El Rincón de Candiles

Campanillo

En el corazón de los portillos, flores entre el encanto de las hojas primerizas, repiquetean de paz el serreño silencio. El verde casi azul de los alcornoques, acogedor y tibio, roza las veredas que se cruzan y se alejan. Un águila real descendiendo de su altura, ensancha incansable el faldeo de la solana. Los insectos planean sobre las descansadas aguas del arroyo y el monte huele a gloria bendita por sus verdes veredas.


Al dejar los visos, ya en los últimos lanchones de Rosalejo, el escudero Filigrana, sintiéndose mejor de lo que se había sentido otras veces en su permanente estado de alerta, en ocasiones llega a enloquecer a los perros, intentando ocultar las pistas de Candiles.

En cuestión de poco tiempo había anochecido por completo cuando de repente, acercándose ligeramente hasta donde se encontraba el venado, se atrevió a hacerle la siguiente pregunta:

—Hábleme, señor, de sus anteriores compañeros.

—Todo lo que yo pueda decirte de ellos, entre otras cosas, es que siempre cumplieron en las más peligrosas situaciones, exponiendo su valentía y coraje en ayudarme y salir airoso de los ataques de rehalas y recechos de los hombres. Ahora los recuerdo con añoranza, y daría incluso mi propia vida por volver a tenerles de nuevo a mi lado. Me cuesta recordarlo y todo me parece distinto y lejano.

Se apartó y le miró largamente, sin poder evitarlo. Esperó un instante antes de decirle en voz baja:

—Parece ser, por lo que he oído, que cuando se marchó su madre con otro cervatillo, le dejó solo en la sierra, y al poco tiempo conoció usted a un vareto que le serviría de escudero, y al que le puso de nombre Campanillo.

—¡Oh, muchacho! —exclamó— pero tú no llegaste a conocerle. Hubo un momento, a su muerte, que sin él ya no existía nada para mí y todos los pensamientos permanecían en suspenso con aire receloso y una nostalgia se apoderó de mi ser que me obligaba a colarme entre las umbrías más solitarias, dejándome llevar por la desesperación.

—Y ¿cómo ocurrió su muerte?

—Yo no estaba allí y al oír el disparo, jalé monte arriba y al volcar unas morras, vi como cargaban su cuerpo en una bestia entre las albinas del montarral y se lo llevaban dos hombres.
al poco tiempo conoció usted a un vareto que le serviría de escudero, y al que le puso de nombre Campanillo


A cierta distancia, retraído en un silencio triste, un jabalí le miraba y adelantándose le dijo:

—¿Por qué lo harían, señor? De todos modos haga el favor de tranquilizarse.

—Ya no deseo nada. Imagínese mi dolor en estos tristes momentos. Él, no le hizo daño a nadie.

—A decir verdad, ha sido un buen muchacho.

—Pues sí. Me alegro de que haya venido.

Candiles, sin saber cómo, al emparejar un carril de piedras, se cayó, partiéndose seis candiles contra unas grietas que ocultaban el sucio jaranzal.

Y agregó, para sí mismo: «De todos modos, es igual. ¡Para lo que me van a valer…!»

—Y debo decirte que aún sigo triste al recordarle; porque cuando un amigo se va —que hace días entonaba esa copla un arriero por la senda de la Torrecilla— algo se muere en el alma.

Después se adelantó, elevando la cuerna por encima del encinar, de tal forma, que le viesen los portillos de brezos, obligándoles a reconocer que en cualquier lugar que se quisiera, no podrían borrar las huellas de Campanillo, ni la sensación de gratitud hacia su maestro.

Al oír sus palabras, el escudero recordó lo que le contaron que le ocurrió en un gancho que dieron varios hombres, en la finca de El Castañar y que pudo haberle costado la vida.

—Sí, es verdad. Me había visto obligado a salir como pude de aquel lío que se armó y tuve que intensificar mi carrera antes que diesen conmigo. Lo primero que vi fue un fogonazo color cereza desde el laderón de abajo de la solana y me retorcí de dolor viendo brotar la sangre del brazuelo derecho, mientras mi escudero se hallaba lejos de mí y uno de aquellos avanzaba rifle al hombro, siguiendo los latidos de un podenco olisqueando las matillas salpicadas de gotas de sangre, cerca del lugar donde me vio caer.

Filigrana empezó a sentir un mareo, absorto con el relato de Candiles, agudizando el oído a cada instante y se compadeció de él.

—A tres patas, como podía, me fui alejando de allí y de vez en cuando me volvía desesperadamente para ver si me seguían y cual fue mi sorpresa al ver a Campanillo saltar furioso delante del perro, dándole un susto de muerte, asomando un momento y desapareciendo después, intentando en su huída que perdiese mis rastros y no diera con el encame de jaras altas que me ocultaban, hasta que el hombre se alejó, vaciándose de trocha en trocha, y al rato la ladra dejó de oírse más allá de los últimos riscos de aquel portillo.

La sierra tenía rota el alma y se puso a llorar entre los estrechos arbustos que perfumaban el aire. La umbría parecía inclinarse hasta el venado, sujetando su cuerpo y protegiendo la herida del salpicante polvo colgado en las sucias ramillas de las encinas, que ni la lluvia deslizó de sus hojuelas.

Publicado el 09/10/2009 11:03:00, 9697 lecturas.

 

Según nos ha comunicado D. Felipe Choclán, debido a los compromisos contraídos para concluir y entregar a la editorial dos nuevos libros —uno sobre toda una vida de montero y el otro sobre sus años de estancia, trabajo, caza y pesca en Marruecos—, dejará durante algún tiempo de escribir los relatos que periódicamente van apareciendo en este blog. Mientras tanto, le deseamos toda clase de éxito en sus nuevas publicaciones.
Felipe Chocln Felipe Choclán, «montero viejo», escritor y poeta de nuestras sierras.
Para conocer el nacimiento de Candiles, léase el libro Candiles, de Felipe Choclán, con prólogo de Tico Medina e ilustraciones de Luis Aldehuela.

« Ir a Portada

 

RSS