras tanto, le deseamos toda clase de éxito en sus nuevas publicaciones.
Felipe Chocln Felipe Choclán, «montero viejo», escritor y poeta de nuestras sierras.
Para conocer el nacimiento de Candiles, léase el libro Candiles, de Felipe Choclán, con prólogo de Tico Medina e ilustraciones de Luis Aldehuela.

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