El Rincón de Candiles

Hacia Centenera

Por los carriles de las mondas arriba caminaba de noche la reata de bestias que salieron de Cardeña, sobre las seis de la tarde, para llegar con las primeras claras del día a la Junta de Centenera, que se montearía a la mañana siguiente.

Bajo las nubes que corrían de este a oeste, sombras aún más negras, frente a la mancha verde y una luna que surgía entre los encinares, era para darle un buen susto a cualquiera que los viera. Se agigantaban las jaras alrededor de los tobillos y el rocío que resbalaba de los enebros corría por sus gorras hasta las polainas.

Aún pasaron tres horas cuando ya empezó a refrescar, a pesar de que la noche estaba clara y no corría viento. Las rodillas apretadas contra el vientre de las caballerías, dobladas hacia delante en las cuestas, bordeaban las empinadas trochas sin detenerse para nada. A uno de ellos los ojos se le cerraron. Se durmió, y la bestia seguía a paso lento sin tropezar, segura de sus pisadas, conociendo por donde caminaba. El que marchaba detrás de él esbozó una leve sonrisa y dijo en tono bajo:
Se va a dar la montería con toda seguridad. Ya me imaginaba yo que todo está a punto para no dejarnos tranquilos


—Ya ves Rafael, éste se duerme encima del palo de un gallinero.

—Ya lo veo. Sólo lleva dos copillas de más —advirtió el otro.

—Ha pasado todo el día en la taberna y ahora va durmiendo la mona.

—A ver si puedo amarrar su mulo al mío, porque si se despista el animal va a despertar en El Centenillo.

—Ahora no debemos pararnos. El ojeo de hoy está lejos y mejor será que descansemos de madrugada para estar frescos en la montería.

Después de una pausa prosiguió.

—Arrima la bestia, por favor, y toma un trago de machaco que vamos a matar el gusanillo.

—Venga de ahí, que ahora sienta bien —y acto seguido bebió despacio de la botella y se la pasó al compañero.

El mulo receloso le tiró dos cabezazos, mientras la guardaba en las alforjas al trasponer unas chorreras muy tomadas por los guarros. De repente, del pecho de enfrente saltó una cierva asustada, seguida de dos venados medianetes.

—¡Coño! ¡Cómo está esto de reses! —exclamó sorprendido.

—Ya veremos el resultado. Desde luego si hay fuerza de perros tienen que salir muchos bichos.

—¿Quién sabe? Puede el frío haber cambiado las querencias de los encames —dijo, balanceándose para encontrar una postura más cómoda.

—¿Qué piensas?

—Sea como fuere, a veces las cosas no salen como esperamos —se frotó los músculos de la nuca que estaban tensos. Miro el reloj; eran las tres y media de la madrugada.

José paró la caballería al lado de un carril, quitó un par de ramas que cerraban el paso y arregló la cabezada de la yegua llena de brozas. La brisa fresca golpeaba el rostro de los muleros, mientras volvieron a caminar bajo un aguacero a través de los tarajes grandes. Hacían verdaderos esfuerzos por no resbalar hasta el fondo del barranco, sin atreverse a mirar hacia abajo, intentando encontrar la trocha que les alejara de aquel tormento y siempre con un nudo en el estómago. Tenía motivos para estar preocupado, paro él lo disimulaba delante de los otros que seguían los andares de sus bestias incapaces de hallar otro sendero.

El mulero que iba dormido, despertó de golpe, cubriéndose los ojos con las manos y quedó mirando al fondo del barranco y dijo en voz elevada:

—¡Mi-er-da! ¡Me habéis podido despertar antes! ¡Si tropieza este animal, me hubiese ido con los galgos de Lopera!

—Tal vez. Pero, en realidad, no te ha pasado nada. Así que perdona —respondió tratando de calmar a su amigo.


Desde un portillo cercano, Candiles, se dio cuenta por donde subían las caballerías y dijo un poco inquieto:

—Mira, Filigrana. Esos van camino de Selladeros.

—No me extraña, maestro. Desde hace unos días hay mucho meneo de hombres por esos montes.

—Se va a dar la montería con toda seguridad. Ya me imaginaba yo que todo está a punto para no dejarnos tranquilos.

—Será mejor no movernos de aquí —dijo soliviantado.

Filigrana, se movió despacio hacia el montarral que le ocultaba y dejó entrar en él a Candiles.

Al clarear el día ya les llegaron los resbalones de los cascos de las caballerías bajando las pedrizas del desmonte y varios coches por el carril de la casa de la finca. No dudaron por un instante que pronto empezaría el jaleo.

Como nunca percibieron el olor de los tamujares y los rumores de la sierra, cuando ya el cielo se desvelaba y apareció el deslumbrare sol.

Supieron que iba a hacer un día de calor.

Publicado el 14/02/2010 13:02:00 | Ver comentarios (0)

La Casa del Reloj

Por el techo abierto vi unas nubes negras que pasaban de largo por encima de los muros caídos de la casa de Gerardo Basterrechea, en las Viñas de Andújar.


Después llegó la noche y más tarde la luna iluminó la pared, donde ya no se encontraba el viejo reloj de sol.

Yo me quede tieso y casi aguanté por unos instantes la respiración.

Y no estaba allí.

Se fue con ellos, envuelto en una tela tosca sobre la montura de un borrico, intentando señalar con su sombra las últimas cinco horas de la tarde, como si hubiera retrocedido el tiempo.

Y los hombres, andando de puntillas, se fueron alejando para no llamar la atención.

—¿Veis cómo ya dejo de dar las horas? —estalló el reloj queriendo apartar la jerga que le impedía ver el sol.

—Oye, ¿es que parece que nos está oyendo? —se apresuró a decir uno de ellos.

—Pues si no fuésemos nosotros quienes nos lo llevamos ahora, otros vendrán después y se lo llevarán.

—Entonces, ¿por qué estás tan nervioso?

—Buena pregunta, Rafael. Quiero deciros que no crucemos con este cargamento por delante del Santuario, que yo conozco un atajo que nos evitará pasar la vergüenza de santiguarnos cuando pasemos por delante de la Virgen de la Cabeza, como tenemos por costumbre desde chiquillos.

—Tienes razón.



¿Quién hubiera podido prever lo que le ocurriría con el tiempo a esta casa?

—Disculpadme que hoy escriba mi breve comentario sobre La Casa del Reloj, de mi buen amigo y montero viejo, Gerardo Basterrechea, que me lee desde su peña celestial y espera mi llegada para charlar de aquellos tiempos y contarle cómo siguen las reses de los Escoriales y las de la dehesa de los Alarcones, y si continua pintando Luis Aldehuela, desde el Majuelo, los más hermosos cuadros de la sierra, rodeado de ciervos, jaras y jabalíes.

Y conoce como nadie cuando regresan los hombres con sus bestias al final de las monterías, perdiéndose en la negrura de los senderos que llevan a Andújar, deteniéndose entre dos luces delante de la casa de don Gerardo, con parte del techo caído; las tejas en el suelo; la escalera de granito con yerbas por todos los escalones rotos y en la pared de levante un enorme reloj de sol, enmarcado sobre una losa de piedra.

—Una vez, le escuché quejarse en voz alta y daba patadas contra las puertas. Y era usted —me dijo un cabrero que andaba por el viejo jardín con los animales.

—Vengo a ver cómo ha quedado todo esto —contesté—, he pasado entre sus paredes muy buenos ratos de mi vida de montero, sentado en el portal junto a Don Gerardo, y grupos de compañeros, comentando las carreras de su buena rehala persiguiendo colleras de venados, el resultado de la montería y cuántas reses se habían cobrado ese día.

Algunas veces me decía que trataba de retener las manos delante de la gente, para que no se notase su temblor.

Me alejé, casi aguantando la respiración, y ni me atreví a volver la cabeza.

Los años no perdonan y apoyado en un bastón de enebro daba siempre una vuelta a los perros, antes de irse a dormir.

Aquel día, me quede mirándole cuando salía para ir a montear Las Fuentes del Villar y me pensé, qué pocos de nosotros podíamos compararnos a él, en su elegancia natural. Desde sus delanteras recosidas, hasta la gorra, su planta de montero noble presentaba el aspecto del hombre de la sierra que usaba su ropa ya desgastada. Sus pantalones de pana y su chaleco de cuero de muchas monterías, bajo su tabardo verde de buen paño. Es decir, todo lo que se requería para el abrigo en los duros meses de noviembre a febrero y fue uno de los que más monteaban todas los años en Sierra Morena de Andújar, junto al Conde del Prado, Eduardo Moreno, Jaime de Foxá, Conde de Yebes, Felipe Lara, Eduardo Trigo de Yarto y tantos otros buenos monteros que nos enseñaron a cazar y respetar al monte.

Hoy aún quedamos algunos de aquella tropa bendita, que recorremos senderos cómodos de patear y que al estar ya los montes cercados, nos da pena visitarlos, incluido el aliciente del cupo. Por eso, acompañado por mi hijo Felipe, acudimos a los ganchos de cochinos y le recuerdo algunas cosillas que aprendimos en nuestra juventud y que tantas satisfacciones nos proporcionaron.

Nos queda ahora la alegría de montear desde nuestra mesa de trabajo, frente al ordenador, y sacar del zurrón de las monterías, la libretilla de mis notas, con olor a jara.


Le prometí a mi amigo Basterrechea que escribiría algo sobre su enorme personalidad de montero y aunque atropelle su entusiasmo y no queriendo quebrarle su contento, le quiero decir que hasta el reloj de sol de su bonita Casa de Las Viñas, se lo han llevado.

¿No oyes, maestro, cómo rechina la sierra al recordarte? Me marcho meditando con la boca llena de sierra.

¡Ah!, pese a que fue un hombre tan reservado, quiero referir lo ocurrido una vez en la Junta de una montería cuando vio entre los monteros a un chico que no llevaba delanteras y, dirigiéndose a él, le dijo:

—Muchacho, si vas al monte sin delanteras te vas arañar las piernas. Bájate del mulo y ven conmigo.

Y acercándose a su coche abrió el maletero y le regaló a mi hermano Paco unas delanteras de paño con tiras marrones y otras menos oscuras, ribeteadas de cuero, que todavía conserva y con las cuales monteó durante bastante tiempo.

En la fotografía que acompaño, aparece con ellas en la calle del Hoyo de Mestanza, antes de celebrarse la montería en el Carrizuelo.

Publicado el 20/01/2010 19:01:00 | Ver comentarios (0)

Nunca han sido de fiar

—Le importaría decirme, si no fuera suficiente cuánto ya me ha enseñado y hacer lo que tenía que hacer, en el sentido de conocer mi misión a su lado, frente al conocimiento que los hombres tienen de nuestro comportamiento en la sierra —dijo Filigrana, con toda naturalidad.


Le miró sorprendido, Candiles, y le contestó muy despacio:

—Sé que te gusta y te sientes atraído por cuantas situaciones se refieren a los hombres, desde que establecimos una alianza entre los dos y tú serías mi escudero.

—Quiero decirle una cosa.

—¿Como qué?

—Me gustaría saber ¿en qué son superiores los hombres a nosotros en el monte, sin la escopeta en la mano? —dejó la frase en el aire para que pensara en ello.

—¿O sea que toda tu preocupación es esa?

—Más o menos, señor.
¿En qué son superiores los hombres a nosotros en el monte, sin la escopeta en la mano?


—Posiblemente te habrán comentado que ellos no nos ventean cuando todo queda en silencio y, en ocasiones, han que coger un puñado de tierra y elevarla por alto para conocer la dirección que lleva el aire, mientras los animales salvajes estamos siempre orientados por nuestro olfato y de ésta suerte —salvo que no nos echen los perros encima— sabemos dónde se encuentran apostados o por qué regato caminan.

—Bueno, eso ya me lo habían contado y también que llevan unos papelillos en el bolsillo que vuelan hacia donde va al aire y de esta suerte se colocan cara a él. Y eso es bueno para ellos, y malo para nosotros, y se da el caso de tener cerca a un venado y no extrañarse al descubrir su presencia e intentar captar su aliento en el aíre y seguir allí parado mientras no cambie la dirección del viento… porque en ese instante, ¡pies para que os quiero! y jalar de estampida, haciendo volar confundidas bandadas de pajarillos al amparo de tupidas encinas.

El venado se partía de risa.

—Y es que los hombres disponen de recursos, como ahora se dice. Y ahí tienes las alambreras, que se encargan de encerrarnos como en un corral y ponerle puertas al campo para que no podamos padrear por las verdes riberas de las alamedas que nos ofrecen el incomparable encanto de la libertad.

—Nunca han sido de fiar.


—Un atardecer casualmente estaba yo presente en un cerro, cuando por el carril vi llegar tres camionetas cargadas de colegas nuestros —que en aquellos tiempos nadie decía nada— y que de madrugada, entre dos luces, fueron saliendo, uno a uno, en dirección al vegetal laberinto de aquella finca donde un pastor ya les había esparcido manzanas y alfalfa entre los claros de las jaras y otras se fueron a beber a un arroyo cercano, mientras dos varetos mojaban en él sus pezuñas, sobrecogidos por la llegada de aquellos visitantes, que poco a poco, fueron marchándose despacio, alzando sus orejas hasta perderse entre el verde azul de aquella desconocida umbría, cortando rápidos al amparo de su espesura para que no pudiesen delatarles.

Filigrana, al oírle, se encogió de hombros.

—En fin, yo sólo tenía que seguir mi instinto y como me fue posible fui siguiéndoles por la fila de postes de la alambrera y el guía de aquella piara, con arrogancia y sumisión, encontró a un venado que le contemplaba desde hacía rato.

No sabía qué cosa podían decirse y no había respuesta. Unos rayos de sol penetraban a través de los huecos de los alambres y la corta distancia que nos separaba me permitió escuchar la conversación que al rato iniciarían.

—Me gustaría conocer de dónde procedéis.

—Pues a decir verdad —explicó con voz ronca por el cansancio del viaje— somos de Los Yébenes, en Toledo, y nosotros no hemos elegido estos montes. Fueron ellos, el guarda de la finca y seis hombres más, los que nos hicieron pasar a la fuerza por una estrecha risquera donde colgaron redes y allí caímos la mayoría de los que hoy andamos despistados por estos cerros.

—Será mejor que les diga que los ciervos y jabalíes que habitamos estas tierras somos prisioneros de una larga cerca que recorre los montes que le rodean y nadie puede ya salir de aquí, deseosos de volver a recorrer las cumbres por las mondas hondas y compartir buenos ratos y multitud de recuerdos.

—Pues allí recorremos todos los portillos al amparo de la libertad, y elegimos en la espesura el lugar tranquilo de nuestros querenciosos encames.

Candiles, ya había oído esas palabras en otras ocasiones, que no se atrevía ni a recordar y que intentaba ocultar por temor a que un día se hiciesen realidad, ante la sorpresa de caer en la cerca negra de un vallado.

Publicado el 23/12/2009 11:25:00 | Ver comentarios (0)

Nervios de novato

—No comprendía nada, y por eso no le dije nada a Filigrana. Aunque por muy acostumbrado que uno esté a muchas cosas que ocurren cerca de nosotros, entre fugaces sombras de los matorrales, pero en este caso, un buen jabalí careaba a paso lento por en medio de un bancal —sólo estorbaba él y su sombra— y he aquí que el cazador que participaba por primera vez en un gancho de cochinos, al verle venir en dirección hacia su postura, no se le ocurrió otra cosa que esconderse detrás de un árbol, escuchando al cruzar, como si zumbara contra sus oídos, el sermón que llevaba cuando ya se venteó al entrar en las pedrizas.


Y cual fue su sorpresa al oír de repente el disparo del compañero que se hallaba apostado a pocos metros detrás de él y el jaleo de perros que se armó en un agarre impresionante.

El viejo jabalí luchaba con ellos, en un feroz ataque que terminó por destrozarle los nervios al novato y, al final de la batida, al verse rodeado de cazadores, todavía le temblaba la gorrilla y se puso de mal humor. Entonces reconoció que estaba asustado y que el frío salía de él, de su propia sangre, hasta que se le estiró el pellejo y más allá se le oyó dar un gemido y luego una risotada hasta enseñar los dientes.

Como todos le miraban, no quiso decir lo que le había ocurrido con ese guarro aunque desde pequeño acompañaba a su padre a cazar perdices y conejos y conocía aquellas lindes como las trochas del mateado de aulagas y que aquella tropa era demasiada para acompañarles en otra ocasión.
Reconoció que estaba asustado y que el frío salía de él, de su propia sangre


Y allí los dejó, y ¡para qué!, la que se armó cuando empezaron a medirle los colmillos ensangrentados y la serie de fotografías que le hacían la gente, una detrás de otra.

Dicen que le contó a un amigo que le llevó varios días, con sus noches, que no podía coger el sueño, escuchando el pateo, los berridos del bicho y que en los últimos apretones la barriga se le descompuso.

Ahora cuando va a La Fonda con la familia, coge una silla y se sienta de espaldas a la cabeza disecada del cochino que consiguió Antonio —el dueño, ya fallecido— y ahora con su tablilla y la chapa con su nombre, decora la pared central del comedor. Y cada vez que la mira, ¡para qué, lo que le entra!


Y esa es su pesadumbre. Y, lo del árbol, es que, no se pudo aguantar y se abrazó al tronco y pensaría que si fallaba el tiro ¿qué le iría a pasar?

A la cuenta, el joven no es cazador de jabalíes y hasta entonces nunca se escondió en el monte para quitarse de en medio y, sin embargo, al ver al verraco que por poco le mete los morros casi en las manos, le entró un desconsuelo seco que le crujían los huesos de coraje.

—No se apuren, que con el tiempo y mi antigua escopeta de gatillos, ¡con el apego que le tengo! dejaré planchado a más de uno, porque hasta hoy no sabíamos en el pueblo que andaban estos bichos por bancales y barrancos, aprovechando que tenemos huertas, almendros y árboles frutales… ¡Y desde ese día ando muy encorajinado con ellos!


Al volver el escudero —de sobra sabía lo que le contaría Candiles—, terminó por arrimarse a él para que se explicase y que sólo habían conseguido un jabalí.

—Digo yo también, lo tranquilo que estábamos por estos montes, hasta que se oyeron los primeros perros, que no sabían a quienes latían y porqué tardaban tanto tiempo en volver junto a sus dueños.

Al menos ese sería el motivo por el cual se vieron cazadores por la Plaza Mayor —casi siempre solitaria— y tabernas del pueblo, preguntando por qué montes careaban esos cerdos y si podían ver la cabeza que cazaron y, ¿cómo ellos iban a pensar que aquello no fuera verdad?

Algunos dijeron:

—No dejar que se os acaben los cartuchos, para la otra que se organice. Y si se os vuelve alguno, le apuntáis bien y si no le dais, echad a correr carril arriba hasta donde tuerce el camino del portillo adelante y otra vez será.

—Pues quién sabe.


Y las cumbres rebosantes de almendros y los claros repechos de rabia, en el silencio reinante del atardecer, acariciaban el áspero rastro que el humo del tabaco esparcía entre los surcos que desfloraba la jabalina con sus rayones.

Publicado el 08/12/2009 18:25:00 | Ver comentarios (0)

En ocasiones ocurre que un zorro…

En ocasiones ocurre que un zorro carea solitario por las trochas de la mancha peligrosa que se montea y detrás de él le sigue a cierta distancia un viejo jabalí con aire confiado, intentando despistar al montero que le acecha desde su postura.


Algunos tienen poca experiencia y tan pronto ven asomar entre las matas la fina jeta del raposo, disparan sobre él, y pierden la oportunidad de hacerse con un buen macareno, que al oír el disparo, se vuelve sobresaltado y echa a correr jadeante en huida violenta.

¿Dónde, amigo, tu serenidad y tu temple?

A media ladera del cortadero, Candiles y su escudero Filigrana presenciaron la fuerte arrancada del jabalí y la cara del sorprendido cazador todavía con el rifle en la mano, sin atreverse a contemplar al destripado zorro caído en medio de la trocha de ir y venir, tantas veces.

—Lo que se han perdido más de uno, viendo cómo trepaba los peñascos guiando al hermoso cochino —dijo el ciervo lamentando la muerte del pequeño carnicero—, y estoy seguro que acompañaría en diferentes ocasiones a otros y al no dispararle al cruzar por delante del puesto, el cochino seguiría sus pasos y en un instante rodaría por tierra.

La cosa tenía además un final feliz, porque de repente saltó un venado y sin saber cómo, se hizo con él con asombro y emoción, olvidando por un instante el mal momento que pasó con el vendaval de gritos que lanzaba el cochino al verse descubierto en la quietud del monte entre el cimbreteo de las jaras.

Casi increíble, pero cierto.
¿Dónde oiría mi madre aquella voz, qué le diría…?


Hubiera deseado seguirle y estar a su vera después de lo ocurrido en esta tierra solitaria donde el aire huele a romero espléndido y a guarros de bandera, en contraste con otros montes extraños de trémula bruma, chalés en las riberas y árboles en los jardines, sin más animales que rebaños de ganado y perros viviendo de la calle. Cuándo los contemplo de lejos, desde los tamujares de Valdelagrana, miro hacia otra parte y no me atrevo a volver la cabeza.

¿Dónde oiría mi madre aquella voz, qué le diría…?

—Usted no se merece vivir en esos montes. Véngase para acá y aprecie estas lomas del verde jaranzal y dé rienda suelta a sus emociones de una manera salvaje, empujadas por el viento que acaricia a ciervos y jabalíes bajo los zarzales florecidos, como si se hubiese encogido el tiempo frente a la mancha verde de Sierra Morena.

Filigrana escuchaba lo que iba diciendo, calentándole el corazón, pensando en un retrato de otros tiempos y ahora estaba allí abarcando con la mirada el azul del cielo del atardecer y le seguía a través de los recuerdos de su madre.

—Y por eso nació usted en un prado de Los Chopos del Encinarejo, y allá es hacia donde nos dirigimos ahora ¿verdad?

—Pues sí, muchacho —dijo, lanzando un suspiro—, veo que he tardado demasiado en decírtelo. Mira, aquí fue donde desprendió mi cuerpo sobre el pasto y me ayudó a incorporarme varias veces y cuando una joven cierva pasó junto a nosotros me miró y dijo:

—Sin lugar a dudas, serás un venado muy guapo.

—Vaya por Dios —suspiró mi madre—, ya empiezan a piropearte las chicas.

El escudero se echó reír siendo reprimido por Candiles. Dio un respingo al sentirse algo mayor para soportar esa atención y quedó pensativo.

—Vaya, es curioso. Me temía que te hubieses molestado, pero debes saber que he sido un joven muy favorecido y en la berrea no quiero decirte cómo estaban las chicas conmigo…

—La verdad es que hay que reconocer que es usted un venado impresionante y muy aceptable para cuantos habitamos la sierra.

Apenas pronunciar estas palabras, Filigrana vio un ligero movimiento entre las matas y alertó a Candiles:

—Algo viene por ahí y desde aquí no distingo bien quién pueda ser. Será mejor, señor, que aguante usted ahí, por si puedo espantarle y, cuando esté cerca, saldré brincando para que me siga y pueda alejarle de esta morreta de mitad de la linde.

Estando en ello y cuando ya se disponía a salir, oyó una voz:

—Oye, muchacho, avisa a Candiles, que está aquí El Navajas.

—Ahora que lo dice, creo reconocerle, y menudo jaleo armó en el monte cuando le dispararon al zorro por encima de sus orejas.

—¡Vaya, vaya! ¿Qué quieres? —dijo secamente Candiles.

—Seré sincero. Todo lo que se diga aquí, quedara entre nosotros. ¿Vale?

—Habla, amigo, habla.

—Mire Candiles, estoy avergonzado por lo del zorro que yo creí me sacaría sin peligro de esta montería y por el contrario he pasado más miedo que en toda mi vida. Hay muchas alcahuetas por la sierra que podrán comentar mi locura y al verles a los dos asomados desde el collado, he pensado venir a decirles que no comenten lo ocurrido y que no olviden que El Navajas tiene más perros rajados que El Solitario, y más de un hombre lleva mis caricias en sus carnes.

—Sí, claro, aquello ha sido una mera anécdota y no es necesario aclarar nada más.

—Quizá sea así.

Publicado el 10/11/2009 20:46:00 | Ver comentarios (0)

Lo nunca visto

Al amanecer amainó el temporal de lluvia, regresando los machos que salen de noche y se retiran de noche a sus encames elegidos, obligados en este tiempo de caza a contemplar a través del reluciente ramaje, cuanto sucediese a su alrededor y, en caso de peligro, romper la parada antes de ser sorprendido.


La violencia de aquella tormenta mantuvo en tensión a las reses, aguzando el oído cada vez que los relámpagos estremecían los montes y el lobo aullaba por los serrallos de las morras más hondas de Cabeza Parda y El Peñón de Rosalejo.

A lo lejos ladraban las rehalas dentro de las camionetas de los perreros y sus latidos se intensificaron más fuerte cuando después de la suelta, uno de ellos, traía algo por delante siguiendo su rastro, deteniéndose a media ladera con aire receloso para esperar a los demás.

Candiles se estremeció al ver con perplejidad desde la chaparra que le ocultaba, lo nunca visto. Le atrajo su atención la carrera veloz de un venado de poderosa cuerna, cuando ya casi le mordían los primeros perros cerca de las cresterías muy tupidas de jarales y un montero, desde su postura, observaba el viaje que traía como mudo testigo de un lance que daría a la sierra la mejor lección de autodefensa de un animal salvaje. Como pudo el venado dobló las manos delanteras, echó la cuerna hacia sus lomos y fue colándose despacio por aquel estrecho callejón rocoso hasta que pudo salir a lo limpio, iniciando una alocada carrera y consiguiendo despistar a sus perseguidores.

No se sentía capaz de caminar ni dos metros más, y al cabo de unos segundos cayó en tierra acusando el esfuerzo realizado y comenzó a lamerse sus ensangrentadas rodillas, mientras levantaba la cabeza para refrescarse bajo el agua de la chorrera que creó la tormenta la noche anterior.

El hombre, que presenció la escena no imaginaba cómo pudo pasarse por allí y salir airoso del ataque de los perros. No comprendía cómo…

Bajó el rifle y no disparó.
A fin de cuentas, fue un lance sorprendente


—Maestro —dijo el escudero—, está visto que lo que acaba de hacer ese macho no lo aprendería en los libros, ¿verdad?, porque si no fuese así, ¿quién le enseñó a colarse de esa manera por el callejón de la risquera, con el gravísimo peligro que suponía no estar seguro de lo que hacía ante la telaraña de perros que le rodeaban antes de esconderse y el jaleo de ladras incitantes que no daban con él?

—Muchacho, es una ciencia natural que poseemos, y es un arte.

—¡Ole y ole…! —sonrió Filigrana alegremente.

—Porque al carecer de inteligencia, cuando por aquí suceden cosas como éstas, actuamos rápidos y renace el instinto.

El escudero se encogió de hombros.

A fin de cuentas, fue un lance sorprendente. Sabía que tardaría, más allá del tiempo, en mantener vivas aquellas imágenes que tanto le impactaron, sin poder apartarlas ni un sólo instante de sus ojos, y viendo emerger venados en la lejanía de las peñas, sorprendidos por las incansables carreras de las jaurías, recorriendo trochas hacia el viejo encerradero de las altas cresterías.

Y sin más, entraron en un remanso de hermosas carrascas llenas de palomas torcaces y reinaba una calma total, pese a que en ocasiones los latidos de las rehalas alegraban la mancha que se daba y las campanillas de los podencos atadas con una cuerda a sus cuellos, al escuchar el montero su fatigoso tintineo entre las jarillas se le subía el corazón hasta las sienes, cual si fuera el presagio de la llegada de una res que ni siquiera podía adivinar por donde rompería.

Al final apareció un buen ciervo y detrás de él una barahúnda de perros, tal vez hasta treinta y tantos, que venía burlándose de ellos con sus largos regates, desde los primeros páramos que lo ventearon. Cuando se paró parecía un dios, mirándolos a todos con su resplandeciente cuerna, demasiado pesada para aquel empinado portillo de monte fuerte que jaló hasta su loma. Observé que ya estaba preparado uno de aquellos hombres y, como temiera, acarició el gatillo de su rifle rebosante de entusiasmo. Su rostro cambió de golpe e inmediatamente disparó.

Tanteando el ramaje de fresnos fue acercándose hasta donde permanecía caído y como le fue posible aparto a los perros para que no mordiesen más… Se inclinó hacia delante, levantó la cuerna con sus temblorosos brazos y contó las puntas que tenía desde las luchaderas hasta la última de ellas.

—¡Sí! ¡Sí! —dijo, tratando de dominar su emoción.

—Son dieciséis.

En contraste con lo ocurrido en otro portillo cercano a su armada, Candiles recordaba la mirada del otro montero que vio al venado importante jugarse la vida frente a los perros y para despistarlos fue colándose de rodilla por los callejones de la risquera y al verle salir de aquel laberinto, no quiso interrumpir su carrera; y no le disparó.

Aún con luz de tarde, se distinguía el perfil salvaje de aquellos peñascos y parecía que todas las posturas habían decidido asomarse a echar un vistazo hacia el lugar donde el ciervo, en un silencio triste, salvó su vida.

Publicado el 21/10/2009 20:46:00 | Ver comentarios (0)

Campanillo

En el corazón de los portillos, flores entre el encanto de las hojas primerizas, repiquetean de paz el serreño silencio. El verde casi azul de los alcornoques, acogedor y tibio, roza las veredas que se cruzan y se alejan. Un águila real descendiendo de su altura, ensancha incansable el faldeo de la solana. Los insectos planean sobre las descansadas aguas del arroyo y el monte huele a gloria bendita por sus verdes veredas.


Al dejar los visos, ya en los últimos lanchones de Rosalejo, el escudero Filigrana, sintiéndose mejor de lo que se había sentido otras veces en su permanente estado de alerta, en ocasiones llega a enloquecer a los perros, intentando ocultar las pistas de Candiles.

En cuestión de poco tiempo había anochecido por completo cuando de repente, acercándose ligeramente hasta donde se encontraba el venado, se atrevió a hacerle la siguiente pregunta:

—Hábleme, señor, de sus anteriores compañeros.

—Todo lo que yo pueda decirte de ellos, entre otras cosas, es que siempre cumplieron en las más peligrosas situaciones, exponiendo su valentía y coraje en ayudarme y salir airoso de los ataques de rehalas y recechos de los hombres. Ahora los recuerdo con añoranza, y daría incluso mi propia vida por volver a tenerles de nuevo a mi lado. Me cuesta recordarlo y todo me parece distinto y lejano.

Se apartó y le miró largamente, sin poder evitarlo. Esperó un instante antes de decirle en voz baja:

—Parece ser, por lo que he oído, que cuando se marchó su madre con otro cervatillo, le dejó solo en la sierra, y al poco tiempo conoció usted a un vareto que le serviría de escudero, y al que le puso de nombre Campanillo.

—¡Oh, muchacho! —exclamó— pero tú no llegaste a conocerle. Hubo un momento, a su muerte, que sin él ya no existía nada para mí y todos los pensamientos permanecían en suspenso con aire receloso y una nostalgia se apoderó de mi ser que me obligaba a colarme entre las umbrías más solitarias, dejándome llevar por la desesperación.

—Y ¿cómo ocurrió su muerte?

—Yo no estaba allí y al oír el disparo, jalé monte arriba y al volcar unas morras, vi como cargaban su cuerpo en una bestia entre las albinas del montarral y se lo llevaban dos hombres.
al poco tiempo conoció usted a un vareto que le serviría de escudero, y al que le puso de nombre Campanillo


A cierta distancia, retraído en un silencio triste, un jabalí le miraba y adelantándose le dijo:

—¿Por qué lo harían, señor? De todos modos haga el favor de tranquilizarse.

—Ya no deseo nada. Imagínese mi dolor en estos tristes momentos. Él, no le hizo daño a nadie.

—A decir verdad, ha sido un buen muchacho.

—Pues sí. Me alegro de que haya venido.

Candiles, sin saber cómo, al emparejar un carril de piedras, se cayó, partiéndose seis candiles contra unas grietas que ocultaban el sucio jaranzal.

Y agregó, para sí mismo: «De todos modos, es igual. ¡Para lo que me van a valer…!»

—Y debo decirte que aún sigo triste al recordarle; porque cuando un amigo se va —que hace días entonaba esa copla un arriero por la senda de la Torrecilla— algo se muere en el alma.

Después se adelantó, elevando la cuerna por encima del encinar, de tal forma, que le viesen los portillos de brezos, obligándoles a reconocer que en cualquier lugar que se quisiera, no podrían borrar las huellas de Campanillo, ni la sensación de gratitud hacia su maestro.

Al oír sus palabras, el escudero recordó lo que le contaron que le ocurrió en un gancho que dieron varios hombres, en la finca de El Castañar y que pudo haberle costado la vida.

—Sí, es verdad. Me había visto obligado a salir como pude de aquel lío que se armó y tuve que intensificar mi carrera antes que diesen conmigo. Lo primero que vi fue un fogonazo color cereza desde el laderón de abajo de la solana y me retorcí de dolor viendo brotar la sangre del brazuelo derecho, mientras mi escudero se hallaba lejos de mí y uno de aquellos avanzaba rifle al hombro, siguiendo los latidos de un podenco olisqueando las matillas salpicadas de gotas de sangre, cerca del lugar donde me vio caer.

Filigrana empezó a sentir un mareo, absorto con el relato de Candiles, agudizando el oído a cada instante y se compadeció de él.

—A tres patas, como podía, me fui alejando de allí y de vez en cuando me volvía desesperadamente para ver si me seguían y cual fue mi sorpresa al ver a Campanillo saltar furioso delante del perro, dándole un susto de muerte, asomando un momento y desapareciendo después, intentando en su huída que perdiese mis rastros y no diera con el encame de jaras altas que me ocultaban, hasta que el hombre se alejó, vaciándose de trocha en trocha, y al rato la ladra dejó de oírse más allá de los últimos riscos de aquel portillo.

La sierra tenía rota el alma y se puso a llorar entre los estrechos arbustos que perfumaban el aire. La umbría parecía inclinarse hasta el venado, sujetando su cuerpo y protegiendo la herida del salpicante polvo colgado en las sucias ramillas de las encinas, que ni la lluvia deslizó de sus hojuelas.

Publicado el 09/10/2009 11:03:00 | Ver comentarios (0)

El cupo

«Filigrana, en esta temporada se han visto menos monteros por aquí que en otras ocasiones, como si los negocios no les fuesen bien, y seguramente, al haber cercado los montes, el precio para montear allí dentro es tan elevado que solamente los afortunados de siempre pueden disfrutar de ese privilegio».


—Pero además —contestó el escudero— creo que sólo permiten cazar tres o cuatro machos de nuestra casta en cada montería, pudiendo elegirse los de mayores cuernas, dejando pasar a los no medallables y cobrar algún que otro cochino jabalí.

—¿Tú sabes cómo le llaman a esta suerte? —preguntó Candiles.

—No tengo ni idea. Pero me gustaría saberlo.

—Pues, El Cupo. Espero que tan pronto derriben las alambreras arreglen el desajuste producido a lo largo de tanto tiempo, y no olviden a esos hombres, que a toda prisa consiguieron matar la afición de los monteros que, en un reverente silencio, no han vuelto a pisar las enjauladas fincas de la inolvidable y fabulosa Sierra Morena de Andújar.

—En resumidas cuentas, que me parece un poco raro semejante trama que perjudica las manchas de Caza Mayor, sin apenas echar caracolas los perreros, ni hacer visos sobre los rasos, carrileando veredas empinadas donde carean pelotas de reses asustadas que rodean a hermosos ciervos para que no les disparen los que aún no completaron su Cupo.
Espero que tan pronto derriben las alambreras arreglen el desajuste producido a lo largo de tanto tiempo


Candiles, pensativo, no parpadeó mientras se alejaban por los campos silvestres de la umbría, abriendo tajos hacia los altos canchales, más allá del ramaje de fresnos.

Miró con cierta turbación al escudero y no acertaba a imaginarse que siempre se había sentido limitado por la persecución de los hombres, experimentando una extraña sensación, como una criatura más de aquellos inmensos repechos, abriéndose paso por cualquier parte, capeando por sus respetos, seguido por el valiente compañero que jamás le abandona, avisándole de las incontenibles carreras de las recovas cuando dan con los rastros que ahogan el resuello.


Allá lejos, sin que yo lo supiera, Filigrana divisó el brillo del cañón oculto de un rifle entre las frondas de aulagas en la raya misma del cortadero por donde acabábamos de cruzar momentos antes en nuestro careo hacia las lomas de Valtravieso, que abre cada día sus verdes veredas de mucha querencia.

De repente un enorme jabalí atravesó a toda velocidad la raya del monte, como para poner los pelos de punta al más pintado y antes de que lo pensase dos veces, un hombre le disparó, dejándole sin resuello, yerto, y pateando sobre las dobladas flores del jarizo. Lo pagó con su vida, pero antes Candiles, también pudo haber sido herido, si no fuese porque Filigrana con todas sus fuerzas se abrió paso entre las matas, brincando desesperado por encima de la jeta del guarro, obligándole a saltar a lo limpio y encontrar allí su muerte.

El venado, al presenciar la faena del escudero, estuvo a punto de echarse a reír, pero las circunstancias le aconsejaban seguirle en su veloz huída, mientras éste le miraba una y otra vez para que no se retrasase con tal de custodiarle, aunque no sabían si otros hombres anduviesen al acecho por aquellos páramos de la vieja espesura.

No fue fácil encontrar la senda por donde se apretujaban punzantes zarzalones que les dificultaban seguir su carrera cubiertos de numerosos arañazos de monte fuerte y no tenían más que patas para correr y correr con un polvorío que les subía por encima de las orejas.

—Oye Filigrana, no sé qué hacías antes de conocerte —dijo Candiles en un breve descanso— y tengo curiosidad por saberlo, después del jaleo que has armado con el susto que le diste al jabalí.

—No creo que sea gran cosa. Pero si se refiere a lo ocurrido, no fue más que un ensayo.

—En el qué tú y yo hemos participado. Bueno, yo no me enteré de nada hasta que escuché el disparo desde lo alto del cortadero, mientras tú salías pitando a toda leche y yo detrás de ti.

—En fin. El caso es que hemos salido de ésta y que San Huberto tendrá ya en la gloria de los guarros buenos al que inesperadamente dejaron sin aliento, y no le quites el ojo de encima a las hondonadas de embestidas desafiantes y procura hacer bien tu trabajo, porque la sierra es muy alcahueta y se despierta al oír un tiro y lo comenta todo.

—Sí, señor. Y que desde el cobijo del aire receloso o en lo alto de los collados del serrallo, otearé siempre las lejanías de las soledades, en la distancia de parte aparte, hasta donde el quejido se espesa, para que nada le sorprenda.

Estaba esperando, sin apenas respirar, a que Candiles le mirase.

—Pues tira para adelante Filigrana, que aprecio el talento que tienes, siendo tan sólo un ciervo joven.

Ahora un viento indeciso agitaba los matones en los roquedales y acechaba el rocio manando por veneros juncales en el relente húmedo de la tierra fresca.

Publicado el 07/09/2009 11:03:00 | Ver comentarios (0)

Las tablillas

Corrían rumores de que habían quitado tablillas de los montes y que en su lugar colgarían, en las ramas de jarales y carrascas, tiras blancas de plástico con el número de las posturas pintados con gruesos rotuladores negros.


¿De qué se extrañan al conocer la noticia?

Amigos, cuando lleguen a su puesto miren con asombro ese colgante, que más bien parece el anuncio de cualquier mercancía, y no el de aquellos pequeños trozos de madera donde los postores escribían los números —en ocasiones al revés— y que, con el aire del vendaval entre las bellotas de la coscoja, sonaban como campanillas por el horizonte verde de los crestellares.

No sabían qué año las ataron allí e ignoraban todavía porqué las preferidas de los monteros siempre eran las que colgaban en bosquecillos de las traviesas, y no aquellas de las cuerdas altas de los páramos verdinegros por donde huyen las reses al oír el primer ladrisqueo de los perros de la suelta y hay gente que no les hacen gracia estas armadas y, si no tienen buenos pies, subiendo arriba y abajo, están deseando llegar a su postura y si por casualidad abatiesen una collera de buenos venados que estremecieran sus pechos de emoción, sería la suerte quién les citó al pie de aquella tablilla, a la que miraron con expresión nerviosa cuando la alcanzaron a toda prisa.

Por muy extraño que parezca no le sorprenda que a veces dancen con los zorzales al viento de la libertad y que sólo se hable de ellas al colocar la fina mira del rifle en el codillo de un verraco adulto.

Pero se imaginan qué resplandecientes y cuánto viso hacen ahora estas hileras de plástico en las armadas, estirándose varios palmos más que el tamaño de las clásicas tablillas de madera y ver hoy cómo invaden trochas y sendicas en mitad de las armadas. Un carnaval, donde todo antes fluía placidamente, y no sé muy bien de quién fue la idea que me proporciona la ocasión de referirlo antes de hacerle la fotografía a la que tenía amarrada en una rama del puesto, que me tocó en suerte, en mi última montería.
Se están perdiendo las buenas costumbres


Se están perdiendo las buenas costumbres y hasta las tablillas que durante siglos sufrieron las oleadas del aguacero otoñal; el frío de las umbrías del remate: la soledad a tantos vientos; las claras noches enfrente y la imperturbable paz serenísima de albas inacabadas; adquieren hoy un carácter siniestro al ver el esplendor de estas nuevas tablillas y en apariencia no es envidia lo que sienten por ellas, ya que sólo hay un lugar donde siempre estarán, y es aquí en esta selva chiquitina donde siguen vivas, anunciando a todos los portillos que nadie puede, por siempre jamás, apartarlas a un lado y lloren de rabia después de acompañar a la espera de las reses a tantos monteros buenos, aguantando mecha entre gajos de la niebla y verse arrodilladas de jaras bajo los brotes de arrayán que las sostienen entre los tomillares que las van meciendo.

De manera que, gracias a una de ellas, conservo el recuerdo de la tablilla de la armada del Carrizuelo del Hoyo de Mestanza, cuando antes de empezar la montería cruzó por delante de mí un venado de postín y cómo el guarda de la finca quiso acompañarme, llevando atado en su caballo mi rifle y tardó bastante en entregármelo, no me pude hacer con él y después, cansado de mirarme, traspuso por un regajillo, y hasta me dejó que le tirase una piedra cuando cruzó por delante de mí, sin que a mí me diera sofoquina. Más tarde me acerqué hasta la horcaja donde colgaba la tablilla, le corte la cuerda que la sostenía y me la guardé en el chaleco.

Seguramente el venado pensaría que olería a él y seguía mirándome con expresión de curiosidad.

Y así fue lo ocurrido.

Eran cuatro horas montados en bestias —no acostumbradas a llevar extraños en sus lomos— y de ahí que el guarda que venía observando al venado desde hacía varios días donde campeaba la tablilla, se brindase a llevar mis trastos para que el animal no se espantara con el roce de las matas y nos despeñásemos por aquellas profundas barranqueras.

De repente levanté la vista y observé a un joven vareto que se acercaba rápidamente al encuentro del venado, jadeando y tembloroso, con el rostro muy pálido, que me dejó anonadado, seguramente por haberse alejado de su lado y no imaginó que al no advertirle de mi presencia al descender de la caballería, la muerte cruzó por aquel portillo y le pudo ocurrir lo impensable a Candiles, y yo no hubiese escrito estos relatos.

Publicado el 10/06/2009 17:38:00 | Ver comentarios (0)

Los perros

Candiles tenía razón; se hallaba preocupado y confiaba en que no tuviera que saltar precipitadamente de su encame como en otras ocasiones. Era tal el jaleo en el monte, que un temblor de escalofrío recorría las patas de Filigrana, pendiente de las ordenes del ciervo Candiles —qué también había cambiado de semblante— como queriendo alejarse de allí, y le miraba atemorizado, señalando hacia donde se apreciaba la carrera enloquecida de un marrano grande, lanzando perros por los aires que seguían su veloz huida, intentando llegar hasta el hondo del barranco y enmendar el viaje por las trochas cochineras que bien conocía.


Un fuerte aullido fue el anuncio de que ya le habían parado los más duros de la rehala, bregando con ellos y, el muy canalla, ya tenía rajado al mastín verdino, y a tres de los que lo levantaron, en cuanto los vio aparecer.

Filigrana, se estremeció al oírle desde su encamadero y cada vez le llegaban más cerca los chillidos, con todos los perros detrás con sus insistentes ladras, que casi le llegaban a morder.

Le precedían el eco de los disparos resonando por todo el monte y en ocasiones tuvieron que apartarse repetidamente y observar cómo las balas se incrustaban entre los pinos de la corona del cerro, mientras el cochino malherido iba ya sin fuerzas entre los matujos locos, cayéndose y levantándose como podía.
El mastín, al verle morir, se incorporó con las pocas fuerzas que le quedaban


Finalmente intentó taponarse las heridas revolcándose en el barro del arroyo y no había más que verle saltar arriba y abajo, visiblemente cansado, su fina jeta ensangrentada y una de las pezuñas traspasada por un jaronazo, que le obligaron a acunarse, rodeado de perros latiendo de parada e iluminado por el siniestro resplandor color rojo que cubría la orilla y lanzar las últimas tarascadas, antes de que le rematasen de una certera cuchillada.

El mastín, al verle morir, se incorporó con las pocas fuerzas que le quedaban, después de varios intentos por morderle. Era difícil moverse con el dolor de su pecho abierto que le impedía llegar hasta donde se encontraba el perrero José Antonio El Moro, que acudió rápido con sus perros en ayuda de Marieta, que acababa de pincharlo.

Ella, al ver al mastín herido, levantó las manos ensangrentadas hasta la cabeza, asombrada del estado en que se hallaba el animal.

—Ven aquí, Careto… tranquilo… que este mal nacido ya no volverá a rajar a más perros.

Durante largo tiempo estuvieron cosiéndole las heridas junto a la lumbre de encina, mientras lamía las manos que sostenían la aguja con la que iban cosiéndole su piel desgarrada.

Pareció decirles: «Gracias…» sin poder añadir más.

Y en aquella serranía enmarañada, testigo de cuanto allí sucedía, otro cochino de mucho porte hacía escuchas a lo que viniese en la soledad de la umbría, a pesar del mal recuerdo del colega que murió en feroz lucha frente a dos rehalas y dejaría grabada su marca de valiente entre las horcajas que los gorrinos grandes tronchan en las amanecidas.

El crujido de unas matas alertó a Candiles, pensando que algunos perretes podían estar cerca de la linde de los pinos siguiendo las pistas de las dos reses y, seguramente dentro de poco, al primer jay que latiese, una telaraña de rehalas alcanzarían su encame en un caos y confusión inevitable, obligándoles a huir de los jarales que les ocultaban. Con la rapidez que pudo, Filigrana, saltó de repente delante de los mismos hocicos de los primeros que llegaban, alertando a aquellos malditos al galopar con sus débiles patas entre los tamujos del monte. Mientras, Candiles, permanecía escondido y aquellos, guiados por su fino olfato, seguían las carreras y revueltas del escudero, cubierto de vapor de sudor, intentando sortearlos con regates largos, imprimiendo a cada brinco mayor velocidad para que no diesen con el rastro del venado que continuaba en el hondo de los manchones, abrigado por el montarral y pendiente de las carreras del escudero al pie de las rocosas cimbras, entre la marea de perros que no podían con él, en medio de una nube de ramas y bandadas de rabilargos asustados. Minutos después, aquellos perros, guiados por su olfato, divisaron a una collera de venados, mostrando sus hermosas cornamentas, y cambiaron el viaje persiguiéndolos enfurecidos, lo que le permitió a Filigrana alcanzar el cortadero por donde ya habían pasado los perreros con las rehalas y llegar al encuentro de Candiles.

Alguien acababa de disparar por la orilla del carril. Filigrana se quedó mirando y con un suspiro vio rodar por tierra a los dos venados que los perros perseguían antes y que los alejaron de ellos. Casi sin respiración alcanzó la orilla del río Jándula, donde se refrescó entre los disparos de los monteros y una brisa del sur que acariciaba las ramas de los quejigos, como preguntándose cuánto iba a durar todo aquello.

Cuando terminó de beber, se irguió, acarició el cuello con unas hojas de labiérnago y relucía con luz angelical.

—¡Bueno, muchacho, hoy te has ganado bien el jornal! —le dijo Candiles con sincero sentimiento de gratitud.

Filigrana no le contestó. No tenía expresión en el rostro; no parecía asustado lo más mínimo. Sus ojos estaban muy abiertos. Muy abiertos… De inmediato los dos se alejaron entre los crestellares de un perfumado sendero de innumerables rosales silvestres, hasta alcanzar el prado amable de Los Chopos del Encinarejo.

—Nunca sabré —dijo Candiles— cómo un escudero, en su primer encuentro con los perros, consiguió alejarles de mi lado y cómo regresó junto a mí, cuando apenas podía ver el lugar tan alterado en que se había convertido todo aquello.

Y Filigrana, contestó de inmediato.

—Mi señor es muy poderoso y nadie podrá hacerle daño, a pesar de los peligros que le acechen y yo pueda evitarlos.

A Candiles, el corazón le estallaba de gozo, haciéndole una burlona reverencia.

Publicado el 22/05/2009 12:38:00 | Ver comentarios (0)
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Felipe Choclán Felipe Choclán, «montero viejo», escritor y poeta de nuestras sierras.
Para conocer el nacimiento de Candiles, léase el libro Candiles, de Felipe Choclán, con prólogo de Tico Medina.

 

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