El Rinc贸n de Candiles

A煤n quedan rom谩nticos y lances que recordar

Hay algo que no quiero dejar de referir. Voy a contarlo y no se piensen que lo hago en broma.



Una tarde de regreso con mi armada hacia la Junta de los Escoriales, observamos a un montero de edad subido en un borrico de los de la carne, que llegaba algo retrasado.

De repente, un venado rompi贸 por delante de nosotros, moviendo un polvor铆o de espanto de la carrera que llevaba y saltando desesperado entre los que all铆 nos encontr谩bamos. Nuestra sorpresa fue may煤scula, cuando uno de los compa帽eros empez贸 a dispararle por detr谩s de m铆, sin reparar en aquella persona que asomaba la calva entre las jaras.

Yo me atrev铆 a levantar la vista y empec茅 a gritarle, al tiempo que le vimos caer del borrico con los brazos abiertos.

Llegamos corriendo a su vera, apartando ramas como pod铆amos, pensando que aquello ser铆a una ruina.

Por fortuna todo qued贸 en un susto dif铆cil de olvidar, mientras que con una respiraci贸n jadeante, apoyado sobre el codo, nos miraba sobresaltado.

Resulta que una de las balas hiri贸 al pollino en el pecho y, al poner la mano encima y v茅rsela manchada de sangre,crey贸 que le hab铆an dado y cay贸 desmayado en tierra.

El caso me dej贸 tan at贸nito, que ni siquiera sonre铆.

Pas贸 un rato, hasta que por fin pudo reaccionar y r谩pido sac贸 el rifle de la funda para dispararle al canalla del tiroteo.

鈥擭o haga eso, por favor 鈥攍e dije, recogi茅ndole el arma de entre las manos鈥, ya se encargar谩 la Guardia Civil de 茅l.

鈥斅se se va a enterar en cuanto lo agarre! 隆No sabe lo que le espera al hijo de鈥! 隆Me cago en鈥! 隆Mira que confundir al burro con un venado!

鈥擡a, d茅jele ya 鈥攅xclam茅.

鈥擬aldita sea la estampa del mal nacido 鈥攙oceaba fuerte.

鈥擫ev谩ntese y d茅 gracias a San Huberto, que no le ha ocurrido nada grave. Aunque el susto nadie se lo quita de encima.

鈥擠e acuerdo 鈥攃onvino鈥, pero en la pr贸xima monter铆a que le vuelva a ver por la sierra, le meto el cargador en las tripas. Ser谩 hijo de perra. El mal rato qu茅 me ha hecho pasar 鈥攑rosigui贸, contemplando al borrico sin poder disimular su tristeza, al verle encima del sendero sangrante.

El otro, disimuladamente, se fue alejando muy deprisa mezcl谩ndose entre los coches all铆 aparcados.

Era evidente que el novato no respet贸 la Ley de la Monter铆a, que no autoriza a disparar a las reses, una vez acabado el ojeo y mucho peor de regreso en la Junta.

Al incorporarse con firmeza a mi brazo, vimos al due帽o del animal corriendo detr谩s del escopetero a m谩s no poder, con un enorme cuchillo de remate en la mano y su voz resonaba fuerte por todo el portillo, envuelto en la neblina.

隆Sooo鈥! 隆Sooo鈥! 隆Sooo鈥!

Verdaderamente aquel hombre era un insensato m谩s all谩 de toda raz贸n.

El buen arriero, despu茅s de la caminata que se hab铆a dado en el borrico durante toda la noche desde And煤jar, para llegar a la finca de Los Escoriales, perdi贸 el jornal por la muerte del animal.

Para el pobre hombre, ya nada parec铆a tranquilo y normal, pues todo ten铆a un a铆re perverso. El s贸lo hecho de cabalgar en otra bestia prestada, de regreso a su casa, supon铆a que aquella situaci贸n lo tuviese sumido en la tristeza y que le acompa帽ar铆an otra noche las nubes y las estrellas.

Se acerc贸 a m铆 el guarda, esboz贸 una sonrisa y me dijo:

鈥斅緼utorizar铆a usted 鈥攃omo capit谩n de sierra鈥 la recogida de algunas pesetas, dado el n煤mero de monteros que est谩n entre nosotros y que son conocedores de lo que le ha ocurrido a ese hombre?

鈥擟onsidero, Rafael, una buena idea. Ah铆 van cien pesetas m铆as en tu sombrero para animar la colecta, y ojala podamos comprarle otra bestia de las que quedan amarradas en la tapia.

鈥擯ues vamos a intentarlo.

Algunos miraban al guarda con gesto fruncido y las cejas arqueadas, cada vez que pasaba por delante con el sombrero extendido, pero algo daban鈥

Al final se recogieron tres mil quinientas pesetas, dando cada uno lo que pudo, incluidos tambi茅n los perreros, postores y algunos m谩s.

Me alegr茅 ver al amo de aquel borriquillo, montando un mulo, en medio de la reata de bestias camino del atajo que acortaba distancia hasta And煤jar.

Era un hermoso atardecer, de esos que disfrutamos algunas veces en estos meses de monter铆a en que regresamos empapados de solanillas del sotobosque, y las criaturas cesan su careo bajo los parpados sorprendidos de la noche de mucho respeto.

Filigrana, que vio desde lo alto del portillo el jaleo que se arm贸 en la Junta con lo del borrico, se movi贸 despacio en el jaranzal que le ocultaba y dej贸 entrar en 茅l al venado Candiles.

Luego entorno los ojos para dormirse, en el instante en que escuch贸 de lejos 茅ste fandanguillo, en la voz de uno de los muleros:

Est谩 latiendo en la umbr铆a.
Seguro que es a un cochino
que se encam贸 al ser de d铆a
junto al horcajo de un pino.

San Huberto, te lo ruego, no permitas que todo lo que nos rodea, se convierta durante el resto de nuestras vidas en un enfrentamiento de las criaturas con la muerte, donde la emoci贸n en flor despierta, arropa senderos bajo brisas, y la sierra, extra帽amente tranquila, escucha la copla de un hombre por encima de todo lo dem谩s.

Imagino que la curiosidad de Filigrana era tal, que no hac铆a m谩s que mirar entre las matas que le ocultaban, por si aquella voz viniese del cielo.

Publicado el 31/01/2012 19:05:00

Tienes que emocionarte, sin m谩s remedio

A la memoria del perrero Antonio Tribaldo.



En su careo, aquel recorrido era el preferido por Candiles muchos d铆as. Pero aquella ma帽ana una amenazadora idea le conmov铆a hasta lo m谩s profundo de su ser. Empez贸 a aminorar la marcha y con pasos cada vez m谩s lentos se dirigi贸 al sopi茅, desde el que divisar铆a una parte importante de la mancha, como hab铆a venido haciendo cuando present铆a alguna amenaza.

El escudero Filigrana, se hallaba a su lado, con la mirada fija en el monte. Pero una r谩pida ojeada le hab铆a bastado para advertirle que algo no iba bien. Enseguida comprendi贸 lo que ocurr铆a. Descubri贸 a lo lejos a varios hombres que se adentraban sigilosamente por los carriles del sendero, encaram谩ndose hasta la retranca.

Estaba bastante claro. Se iba a dar La Monter铆a.

Los pensamientos de ellos fueron interrumpidos por la aparici贸n de varias camionetas cerro abajo y otras aparcadas cerca de la linde del desmonte cargadas de perros.

Candiles, disimulando su temor, se encontraba tenso y nervioso, porque present铆a que su vida depend铆a ahora de su instinto en un empe帽o muy dif铆cil por mantenerse alejado de la amenaza que se cern铆a alrededor de ellos.

Una brisa muy suave, acariciaba las ramas de los chaparros en el silencio tan caracter铆stico de la sierra y ello hac铆a que todos los olores alcanzasen la expresi贸n tensa de sus caras. De este modo pod铆an conocer los movimientos de aquella gente en el momento en que empezaran a rodearlos. Su esperanza consist铆a en que a煤n no hab铆an subido hasta la cuerda y por all铆 ser铆a m谩s f谩cil la huida.

Por una enmara帽ada senda, vieron acercarse a un joven con sus delanteras bien plantadas y el rifle terciado a la espalda, que se colocaba al resguardo de unos espesos enebros desde donde divisar铆a la media ladera del portillo y ser铆a un buen tiradero.

Semiofuscado por la situaci贸n, Candiles se dirigi贸 a m铆, haciendo una mueca de desagrado.

鈥擬ira, Felipe 鈥攄ijo鈥, no cabe duda de que esto ya ha empezado. 驴Verdad?

鈥擡so me temo 鈥攍e respond铆, dejando caer la pluma sobre la mesa.

鈥擵eo que la cosa est谩 poni茅ndose fea 鈥攔esopl贸 fuerte鈥 pensaba que no me meter铆as en este l铆o.

Me mir贸 con semblante triste.

鈥擬e gustar铆a poder ayudarte desde estas cuartillas.

鈥擲铆, pero 驴c贸mo? 鈥攎e contest贸 con los ojos desorbitados鈥. T煤 me sigues por donde yo careo desde mi nacimiento y ahora aqu铆 estoy atrapado como una zorra.

鈥擲铆, y eso me preocupa, amigo. No te quedes ah铆 mirando y pido a la Virgen de la Cabeza, que no te ocurra nada.

Le mir茅 largo rato antes de esconderse en la penumbra de la risquera, despu茅s de una ascensi贸n estrecha y sinuosa cubierta de espesas cortinas de jaras. Mas tarde escuch茅 un intenso ruido de ramas entre los juagarzos y la carrera endiablada de las dos reses que el eco repet铆a por todo el portillo, sin poderlo remediar.

Cinco rehalas corr铆an desesperadas, persiguiendo a un buen cochino que tra铆an chanteado desde el barranco con un jaleo excitante. Se les pod铆an ver saltando sobre las matas por delante de la morra donde se encontraban ocultos Candiles y Filigrana.

Son贸 un disparo. Un disparo que lo revolc贸, yerto y pateando, donde el sobresalto se cita.

Inmediatamente sobrevino el inevitable agarre, gru帽endo como una fiera y lanzando perros por los a铆res con sus afiladas navajas. Luego muri贸 entre los mastines que le mord铆an desesperados.

De pronto un podenco blanco avis贸 desde lo alto de unos pe帽ones, y todos volvieron veloces latiendo de nuevo a lo que viniese, entre el repiqueteo de los rifles. Varias ciervas corr铆an enloquecidas, rompiendo monte con sus pechos y siendo sorprendidas por los perros que ven铆an a su encuentro. Al verse atacadas, saltaron por encima de ellos, dejando desamparada a una cr铆a que enseguida la agarraron entre lamentos que desgarraban los encinares.

Tres monteros bajaron las armas cuando las orejonas cruzaron por delante de sus posturas. Despu茅s pudieron despistar a las rehalas, regresando a la llamada del caracol de los perreros para reunirse de nuevo. Desde el jaral donde permanec铆a oculto Candiles, miraba a todas partes procurando adivinar el viaje que llevaban las recovas y lanzar r谩pidamente a Filigrana por delante.

Poco despu茅s, desde el fondo del barranco, orden贸 una voz:

鈥斅ye Francisco! 隆Esp茅rate ah铆 a que lleguen los otros perros del sopi茅!

鈥斅ire usted, se帽or guarda, las reses est谩n arremolinadas en esas pedrizas y no hay qui茅n sujete a mis punteros!

鈥斅ues t煤 aguanta ah铆! 隆Ya te dir茅 yo cuando tienes que entrar otra vez! 鈥攍e respondi贸 seriamente.

鈥斅s铆 se har谩! 鈥攜 se sent贸 bajo un olivo silvestre, rodeado de buena parte de sus perrillos.

En la armada de la traviesa aullaba un perro. No se entend铆a su parada como si latiese a perdido en la soledad de aquellos p谩ramos verdinegros. De repente hubo frenazos y dos, siete, trece perros, se detuvieron all铆, y en medio del c铆rculo que ya se hab铆a formado, el cuerpo ca铆do de un perrero permanec铆a recostado sobre un charco de sangre. Se puso de pie, mir贸 una de las botas y observ贸 que ten铆a rajada la pierna desde el tobillo hasta cerca de la rodilla. Un jabal铆 navajero, que lleg贸 herido, lo revolc贸 sin compasi贸n, y el perro que aullaba era el que avis贸 a los dem谩s.

Durante horas, sin saber que hacer, muchas criaturas se despe帽aron y otras eran heridas por las balas a la misma hora鈥onde estaban antes鈥 donde hab铆an crecido鈥 Se o铆a crujir de ramas mezcladas con una algarab铆a de voces espantando reses, aqu铆 y all谩.

Candiles, ten铆a la impresi贸n de haber o铆do pronunciar su nombre. Cuando ya se acercaban los primeros perros de presa, se volvi贸 y mand贸 salir a Filigrana. Sinti贸 la tentaci贸n de pedirle perd贸n, pero se reprimi贸.

Con la rapidez que pudo, salt贸 las jaras alertando a aquellos malditos al golpear las piedras cada vez m谩s fuerte con sus pezu帽as. Daba saltos en el aire imprimiendo m谩s intenso ruido, que excitaba cada vez m谩s a los punteros, esquiv谩ndolos como mejor pod铆a.

Al poco tiempo, aquellos perros guiados por su olfato, divisaron una collera de venados mostrando sus hermosas cornamentas, sorte谩ndolos con regates largos, lo que le permiti贸 a Filigrana alcanzar la cuerda del monte y trasponer el portillo que se monteaba.

Se par贸 despu茅s encima de una lastra que dominaba todas las trochas, y pase贸 despacio la mirada hacia el triste camino recorrido.

Alguien acababa de disparar en los p铆cateles de enfrente. Se qued贸 mirando con un suspiro, y vio rodar por tierra a los dos ciervos, que antes persegu铆an los perros.

Mir贸 forzando los ojos hacia la orilla de un arroyo donde refresc贸 las heridas de sus patas, entre el paqueo de los rifles. Cuando termin贸 de beber, se irgui贸 y acaricio su cuello sobre unas hojas de torvisco.

Candiles ven铆a a su encuentro, con ganas de consolarle cuando termin贸 el jaleo y los perreros recog铆an rehalas. Filigrana, al verle, empez贸 a dar saltos de alegr铆a y se fueron alejando, carrileando postueros de mucha querencia, y esquivando zarzalotes inc贸modos en que verdean las cuerdas m谩s altas.

No parec铆an asustados lo m谩s m铆nimo. Sus ojos estaban abiertos. Muy abiertos鈥

鈥擬e emocionaron las palabras de un perrero, cuando junto a mi postura compart铆amos un trago de mi bota de vino, mientras descansaba de batir la mancha.

鈥擠on Felipe 鈥攄ijo鈥 todav铆a se me saltan las l谩grimas al recordar la muerte de Antonio Tribaldo, gran perrero de Puertollano.

鈥斅縌u茅 me dices? 驴Y c贸mo fue?

鈥擧aciendo lo que m谩s le gustaba: Montear con sus perros y, al subir un repecho detr谩s de un buen guarro, el coraz贸n no pudo m谩s y all铆 mismo muri贸.

Sus perros quedaron rode谩ndole su muerte, hasta que el podenco Caminante, latiendo a parada, pudo indicar donde estaba a los que le buscaban, ya que no aparec铆a en la recogida de los perros.

鈥斅u茅 pena! 隆La sierra se queda triste para siempre al perder a tan buena persona y mejor perrero!

鈥斅縔 qu茅 le vamos a hacer?

鈥斅ue nos espere en su pe帽a celestial y desde all铆 nos ayude en la suerte del buen cazar! (7-11-2011)

Publicado el 09/01/2012 10:05:00

隆Qu茅 ser铆a de los montes sin sus buenos guardas鈥!

鈥斅adre m铆a! 鈥攄ijo de repente Candiles鈥. Corre Filigrana, corre por lo que m谩s quieras y mira bien por d贸nde brinques, que yo voy detr谩s de ti.



Derribando jarales tronchados por el fuerte viento que no les permit铆an o铆r nada, sin saber a d贸nde dirigirse, llenos de temor, y sorteando las ramas de los tamujares como si fueran rejas, confiando en la plenitud de su destreza por las 谩speras veredas, el murmullo de la tormenta con olor a tierra mojada, y una magia especial que cincelaba la carrera de sus patas.

鈥擡s verdad, que he penado mucho por salir adelante, pero en momentos como 茅ste se hace dif铆cil pensar que tendremos suerte.

Pero aquello parec铆a complicarse, y ten铆an la sangre negra al saber que tres perros asilvestrados se echaron al monte hac铆a unos meses, y devoraban cu谩ntas reses ca铆an delante de sus babeantes bocas, y cuentan los serre帽os que hasta atacan los apriscos del ganado.

鈥斅uidado, que ya vienen! 隆Siga m谩s r谩pido, se lo ruego, se帽or! 鈥攕e apresur贸 a decir el escudero, casi sin habla鈥, y usted sabe, que lo que pueda hacer por salvar su vida lo har茅 jug谩ndome la m铆a.

鈥擫o s茅 Filigrana. Lo s茅鈥 M谩s pronto o m谩s tarde tendr谩s que v茅rtelas con estos asesinos.

脡l, se limit贸 a mirarle moviendo la cuerna m谩s impresionado que nunca. Nadie le hab铆a lanzado jam谩s semejante reto.

鈥擯ero estoy pensando que voy a probar una cosa 鈥攓ue por probar nada se pierde鈥 y cuando empiece a clarear, seremos dos cimbeles para atraerlos hasta el chozo del pastor, que tantas ganas les tiene por el da帽o que vienen ocasion谩ndole, y saltaremos varias veces la valla de estacas produciendo todo el ruido del mundo para que salga el pastor, y cuando vea a los perros all铆 dentro, se liar谩 a tiros con ellos, y nosotros entre la desesperaci贸n de lo peor que nos est谩 sucediendo y un deseo de librarnos de su feroz ataque, intentaremos salir de all铆 como nos sea posible.

鈥擯ues venga Filigrana鈥 a correr, que ya est谩n cerca y vienen desesperados con su ladrisqueo por el repecho de rabia entre los matorrales 鈥攄ijo Candiles, dando un largo respingo.

Y, sin pensarlo m谩s, se lanzaron en una fuerte arrancada, y los perros cada vez m谩s agresivos detr谩s de ellos y, al verlos el pastor 鈥攓ue no se descolgaba la escopeta del hombro ni para dormir鈥 empez贸 a dispararles, hiriendo a dos de ellos que se revolcaban de dolor, y el tercero huy贸 senda abajo sin hacer caso de los otros.

El sol brillaba, alejando las 煤ltimas sombras. El aire era fresco a煤n y el viento hab铆a cesado. Acechaba el roc铆o en el relente de la tierra fresca, y la incomparable y perfumada sierra de And煤jar, filtraba por sus retamas el lenguaje de las reses, de los caminos terrizos de jaras y toda la salvajina de las cumbres solitarias.

鈥擲e帽or, si no hubiese sido por 茅ste hombre, no estar铆amos aqu铆 tan tranquilos. Y es que hace unos d铆as escuch茅 la conversaci贸n de dos guardas en la finca del Tamujar, que comentaban el problema con la llegada de los perros salvajes a los montes y el peligro que representaban para las reses y el ganado.

鈥擜s铆 me lo hiciste saber y por eso decid铆 actuar a mi manera y llevarles detr谩s de nosotros a la trampa del chozo del pastor, como si fuese un embudo, donde 茅l pod铆a estar esper谩ndoles para abatirlos y alejarnos del peligro.

鈥擯or lo menos, en esta ocasi贸n tuvimos suerte al regatear a esas fieras rabiosas que casi nos ten铆an acorralados 鈥攄ijo Filigrana, atento a lo que se moviese entre los chaparros del portillo.

鈥斅 suerte que el guarda nos ayud贸鈥!

鈥擯or cierto, se帽or. 驴Qu茅 le parece si aprovechando estos d铆as de Navidad, le enviamos nuestra felicitaci贸n a estos hombres que cuidan los montes con tanto inter茅s y valent铆a?

鈥擯ues 驴por qu茅 no? Si su buena guarder铆a merece nuestra gratitud y respeto, puntualiz贸 Candiles, continuando su careo a trote largo por la verde solana que revocan las jaras cargadas de olor.

Un hombre con todo el sigilo que le era posible, caminaba inquieto con su gorrilla terciada, el zurr贸n a la espalda y el arma preparada. Avanzaba en medio de una densa bruma procurando apartar las jarillas que segu铆a.

Tard贸 m谩s de una hora en alcanzar la solana de los Tinajones, y all铆 estaba escuchando la berrea de los montes.

De repente, le pareci贸 o铆r el rodar de unas piedras cuando jalaba un puntalillo de hermosas carrascas y par贸 en seco sus pasos, al tiempo que vio pasar a Filigrana justo por enfrente de los matas que le ocultaban. Tras pensarlo un momento, procurando que no descubriesen su presencia, permaneci贸 inm贸vil y pudo ver la silueta de Candiles.

Estaba paralizado y cuando apunt贸 la escopeta, la niebla se lo trag贸. Escuchaba su brama a veinte pasos y no pod铆a verlo. Todo el portillo se difumin贸 de repente en unos segundos y cada vez se o铆a m谩s lejana su berrea y otras veces tambi茅n la del escudero, que por cierto ten铆a m谩s de un chich贸n de pelearse con otros venados.

No pod铆a creerlo y segu铆a sin saber qu茅 hacer. El momento de derribar a Candiles resultaba ahora m谩s complicado.

Empez贸 a caminar por la ra帽a impenetrable al seguir la estrecha senda que a煤n ten铆an frescas las pisadas del venado. Acarici贸 la cabeza del perro que le acompa帽aba y el o铆do tan acostumbrado a todos los sonidos de la sierra se agudizaba cada vez m谩s, retorci茅ndose sobre una l铆nea de encinas viejas que segu铆a, sin dejar de mirar los rasos, y apenas sin hacer ruido.

Arque贸 las cejas y levant贸 el cuerpo para ver m谩s lejos.

Se tender铆a sobre el prado de la solana para echar un tranquilo sue帽o. No se sent铆a capaz de seguir caminando, envuelto en el intento desesperado que le permitiera encontrar de nuevo a Candiles.

Le despert贸 el paso de unas ciervas a toda prisa seguidas de sus gabatas, trotando maravillosamente bien hacia la arboleda de acebos donde se pararon para tener marcado a un podenco que desde hacia rato las segu铆a sin ladrar.

鈥擮 sea que al final tengo la suerte de seguir siendo el famoso Candiles, gracias a la niebla que me ocult贸 de ese hombre.

Filigrana trato de sonre铆r pero no pudo.

鈥擝ueno muchacho, a lo que estamos. Como el careo que lleva ese individuo no es el mismo que el nuestro, vamos a colarnos en la otra mancha y ya se cansar谩 de buscarme. Fuera como fuere, pronto empezar谩 a oscurecer y regresar谩 cabizbajo por donde vino, cavilando que nunca m谩s se le presentar铆a otra ocasi贸n como la de hoy para hacerse conmigo.

鈥擭i yo lo permitir茅 鈥攅xclam贸 el escudero sin poder disimular su orgullo.

El ciervo lo mir贸 complacido.

Empez贸 la lluvia a caer mansamente sobre los montes.

Candiles sacudi贸 la cuerna. Era el momento de marcharse mientras la brisa de octubre hac铆a crujir los resecos jarales de los senderos, y el aguaviento que ca铆a rug铆a con fiereza.


隆Tenme contigo Sierra m铆a! 鈥攄ijo la guarder铆a鈥 Pues s贸lo perdura aquello que apreciamos y protegemos.

Publicado el 23/12/2011 10:25:00

Luis Aldehuela

A la memoria de Luis Aldehuela, pintor de Sierra Morena de And煤jar y de sus reses.



Habl茅 con su hija Pilar para darle el p茅same por la muerte del maestro y al terminar la conversaci贸n me dijo:

鈥擳endr谩s que escribirle algo a mi padre. Hazlo como t煤 quieras. Pero escr铆bele. Hoy no est谩 entre nosotros, pero te leer谩 desde su pe帽a celestial.

Y al d铆a siguiente ya estaba yo delante del ordenador con la ayuda de mi libretilla donde guardo las notas de aquellos tiempos por los montes y mis visitas a su estudio de Los Majuelos, que divisa desde el cerro las anchuras de la sierra infinita.

En una ocasi贸n en que el cielo andaba algo nublado, al asomar de pronto unos rayos de sol, va y me dice:

F铆jate Felipe, qu茅 tonos azulados est谩n tomando ahora las hojas de esas jaras.

Y no hab铆a terminado de dec铆rmelo, cuando ya ten铆a el pincel sobre el lienzo de un cuadro donde las jaras cerraban el paso de las trochas y un venado tronchaba las matas de claridades.

Me apetec铆a hablar con el maestro Aldehuela y o铆rle decir:

Yo prefiero pintar desde aqu铆 la vida de los animales sencillos de nuestras incomparables y silenciosas serran铆as, aromadas de tomillos y jarales. Caminar por el monte respirando a铆re puro y contemplar el vuelo de las 谩guilas entre las nubes de las cumbres, o captar la carrera 谩gil y brav铆a de los ciervos y jabal铆es por los abruptos barrancos鈥

Y es que en esta tierra negra, la emoci贸n anida en cualquier parte y pasa arrebatado el silencio caminante con toda la luz de las cuerdas m谩s altas.

Dicen, y yo no puedo dudarlo, que los artistas cuando alcanzan la edad madura, gustan de recordar todo aquello que no volver谩 a ser igual y con voz segura, elevan su primitiva hoguera de esperanza e ilusiones por los m谩s altos compromisos que les dicta su conciencia y jam谩s exigir谩n nada por ello.

Pintores han captado el primer trinar de los jilgueros, el paso de las nubes por donde el d铆a arranca, la secreta llamada de amores que el silencio verde acaricia y los encames de las reses por el portillo apretado que esquivan vientos torcidos entre escondidas flores del jarizo. Pero ninguno igual贸 al maestro Aldehuela 鈥攑oseedor del m谩s vivo testimonio serrano鈥 en hacernos sentir con su pintura la gloria bendita de las suaves crestas y los amables regatos de sus manchas monteras.

Y me agrada tambi茅n recordar a Jaime de Fox谩, cuando habla de su pintura, donde respira el monte:

Luis Aldehuela, ha ido, como montero de color y la paleta, sorprendiendo por las veredillas casi inaccesibles de sus sierras 鈥攄e nuestra Sierra de And煤jar鈥 ese quehacer escondido de las reses que no conoce ni siquiera el formal cazador, m谩s habituado a verlas en trances de fuga desarbolada o de desolada agon铆a.

Aldehuela, es el hombre de Sierra Morena que dispara con el pincel y con la gracia sobre las reses de sus montes. En sus cuadros hay un distante plano desva铆do que huele a jara y a le帽a mojada. A esa aromada teolog铆a de olores y de brisas que sirve de fondo y encuadre a la silueta gentil de los grandes animales que todav铆a son 鈥斅 quiera Dios que por muchos a帽os!鈥 enigma e inquietud de los valles humildes y de los cerros heroicos de And煤jar.Luis, caza pintando. Con pincel fino y antiguo, de hombre que ama la Tierra y a sus frutos vivos, ll谩mense, bolitas de madro帽o, gabatos pintados o gramillas amorosas de lentiscos
.



Luis Aldehuela, expuso por primera vez en Madrid el a帽o 1950.

Desde entonces ha celebrado ochenta y cuatro exposiciones individuales entre las principales capitales de Espa帽a. Tiene obras en Suecia, Francia, USA, 脕frica, M茅xico y Andorra.

Juan Bta. Beltr谩n, le dedic贸 el siguiente comentario que pregona la naturaleza grande y brav铆a con sus pinceles, ante el horizonte agreste de su sierra:

Pintor animalista, s铆, y de los pocos que ha habido en Espa帽a 鈥攑erros de Vel谩zquez y de Goya entre cazadores de Corte鈥 y el mejor animalista moderno. Pero tambi茅n int茅rprete eficaz de la siempre fresca y hermosa serran铆a.

El primero que se atrevi贸 a conjugar el 谩gil movimiento del animal silvestre en su propio y paradis铆aco h谩bitat que funde, en una visi贸n personal, la din谩mica viva de animales verdaderos con la est谩tica de las cumbres, de nieblas leves por las vegas de rocas abruptas o de sotos apacibles.

Ved, si resist铆s sin emocionaros el hondo patetismo del pico, abierto en canto del urogallo, o la serenidad de estos venados que olfatean grandezas de horizontes en la impresionante soledad de sus lienzos.

Escasa violencia en las criaturas de Dios, dentro de su fuerza. Una intuici贸n certera depuradamente art铆stica, que halla fiel veh铆culo en una t茅cnica perfecta, de ayer y de hoy, que su hija Pilar, por la dif铆cil senda que marcaron aquellos broncistas iberos de Despe帽aperros, tambi茅n hace suya con admirable acierto
.



Y termino estas citas, destacando el hecho de ser su amigo y contar con orgullo el haberme ilustrado la Segunda Edici贸n de mi libro Candiles, editado por la Comunidad de Madrid.

Como es natural, fue una gran satisfacci贸n contar con su estimable colaboraci贸n, expresando en voz alta su arte inigualable, destacando las l谩minas del nacimiento del venado, el agarre de un cochino con los perros de la rehala, el ataque del escudero Campanillo, a dos furtivos que los derrib贸 de la moto cuando regresaban de hacerles una espera, y a煤n est谩n temblando de la sorpresa que sufrieron por el arroll贸n inesperado.
Hay otros dibujos de luz vibrante careada de reposo, de verdes arrodillados, a cual mejores, por su belleza natural y su 铆mpetu de sierra, nacidos de la mano de Aldehuela, bajo brisas de amor, de yerba y piedra.

隆Y c贸mo le dio vida el maestro a Candiles, para la portada, en elegante estampa de poder铆o y belleza鈥!

鈥擜migo Luis, est谩 claro que no sab铆a c贸mo escribirte y por ello he querido que me acompa帽asen tus amigos y hablasen de ti, como si form谩semos una sola familia de amistad a lo largo de tantos a帽os que estuvimos juntos.

Algunos a煤n vivimos y hace unos d铆as cuando te marchaste, justo en aquel momento, los soleados portillos peregrinos arrodillados de jaras, empinaron las pisadas sigilosas de los ciervos para despedirte, como si te los llevaras pintados en tus lienzos y una jabalina rodeada de seis rayones, dando un careo por delante de tus Majuelos, observaban su interior para verte y ni siquiera te hallaron dentro del estudio.

Miraron de nuevo a su alrededor para despedirte, y el maestro, que tantas veces pint贸 sus lances, agradeci贸 el recuerdo m谩s all谩 de los confines del cielo levant谩ndose emocionado de su pe帽a celestial.

隆La cochina grande, c贸mo si le hubiese o铆do, alz贸 lentamente la cabeza y solt贸 un gru帽ido!


Dedicado a sus tres 鈥榩alomicas鈥: Pilar, Marien y Alicia

Publicado el 09/12/2011 11:45:00

Deseo hablaros sencilla y claramente

Doy gracias a mis amigos, guardas, muleros, perreros, postores y secretarios 鈥攈ombres sencillos que conocen la sierra y sus manchas鈥 y hasta tantos y tantos monteros, a los que nunca olvido, y de los que recib铆 las mejores lecciones de buen cazar y que me ense帽aron a 鈥榓mar todo lo que nos ofrece el monte soberano, en la soledad de sus encames, en esta selva peque帽ita donde coge todo el mundo y hasta el aire llega por favor鈥; como me dijo el periodista y entra帽able amigo Tico Medina, cuando la contempl贸 por vez primera desde el cerro del Santuario de la Virgen de la Cabeza.



Yo he vivido aquellos tiempos de gloria, careando solanillas y sendas en un mar de jaras que padreaban colleras de buenos venados y que, por aquel entonces, a煤n no le hab铆an puesto puertas al campo.

Y en cierta ocasi贸n, me dijo mi maestro Jaime de Fox谩: 芦Dentro de poco, la hermosa y soleada sierra de And煤jar ser谩 un monte cuadriculado de postes y alambres禄.

Y as铆 fue desgraciadamente.

Era all谩 por los a帽os cincuenta y tantos, y al o铆rlo se me hizo un nudo en la garganta.

隆Y qu茅 pena, ver c贸mo est谩n hoy las fincas reseras, donde las alambreras marcan un solo camino y las opciones de las posturas alcanzan precios millonarios! 隆Ah, eso s铆! 隆Se sigue rezando una salve a la Virgen de la Cabeza! y recorriendo las fincas con los todoterrenos, y despu茅s de las habichuelas largarse a todo correr, sin despedirse siquiera del valiente perrero, que con sus rehalas le ayudaron a mover el monte y llevarle las reses hasta su postura para conseguir el cupo que la organizaci贸n permit铆a.



Ac茅rcate amigo. No preguntes nada. Vete por las grandes praderas de chaparras fecundas y escucha el cascabeleo cantar铆n de las rehalas.
Hay mil sendas para ti. Noches tremendas al irse la luna de los aguardos. Estupendas rocas, desfiladeros de monte fuerte y arrancadas encendidas de reses encamadas en lo hondo. Alc谩nzame tu mano.

Emp铆nate donde el camino salvaje arranca. Contempla como mueren los valientes en los agarres, en tanto la sierra se alegra con las ladras.
Detente, desde aqu铆 arriba. En las ra铆ces mismas de cualquier portillo, y abarca con tu mirada colleras de buenos venados hasta levantar una partida de jabal铆es abriendo tajos hacia los altos crestellares.

Todo el silencio para ti deseo. Para abrir paso al jaco en que cabalgas y seguir el ronco latido de los mastines en la recova.

Pero calla amigo. No preguntes nada. La honda soledad en tu ronda espera hasta las anchuras de la sierra infinita por la aurora que nace en tu pecho de montero
.

En aquel tiempo las trochas las marcaban las reses con sus pezu帽as y, en algunas manchas, tard谩bamos en bestias varias horas para llegar a las posturas y otras tantas al regreso, teniendo en ocasionen que bajarnos para que descansaran. Y por si fuera poco, al no estar acostumbradas a llevar extra帽os en sus lomos, m谩s de uno rod贸 con ellas, teniendo que ir recogiendo los guardas durante meses parte del material esparcido por el monte.

Hoy las monter铆as en Sierra Morena y los novatos con billetes, son los que siempre acuden por all铆 y aparecen despu茅s fotografiados con excelentes trofeos en las revistas especializadas de caza.

鈥a que parlanchines escopeteros han roto el lance serio de las monter铆as y el negocio traspasa tus andaluces comederos.

Por eso, yo te quiero, sierra m铆a. Desde aquella ladra por la risquera del mediod铆a, que me puso sobre el camino aqu茅l apret贸n de guarros, cuyo rastro de sangre me bautiz贸. Y por todo ello, rec铆beme siempre igual 鈥攃omo antes鈥 donde yo pueda mirarte, para darte henchido el coraz贸n cansado, 隆hasta que te espolvoreen mis huesos por tu para铆so de silencio
.

Deseo hablaros, de cu谩nto deb茅is recordar del monte y de los ganchos de jabal铆es, que es lo que m谩s se caza en nuestros montes, y no olvido aquel joven que al ir a comprarse su primer rifle, al preguntarle el Armero qu茅 marca y calibre deseaba, le respondi贸:

V茅ndame usted, el que m谩s aleje鈥

En los 煤ltimos tiempos debido al abandono del campo, la poblaci贸n de cochinos ha aumentado considerablemente en los montes. Mi compa帽ero de esperas, Eduardo Trigo de Yarto, coraz贸n de la sierra partido en mil pedazos, les llamaba 芦los se帽ores de la vista baja禄.

Falleci贸, despu茅s de sufrir varios infartos, en aguardos y recechos, donde el sobresalto se cita.

Amigo Eduardo, despu茅s de tu muerte, ahora no rompo a llorar. Me voy vaciando el coraz贸n, oprimido de cielo y tierra dura. Estabas tan cansado, que al dejarnos en esta sierra tuya, miro crecer nuestra vieja amistad, mientras ramonean en los tamujares los gorrinos. Oigo tu arroll贸n de monte y tu repicar de piedras en el bre帽al, pisteando goterones de sangre fresca. Yo tuve que nacer montero de casta, para encontrarte donde hoza el jabal铆, que ahogaban nuestro resuello en la espantosa soledad del aguardo鈥 me acuerdo, hermano Eduardo, del 煤ltimo encame, hacia una muerte inevitable y solitaria鈥 隆Por eso, si t煤 quieres, cuando yo suba a ese repecho, esp茅rame en tu pe帽a!

No es de extra帽ar que cada fin de semana un elevado n煤mero de cazadores acudan a practicar esta modalidad de caza denominada batidas, cuando est谩n debidamente autorizadas, y los j贸venes se van adentrando en tan apasionante aventura frente a la 煤nica fiera que queda en nuestras sierras, junto con el oso y el lobo.

Porque un cochino herido, que te tropieces en su huida, manda mucha fuerza.

Yo tuve que atender en una ocasi贸n a un perrero de Carde帽a, durante un agarre de su rehala con un buen macareno en la finca de Los Puertos y cuando le entr贸 a cuchillo 鈥攑orque ya ten铆a herido a dos perros鈥 de repente al darle la sombra de 茅ste, le clav贸 una de sus navajas en el tobillo de la bota y le rajo media pierna. Y aunque no est谩 permitido salir del puesto con la escopeta, al ver aquella masacre, no tuve m谩s remedio que rematarlo de un disparo, despu茅s de apartar a un mast铆n que lo ten铆an cogido por la boca.

El pavo pes贸 en la b谩scula del cortijo, ciento cincuenta y tres kilos. Despu茅s nos dijo el guarda de la finca, que lo ten铆a bien localizado y le daba impresi贸n al amanecer cuando lo ve铆a carear postueros de mucha querencia, levantando bandos de rabilargos sobre los rasos.

Si alguna vez visit谩is nuestro Pabell贸n de Caza Mayor en los montes de Torremanzanas, lo ver茅is en una tabla con sus dos buenas navajas y esa mirada que todav铆a pone los vellos de punta.

La elecci贸n de la fecha adecuada para la celebraci贸n de los ganchos, depender谩 en gran medida del 茅xito o el fracaso del celebrado la pasada temporada.

Hay que tener en cuenta que el recorrer el monte d铆as antes de dar la batida, o recoger setas, o los ciclistas y senderistas por dentro de la mancha, es m谩s que suficiente para que los guarros salten de all铆 a otras manchas colindantes.

Quiero recordar la cosa m谩s peque帽a e insignificante que hay en el monte.

Es la Tablilla, y quienes se sit煤an junto a ellas 鈥攑orque son las que marcan las posturas鈥 s贸lo las recordar谩n si han conseguido all铆 abatir una buena res y si alguno pregunta donde la abati贸, entonces contestaran:

Pues, en el siete de la cuerda del Poyuelo.

Y es triste que s贸lo se hable de ella, al colocar la fina mira del rifle en el codillo de un verraco adulto.



Una cuesta sube hasta el puesto. All铆 estoy yo. Soy la Tablilla, zurciendo d铆as en la chaparra, ante los amaneceres limpios. Las perdices que corren a pe贸n. Los moscones inc贸modos. Las oleadas del aguacero oto帽al. Los traviesos rayones de galopito conejero y la clara noche enfrente.

No s茅 qu茅 a帽o me ataron aqu铆, ni qu茅 postor me pint贸 el siete, e ignoro todav铆a porqu茅 estoy en el sopi茅.

Hoy, en 茅sta rinconada de acebos y lentiscos, la agria soledad tiene suelo fijo y sin embargo al vendaval soy campanilla entre las bellotas de la coscoja. De las sienes del silencio, seis marranetes desde su encame, entran y salen de las ba帽as fr铆as, chorreando barro por sus cerdas. Cuando susurra el a铆re en mi rinc贸n solitario del monte, se arropa el arroyo de adelfas. Amo a esta selva chiquita y la quiero, Acaricio las tardes al sol y una nostalgia de vaho de tomillo es el n谩car del olvido
.

Es necesario ponerse anticipadamente de acuerdo con la sociedad de cazadores del coto vecino para que no coincidan las mismas fechas de los ganchos que se vayan a celebrar. Marcar los puestos con antelaci贸n y repasarlos d铆as antes de la batida, comprobando que est谩n visibles todas las tablillas, y situarlas en lugares dominantes del monte para que se distingan bien. El guarda y el postor de la finca las ir谩n colocando anticipadamente, y el d铆a de la cacer铆a ser谩 el postor el responsable de colocar a los asistentes en sus correspondientes posturas que indiquen las tablillas.

El lugar donde acuden cuantos participen en la cacer铆a es la Junta y all铆 tendr谩 lugar el sorteo de las posturas.

Para realizar este proceso tienen que estar presentes en la mesa el capit谩n de monter铆a y dos ayudantes y, una vez celebrado el mismo, se le entregar谩 al postor la lista del sorteo que luego repartir谩 entre sus ayudantes, para dirigirse despu茅s hacia las posturas de la mancha acompa帽ados por los monteros de cada armada.

Termino estas l铆neas con el recuerdo a un buen macho que el viento del amanecer levant贸 de un olvidado monte.

Es el alba. Un venado carea vallejos de monte fuerte hacia el encame elegido. Entra el d铆a, de cerro a cerro, en jirones medio despiertos. La hora es temprana, detr谩s de cada trocha o cada jara, donde hay agua y barranquetes. All谩 va deteni茅ndose, de vez en cuando, con a铆re receloso. Atraviesa de un salto una fuentecilla que nace por s铆. Con su escudero varet贸n, rodea jadeante los 煤ltimos riscos bajo los enebros del romero espl茅ndido. A veces, busca los senderos peregrinos, elevando su poderosa cuerna cuyos candiles brillan a m谩s de cien leguas.

El que no madrug贸 durante el fatigoso rececho, no habr谩 sentido la satisfacci贸n, de mirar en vez de apuntar
.



Y os doy las gracias por la atenci贸n prestada a mis escritos. Recibid el abrazo ancho de este viejo montero 鈥con olor a macarenos鈥 donde el romero, la jara y los campos silvestres, coronan sus sienes de plata.

Publicado el 14/10/2011 10:05:00

Fue cosa m铆a que le llamasen Pernales

Pero 茅l segu铆a mir谩ndome fijamente.



Me encontraba en presencia de un perro sin raza, casi tan alto como un podenco, que llegar铆a a primeras horas de la ma帽ana 鈥攏o s茅 de donde鈥 echado sobre unas matas junto a la cuneta de la carretera que sube a Las Vi帽as de And煤jar.

Me qued茅 mir谩ndole sin hacerle caso, hasta llegar a las proximidades del Hotel del Val, donde descans茅 en un banco porque aquella ma帽ana di un largo paseo por el monte, cosa que realizo con frecuencia, y andaba algo cansado.

Yo no s茅 de d贸nde habr铆a salido, pero de pronto se vino hacia m铆, 驴y qu茅 hizo?, pues se peg贸 a mis botas y me las lami贸 varias veces hasta que lo separ茅 con fuerza, y me acuerdo que cay贸 panza arriba y no le pareci贸 bien que lo echase de esa manera y cuando se levant贸, de repente acudi贸 otro perro mayor, y sin ladrar ni nada, con las orejas tiesas, el pelo erizado, y una mirada desgarradora, lo alej贸 de nosotros con un conocimiento como no hab铆a visto nada parecido y, acerc谩ndose a m铆, me permiti贸 que le acariciase.

驴Qu茅 iba a hacer? No tuve m谩s remedio que sonre铆rle y cual fue mi sorpresa, que me segu铆a cuando empec茅 a caminar moviendo insistentemente el rabo.

Y eso me pas贸 con este perro al poco tiempo de conocernos y estoy seguro de que me vio antes de que yo lo viera. Debi贸 de ser al empezar las monter铆as y sin saber qu茅 hacer con 茅l, puesto que no me dejaba ni un minuto solo.

Pues nada. As铆 ocurri贸 y con fortuna para m铆, pues si no hubiese sido por este valiente ahora no habr铆a podido terminar estas l铆neas, porque un jabal铆 herido es peligroso si te lo tropiezas en el monte.

Resulta que, al colarnos en la mancha para tomar un atajo que iba a volcar a la vereda hacia donde me dirig铆a, apareci贸 un cochino en medio del sendero que llegaba con una pata colgando de alg煤n tiro que le hab铆an dado, y cual fue mi sorpresa al ver al perro lanzarse como una fiera contra aquel bicharraco mordi茅ndole donde pod铆a, mientras, como me fue posible, me sub铆 entre las ramas del tronco de una chaparra cercana, pensando: 芦que me caigo, que no me caigo禄 y con un aire zumbando fuerte, que yo dec铆a: Una bocanada de estas me lleva, y yo dando tumbos y pens茅 que a lo mejor me voltear铆a encima de ellos.

Y en un instante en que les vi, perdieron el equilibrio y rodaron los dos barranco abajo, hasta que el cochino fue a parar a lo hondo chillando a m谩s no poder y huyendo a tres patas sin saber por donde tirar para orientarse.

Y yo, subido all铆, ya no pintaba nada, as铆 que de un salto ca铆 en tierra y empec茅 a echarle voces 鈥攕in saber su nombre鈥 contando con que no hubiera muerto en la pelea que sostuvieron.

Pas贸 un ratillo y ya le vi subiendo el lader贸n y casi no pod铆a sostenerse en pie, y me qued茅 como alelado al ver su cuerpo ensangrentado. El pobre animal, al verme, se tumb贸 con mil apuros mir谩ndome y procurando no moverse.

Me parec铆a mentira que a lo mejor pensase que no le hab铆a querido ayudar. Seguro de que si hubiese llevado la escopeta le hubiera metido dos tiros en el codillo a ese asesino, y yo ten铆a en esos momentos todas las penas del mundo en mi coraz贸n.

Era ya mediod铆a, cuando llam茅 al perrero Joaqu铆n Monteagudo para que viniese a recoger al perro herido y lo curase en su perrera.

No hab铆a pasado una hora cuando vi llegar a su ayudante Chema Defez para subirlo en el remolque y llev谩rselo.

隆La Virgen Santa! 鈥攄ijo expresando en voz alta su asombro鈥, vamos r谩pido a llev谩rselo a Joaqu铆n para que lo salve, porque tiene encima una buena paliza y varias cuchilladas.

鈥擡s que se enganch贸 con un guarro que ven铆a herido, y estuvo luchando con el bicho hasta que no pudo m谩s.

鈥斅縔 c贸mo se llama?

鈥擬e gustar铆a le llamasen Pernales.



Recordar茅 siempre que el mejor perro que ten铆a se lo mataron en un gancho de jabal铆es y, cuando lat铆a, daba gloria o铆r su campana hasta dar con sus rastros. Le puso de nombre Pernales y, aunque era feo de andares, su gran caminar veloz alegraba con el cascabel el repicar de la pedriza.

Agoniz贸 en los brazos de Joaqu铆n junto a una tupida coscoja.

M谩s tarde, con la cabeza gacha, reuni贸 a los perros y, al cruzar por delante de mi postura, con los ojos llenos de l谩grimas susurr贸 estas palabras:

San Huberto lo tendr谩 ahora en el cielo de los perros buenos.

Yo le devolv铆 una sonrisa, sin mirarle siquiera.


Al poco tiempo, ya curado, mi amigo Pernales acollarado a un podenco sal铆a por primera vez de monter铆a. Me qued茅 mir谩ndole y sent铆 un estremecimiento al tenerle tan cerca.

Joaqu铆n 鈥攍e coment茅 sorprendido鈥, tiene los mismos andares del otro perro que tanto quer铆as.

M谩s tarde subi贸 de un salto a la furgoneta y me mir贸 desde la reja del remolque echado entre dos mastines.

Espero que en la lucha salvaje del agarre con un vendaval de navajas, no lo raje cualquier jabal铆 arocho en el hondo de un oscuro chaparral.

Lo lamentar铆a de veras.



En la suelta lo distingu铆 jalando delante de la rehala persiguiendo a una piara de cochinos, y jalaba monte arriba entre las aulagas que le clavaban sus pinchos como alfileres, y lat铆a desesperado alegrando el portillo.

鈥擧ay que ver lo bien que late el perrillo. Si no lo veo no lo creo, con lo malo que me lo trajeron 鈥攄ec铆a el perrero.

Ese ya no se para hasta que no eche a los guarros de Espa帽a 鈥攃oment贸 de broma un postor.

Y hasta ese d铆a, nadie le hab铆a hecho caso entre tantos perros como ten铆a en la perrera.

Cuando regres贸 con la rehala, Joaqu铆n le acarici贸 y se alegr贸 de que se llamase Pernales.


Antonio L贸pez Espada, Director de la revista El Mundo del Perro, en su excelente articulo en nuestro Club de Caza, escribe: 芦Si por cualquier desgracia, un perro se extrav铆a, y est谩 unos d铆as vagando por las calles, nadie podr谩 alimentarlo porque eso supondr铆a una multa desorbitada禄. Reforma a la Ley de Protecci贸n de animales dom茅sticos de 1990.

Publicado el 18/10/2011 20:32:00

驴Volver铆amos a sentir lo mismo, pese al sobresalto de aquel lance?

En aquel momento querr铆a que hubiese centenares de testigos presenciando lo que nos sucedi贸 a mi hijo Felipe y a m铆, en la finca de El Rapao, cuando de repente nos sorprendi贸 un venado y al dispararle el joven montero y herirle, se fij贸 en m铆, que estaba algo distanciado de 茅l y berreando a toda carrera me oblig贸 a agarrarme a un 谩rbol y darle un pase, que ni un torero lo hubiese mejorado, tiempo que necesit贸 para rematarlo cuando intentaba volver a la carga con su brama impresionante.



Bueno, pues entonces鈥 me acerqu茅 hasta su postura y le felicit茅 por su temple, pues el venado ven铆a en serio y todo aquello nunca lo he dejado atr谩s en mis recuerdos monteros y hoy deseo que toda la gente lo sepa. 驴C贸mo podemos olvidarlo?

鈥 yo quer铆a, que lo que hizo, lo hiciese cerca de m铆 y cuanto antes. Fue un lance inesperado frente a un animal salvaje en pleno celo.

Nunca le tom茅 las vueltas a una res, de poder a poder, teniendo el rifle en mis manos, pero en esta ocasi贸n lo solt茅 r谩pido entre las jaras, porque no pod铆a hacer otra cosa que no fuese abrazarme al chaparro, seguro que en su veloz carrera me hubiese arrollado.

驴Volver铆amos alguna vez a sentir lo mismo, pese al sobresalto de aquel lance?

Probablemente no.

La tarde indiferente pasaba y las nubes cargadas de agua se estiraban por lo alto de los collados sombr铆os y por el monte de jaras, balanceando sus cuernas, caminaban Candiles y Filigrana, trepando el impenetrable chaparral por donde gustaban pasear el inmenso verde que abre las veredas cada d铆a y a煤n sorprendidos por el sobresalto de la escena que presenciaron desde el puntal donde se encontraban.

鈥擭o creo, muchacho, que prestes demasiado atenci贸n a lo que voy a contarte 鈥攄ijo Candiles鈥 pero ya lo entender谩s cuando tu coraz贸n se conmueva ante algo que no tendr谩 m谩s remedio que ocurrir y tienes que estar preparado.

El escudero no esperaba estas palabras y m谩xime despu茅s de lo ocurrido hac铆a un rato con lo del ataque de aquel colega.

鈥擜 lo largo de los a帽os, todo dios viene recorriendo la sierra con el achaque de la cacer铆a. 驴C贸mo podr铆amos hacer una ley para aquellos que carrilean nuestras lindes buscando hacer su apa帽o?

Pero como pas贸 lo antiguo, lo que era de todos, lleg贸 lo moderno y nadie dijo nada del furtivo que saltaba de noche los serrallos solitarios, aunque fuese descastando reses de parte a parte.

Y pas贸 lo qu茅 pas贸.

Casi acabaron con todo lo que ten铆an cuernas y colmillos y puede ser el motivo por el cual, poco a poco, fueron cercando las fincas, sin echar cuenta del da帽o que hac铆an a la gente que ya no pod铆an montear en lo libre 鈥攄onde siempre lo hicieron鈥 porque pusieron puertas al campo y llenaron de reses los cercados. 隆Qu茅 desconsuelo tan grand铆simo!

隆Adi贸s a los claros d铆as de largo camino, tras la res levantada care谩ndose, que ventea y se marcha.

鈥擲e帽or, con estas cosas 鈥攖ap谩ndome del guarda y los perros鈥 ya he visto las lindes donde est谩n clavando troncos de acebos y las reses andan por all铆 desconcertadas.

鈥擫os cochinos de tanto jaleo en los montes, antes se arrimaban de d铆a a la montanera y al quejigal, y ahora lo hacen de noche a las tierras negras donde hay ra铆ces que ellos sacan con las jeta y de d铆a se suben a la tranquilidad de cualquiera umbr铆a salpicada de limpios, a ver los ires y venires. 驴Qu茅 remedio les quedan?

鈥擸 nosotros, las reses montunas, no tenemos culpa de este aburrimiento en la tierra. Tanto ruido de tractores y camionetas, cargadas de gente para ganarse el jornal, motiv贸 que las reses no quisi茅semos padrear fuera de los vallados que atravesaban nuestras hermosas alamedas y la gente al no tener cuartos para montear all铆 dentro, se arrimaban a lo que fuese y las rehalas lat铆an desesperadas frente a los alambres de espinos.

隆La perra! 隆La perra podenca que est谩 ah铆 enganchada! 鈥攇ritaba el guarda intentando que le ayudasen a desclavarla.

鈥擫a verdad sea dicha, no s茅 qu茅 te habr谩 parecido cuanto te he contado y lo que est谩 sucediendo por aqu铆.

驴Y qu茅 quiere usted que yo le diga? 鈥攔espondi贸 Filigrana.

El monte, como otras veces, no s贸lo ol铆a a tierra mojada, sino tambi茅n a trochas de reses ausentes. Yo estaba acostumbrado a ese olor en mi postura, pero aquella tarde se aspiraba la sierra de forma diferente llena de musgo y de silencio.

Publicado el 06/10/2011 10:22:00

Los largos atardeceres del verano

Mi buen amigo Antonio P茅rez Henares, escritor y montero, publica este mes en la revista Federcaza un art铆culo titulado 鈥楥rep煤sculo sobre el agua鈥 y, en esta ocasi贸n, no habla de caza y las 煤nicas armas que le acompa帽an por el monte son unos prism谩ticos y una c谩mara de fotos.



Y es mi deseo destacar algo que me llam贸 la atenci贸n, conforme iba entrando en su lectura y que nos ofrece a cuantos las leamos:

芦Cuando el sol oculta por fin su sangrienta agon铆a, cuando la luz del crep煤sculo se evapora y el cielo oscurecido preludia el brillo a煤n inexistente de la primera estrella, cuando el d铆a ya muere, y ha muerto, pero la noche a煤n no ha nacido, es el silencio禄.

Y hoy que es un d铆a caluroso de agosto cuando dice: 芦Los largos atardeceres de verano y sus lentos crep煤sculos son unos de mis momentos preferidos para quedarme quieto y en silencio en pleno monte, al lado de cualquier punto de agua sea 茅ste una charca, una fuente o alg煤n tramo de un arroyo o un r铆o禄.

Por eso nosotros, que sabemos disfrutar de la naturaleza, tanto t煤 en tu libro La mirada del lobo 鈥攓ue conservo dedicado鈥 como yo en el m铆o de Candiles, les ofrecemos sus p谩ginas por si alg煤n compa帽ero desea comprobarlo.

En tu art铆culo, y en el m铆o, al que ahora me referir茅, hoy no comentamos actividades cineg茅ticas. Hoy, estamos m谩s cerca de las criaturas silvestres e incluso, en ocasiones, hablamos con ellas.
* * *


Faltaba poco para la amanecida, pero en ese momento era reacia a irse.

Pens茅 en Sierra Morena. Era lo 煤nico que ve铆a a lo lejos y empec茅 a escribir bajo el pasto que brilla al sol.

Al cabo de unos instantes me encontr茅 con Candiles, echado en el suelo de una lentisca y me sent茅 a su vera.

Nos miramos durante un largo rato. El venado abri贸 la boca e intent贸 decir algo, pero yo ten铆a ganas de hablarle y ahora estaba deseoso de hacerlo. Entabl茅 conversaci贸n, encendiendo un cigarrillo.

鈥擠isculpa Candiles, es s贸lo encontrar respuesta a la necesidad de quedarme contigo. Me siento confundido fuera de este para铆so que te rodea.

鈥擭o. No te vayas. Charlemos como dos viejos amigos que estuviesen pasando el rato.

鈥擯or favor, esc煤chame.

鈥擲铆, 驴por qu茅 no?

鈥擯orque鈥 recordar谩s que en una ocasi贸n te dije que val铆a la pena carear esos serrallos de luz bermeja que alegran la vida y me duele separarme de ellos, donde los verdes ventean de tallo en tallo.

鈥斅縎in duda quieres mucho a estos portillos? 驴Verdad?

鈥擜 veces me parece que hablo con ellos en voz baja, donde la imaginaci贸n corretea por los encinares de las pe帽as desnudas y entre el soplido de los vientos sobre el horizonte brumoso, algunas tardes me vuelvo para echar un vistazo al parpadeo de los robles dorados y no me encuentro solo.

鈥擭o te emociones y dime, 驴qu茅 te pasa?

鈥擬e gustar铆a comentarte, s贸lo por curiosidad, que al recordar estos portillos es como explorarme a m铆 mismo. Tal vez, mi gran estima a su mensaje sobrecogedor que esparce en mi mano olorosas semillas de espliego, donde ella y yo, desde muy atr谩s, recorremos sendas de retamas como un apasionante desaf铆o.

Baj茅, la cabeza, con aire pensativo.

鈥擫o cual quiere decir 鈥攕onri贸 Candiles鈥 que no se merece esta sierra que cada senda pueda ser una trampa, vigilada por el rifle listo para abrir fuego.

Me puse en pie y le dije:

鈥擳endremos que volver a hablar.

鈥擮tro d铆a, tal vez鈥

La amanecida se acerc贸, aunque no con mucha fuerza, y empezaba a tener la sensaci贸n de estar so帽ando.

Me sobresalt茅. Cerr茅 la ventana y mir茅 el d茅bil resplandor que penetraba en la pared. Parec铆a distinto e irreal.

S煤bitamente me dorm铆.
* * *


Te recuerdo Antonio, cuando la Real Federaci贸n Espa帽ola de Caza me concedi贸 el trofeo DIANA CAZADORA 鈥攙erdadero orgullo a mis a帽os de viejo montero鈥 que tuve el honor de que fueras t煤 quien me presentases en el Palacio de Congresos y Exposiciones de Madrid.

Cuando termin贸 el acto, me acerqu茅 a nuestro Presidente, le abrac茅 y le dije: 芦驴qu茅 quieres que te diga, Andr茅s? Por lo menos he conseguido que mi hijo Felipe contin煤e la tradici贸n de montero noble y honrado禄.

Publicado el 21/09/2011 11:12:00

La venganza de Candiles

El gran B煤ho les dirigi贸 una prolongada mirada despu茅s de elevar su canto desde lo m谩s alto de un pino 鈥攓ue pocas criaturas conoc铆an鈥 pregonando la importante misi贸n que hab铆a sido capaz de realizar aquella noche, deseoso de ayudar a quien siempre cuid贸 de su maestro.


Filigrana, permanec铆a de pie observando fijamente el tronco donde se encontraba, sin olvidar que siempre le recordar铆a por lo que hizo por 茅l.

Tard贸 unos segundos en esperar a que le respondi茅semos con un saludo de despedida.

Con la cuerna hacia los 谩rboles, le dijo a Candiles:

鈥擬aestro en su honor, seremos nosotros quienes haremos temblar estos portillos. 隆Lo que va a sonar, sonar谩鈥!

鈥擝ravo muchacho, s茅cate el sudor, respira hondo, y all谩 vamos los dos鈥

Y lanzaron varios berridos, que dejaron al B煤ho sobresaltado y al 谩rbol tambale谩ndose.

Aquello fue algo m谩s que una despedida.

Despu茅s levant贸 repentinamente sus grandes alas como gesto de amistad, y se lanz贸 al a铆re majestuosamente por encima de sus cuernas, desapareciendo entre la bruma de la sierra, en un abrir y cerrar de ojos.

鈥斅h, ya se ha marchado!

鈥斅縔 bien? 鈥攄ijo Candiles鈥 驴no tendr谩s miedo? 驴Verdad?

鈥擭o, he descansado mejor y ahora la herida empieza a escocerme algo menos.

鈥擡so es se帽al de que va cicatriz谩ndose. Poco a poco recuperar谩s las fuerzas para mayor seguridad y como es natural todo ir谩 bien.

鈥擫amento se帽or, que por culpa de ese mal nacido, al que ni siquiera se le puede llamar enemigo, hayamos sufrido tanto.

鈥擲铆, es cierto, pero intentar茅 atacarle por donde 茅l no espera, ya que me lanzar茅 contra su cuerna, m谩s bien lo arrastrar茅, sin posibilidad de que me venza.

鈥擲e帽or, no s茅 cu谩l ser谩 el final, pero estoy seguro de que El Negro de Povedilla quedar谩 tendido a sus pies o se dar谩 a la fuga 鈥攕e atrevi贸 a comentar.

Filigrana, se incorpor贸 al paso de Candiles, y aunque el avance de sus patas le permit铆an seguirle por las trochas, era dif铆cil echar unos quince pasos sin detenerse. El maestro, en actitud comprensiva se volv铆a a mirarle de vez en cuando, y al ver su esfuerzo, se detuvieron a la sombra de unas hermosas carrascas que crec铆an por las bajeras de la solana, recost谩ndose sobre las matas del oloroso espliego.

Hoy Candiles, asumir铆a un nuevo compromiso, dadas las circunstancias: Escudero de Filigrana.

Y 茅ste honor era demasiado para 茅l, puesto que nadie pod铆a superar la vigilancia de su leal escudero por barrancos y repechos, acostumbrado a actuar con rapidez y siendo un gu铆a obediente a sus repentinos impulsos, desviando las violentas carreras de las rehalas y evitando que diesen con el encame de su maestro.

Unas horas m谩s tarde volvi贸 a ser el mismo, y muy despacio se tom贸 la libertad de acariciarle.

El aire fresco que llegaba a intervalos de los altos de la sierra refrescaba la herida y minutos despu茅s volvi贸 a levantarse, iniciando su caminar con m谩s vehemencia como si esperara la oportunidad de localizar al Negro de Povedilla. Era el venado que le atac贸 a Filigrana y al que Candiles se la ten铆a jurada, y quer铆a que pagase el haberlo apu帽alado con una de sus luchaderas, dej谩ndole abandonado sobre un charco de sangre.

De repente observaron a un jabal铆 que tomaba una charca de placido cobijo y al verles levant贸 su gacha cabeza y sorprendido se dirigi贸 al venado para hablarle:

Candiles, por la umbr铆a de Valtravieso te espera El Negro, y no con muy buenas intenciones. Me pregunt贸 si te hab铆a visto por all铆 y si te acompa帽aba un escudero.

Antes de que pudiera contestarle, hab铆a sentido moverse su sangre y una sombra cada vez m谩s cercana agitaba su coraje.

鈥擳e lo agradezco 鈥攍e contest贸 con voz distante鈥 con Dios y hasta m谩s ver鈥

Despu茅s, tir贸 por el espeso rastrojo sin dejar de mirarlos y se fue alejando con sus m谩s de noventa kilos encima. Solt贸 un resoplido y mascull贸 algo por lo bajo.

鈥擝ueno, muchacho, a ver qu茅 ir谩 diciendo鈥

Filigrana, not贸 mi preocupaci贸n, pero no lo manifest贸 en mi presencia, pues quer铆a conocerlo todo y eso ser铆a lo m谩s duro para 茅l.

鈥擬aestro, no deb铆amos fiarnos de ese 鈥攄ijo鈥 a lo mejor lo ha enviado para enga帽arnos.

鈥擲igue te lo ruego鈥

鈥擭o, por favor. No quisiera preocuparle m谩s.

Galopa el viento de berrea hacia nuevas lluvias, calentando la pasi贸n del monte y grandes cuernas de puntas perleadas se afilan en un comienzo de pelea. La sierra brava aguanta mecha enloquecida y las luchas de los venados rasgan el sendero de topetazos.

Por una empinada rehoya ven铆a bramando Candiles, una y otra vez, seguido de cerca por Filigrana. M谩s all谩 ciervas encendidas los reclamaban en las soleadas alamedas.

Desde la media cimbra de la silleta, lleg贸 hasta ellos el ronco bramido de otro macho que dejaba sin resuello los manchoncillos de las lindes. Bajaba cubierto de rabia entre los jarales batidos por la brisa, sacudiendo la recia cornamenta que desgarraba con furia los jarales.

De repente, fren贸 su alocada carrera para escuchar la brama violenta de Candiles. Se hizo un silencio de p谩nico e ira mezclados, m谩s bien de odio, como avis谩ndole que no ten铆a derecho a pisar su sombra, a no ser que quisiera salir corriendo a tres patas.

鈥擲e帽or, ese es El Negro 鈥攄ijo Filigrana, sin vacilar.

鈥擫o veo, muchacho.

Cuando estaba llegando a 茅l le dijo con naturalidad:

鈥擭o te he olvidado, es hora de que te prepares a recibir la mayor paliza que te hayan dado en la sierra 鈥攇rit贸 Candiles, enardecido de furia鈥 y enganchando su cuerna con la del otro venado, le arrastr贸 largo rato hasta estrellarlo contra los sueltos pizarrales de las pe帽as desnudas. El Negro parec铆a petrificado, sangrando por la boca que le imped铆a berrear. Bruscamente volvi贸 Candiles, a chocar de nuevo con su poderosa cornamenta y haciendo un enorme esfuerzo lo arroj贸 precipitadamente contra los matorrales de jaras, cuando ya la tarde se marchaba sin retorno.

鈥擯or favor se帽or, d茅jelo ya 鈥攕e apresur贸 a decir Filigrana.

Tem铆a que volviera a explotar de un momento a otro. No era agradable ver al maestro fuera de sus casillas y mucho menos cuando estaba en pleno celo.

鈥擩ur茅, que 茅ste mal nacido se acordar铆a toda su vida del da帽o que te hizo. 隆Puedes decir que mi venganza se ha cumplido! y que con esta derrota el muy traidor ya va apa帽ado, y como en el monte todo se sabe, ya se va pregonando por todos los repechos de mucha querencia, el final de su chuler铆a.

Candiles, estaba mucho m谩s que cansado; estaba rendido de cansancio. Una locura que le dej贸 sin pulsos y roy茅ndole por dentro.

Filigrana, march贸 a esconderse 鈥攃on todo el sigilo que le fue posible鈥 dentro de un soto de fresca sombra, donde le sigui贸 Candiles, con una fr铆a y persistente lluvia.

Aquel lugar tranquilo, esparc铆a el olor de las juncias entre las matas de lirios silvestres.

Publicado el 04/09/2011 14:40:00

La calentura de Filigrana

Cierra los ojos amigo, y cuando vuelvas a abrirlos, trata de mantener firme la mirada entre las veredas peregrinas por donde carean Candiles y Filigrana, donde los jarales los esconden hasta las m谩s ocultas rehoyas del tronchado cortadero. Pronto recordar谩s las palabras de sus conversaciones.


鈥擮ye muchacho. Hay que ver lo que nos ha costado repechar esos crestones grandes que dominan las cuevas donde estuvieron los moros antiguamente, y a煤n contin煤as descentrado y toda la ma帽ana caminas de ac谩 para all谩.

El escudero, al o铆r aquello, no dijo nada.

鈥擜 ti te pasa algo y te veo muy raro.

鈥擯ues maestro se lo voy a decir, ya que usted se ha dado cuenta de que algo me preocupa y necesito su consejo.

El venado lo mir贸 perplejo.

鈥擡s que el otro d铆a cuando me mand贸 a que echase un vistazo a las trochas de la umbr铆a del Rapao, me encontr茅 con dos ciervecillas muy bellas鈥

鈥擝ueno, y 驴eso es tan s贸lo?

鈥擬enudas culatas ten铆an tan bien formadas y no sabe usted cu谩nto se alegr贸 mi coraz贸n al verlas.

Todas las ciervas saben caminar, pero muy pocas son dignas de ser admiradas como a ellas confiadas en su querencia, cuando caminan entre los encinares. No puedo repetir otra cosa que no sea volver a verlas de nuevo, y este deseo y este sue帽o, es su magia que me atormenta.

鈥擯ues ya sabes lo que tienes que hacer. 隆Valor, y a por ellas! 隆Valor, y deja bien alto el portillo! 鈥攄ijo Candiles.

Filigrana sali贸 corriendo como alma que se lleva el diablo, brincando sin cesar hacia la lejan铆a del encuentro de las jovencitas, enredando sus ojos de tanto acechar, a ver si las ve铆a.

Corre el fresco, apret谩ndose en las pedrizas de bajas neblinas, y tiene casta帽as carear los carriles frente a un mar de encinas, abrigados por las pe帽as cubiertas de juncias.

Era una ma帽ana reci茅n nacida, ahogada por ligeras brumas en los collados, cuando distingui贸 a lo lejos a una de las ciervas que paseaba senda adelante con toda su belleza, y permaneciendo con el cuello muy estirado para verme mejor cuando asomase por un clarillo, y me segu铆a sonriente como si acabara de tener una visi贸n.

Parec铆a que no quer铆a confiarse y no ten铆a nada de extra帽o que se mostrarse inquieta, de ah铆 su mirada con las orejas empinadas, en la creencia de que hab铆a vuelto.

Por fin se present贸 la ocasi贸n, y como le fue posible. 隆No pod铆a resistirlo m谩s! Se acerc贸 hasta ella. Sonre铆a t铆midamente y cada paso que daba entre las jaraspetas de plata en aquel silencio pavoroso, acariciaba a un amor que naci贸 de repente.

鈥斅ola! 驴C贸mo te llamas?

Filigrana 鈥攔espondi贸 lanzando un suspiro鈥, 驴y t煤?

鈥擯ues yo, Salvia.

Y as铆 se uni贸 la pasi贸n de dos criaturas en su careo incansable por el monte, mientras el viento a retazos propagaba por el recodo del sendero la brama del ciervo hasta las cuerdas m谩s altas.

鈥擮ye, Salvia, si tu quieres pod铆as venir conmigo y te presentar铆a a mi se帽or, Candiles.

鈥擧e o铆do hablar de 茅l en la sierra y se dice que es un arrogante ciervo, de casta valiente en las luchas con otros machos.

Sin pronunciar palabra alguna, al poco tiempo ya estaban los dos en presencia del ciervo, que por cierto le impresion贸 a ella su gran corpulencia como no hab铆a visto otro igual por el monte bravo de los jaranzales, en su constante ir y venir, regateando rehalas e imprimiendo a cada salto mayor agilidad, balanceando su enorme cuerna.

Candiles, sorprendido por el encuentro, pudo ver sus mejillas enrojecidas, las finas curvas de sus patas y el hermoso pecho ba帽ado por la luz transparente del mediod铆a. Ella estaba visiblemente nerviosa y con la cabeza gacha.

Mientras tanto Filigrana, permanec铆a en silencio y paseaba a su alrededor con disimulo, temiendo que pudiera darse cuenta de su curiosa mirada.

鈥擵en aqu铆 bonita y dime c贸mo es tu gracia 鈥攄ijo Candiles.

鈥擬e llamo Salvia 鈥攜 baj贸 la mirada.

鈥擡scucha, deber铆as hablar con Filigrana, mientras yo doy una vuelta por estos burciales 鈥攜 acerc贸 al escudero hasta ella, bajando despacio hacia el ca帽averal del arroyo.

Cuando ya se alejaban, de repente se toparon, frente a frente, con el Negro de Povedilla. Filigrana se qued贸 tan inm贸vil como una momia. Tard贸 unos segundos en comprender que estaba en presencia del viejo venado, resabiado y asesino, que recibi贸 de Candiles, en la anterior berrea, una gran paliza, huyendo despavorido monte adentro y amenaz谩ndole que ya se ver铆an en otra ocasi贸n.

鈥擬e han contado 鈥攄ijo el muy canalla oblig谩ndole a mirarle鈥 que ese venado va acompa帽ado ahora por otro escudero tan cobarde y fanfarr贸n como 茅l. No ser谩s t煤, 驴verdad?

Filigrana le hizo una se帽al a la cierva y esta sali贸 a todo correr presintiendo lo que pod铆a liarse all铆.

鈥擯ues para que lo sepas, soy yo. Y no te permito que hables mal e insultes a mi se帽or en su ausencia. Aqu铆 me tienes para lo que quieras.

El Negro, al escucharle se lanz贸 como un desesperado contra su cuerna y, al separarse, le clav贸 una de las luchaderas en el codillo dej谩ndole abandonado y mal herido, esbozando una sonrisa siniestra esperando que muriese desangrado.

Mientras tanto, Candiles andaba preocupado por la tardanza de su escudero pese a la cautiva sencillez de aquella cierva, ya que jam谩s Filigrana se alej贸 tanto tiempo de su compa帽铆a. Pensaba lo bien que lo estar铆a pasando con su amiga y le extra帽aba que no acudiese a ver como andaba su maestro.

Cuando se fue, se sinti贸 m谩s perdido que nunca y, ahora, esta ausencia por aquellos montes no presagiaba nada bueno y as铆 parec铆a.

Empez贸 a hipar muy despacio, prepar谩ndose para lo peor.

En ese momento rompi贸 el silencio un gran B煤ho, y sus alas se posaron suavemente sobre la entramada fronda de un aliso cercano y se dirigi贸 al venado:

Candiles, tu compa帽ero est谩 muy mal y es preciso que me sigas y veamos que podemos hacer por 茅l.

Y cu谩nto m谩s largo era el vuelo del B煤ho, mayores eran los saltos del venado, y en un instante encontraron el encame de Filigrana retorci茅ndose bajo los riscos.

Apenas pod铆a abrir los ojos echado en un charco de sangre que sal铆a de su codillo.

鈥斅縌u茅 te ha ocurrido?

鈥擬e atac贸, se帽or, el Negro de Povedilla, tan pronto le dije que era su escudero y le repet铆 que no le insultase m谩s a usted, no encontr谩ndose all铆 presente. Me parec铆a imposible vencerle, pero sin embargo cuando mis ojos estaban casi al mismo nivel de los suyos, no pude evitar su traidora pu帽alada y me arroj贸 sin contemplaciones a 茅ste horrible emparrado de zarzas, y no cedi贸 a la tentaci贸n de revolverse otra vez contra m铆.

Las l谩grimas asomaron a sus ojos.

鈥擯ero 驴acaso se le ha olvidado a ese, que se la tengo jurada desde aqu茅l d铆a que le abat铆 delante de toda la sierra?

鈥擭o, desde luego se帽or.

Candiles, como pudo le arrastr贸 hasta el charco azul, muy hozado por la jeta de los jabal铆es, donde le frot贸 la herida con barro para tapon谩rsela y evitar que sangrase m谩s, limpi谩ndosela despu茅s con hojas de romero florecido, y dej贸 que se recostase sobre su cuerpo, inundado de sudor, despu茅s de la carrera que se dio hasta dar con su fiel escudero.

鈥擯erdone 鈥攄ijo Filigrana鈥, lo que m谩s me gust贸 fue verle huir al cobarde, corriendo delante de los perros m谩s inofensivos del cortijo.

Observ贸 Candiles, al acercarse, que la herida ol铆a mal y le preocup贸 la posible infecci贸n que tuviese, y una sensaci贸n de fr铆o recorri贸 todo su ser sin poder hacer nada por 茅l. Lo abraz贸, frotando la herida, y not贸 distinto su alrededor, donde puls贸 la vena que ya no sangraba tanto.

Le mir贸 dici茅ndole al o铆do: se帽or, se lo suplico, si me saca de aqu铆, ya nunca me alejar茅 de su lado.

De repente el B煤ho real, elev贸 sus alas por encima de ellos y desapareci贸 veloz entre las encinas lejanas de los Escoriales.

驴Qu茅 ser铆a capaz de hacer aquella ave por salvar la vida de Filigrana, o es que marchar铆a al encuentro de alguien que m谩s tarde volver铆a con 茅l para asistirlo?

Candiles no sab铆a qu茅 hacer. Ahora comprend铆a cu谩nto le apreciaba y, justamente en ese momento, lleg贸 el gran B煤ho acompa帽ado de un anciano corzo que el venado reconoci贸 enseguida, y que fue el que le oper贸 del tiro que rasg贸 su brazuelo en la monter铆a del Casta帽ar.

Filigrana, 茅ste se帽or corzo sana a las criaturas de Sierra Morena. Te lo voy a presentar, y ha tra铆do consigo unas hojas de majuelo del valle del Bullaque para curarte.

鈥斅緾o鈥 c贸mo? 鈥攄ijo el escudero tartamudeando.

鈥擵er谩 amigo 鈥攄ijo el corzo鈥, pienso que podr茅 arreglarle 茅sta herida antes de que se le infecte m谩s.

鈥斅縔 qu茅 le hace suponer eso? 鈥攎urmur贸 muy serio.

鈥擡l hecho de que otros colegas sigan saltando por los montes despu茅s de rodar por tierra de un disparo o de ser agarrado por los perros.

Filigrana, 茅ste corzo es muy inteligente y deseo que confi茅 plenamente en 茅l. Quiero que sepas, que en varias ocasiones cur贸 al jabal铆 Solitario.

Diez minutos m谩s tarde dorm铆a el escudero profundamente, mientras le extra铆a parte de la luchadera que se le parti贸 de la fuerza con que se la clav贸, y que pudo sac谩rsela con la punta de uno de sus cuernecillos y por ello dej贸 de sangrar.

Era casi de noche cerrada cuando termino de curarle, y con pasos temblorosos se fue alejando despu茅s de hacerle una ligera reverencia, dejando dormido a Filigrana sobre el romero y las rojas peon铆as camperas.

Candiles acarici贸 la frente del escudero y se acerc贸 a su lado sin pronunciar palabra alguna. A lo lejos, el bosque con todos sus misterios era el guardi谩n de Filigrana.

Publicado el 04/08/2011 17:43:00
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Felipe Chocl醤 Felipe Chocl谩n, 芦montero viejo禄, escritor y poeta de nuestras sierras.
Para conocer el nacimiento de Candiles, léase el libro Candiles, de Felipe Choclán, con prólogo de Tico Medina e ilustraciones de Luis Aldehuela.

 

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