El Rincón de Candiles

¿Qué es lo que le habéis hecho?

En el corazón de los portillos, flores entre las hojas primerizas repiquetean de paz el serreño silencio. En volandas, airazos solanos descorren de olivo a olivo un amanecer abierto en olas de armonía. El verde casi azul de los alcornoques, acogedor y tibio, acaricia las veredas que se cruzan y se alejan.


Y en el viejo montarral de quejigos y rebollos, bajo las nubes donde cantaban los pájaros azules, una piarilla de jabalíes encamados donde el sobresalto se cita, se entregan apasionados al calor de su madre.

—Hace tiempo que ardo en curiosidad —preguntó a su madre uno de ellos—, ¿con qué nombre nos conocen los hombres en la sierra?

—Pues depende. A ti te llaman rayón por el aspecto de tu pelo, y dentro de unos meses, cuando desaparezcan las rayas de tu cuerpo, te llamaran bermejo.

—¿Y a mí, por ser el mayor?

Qué duda cabe que sentía curiosidad por saberlo.

—A ti, Jabato —contestó la jabalina con una sonrisa— y si te quedas conmigo, no tendrás que convertirte en escudero de un macho adulto, al que ayudarás por donde él caree y valorará tu compañía, no por tus palabras, sino por tus hechos. En ocasiones prefiere seguir a un zorro, antes que a ti, porque el montero al verlo duda en dispararle o espera a ver lo que viene detrás suya. Me refiero al montero veterano y no a los novatos que tan sólo verle asomar el jopo ya le están disparando, volviéndose el macho que le sigue confiado y no cruzará ya por delante de la postura.

Por supuesto, la madre sólo pretendía que conociese que el instinto le guiaría por las trochas y de ninguna manera podría volver jamás a su lado.

A pocos pasos de ellos descansaba el jabalí padre, después del trajín de toda la noche y que hacía rato escuchaba la conversación después de bostezar y dejar al descubierto dos colmillos de mucho respeto.

—Me sentía cansado —dijo erizando su vigoroso cuerpo— pero no he podido dejar de oíros, aunque lamento que nuestro hijo pudiera estar impresionado por lo que le aguarda cuando sea un solitario, como aquellos que también se alejaron del lado de sus madres.

Ya era día cuando los amables cerros de Navalahiguera acariciaban, como si durmieran, la soledad del espesar. Bramaba el viento y las jaras los acariciaban en un silencio chanteado donde se hallaba la camada. El grupo del encamo estaba en un manchoncillo de la solana que olía a pasto mojado de la amanecida.

Era de presumir que la vieja y sabia cochina guardara el inquieto deambular de todos ellos empapados de barro de la rociada.

Otra vez, la mirada del cochino clavada en el leve tarameo de los juncos como un roce extraño lleno de navajas. Temía de veras que cambiase el aíre, mientras él permanecía atento a lo que asomase por el escobón de espinos.

Desde hacía algún tiempo barruntaba algún peligro, quedándose, mudo e inmóvil, bajo el agobio de aquella alarma constante.

—Oye —preguntó la jabalina—, ¿ves algo?

—¿Qué? —trató de hacerse el distraído.

—No importa. Ya me avisarás —dijo, levantándose despacio.

—Hay que andar con cuidado y estoy pensando llevaros lejos de aquí.

—Pero, ¿adónde iremos con los pequeñines?

—Vamos a colarnos en la otra mancha y cuando la faldeemos, nos encamamos allí, hasta que pase lo peor. Desde hace rato percibo el olor a hombre y aún no puedo verlos.

Hizo ademán de levantarse, pero la cochina le detuvo. Se besaron con hambre y el aire malo sopló con fuerza, agitando las cabelleras de las chaparras.

Luego apartó los ojos de ella con desesperación, porque no podía hacer otra cosa. Y empezó a darle a las patas con rabia, proyectando su sombra delante de un corredor de piedras, cortando el aire con sus más de ciento treinta kilos encima. Se encampanó al enmendar el viaje, mientras le llegaban los rumores del quejigal que ahora no podía entender y las mil formas que tomaban las jarillas movidas con sus jamones.

¿Qué podía hacer, sino arrastrarse como una babosa, él, que de dos tarascadas, en un abrir y cerrar de ojos, acabaría con ellos, antes de que pudiesen darse cuenta…?

La marrana miraba con ternura a su piara, que uno detrás de otro, la seguían enfollinados, jareando la casquera muy encajonada de los piruétanos. Unas enormes manchas rosas de sudor se extendían por sus vientres hasta el cuello y brillaban como tortugas al cruzar los charcos del arroyete.

—¡Cuidado! —grito el jabalí— ¡Cuidado, que ahí vienen!

La hembra volvió la cabeza. El miedo recorrió sus cerdas grises y empezó a acelerar la carrera seguida por los primalones.

De repente llegaron estas palabras hasta las empinadas orejas del verraco:

—¡Dispárale, Josillo! ¡Dispárale, joder! ¡Que se cuela en esas zarzas y lo pierdes!

—¡Ya lo veo! ¡El cochino grande va delante y lo voy a tirar en el trasluzón del horcajillo!

—¿Qué demonios? ¡Apunta bien, antes que se tape! —gritó otra voz.

El rifle relucía entre las matas, siguiendo la brega del cochino que huía a cuanta velocidad le permitían sus cortas patas para entrar en lo más espeso de los matorrales, con la crin erizada, entre bufidos y matas destrozadas. Una bala le rozó las orejas. Dió un brinco, clavando las pezuñas en la hierba, tratando de tomar el resguardo de un pechugón de adelfas, observando con mirada retadora a aquellos hombres. La triste sensación de morir no le importaba y chasqueó al aire sus afilados colmillos como una fiera acorralada.

Se sentía incapaz de pensar.

¿Qué podía pasarle si rompía la parada? Maldecía su suerte, como invitándoles a la lucha.

—¡Atreveros! ¡A ver si os atrevéis! —exclamó para sí, con los ojos desorbitados.

Oyó como crujían las hojas al estrellarse tres gruesas piedras donde se ocultaba, intentando que saltase de su escondrijo. Un perro muy cerca latía desesperado, y luego escuchó un sonido tremendo. No se repitió. El tiro atravesó su codillo.

Quiso cargar contra él y no pudo

Tres rabilargos volaron asustados hacia el silencio confiado de los olivos, y la jabalina madre perseguida por toda la piarilla, corría y corría enloquecida a lo largo de una trocha de jarales, sin mirar para atrás y sin saber hacia dónde dirigirse.

Más tarde, tensa de jadeos, en el hondo del barranco —tripa arriba— amamantaba a los jabalínes sobre los helechos mullidos de la parda tierra y se quedó dormida, creyendo escuchar a su lado las pisadas del jabalí padre.

Y en sueños decía: ¿Qué es lo que le habéis hecho…?

Publicado el 08/07/2011 11:33:00, 11101 lecturas.

 

Según nos ha comunicado D. Felipe Choclán, debido a los compromisos contraídos para concluir y entregar a la editorial dos nuevos libros —uno sobre toda una vida de montero y el otro sobre sus años de estancia, trabajo, caza y pesca en Marruecos—, dejará durante algún tiempo de escribir los relatos que periódicamente van apareciendo en este blog. Mientras tanto, le deseamos toda clase de éxito en sus nuevas publicaciones.
Felipe Chocln Felipe Choclán, «montero viejo», escritor y poeta de nuestras sierras.
Para conocer el nacimiento de Candiles, léase el libro Candiles, de Felipe Choclán, con prólogo de Tico Medina e ilustraciones de Luis Aldehuela.

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