El Rincón de Candiles

Lo nunca visto

Al amanecer amainó el temporal de lluvia, regresando los machos que salen de noche y se retiran de noche a sus encames elegidos, obligados en este tiempo de caza a contemplar a través del reluciente ramaje, cuanto sucediese a su alrededor y, en caso de peligro, romper la parada antes de ser sorprendido.


La violencia de aquella tormenta mantuvo en tensión a las reses, aguzando el oído cada vez que los relámpagos estremecían los montes y el lobo aullaba por los serrallos de las morras más hondas de Cabeza Parda y El Peñón de Rosalejo.

A lo lejos ladraban las rehalas dentro de las camionetas de los perreros y sus latidos se intensificaron más fuerte cuando después de la suelta, uno de ellos, traía algo por delante siguiendo su rastro, deteniéndose a media ladera con aire receloso para esperar a los demás.

Candiles se estremeció al ver con perplejidad desde la chaparra que le ocultaba, lo nunca visto. Le atrajo su atención la carrera veloz de un venado de poderosa cuerna, cuando ya casi le mordían los primeros perros cerca de las cresterías muy tupidas de jarales y un montero, desde su postura, observaba el viaje que traía como mudo testigo de un lance que daría a la sierra la mejor lección de autodefensa de un animal salvaje. Como pudo el venado dobló las manos delanteras, echó la cuerna hacia sus lomos y fue colándose despacio por aquel estrecho callejón rocoso hasta que pudo salir a lo limpio, iniciando una alocada carrera y consiguiendo despistar a sus perseguidores.

No se sentía capaz de caminar ni dos metros más, y al cabo de unos segundos cayó en tierra acusando el esfuerzo realizado y comenzó a lamerse sus ensangrentadas rodillas, mientras levantaba la cabeza para refrescarse bajo el agua de la chorrera que creó la tormenta la noche anterior.

El hombre, que presenció la escena no imaginaba cómo pudo pasarse por allí y salir airoso del ataque de los perros. No comprendía cómo…

Bajó el rifle y no disparó.
A fin de cuentas, fue un lance sorprendente


—Maestro —dijo el escudero—, está visto que lo que acaba de hacer ese macho no lo aprendería en los libros, ¿verdad?, porque si no fuese así, ¿quién le enseñó a colarse de esa manera por el callejón de la risquera, con el gravísimo peligro que suponía no estar seguro de lo que hacía ante la telaraña de perros que le rodeaban antes de esconderse y el jaleo de ladras incitantes que no daban con él?

—Muchacho, es una ciencia natural que poseemos, y es un arte.

—¡Ole y ole…! —sonrió Filigrana alegremente.

—Porque al carecer de inteligencia, cuando por aquí suceden cosas como éstas, actuamos rápidos y renace el instinto.

El escudero se encogió de hombros.

A fin de cuentas, fue un lance sorprendente. Sabía que tardaría, más allá del tiempo, en mantener vivas aquellas imágenes que tanto le impactaron, sin poder apartarlas ni un sólo instante de sus ojos, y viendo emerger venados en la lejanía de las peñas, sorprendidos por las incansables carreras de las jaurías, recorriendo trochas hacia el viejo encerradero de las altas cresterías.

Y sin más, entraron en un remanso de hermosas carrascas llenas de palomas torcaces y reinaba una calma total, pese a que en ocasiones los latidos de las rehalas alegraban la mancha que se daba y las campanillas de los podencos atadas con una cuerda a sus cuellos, al escuchar el montero su fatigoso tintineo entre las jarillas se le subía el corazón hasta las sienes, cual si fuera el presagio de la llegada de una res que ni siquiera podía adivinar por donde rompería.

Al final apareció un buen ciervo y detrás de él una barahúnda de perros, tal vez hasta treinta y tantos, que venía burlándose de ellos con sus largos regates, desde los primeros páramos que lo ventearon. Cuando se paró parecía un dios, mirándolos a todos con su resplandeciente cuerna, demasiado pesada para aquel empinado portillo de monte fuerte que jaló hasta su loma. Observé que ya estaba preparado uno de aquellos hombres y, como temiera, acarició el gatillo de su rifle rebosante de entusiasmo. Su rostro cambió de golpe e inmediatamente disparó.

Tanteando el ramaje de fresnos fue acercándose hasta donde permanecía caído y como le fue posible aparto a los perros para que no mordiesen más… Se inclinó hacia delante, levantó la cuerna con sus temblorosos brazos y contó las puntas que tenía desde las luchaderas hasta la última de ellas.

—¡Sí! ¡Sí! —dijo, tratando de dominar su emoción.

—Son dieciséis.

En contraste con lo ocurrido en otro portillo cercano a su armada, Candiles recordaba la mirada del otro montero que vio al venado importante jugarse la vida frente a los perros y para despistarlos fue colándose de rodilla por los callejones de la risquera y al verle salir de aquel laberinto, no quiso interrumpir su carrera; y no le disparó.

Aún con luz de tarde, se distinguía el perfil salvaje de aquellos peñascos y parecía que todas las posturas habían decidido asomarse a echar un vistazo hacia el lugar donde el ciervo, en un silencio triste, salvó su vida.

Publicado el 21/10/2009 20:46:00, 10901 lecturas.

 

Según nos ha comunicado D. Felipe Choclán, debido a los compromisos contraídos para concluir y entregar a la editorial dos nuevos libros —uno sobre toda una vida de montero y el otro sobre sus años de estancia, trabajo, caza y pesca en Marruecos—, dejará durante algún tiempo de escribir los relatos que periódicamente van apareciendo en este blog. Mientras tanto, le deseamos toda clase de éxito en sus nuevas publicaciones.
Felipe Chocln Felipe Choclán, «montero viejo», escritor y poeta de nuestras sierras.
Para conocer el nacimiento de Candiles, léase el libro Candiles, de Felipe Choclán, con prólogo de Tico Medina e ilustraciones de Luis Aldehuela.

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