El Rincón de Candiles

¡Adiós, muy temida y poderosa Sierra Morena!

Dice Mariano Aguayo: ‘Con tan buena otoñada, las reses podrán lavarse bien la boca y se van a poner lustrosas’.


Pero en esta temporada de caza, la lluvia ha escaseado en la sierra y algunos días asomó tímidamente por las cuerdas más altas. La tierra ha dado pastos muy pobres y los arroyos no tienen saltaderos que hacen mucho ruido cuando corre el agua entre las piedras y molestan a los monteros en las posturas al no oírse bien la llegada de las reses.

Al parecer, no esperan los montes en los próximos meses —por lo que los hombres llaman crisis— que vengan tantos monteros como otras temporadas y ahora, se dice por Andújar, con su gracia natural: Si no viene más gente, es porque están boquerón.

—Cualquiera diría que esto nos alegra, a nosotros y a muchos colegas nuestros. Nada de eso. Todo lo contrario —dijo Candiles, con voz preocupada.

—Trate de imaginarse, señor, la grave situación que ocasionaría a la gente que vive entre nosotros y a las reses con sus piarillas, que carean todas las trochas y carriles, sin echar cuenta del tiempo cerca de los apretados más querenciosos que guardan las águilas.

—Sólo de pensar en ello me deprimo. Jamás hubiera creído que pudieran olvidarse de los montes, después de cercar los portillos y las alamedas del celo, sin que una queja lo evitase.

—No creo que les importe. Están demasiado ocupados en sus negocios, y son buenos clientes que aceptan lo que cueste el cupo —añadió Filigrana, con una leve sonrisa.

—¡Qué agradable suena esta palabra, sabiendo que tienen asegurado el venado de su vida, que jamás antaño en terrenos libres lo hubieran conseguido!

—Señor, ya es hora de que se reconozca, que para conseguir antes un venado aceptable, o se topaban con él o tenían que patear media sierra.

Recuerda un viejo montero, que cuándo no podía caminar más, él mismo se decía: ¡Ya no puedo más! y parecía responderse con diferente tono: ¡Sí, puedes y podrás! Y justo en ese momento sintió que venía hacia él la res que tanto recechó, se incorporó de golpe, dejándola cumplir, y allí cayó en la corona del cerro.


Al remontar un grupo de floridas albinas, empezaron a oírse unos cánticos, elevándose por los desmontes, que ellos ya habían escuchado una vez, cuando carearon los sendas del Santuario de la Virgen de la Cabeza.

—Sí maestro, que por allí fue donde le pregunté si esas voces venían del cielo, y no hicimos más que volcar el faldeo de la traviesa, cuando presenciamos el agarre de los perros con un cochino arocho, de esos buenos, que tiró para atrás arrollando monte, y que más tarde remataron los perros.

Cerca de ellos, dos guardas charlaban en el ventorrillo del Perro, sobre los comentarios de la gente, en torno a la escasa participación de cazadores y parece ser que algunos Orgánicos, rebajaban el precio de las opciones, e incluso regalaban otro día de caza, a los que no habían tenido suerte o no dispararon.

—Estas oyendo muchacho, ¿cómo están las cosas del mundo de los hombres? —se apresuró a decirle Candiles.

—¿Y nosotros sin sospecharlo? Jamás nos dejaran tranquilos y eso es muy triste.

—Escaseará la comida que tendrían que haberle echado ya a nuestros colegas, en estos meses de sequía. Los pastos dentro del encierro de los montes están también escaseando. Las cuernas en su mayoría algo más blanquecinas, sin el negro perlado de los venados de Sierra Morena, en comparación con otras temporadas lluviosas y de fuertes berreas, desde los primeros chaparrones de septiembre hasta finales de octubre —dijo el ciervo Candiles sin poder disimular la tristeza que le embargaba.

—Vámonos ya de aquí —exclamó Filigrana—, a no ser que le gusten los escorpiones.


No nos empeñemos en hablar, de lo que no podemos decir. Dejemos que hable un poeta andaluz de la sierra: después de todo esto.

«Te quiero, sierra mía, desde que los dos nos encontramos. Yo con mi afición rebosada de ilusiones y tú, con tu inmenso matorral. Cuándo atravesé tu reino absoluto, de áspera belleza y rastros frescos, donde el oro viejo de los robles, queda encendido en prados y castañares. De aquella ladra por la risquera del mediodía, que me puso sobre el sendero aquel apretón de guarros cuyo rastro de sangre me bautizó.

Te quiero sierra mía, con tus hondos morros del encinar, el olor rendido de tus jaras y el encame de los moradores de tu espesura. Te quiero sierra mía, después de todo esto. Aunque no quede nada. ¡Hasta que te espolvoreen mis huesos, por tu paraíso de silencio!»
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Publicado el 14/01/2013 11:49:00

No podían pensar en nada más, que seguir aquella trocha

Rodeábamos la cuesta que seguíamos los dos y evitábamos perder el equilibrio al estrecharse el camino, ya que hubiese sido fatal una caída desde allí arriba, rodando hasta abajo.


Pero cuando le rogué a Filigrana, qué no mirase hacia atrás, en ese instante, vio a un perro que le seguía muy de cerca.

Sucedió con tal rapidez, que ni siquiera se nos ocurrió nada, hasta que el escudero enfurecido, extendió su cuerna con tal fuerza, que le obligó a dar dos vueltas y en una de ellas le hizo caer al fondo

Candiles, como le fue posible, entrelazó su cornamenta con la suya para que no cayese en el momento en que ya empezaba a resbalarse.

Se inclinó hacia él y empezó a arrastrarle, aprovechando los salientes del terreno que le estremecían de angustia, hasta llegar al final del que jamás hubiesen careado, si no hubiera sido porque las rehalas que venían de muerte ni siquiera se atrevieron a seguir tras ellos por el peligro de tan estrecho camino, prefiriendo unirse a otros perros por la solana que ya habían agarrado a un marrano grande.

—Maestro ¿y ahora qué hacemos con la enreda de cuernas que llevamos?
—Pues no lo sé, muchacho —dijo el venado en tono cortante.
—Tenemos que considerar nuestra situación. Hay que ver qué se le ocurre a usted a toda prisa, porque así no podemos aguantar más.
—Ven Filigrana. Vamos a ocultarnos dentro de ese montarral y veré qué puedo hacer. No nos matamos al cruzar tan estrecho precipicio y ahora estamos los dos mirándonos a través de las cuernas.
—Señor, le puedo pedir un favor.
—Para favores estoy yo. Pero dime, ¿qué te pasa?
—Pues, le ruego que no mueva mucho la cabeza, que estoy mareándome y me he meado encima.
-Quizás, hemos tenido bastante meneo. Pero no te preocupes que, cuando todo termine, recuperaremos nuestras defensas y lucharemos con otros machos en lo que queda de berrea, y quedaran perplejos de la furia de nuestro combate y las ciervas más lindas se vendrán con nosotros.
¿Cómo se atreve a decir eso, si no podemos ni levantar las orejas, con la mirada perdida en la lejanía?

Sólo entonces apartó su cuerpo a un lado, confiando en que tal vez se le ocurriese alguna idea durante la noche.

Pobrecillo Filigrana, contraído en una mueca triste sobre las matas y ligeramente tembloroso.

Recordaba, que a veces los guardas hallaban los cadáveres de dos ciervos que, luchando en el celo, enganchaban sus cuernas y así perdían la vida.

De repente, dijo Candiles:
¡Ya está…! ¡Sólo necesitamos saber, cómo tenemos que colocarnos para desenredarnos!
—¿Y eso será posible, maestro?
—Muy sencillo. Como el enredo está por debajo de mis luchaderas y, al ser tu cuerna más pequeña que la mía, no se han enredado en las otras puntas y ahora con ayuda de tus patas delanteras, el siguiente paso será, que tires para arriba de cada una de las dos y se soltarán enseguida.

El escudero, permaneció inmóvil y asintió con un gesto.

—Así, que en marcha. ¡Ya verás cómo lo vamos a conseguir y podremos estirar los cuellos!

Ambos se miraron un instante a los ojos, mientras la brisa de octubre hacía crujir los resecos zarzales del sendero. Esperar y esperar, como un ruego, tiene su miga.

Y dicho y hecho.
Filigrana —sudando a más no poder— levantó sus patas, lo que le hizo entender que era una posición estratégica para seguir adelante y cumplir su misión.

—¡¡Sí, sí, ya está…!! Y saltando de alegría chocaron las cuernas varias veces.
—Oye, muchacho, te agradeceré que no saltes más, no sea cosa que en uno de esos saltos, enredes otra vez tu cuerna con la mía.
El escudero, se alejó al trote, moviendo la cabeza a modo de saludo.

Filigrana, a partir de ahora, nuestras carreras delante de los perros, serán por senderos y portillos amables y no por trochas estrechas y escarpados desfiladeros, aunque nos muerdan los jarretes.

Publicado el 04/12/2012 19:53:00

¡Y al verle en lo alto del chaparro, no tuve más remedio que echarme a reír!

Estoy pensando acercarme por los aledaños que carea el venado Candiles y hacerme el encontradizo con él.


Lo llevo viendo por los montes desde que yo era primalón y ahora que soy jarocho, de esos buenos y puedo ser peligroso para perros y hombres, quiero que charlemos como dos viejos conocidos.

En nuestros años por estas lindes, hemos hecho muchas cosas, aunque el tiempo siempre se nos figuró corto y, sin embargo en ocasiones, nos faltaron segundos para advertirnos del sorprendente ataque de las rehalas o del acecho de los monteros, sin ni siquiera agradecernos nada entre nosotros, aunque al final reconocíamos lo cerca que estuvimos de haber perdido la vida.

—Cómo no —dijo Candiles—. ¿Es que ya no te acuerdas de aquel hombre que te acechaba al atardecer por el carril de Cerrajeros, donde tomabas una charca de placido cobijo y gustabas de revolcarte en ella?

Le descubrí una de las veces que se levantó para arreglar el puesto, avisándote del peligro que corrías si llegabas allí abajo.

Candiles, este aviso jamás lo olvidaré y gracias a ello, paré en seco mi careo y cambié el viaje —dijo, con sequedad.

—Aún recuerdo tus palabras: «Que eras jabalí de pocas promesas, pero si alguna vez estuviese en peligro, acudirías en mi ayuda».

Después, tiraste por el espeso rastrojo y te alejaste de mala gana, sin dejar de observar hacia donde verdeaba el individuo, que seguía escondido entre las matas.

—Si supiera que de la primera embestida acabaría con él cosido a dentelladas, no estaría tan fresco. Será cosa de esperar otra ocasión y entonces irá de veras.

—Le dije que no hablase así y pasó de mí.

A los pocos meses, se produjo un encuentro con otro hombre, que había dicho en Andújar que conseguiría al ciervo Candiles en esta berrea, y lo bajaría entero en la puerta de la Sociedad de Cazadores.

Moviéndose por el portillo, le pareció oír el rodar de unas piedras, permaneciendo inmóvil junto a los riscos del casquero y pudo ver la silueta del ciervo.

Quedó paralizado de emoción, y cuando levantó la escopeta la niebla se los tragó. Escuchaba su brama de la berrea y no podía verlo. Todo el portillo se difuminó de repente, en tan sólo unos momentos.

El hombre echó a andar tras su rastro, caminando desesperado, aspirando el aire húmedo de la media mañana de pardas nubes, apartando ramas alrededor del sombrero.

¿Cuándo volvería a verle de nuevo?

Quedó petrificado al volver a oír de nuevo su grito por el apretado montarral, acusando el esfuerzo al seguir la estrecha senda que aún tenían frescas las pistas del venado y, el desconcierto era cada vez mayor, mientras escuchaba la berrea de otros machos.

En la media mañana algo le sorprendió a Candiles, hasta pararse para ver lo que sucedía a su espalda. Levantó las orejas y trató de reprimir la risa, sin conseguirlo.

A cierta distancia, un enorme jabalí blanquecino tenía subido en un chaparro al cazador que le perseguía, haciendo saltar las jaras con bruscas sacudidas y gruñendo muy enfurecido.

El venado, trataba de recordar: ¡Naturalmente! ¡Ya se acordaba!

Era el cochino de Cerrajeros, al que le avisó de que no bajase a tomar la charca, porque alguien le esperaba allí apostado, y no con muy buenas intenciones.

Miraba atónito a aquel hombre colgado arriba del árbol, como una alcayata, la escopeta partida en dos trozos, y la canana de los cartuchos esparcidos alrededor del tronco.

—¡Oye Candiles! ¡Estamos en paz! —dijo secamente el viejo cochino jabalí.

—Por supuesto, amigo.

—Yo no tengo amigos —y gruñó con fuerza.

Después hizo una pausa para dar más énfasis a la voz.

—Se ha terminado la reunión, lárgate ya, que éste va a pasar la noche ahí subido, como una lechuza.

El hombre, le miró desconcertado y pareció oírle.

—Será canalla, el muy cabrito —exclamó, abrazándose con más fuerza a las ramas para no caerse.

Candiles, antes de marcharse, le reiteró su gratitud.

—Te estoy agradecido por tu ayuda. Quiero que lo sepas.

—Déjame en paz —y cerró la negra jeta, con un chasquido de sus largos colmillos.

Se alejó el venado berreando muy fuerte, mientras el jabalí se disponía a tumbarse bajo el chaparro

Empezó la lluvia a caer mansamente sobre los matorrales. El ciervo sacudió la cornamenta y sintió compasión por él, igual que sentía por todas las criaturas de la sierra.

Publicado el 06/11/2012 12:23:00

Esto no era lo que el montero esperaba

Sólo el revoloteo de los jilgueros en los encinares rompía el silencio. Una inquieta zorra, subida en un montículo de piedras que se elevaba ante el puesto, escuchaba las voces lejanas de los perreros y de repente desapareció en su madriguera.


Poco después empezaron a oírse los primeros punteros, cuando entre el ruido de las matas, careaba muy lento el venado Candiles seguido de su escudero, sin sospechar que a menos de veinte metros de distancia, acechaba un montero que ya soñaba con el limpio doblete.

Receloso y muy inquieto, permaneció durante un instante sin avanzar, descubriendo a éste agachado tras el enebro, listo para disparar, y al pasar por su derecha, brincó de repente hasta caer dentro del puesto y, a toda carrera, le arrastró asustado y con la correa del rifle enganchada en una luchadera de Filigrana.

El salto que dio, fue digno de verse.

Al salir de estampida las dos reses, sin un rasguño, ni ser heridas de un balazo, le hizo pensar a Candiles en el desastre que armó en un momento en el monte, que gusta de dar alguna sorpresa de vez en cuando.

Al poco rato de éste incidente, apareció un venado seguido de cinco ciervas y, al doblar por el sopié, cayó en tierra de un certero disparo del vecino y, allá salieron corriendo las enamoradas hembras, saltando sorprendidas de estampida hasta desaparecer del portillo.
Fue el mejor venado de la montería, con una soberbia cuerna de catorce puntas

¡San Huberto, cuánto tuvo que luchar en ésta berrea con otros machos, para traerse con él a tan lindas criaturas, y que ahora lo dejasen pateando entre las jaras, en presencia de ellas, ante tamaña desilusión!

—Por cierto señor, yo iba en silencio pendiente de los perros, y usted en cambio, retrocedió sobre sus pasos, pendiente de quien nos acechaba a los dos y, cuando lo descubrió, sobrevoló sobre él, derribándole ante mí sorpresa —dijo el escudero.

—Eso fue, porque mi experiencia así me lo aconsejó y no tenía donde taparme. ¡Y no veas! las cabriolas que dio al verme caer delante de sus narices, sin poder dispararme.

—Y cómo iba a dispararle, si la correa del rifle se enganchó en una de mis luchaderas y, hasta que se soltó, no logré levantar la cuerna.

—¡No me digas! Yo pensé que no habías participado en esta situación tan comprometida —dijo Candiles, echándose a reír.

—O sea, ¿eso es lo que pensó de mí?

—Pues claro. Debes creerme. Tú sabes qué te aprecio.

—Nada podía hacer, porque el lío que armó usted allí surgió de repente y no sé qué me ocurrió —contestó Filigrana,

—¡Venga, vamos! ¡Qué nos vamos! Por aquí estamos muy comprometidos y tenemos que jalar rápidos, antes de que nos venteen los perros.

A lo lejos se ofrecía un espectáculo suntuoso. Entre anchos brezales en libertad, las nubes bailaban en medio de oleadas de aíre y más aíre. Y cerca de los olivos, por la aguja del regato, en los cercanos encamaderos, en la impenetrable espesura de los jarizos, volaban azules torcaces alegrando las ladras de las rehalas y el vocerío de los perreros, jalando los amables cerros de aquel portillo de Sierra Morena de Andújar.

—Hasta el medio día, la cosa fue intranquila y sin embargo muy afortunada por salir ilesos, y vengo dudando si debí sorprender a aquél hombre o seguir otra trocha y comenzar a trotar sin descubrirnos al amparo de los matorrales de la espesura, que desviasen el tiro entre el punto de mira y nosotros.

Pienso, que una sola cosa bien hecha, es cuando pueden llevarse a cabo las decisiones.

Candiles estaba sorprendido, intercambiando miradas cautas que atravesaban las trochas de las reses. El instinto y el temor eran respuestas a lo ocurrido, pero jamás se vio en un trance semejante, con toda la rabia de un ciervo agresivo. No acababa de discernir, ni remotamente, lo que había hecho cuando brincó por encima de su postura.

Maestro, no se martirice más, que ya pasó todo. ¿Qué otra cosa podía hacer en un trance semejante?

—Es que veo la sierra de manera diferente, bajo una horrible nube envuelta en osadía, impropia de un venado desconocido hasta entonces.

—Estoy preocupado —dijo Filigrana— por si nos rodean las rehalas. Sígame, y a ver si podemos colarnos por la frontera de ese collado y huir por allí, ya que hoy no se montea esa mancha y los perros ahora van al tope.

—Como quieras. Pero por suerte, aquello no fue ni una locura, ni una torpeza. Soy venado viejo, que jugué mi suerte a corta distancia, y era consciente de que, lo qué hiciera, se decidiría en breves segundos.

Y por la noche serreña corría el rumor de que Candiles, había atacado a un hombre.

Publicado el 17/10/2012 12:22:00

¡Hay por la sierra una Peña con Zahones!

Viene a mi memoria —y aún ahora lo recuerdo todavía— algo que me impactó entonces y quedé sorprendido al ver llegar a un grupo de monteros luciendo sus zahones.


Aquella visión se apoderó de mí y la sorpresa delataba desde mi postura lo insólito del encuentro, atraído por lo bien que le caían sobre las botas y el sonido que producía su cuero al sacudir las jaras de la umbría, y reflejar su elegancia en el agua de los arroyos que su murmullo estremecía como un susurro.

Fue tal mi curiosidad, que no vi cruzar a un receloso jabalí que huía ligero entre la espesura del portillo, erizando el pelo de sus lomos escapándose lejos de mi alcance, como me diría más tarde un montero de mi armada que presenció la escena, y que no entendía, el por qué no disparé, cuando arrancó a tan sólo seis pasos de donde yo me encontraba.

Desde ese día llevo siempre las delanteras que me hizo Pleité, en su taller de Andújar.

¿Quién mejor que él?

Así se conocen en Sierra Morena, y son más cortas que los zahones pero más cómodas para patear el monte subiendo incansable por las lomas, al aire que las rozas no parecen las mismas de antes.

Uno piensa, que al llevar esta prenda —ya gastada de antiguos bosques— veterana compañera de mis monterías, iluminan el perfil de las posturas, más allá del cimbreteo de los jarales, detrás de cada chaparra, en la espera del lance con el ladrisqueo primero de las rehalas.

Sin embargo las delanteras de paño, a rayas marrones y beig, van ribeteadas a su alrededor con adornos de cuero y abrigan más en el invierno, pero si llueve —que es bastante normal en la temporada de caza—, se empapan y pesan como un demonio, aunque por fortuna tampoco son tantas veces.

En la foto que adjunto, se ve a mi hermano Paco, con las delanteras de Paño, en el Hoyo de Mestanza, próximo a la taberna donde celebrábamos el sorteo de las armadas, de aquellas tres manchas que alternábamos cada año, de las seis que tenía la finca, y así se dejaban descansar las otras tres.

Por aquel entonces aquellos montes se mantenían en toda su esencia y, poner los pies allí, era disfrutar de sus salvajes vericuetos de azules neblinas, donde aún no estaban cortadas las cañadas que hoy recorren los todoterrenos, y tener que bajarse de las bestias, como se hacia antes, para que descansaran.

El olor a jara perfumaba los montes del pueblo de El Tamaral, y su fragancia difícil de olvidar, cuando las armadas alcanzaban las posturas desde El Carrizuelo hasta La Tembladera.

Y a propósito, me cuenta Paco, que en cierta ocasión, en la dehesa de Los Alarcones, al verle otro montero de los de Galerías Preciados, con sus delanteras de paño —que siempre lleva puestas en las monterías— éste le preguntó:

—Ese paño de manta que llevas alrededor de las botas, y cogidas por detrás, ¿qué es?

Ante su asombro, le contestó:

—Son las antiguas delanteras, que siempre se han utilizado en estos menesteres y, si por lo que veo, a estas alturas no las conoces tú, y ni has oído hablar de ellas, “apañao” vamos.

Y dándose medía vuelta, lo dejó allí plantado.

Y es que hay monteros que nunca se abrocharon el cinto de unos zahones o de unas delanteras.

¡Qué pena, San Huberto!

Filigrana, ¿sabes que le han puesto el nombre de Candiles al premio que cada año concede La Peña sevillana los Zahones, al montero que consigue abatir el mejor venado de las fincas que montean?

—¿Y usted cómo sabe eso, señor? —preguntó.

—Me enteré de pura casualidad.

—No me diga —dijo el escudero.

—Leí en una revista de caza la noticia del premio Candiles y, como autor del libro, llamé por teléfono y me atendió Emilio Jiménez, que conduce la Peña desde su fundación hace diez años y es el Capitán de Monterías.

En el mes de septiembre de 2011, asistí en Sevilla, acompañado de mi hijo Felipemontero de los buenos— a la entrega del mencionado trofeo en el salón Las Meninas del Restaurante Robles Aljarafe, en la tradicional cena de gala en su 10º Aniversario.

El premio Candiles, recayó en el montero Casimiro Muñoz, que recibió además el libro dedicado. Fue un momento muy emotivo, pues el autor pronunció unas palabras extraídas de su contenido. Según dijo Emilio Jiménez, cuando se dirigió a los asistentes:

«Esto pasará a los anales de nuestra historia, como uno de los episodios más bellos y emotivos. ¡Gracias Maestro!

Y ahora mismo soy el hombre más feliz del planeta, porque esta imagen es el resultado de tantos años de trabajo firme y perseverante en aras de inculcar unos ideales y una filosofía de caza (y de vida), la del respeto y la ética, en un grupo de amigos a los que les une la pasión por la caza. ¡Diez años después! hemos empezado a recoger el fruto de lo que hemos venido sembrando entre todos»
.

Nadie puede detener mi impulso al destacar cuánto he escrito sobre la Peña de Los Zahones. Quiero anunciar —lejos del alcance de lo que ocurre en tiempos difíciles, y la alegría de estas personas que todo lo merecen— el hecho de disfrutar del monte sin aburrimiento y cansancio.

Emilio Jiménez, rodeado constantemente de su buena gente, sin manifestar jamás de una forma solemne sus amables modales a la menor señal de alerta —¡porque él es grande!— en ocasiones no tiene ni un solo instante para sí mismo, y bien merece verle con sus clásicos zahones, entre las matas de la serranía en que verdean las cuerdas más altas.

Maestro y Capitán, ¡que todos te vean y admiren!

Regreso con un montón de vivencias que he guardado en un lugar destacado de mi habitación de trabajo, entre los escritos qué más recuerdo, capaces de despertar las buenas maneras para defender los derechos de la Montería y de sus animales salvajes.

Muchos de ellos, demasiado añejos, a la altura de las circunstancias de aquellos tiempos, en términos del buen cazar y experiencia entre carrizos del alborotado sendero.

Ojala, me acompañasen todavía aquellos viejos monteros que hoy ya no montean con nosotros, admirando el temple en sus lances y poder estrechar sus manos al caminar juntos camino de las armadas, y escuchar sus conversaciones que cualquier montero se hubiera sentido orgulloso de las delicias de sus palabras.

Pero delante de todos, quiero dejaros hoy éste comentario de mi ilusión grande.

«Cada amanecida las verdes solanas llaman a mi puerta. Nada ha cambiado. Tierra negra, ladras, reses, berreas. Todo está en pie. Trochas, rumores, colorines, umbrías. Siempre es la misma. Amable si se quiere, pero misteriosa. Vuelvo por la silleta honda y mi afición excelente abre lejanías mansamente. Como una raíz más, soy silencio largo. Montero noble y bien plantado. Sereno al dar gusto al dedo y me da calentura encima de una jaca. Me gusta cantar a la sierra, con mi poesía de yerba y hablarle, como si oyera».

¡Y tendrás que conocerla! - me basta saber que me lees.

Publicado el 01/10/2012 11:20:00

Allá dónde estés, ya lo pagaste

Filigrana, ¿ves a ese hombre que está quemando el monte a toda prisa, escondido al final del espeso rincón de jaraspetas y aulagas? Ahora saldrá corriendo para recoger la bicicleta que tiene escondida entre las matas, y el viento de levante empezará a soplar fuerte —que es lo que él espera— y enseguida veremos saltar las llamas de fuego monte arriba.


Al instante, la gruesa columna de humo alcanza las copas de las encinas que tardaron siglos en hacerse, y la desafiante marea de fuego cruzará el otro lado del collado, en un arrollón inesperado que corta la carrera de las reses, mientras brincan despavoridas saltando horcajas y pedrizas en medio de los quemados chaparrales abiertos de terror.

Se le podía descubrir a ese cobarde y mal nacido, igual que los hombres conocen por donde careamos nosotros, que habitamos estos senderos del inmenso verde en un paraíso de silencio y paz, incapaces de hacer daño con el fuego a las grandes solanas que el sol dora.

Sin embargo por rencillas, envidias e ideas políticas, están acabando con todo aquello donde haya crecido un árbol.

—Si la quema se hubiese iniciado cerca de nuestro portillo, estaríamos ahora los dos chamuscados, como la mayoría de los colegas de los montes que ardieron ahí enfrente —venados y jabalíes— que por muchas vueltas que daban no lograron salvarse de las llamas —dijo Candiles tratando de que no se notase su tristeza.

—Y qué suerte tuve, señor, cuando salté corriendo al encuentro de aquella cierva con sus dos gabatas que, al ver que yo les gritaba desesperadamente, me siguieron a todo correr en medio del incendio, y pudieron cruzar conmigo el arroyo y escapar después por el cortafuego que habían abierto las máquinas y, una vez fuera de las llamas, todavía volvían las cabezas para que yo les siguiese.

Filigrana, temía que por lo que hizo podrían pensar que se lo había inventado, como si aquello no fuese tan peligroso que nadie estaría dispuesto a hacerlo jamás.

—Ya lo sé, muchacho. Pero historias como ésta, cuando son veraces, hay quienes no se las creen. Yo me sentí muy orgulloso de estar a tu lado, presenciando lo ocurrido, y que salvaras la vida de aquella familia. ¡No… no lo dudaste! ¡Era tu coraje y eso se lleva en los pulsos de buen escudero!

—Vaya —dijo Filigrana—, ahora resulta que hasta usted se siente atraído por lo que hice, ¿verdad?

—Intentaré estar a tu altura, a través de las peligrosas llamas que ya vienen acercándose hasta este cerro donde nos encontramos, a una velocidad verdaderamente alarmante —indicó Candiles dirigiendo la vista con más detenimiento.

Se le ocurrió la siguiente idea: la de seguir el vuelo de los helicópteros y, cuando abriesen la gran bolsa de agua, cayéndole encima a ellos y a la tierra en llamas y, después de recibir una gran ducha, saltar sobre el terreno apagado, continuando así hasta abrirse más camino con las nuevas descargas.

Y dicho y hecho.

—Señor, ya viene uno derecho hacia nosotros.

Filigrana, ¡apóyate fuerte a ese tronco y agacha la cuerna para cuando recibas el fuerte chorro de agua y se apaguen las llamas que nos rodean!

El ruido del aparato era tan potente y la avalancha de agua imposible de soportar, que se llevó por delante a las dos reses dando tumbos sin poder detenerse hasta caer en una trocha llena de cenizas, y separando a cada uno por su lado, con tal rapidez, que no se veían por parte alguna.

¿Estarían heridos o muertos, al golpearse contra los obstáculos que se presentarían y la velocidad alcanzada por el arrastre del agua?

De pronto, apareció Candiles, tambaleándose, que ni siquiera podía mantenerse en pie. El ímpetu de su cuerpo contra todo cuanto arrastraba y su enorme cuerna, le habían servido para amortiguar el confuso revoltijo de troncos y piedras, dando vueltas como si fuera una peonza, partiéndose varios Candiles de su corona.

Filigrana, permanecía sin sentido entre el alborotado sendero, malherida su piel de tantos roces y topetazos.

Sin perder un instante, Candiles corrió a examinarle.

Filigrana, ¿qué te pasa?… ¡Háblame, muchacho!

Se puso en cuclillas, mirándole fijo a los ojos. Acercó la oreja al pecho y ¡qué alegría!, respiraba. Lo inclinó como le fue posible, pasándole la cuerna por debajo del cuerpo, elevándole hacia arriba, hasta dejarle en pie sobre un tronco de haya.

—Hola, señor, ¿cómo se encuentra? —preguntó el escudero.

—Tengo que decirte, que no muy bien. ¿Y tú, muchacho?

—Se lo puede imaginar. Por cierto, pienso que no fue muy acertada la idea de lo del helicóptero.

—Estoy muy cansado para discutir. Fallaron los cálculos.

Filigrana, le dedicó una sonrisa severa por lo ocurrido y asintió con la cuerna.

Más tarde carearon por una senda quemada de chaparros, que aún humeaban y, seis brigadistas que refrescaban sus bajeras, se les quedaron mirando de lo negro que iban.

Candiles, escuchó decir a un pastor, que el individuo del incendio acabó quemándose sin que nadie pudiera hacer nada por impedirlo. Recibió el castigo que merecía, al intentar escapar de un golpe de calor que le alcanzó de lleno, lanzando un grito que sonó en los montes como el aullido de un lobo.

Un cielo enrojecido calmó el viento durante la noche, aunque, a fin de cuentas, ya no importaba.

Solo el silencioso llanto de un labrador que veía arder su casa, agotado después de haber librado una encarnizada batalla contra el fuego, que devoraba todos los bienes y recuerdos de su dura vida.

«En lo que va de año, los incendios han quemado en España más de 150.000 hectáreas, y la mayoría provocados».

Publicado el 18/09/2012 11:06:00

Filigrana, mucha gente viene a verte

Los monteros que escribimos en la soledad de nuestros recuerdos —que duermen en el morral de las monterías— no conocemos ¡quiénes nos leen! y ¡sí, cuántos han sido!, porque al final de cada escrito una máquina marca el número de lecturas que hemos recibido en club-caza.com.


Y siempre quedas, entre las nubes que cubren esta duda, intentando conocer a alguno de ellos que manifiesten su opinión y permanezcan interesados en conocer la hermosa Sierra Morena de Andújar, hasta donde se pierde su luz bermeja, que monteo desde hace bastante tiempo, intentando llevarles durante unos minutos por la tierra apretada de venados y navajeros valientes, donde la emoción anida en cualquier parte y mis pasos aguantan mecha por la risquera, donde el quejigo espesa el silencio de los sueños serranos, entre jarales cargados de olor, y escuchar el canto de los frailes desde el Santuario de la Virgen de la Cabeza.

Y algo más.

Hace unos días, recibí el correo de una lectora —con expresión cariñosa— que elogiaba mi tarea y muestra su satisfacción por los relatos que vengo publicando.

Leo casi corriendo, deseando conocer su breve contenido:

«Soy tu admiradora incondicional y acabo de leer la última entrega del Rincón de Candiles, y te confieso que sigue impresionándome la frescura con que lo describes todo. Creo que en el fondo de ti hay todavía un niño que se admira de la naturaleza, pero que además tiene la virtud de saberlo comunicar a través de la poesía.
Yo no soy gran lectora, pero en lo poco que he leído no he encontrado a nadie que describa los paisajes que parecen que los puedes ver y que haga hablar a los animales con tanta gracia.
No tomes mis palabras por algo demasiado elogioso, pues no tengo por qué, y aunque te quiero como a un hermano, no me ciega la pasión como lo puedes ver. Creo que hablo en justicia.
Tanto famosillo que hay por ahí, que escriben verdaderas birrias, y tú sigues ahí tan humilde. Me da rabia»
.

Leía su escrito y llenaba mi corazón de brotes de arrayán, que desde mi habitación de trabajo, poco a poco, me llevaban a sus portillos de gloria que abren las veredas cada día.

Permanecía sólo, rebosante de naturaleza en que verdean los senderos peregrinos llenos de encames y reses.

Hubiera deseado que sus palabras se las hubiera dirigido también a mi amigo Candiles, el macho grande de los crestones, con quien hablo de todo cuanto ocurre alrededor de nosotros, y al que sigo desde su nacimiento en un prado de Los chopos del Encinarejo, entre flores del jarizo.

—Si me lo permiten, el ciervo que sacude su nueva cornamenta es el escudero Filigrana, que a lo mejor pensaría que no iba hablar de él.

—Le ruego que no diga eso.

—Y a propósito, voy a contarte por qué te llaman así. ¿Vale?

—Pues, como usted diga.

—Resulta que el guarda de la finca de un viejo amigo mío, cayó enfermo de pulmonía, y por aquí, cuando en la sierra un hombre se encuentra mal de salud, vienen los vecinos y amigos a su chozo interesándose por su estado. Pues bien, enterado un pariente del pueblo de Cardeña acudió a visitarle, amarró el mulo en la tapia y se extrañó que hubiese tanta gente como allí se encontraba. Saludó en voz baja a la concurrencia y al no haber ninguna silla libre donde sentarse, se acercó a la cama, le rodeó con el brazo, se apoyó en él y al verle tan demacrado le dijo al oído:

Filigrana, mucha gente viene a verte.

Murió aquella noche.

—No pensaba, que mi nombre fuese tan conocido —exclamó el ciervo.

—Te aseguro amigo mío, que yo tampoco me esperaba que al decidir como te llamarías, quedase sorprendido de que ya se conocía tu nombre —le dijo Candiles.

—Por supuesto que sí. Sólo tengo a usted y a este apodo que me sirve para cuando me necesite en cualquier instante o me llame la cierva que se reunirá conmigo en la berrea.

—Quisiera desearte que nada te ocurra y me acompañes con el mismo valor de siempre, sin manifestar temor entre gruñidos y ladridos —dijo, volviéndose a mirarle.

—Gracias a su amistad he perdido el miedo y debe ser difícil que nos sorprendan.

—Tú sabes que con tan sólo mirarnos y oír un latido de parada, es suficiente para dejar nuestro encame y huir lejos del alcance de los perros.

Corre un cervatillo asustado en la raña triguera en dirección al monte y hace saltar a un bando de chamarices.

La noche recién amanecida con neblina baja, empieza su fresco en los repechos que coronan las umbrías, cuando ya las dos reses careaban cerro arriba y lo único que se escuchaba eran los cascos del mulo por el atajo que lleva al cortijo de la serranía de Cardeña, y la luna iluminaba el perfil de aquel hombre, alejándose con un jadeo de cansancio.

¿Ha visto alguien, alguna vez, morir a un hombre en medio de un silencio, como cuando estás de espera?

Publicado el 13/08/2012 11:51:00

Filigrana, vete a por él, y estrena tus luchaderas

Todos mis pensamientos se borraron por un instante, cuando les vi a los dos —en la fría distancia— luciendo sus nuevas cornamentas, más delgados que antes, y su aspecto mucho mejor del que yo había imaginado cuando, desmogados, se fueron colando en un apretado grandísimo de cimbras y jarales que les ocultó durante estos meses.


Por un instante me pregunté cómo estarían de fuerzas y me parecía desmesuradamente grande la cuerna del maestro, con sus veintidós puntas, y luciendo los candiles en su corona a más de dos leguas.

Filigrana se encontraba tan cerca de él que, pese a las ocho puntas que ya lucían en su frente, no tuvo más remedio que engallarse para parecer más alto y ni siquiera se avergonzó de dar varios saltos alrededor suya para que se fijase en su cuerna.

—¿Y qué? —preguntó el joven.

—Pues muy bien, muchacho. Te aseguro que ya te había visto. Y gracias sean dadas a San Huberto, por habernos permitido carear de nuevo estos portillos con toda nuestra artillería a punto.

El venado se reía con su aguante y una paciencia como nadie.

—Con lo que hemos padecido ahí dentro, sin pisar el monte en tantos días, no podíamos cavilar cuándo saldríamos de allí. Y ahora se me alegra el corazón aquí fuera, a su lado, empezando a adquirir coraje para el otoño.

—Sabes que me encanta oírte y deseo que nadie turbe tus conocimientos por si me hicieran falta.

Su mirada resultaba un tanto atrevida.

—No digamos más. Preparémonos señor, para lo que pueda venir.

Le acarició su espalda con la cuerna y lo estrechó contra su cuerpo.

Al recibir semejante caricia, respiró profundamente, por si alguna costilla la hubiera fastidiado con el abrazo, y empezó a balacearse hacia delante y hacia atrás, sin ningún dolor, procurando disimular todo lo que pudo.

—Oye Filigrana, conviene que empecemos a darle a las cuernas un tono oscuro, porque como habrás notado están algo blanquecinas por el encierro, y si las rozamos con las jaras, pronto presentarán el aspecto ennegrecido de antes y de esta suerte se destacará mejor el brillo de su perlado.

—Pues me alegra que me lo diga, porque así se notará que somos dos machos de Sierra Morena de Andújar.

—¡Y que lo digas!

—Cuando lo crea usted oportuno, nos podíamos acercar por el arroyo donde aquel día me miré en sus aguas, y reflejaron una sola cuerna en mi cabeza, pasando unos minutos tristes, que no se lo deseo a nadie, porque no sabia qué me había ocurrido.

—No has perdido nada que no puedas recuperar —le contestó Candiles.

—Pero hoy, doy gracias a la vida, que al mirarme de nuevo en el reflejo de sus cristalinas aguas, me he visto con mis ocho puntas a cada lado de mi frente.

Fue como si me considerase un venado de buenas defensas, y un escudero apto para avisarle de los peligros del monte y mis buenas patas, para esquivar a los perros en las monterías.

—Parece ser, maestro, que han visto una pareja de lobos por los páramos de Cabeza Parda —dijo Filigrana.

—Pienso que nosotros tenemos que darles largas hasta que dispongamos de todas nuestras fuerzas. Y entonces, ya veremos.

Golpeó la cuerna contra el tronco de una encina y saltaron astillas por todas partes.

—¿Eso es lo que se cuenta por aquellos portillos? —dijo Candiles, indicándole que diera unos brincos para quitarse de encima las astillas y ramas que saltaron del árbol.

—Ya veo que sigo teniendo alguien en quien confiar, que cuenta con toda mi admiración y es tan noble como siempre.

—También yo voy recuperando mi energía, para que nadie pueda con nosotros. Ni los lobos, ni los hombres con sus perros, ni otros que quieran hacernos daño.

Al rato, se alejaron para descansar en un espeso montarral coronado con poca niebla, frente al cielo profundo de lejanías bajo la luz del crepúsculo.

De repente, por el rabillo del ojo, vio Candiles algo que le sorprendió.

Un zorro se encontraba de muestra, pendiente de una cría de corzo, que la madre había dejado entre las hierbas, mientras comía tranquilamente las hojas recién nacidas de los robles.

Filigrana, me parece que vas a tener que estrenar esa hermosa cuerna que ha cubierto tu testuz. Ten valor.

—¿De veras? Eso no será una despedida, sino una breve separación, lo que tarde en hacerme con él.

—Fíjate, hay algo junto al enebro donde está encamado el “corcino”, al que le está entrando el viejo zorro de La Centenera.

Tragó saliva y asintió con la cabeza.

—Vete a por él, y estrena tus luchaderas —dijo el ciervo con la cara muy seria.

Se incorporó. Dio un paso, otro más, antes de elevar al raposo por los aires, con la cuerna ensangrentada.

A pesar de lo fácil que había sido el ataque —sintiéndose algo débil— constituyó una dura prueba para él, y necesitaba todas sus fuerzas para otras ocasiones.

—Seguiré siendo el mismo de antes, tal como me enseñó, como si ello bastara para garantizar el éxito de nuestra defensa.

—¿De veras lo harás?

—Pues claro, señor —dijo con una sonrisa.

Publicado el 31/07/2012 22:19:00

Ya es primavera

El monte ha florecido y aunque no ha llovido hace meses, la pasada semana cayó una fuerte tormenta en Sierra Morena de Andújar, que inundó las trochas de los senderos y las chorreras coloradas regaron las resecas cañadas.

Hasta entonces seguían las reses intentando encontrar los cuencos de agua de color verdoso —tan repugnantes— que al no ver otras pozas cercanas, buscaban entre las rocas de los rasos dar con el agua gris de algún venero que, en ocasiones, conseguían darles de beber y los jabalíes al revolcarse embozaban su leve corriente.

Los portillos sentían que iban recuperando fuerzas, mientras el sol cada vez más fuerte, sin decir nada, hacía crecer florecillas salvajes de mil colores, que atraían a toda prisa vuelos de abejas alrededor del amarillento polen de sus olorosos pétalos…

Crecían los lirios sobre la hierba fresca, donde susurra el silencio del inmenso verde, y gritaba la corneja saludando a la primavera. Las hormiguillas trepaban las hojas del romero para sentirse más cómodas, sin otra ayuda que una brisa suave en la soledad de los tarajes del parto.

Y en la paridera de las ciervas, dónde sólo crecen encinas y jara nueva, nacían los venados en cualquier trocha del monte, sin perros ni aguardos querenciosos.

Todos los encames mecen la quietud de las umbrías en la penetrante cumbre de los collados, donde esperan las posturas a que brinquen los primeros machos, en la suelta de las rehalas, durante las monterías.

Mientras, los venados seguían sin sus cuernas desafiantes, ante la curiosa presencia de furtivos que peinan el monte en busca de sus caídas defensas.

Y la sierra sorprendida, se para a mirar, si es verdad que un rosario de astas, acompañan las pisadas sigilosas de los venados de las quebradas soledades, donde nada pasa desapercibido.

Además, un tropel de ciervas seguidas por sus crías corretean entre las jaras, mientras cada revuelta las saludan a su paso en el silencio de las sendas tempraneras, y un encinar olvidado del monte, al verlas tan alegres, resiste la tentación de abrazarlas con su sombra, por la quietud que se derrama en los senderos de retamares bajos.

Filigrana, volvió la cabeza para contemplar a la piara que se enredaba entre las patas de las ciervas, intentando alcanzar los pezones de sus blancos pechos para amamantarse.

—¿Tienes idea de cuántos machos van ahí? —quiso saber Candiles.

—Se lo diré cuando terminen de mamar, se levanten, y pasen cerca de nosotros.

—Mira muchacho, por lo que decía el guarda que los observaba cuando nacieron, serían doce venados y nueve hembras.

—Vale. Eso significa que pronto contará la sierra con estos recién nacidos —sólo Dios lo sabe— que no dejarán de sorprendernos con su arrancada firme, luchando frente a otros machos durante la berrea al alcanzar la plenitud de su vigor.

Habían transcurrido unas horas y aquellos pequeños, con sus saltos, alegraban las sendas tempraneras coronadas de florecillas nuevas bajo el horizonte de la parda tierra.

Candiles, dirigió una significativa mirada al escudero, al que ya empezaban a asomarle en la piel de su frente, dos montículos de su segunda cuerna, haciendo aparición las pequeñas luchaderas.

Cuando todavía no había nacido el sol, les llamó la atención la sorprendente rapidez de un águila real que entre sus poderosas garras sostenía el cuerpo de uno de aquellos pequeños, confiando en que pudiese elevarlo hasta el tronco más alto de un pino donde tenía el nido de su cría, que al verla llegar no dejaba de mover las ramas con sus saltos.

La madre, que no quitaba su mirada puesta en el cielo, veía cada vez más lejana la escena, buscando alas entre los tamujares para alcanzarla y, bandadas de rabilargos volaban tristes entre las junqueras, como si aquello no hubiese ocurrido.

Jamás podía imaginar Filigrana que un ave de tan enormes alas, llevara por los aires a una cría que seguía tranquila los pasos de su madre.

Bueno, adiós cervatillo —dije en un suspiro que sólo él lo pudo escuchar.

Publicado el 12/06/2012 11:49:00

No lo supo hasta que le ocurrió

Las aguas del arroyo son como los espejos. No mienten. Filigrana, al mirarse en ellas, vio que le faltaba una de sus dos cuernas. Pegó un respingo y volvió a mirarse de nuevo. Jamás lo hubiera podido imaginar. Era como un Unicornio, con un solo cuerno en mitad de la frente.



Ante su asombro, dolido como si aquello fuera un simple accidente, la curiosidad estaba empezando a intranquilizarle.

Con la otra cuerna, echada hacia atrás, alargó la pata para acariciarla.

Pensaba que podía habérsele enganchado entre la hojarasca cuando el día anterior corría delante de los perros que dieron con sus rastros, pero regresó con ella intacta y, sin embargo, en esta ocasión, sin saber cómo, sin sentir dolor alguno, pese a recorrer la umbría del portillo delante de Candiles durante el careo de la mañana, había perdido una de las dos y, en cierto modo, era como si no tuviese la fuerza y el vigor de antes.

—Bueno, ¿y qué me ocurrirá ahora? —dijo, obligado a caminar con una sola cuerna.

Sentía curiosidad por ello y, sin saber nada de la otra, miraba con profunda turbación entre las trochas de jaras por donde podía habérsele caído, por si la encontrase, y seguía sin saber nada de lo que le había ocurrido.

Como era de esperar, Candiles le observaba desde hacía rato y se tomaba a broma su sorpresa. Tenía que pasar la vergüenza de verse con una sola cuerna, y las hermosas ciervas que le miraban en silencio reconocían que su buen parecido dejaba mucho que desear.

¿Qué podía hacer?

—Ven, Filigrana. Acércate, y vamos a hablar de lo sucedido a tu cuerna —era la voz de Candiles, luciendo orgulloso su enorme cornamenta.

Le miró medio complacido y no acudía de buena gana. Balbuceó algo, sin encontrar las palabras.

—¿Se puede saber por qué estás sorprendido?

—¿Por qué? ¿Acaso no se ha dado cuenta que me falta una cuerna?

—Pues claro que sí. Quiero que sepas que la muda de las cuernas de nosotros nunca duró dos berreas. Por eso, en este tiempo, se nos caen por cualquier ribazo o pizarral del monte y nos quedamos mochos, como ciervas.

—Por lo que veo, no caen las dos al mismo tiempo ¿verdad? —dijo con voz apagada.

—Pues, no. A la naturaleza le da igual dónde caigan. Lo importante es que salgan fuertes y más crecidas que antes, adquiriendo con ello mayor fortaleza y presencia.

—Bueno es saberlo. Me figuro, señor, que mi cuerna que ahora es de horquillón, dentro de poco será la de un ciervo de más de cuatro puntas —hizo una pausa—, y a lo mejor cuando me vean con usted por la sierra, dirán: ¡Vaya escudero que lleva el mejor venado de Sierra Morena!

No es tarea fácil, esperar a que se cayese la otra, pues acostumbrado a mantener el equilibrio con las dos, no hay fórmula ahora que evite las caídas sobre pedregosas revueltas, rodando en ocasiones y levantándose a rastras.

En la primera ocasión que se presentó, le dijo a Candiles:

—Maestro, ¿para cuándo espera usted perder su cuerna?

—A mí me ocurre algo muy especial con mi desmogue. En cuanto noto que se me van a caer, me entran unos temblores por el cuerpo, y así me viene ocurriendo a lo largo de los años. Esto no es como el parto de las hembras, que más o menos saben en qué luna nacerán sus crías. Y es en primavera cuando a nosotros se nos empiezan a caer, como a ti te ha ocurrido hoy, sin poder disimular tu orgullo, en tan temprana edad, hasta que con el tiempo acabarás acostumbrándote.

—Dicho lo cual —no será un regalo lo que recibamos— pues tengo entendido que cuando usted pierde su enorme cuerna, se refugia avergonzado en la maraña más espesa del monte, y allí permanece oculto, mientras que a fuerza de calenturas y dolores le va creciendo de nuevo la cuerna hasta llegar a sus elegantes Candiles.

—Deseo, querido Filigrana, que tu desmogue sea digno de todas tus fuerzas y te haya crecido, en cinco meses, más fuerte que ahora, para cuando en septiembre con las primeras lluvias se inicie la berrea y, con el celo, tengas que luchar con otros machos para ganarte el amor de las ciervas que te acompañen.

Cuando empezó la tormenta al atardecer, las dos reses iniciaron su caminar hacia la umbría de La Sepultura, para ocultarse en ella al margen de miradas y comentarios de los demás.

De repente, oyeron la voz de una cierva que llamaba con insistencia a Filigrana:

—Vuelve. Te ruego que vuelvas. Vuelve de la manera que sea, incluso sin tu cuerna…

Era su amiga, atrapados en la embriaguez del amor, con la que gustaba pasear muy temprano la alameda del portillo que esparcía una densa bruma de felicidad. Hacia el interior, la llamada fue evaporándose. El escudero apenas se movía y tuvo Candiles que empujarle para que siguiera caminando.

Pienso que un día como éste sólo ocurre una vez en la vida.

Publicado el 26/04/2012 10:10:00
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Según nos ha comunicado D. Felipe Choclán, debido a los compromisos contraídos para concluir y entregar a la editorial dos nuevos libros —uno sobre toda una vida de montero y el otro sobre sus años de estancia, trabajo, caza y pesca en Marruecos—, dejará durante algún tiempo de escribir los relatos que periódicamente van apareciendo en este blog. Mientras tanto, le deseamos toda clase de éxito en sus nuevas publicaciones.
Felipe Chocln Felipe Choclán, «montero viejo», escritor y poeta de nuestras sierras.
Para conocer el nacimiento de Candiles, léase el libro Candiles, de Felipe Choclán, con prólogo de Tico Medina e ilustraciones de Luis Aldehuela.

 

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