El Rincón de Candiles

Venados vía GPS

—Nadie puede imaginarse cuántas cosas se ven en estos tiempos por la sierra que nos pillan de sorpresa —exclamó sorprendido Candiles.


—Yo jamás había visto nada igual —le dijo Filigrana—, y sin embargo nosotros, que recorremos los portillos en nuestras correrías, no podíamos imaginarnos que fuera verdad la vareta metálica que asomaba por encima del cuello de un buen venado que careaba por delante de nosotros.

—¿Y has visto la gruesa correa que lo sujeta?

—No lo entiendo, señor.

—Hace unos días escuché a uno de los guardas de La Torrecilla, que habían traído de Andújar unos aparatos conectados por satélites, para tener localizadas a las reses y también a algunos perros de las rehalas. Pero no me acuerdo ahora cómo dijeron que se llamaban. A lo mejor, si puedo a lo largo de la conversación, te lo diré, porque ya sabes que los nombres difíciles no se me pegan bien en la cabeza.

—Maestro, disculpe que le interrumpa, pero ¿qué es eso de los satélites?

—Parece ser que son como unas bolas grandes cubiertas por una especie de aluminio, con muchos cables —como dijeron— que están colgadas más allá de las nubes y desde allí arriba ven los hombres todo lo que ocurre por los montes.

—Pues anda. Mira que si cae alguno por aquí y nos da a nosotros. Porque de esas cosas tan modernas yo no podré apartarle del peligro.

De repente Candiles sacudió la cuerna y, mirando hacia arriba, exclamó:

—Ya me acuerdo, Filigrana.

—¿De veras?

—¡Collar con radiotransmisor por vía GPS!

—Creo que sería prudente estar alerta en la tarea de cada día, que bien merece nuestra brega saborear el gozo de estos campos de gloria y que albeen sus palmas elegantes como brotes de arrayán a más de cien leguas.

Candiles se echó a reír

—¡Mire, aquí está el de la antena!

Al oírle se adentró el venado en la umbría, y no se paró hasta que le berreó Candiles. Y allí estaba con su vareta en la espalda, mirándole fijamente.

—¿Se puede saber por qué llevas ese aparato en lo alto? —dijo Candiles.

—No lo sé. De repente vi un fogonazo color cereza desde el laderón de ahí enfrente y sentí un pinchazo en esta pata y no llegué a dar dos pasos cuando caía en tierra. Me recuperé al incorporarme y sentí molestias en el cuello. Mis ojos escudriñaban todo lo que me rodeaba entre los carrizos y como pude me puse en pie, arrimándome al primer arroyo que encontré cerca para verme en él, y no paré de dar vueltas, rozándome fuerte contra las piedras de la orilla intentando quitarme de encima aquella cosa extraña.

—Señor, recordará que así dormían a nuestros colegas en aquella finca de Fuencaliente y después se los llevaban en camionetas a otros portillos de Badajoz, según le comentó uno de los chóferes al postor que ayudó en la faena.

—Por cierto, que no me dejan tranquilo cada vez que cambio el encame y el guarda me lleva frito para ver por dónde ando. Jamás me había parecido tan hermosa la libertad —explicó el venado con voz ronca.

—Llevas razón, compañero, y te advierto que este invento hace poco tiempo que lo están empleando en todas partes y ahora te ha tocado perseguirte a ti.

—Es imperdonable como están convirtiendo los hombres la sierra. Empezaron con las alambreras —ya lo advirtió mi maestro Jaime de Foxá—, El Cupo, en las monterías para unos cuantos. Cruzar la sangre de los venados de Centroeuropa con nuestras hermosas ciervas que han parido los mejores machos que padrearon portillos sin puertas de esta selva chiquita de Andújar. Sustituir las tablillas de madera, que al vendaval son campanillas, por tiras de plástico, blancas y rojas. Y ahora la técnica más avanzada del sistema GPS, para tener localizados en todo momento a aquellos machos seleccionados que por su alimentación y atención cuidadísima serán ya medallas en la berrea, antes de las monterías de chalecos amarillos. Y perreros uniformados que han aprendido a no fiarse del rifle de algunos llamados en teoría monteros, que no respetan a las posturas y puntean reses hasta los cerros más lejanos, mientras estén viendo moverse el monte.

Después, desde muy lejos, les llegó un rumor insistente. Se oía cada vez más cerca y el escudero le advirtió que no se moviese del inmenso chaparral que le ocultaba, ya que él haría frente a lo que viniese y le despistaría con sus saltos entre las matas, evitando así que al perseguirle no diesen con los rastros de Candiles.

Cerca de ellos, un gatazo moteado llegaba cabizbajo y triste. Con el rostro hundido en el pecho miraba de reojo al rostro de Candiles.

—¿Qué te ocurre? ¿Es que quieres algo de mí?

—¡No!

—Entonces, es que tienes miedo de alguien y por eso te acobardas.

—Oye, Candiles. Esta vida es una cochina porquería —empezó a decir el lince.

—¿Sí? —contestó, elevando la cuerna.

—Verás, amigo mío. Tres días llevo intentando dar con las huellas de una hembra por estos barranquetes.

—¿Y qué? —contestó con aíre distraído.

—No lo sé. Creo que cada vez quedamos menos de mi casta por la sierra.

—¡Caramba, pues no lo sabía!

—Francamente, tampoco lo sé yo —susurró—, hace daño esta soledad en pleno celo nuestro.

—Tranquilo. Por favor. Deseo que te calmes, no sea cosa que a ti también te coloquen otra antenita.

No contestó.

Cruzó la senda con rapidez y se alejó tan triste como había llegado. Más tarde le vimos subido en los últimos riscos de la horcaja de las peñas desnudas, donde acechaba la esperanza de un encuentro confiado en su querencia.

¡Olfateaba el aíre como un mastín que acechase el rastro!

Y eso parecía efectivamente.

Candiles sacudió varias veces la cabeza para despejarse la mente y dijo, hundido en el desánimo:

—¿Te imaginas, Filigrana, si al cabo del tiempo estuviésemos nosotros en la misma situación?

—¿Qué me quiere decir? —preguntó con curiosidad.

—Me parece que los hombres están acabando con su especie y será difícil volver a verlos en estos montes.

—¿De qué demonios me habla, señor?

El venado permaneció tan rígidamente como una estatua antes de responderle.

—Habrán puesto veneno para los zorros y ginetas por los peladeros de la hierba, y al devorarlos los linces se irán muriendo, poco a poco.

—¡Malditos indeseables —gritó furioso el escudero—, nosotros no haríamos cosa semejante! ¿Verdad?

—Y además, muchacho, hace años se permitía cazarlos en las monterías.

—¡En resumidas cuentas, una barbaridad! —dijo.

Candiles le contemplaba con expresión de tristeza. Su rostro estaba ausente y la imagen solitaria de aquella criatura continuaba acudiendo a su mente. Pero, ¿qué más daba lo que él pensara? ¿Y por qué se había puesto a su merced… y a la del escudero Filigrana, sabiendo que no sería prudente y sabiendo también que ellos no podían hacer nada por ayudarle en su situación?

Cuando ya daba media vuelta. Cuando se alejaba, dijo el venado tras un leve y prolongado suspiro:

—No importa. La vida sigue y la misericordia de Dios no permitirá que un chico tan listo como tú esté preocupado.

—Hombres tan malos no merecen pisar la sierra, señor.

—No me parece bien lo que dices —contestó Candiles, en tono enfadado.

No sabía lo que estaba diciendo. Por un instante había experimentado el impulso de su coraje. Bajó los ojos y levantó un poco las orejas, sabiendo que a veces un repaso de su maestro, no le venía mal.

Estaba aturdido. Y era verdad.

Publicado el 15/06/2011 10:35:00, 10788 lecturas.

 

Según nos ha comunicado D. Felipe Choclán, debido a los compromisos contraídos para concluir y entregar a la editorial dos nuevos libros —uno sobre toda una vida de montero y el otro sobre sus años de estancia, trabajo, caza y pesca en Marruecos—, dejará durante algún tiempo de escribir los relatos que periódicamente van apareciendo en este blog. Mientras tanto, le deseamos toda clase de éxito en sus nuevas publicaciones.
Felipe Chocln Felipe Choclán, «montero viejo», escritor y poeta de nuestras sierras.
Para conocer el nacimiento de Candiles, léase el libro Candiles, de Felipe Choclán, con prólogo de Tico Medina e ilustraciones de Luis Aldehuela.

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