El Blog del Tío Calañas

Incendios, la ruina del propietario

Llega otro verano a estas secas tierras del sur, y de nuevo llega la amenaza de los incendios forestales, que este año puede ser muy seria porque llovió mucho en mayo y salió mucha hierba que ahora se ha convertido en pasto seco, en yesca.

18 jul. 2016 - 6.130 lecturas - Un comentario

La situación de nuestros campos vuelve a ser lamentable. La paulatina desaparición de ese efectivo cuerpo de bomberos campestre que era el ganado extensivo provoca que muchos campos ardan con sólo mirarlo. A ello también ha contribuido la desaparición de los piconeros, que sacaban su jornal limpiando monte bajo para hacer su cisco y su carbón en esos hornos campestres tan bonitos y rurales que se llevaban días echando humo por diversas chimeneas.

A la pérdida de estos usos tradicionales, que mantenían el campo con tanta vida, e impedían de paso que existieran esos grandes incendios forestales, se suma esa norma no escrita de que los ecosistemas deben ser intocables, que cualquier planta está ahí por algo y nadie tiene derecho a quitarla. Claro, luego la quita el fuego, que pone orden a su manera. Y para rematar, esas inmensas plantaciones de pino carrasco y eucalipto, que requieren un desbroce intensivo que no tienen y que arden como teas.

Ya lo dije hace tiempo aquí. Antes, cuando vivía el dueño de esta finca, su piara de cabras y ovejas mantenía el campo limpio, y daba gusto ver cómo los animales mantenían a raya los zarzales de los barrancos, haciendo visibles y utilizables por toda la fauna algunos charcos que daban agua todo el verano. Hoy los barrancos son sucesiones impenetrables de zarzas, completamente cegados, que dan cobijo a todo tipo de depredadores y poca utilidad al resto de la fauna.

También el dueño de la finca, en días de viento favorable y habiendo preparado previamente la zona metiendo aquí o allá su ganado, a finales de septiembre metía un meditado cerillazo y quitaba ese pasto viejo y ese matorral que ya no valía, y en pocos días, con las primeras lluvias de octubre, todo se cubría de un verde esperanza. Así lo hacía él, lo hizo su padre y antes su abuelo. El fuego, sabiamente utilizado, formaba parte del campo y de la vida.

Pero llegaron los alatoyás medioambientales y desde sus despachos, con sus leyes, sus decretos y con suculentas multas asustaron a los hombres del campo, los primeros interesados en que no se quemaran sus fincas, y el monte empezó a inundarlo todo, y como hasta para arrancar una jara había que pedir permiso y los ganados eran una ruina, la gente se olvidó del campo, que se ha convertido, con esta sequedad, en una perita en dulce para las llamas, vengan de dónde vengan y por la razón que sea.

Está claro que el pirómano siempre tendrá razones para meter la cerilla, y el malnacido de turno, pero un campo limpio, por mucho que se quiera, no arde.

La Junta de Andalucía es muy clara en este sentido y sigue esa política acosadora hacia el propietario rural. Los propietarios deben tener aprobado su plan de incendios, que conlleva carísimos trabajos de prevención como anchos cortafuegos perimetrales, etc. Si a pesar de esto llega el fuego, el propietario sólo tendrá que pagar el 25 por ciento del coste de la extinción y hasta un máximo de algo más de doce mil euros, pero ay de aquel propietario que no tenga este plan, que no es obligatorio, y se queme su finca. Pues se queda con la finca quemada y teniendo que pagar los gastos de extinción, dándose el caso de propietarios que han tenido que vender una parte de la misma para poder pagar. Una hora de extinción de un incendio forestal cuesta más de 50.000 euros.

En Andalucía, para la Administración, tener una finca parece ser cosa de terratenientes millonarios, cuando hay mucha gente que las heredó y vive de su sueldo. Hablo de fincas rústicas sin ninguna rentabilidad o tan poca que sólo pueden mantenerse con el sacrificio económico de sus propietarios, bueno, propietarios a medias porque para hacer cualquier cosa necesitan el permiso de la Administración.

 

1 comentarios

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22 jul. 09:35
josemiguelmontoyaoli
Amigo Calañas:

¡Pero cuánta razón tienes! El buen sentido común aplicado al campo da a veces resultados tan acertados como este. No sólo aciertas en lo social en el mundo rural (Tierra, Naturaleza y Sociedad), aciertas plenamente en lo que concierne a los incendios forestales. Durante años he enseñado cosas parecidas a las que tan acertadamente expones en la Escuela de Ingenieros de Montes de Madrid; pero, como muy bien señalas, con escaso fruto real. La Universidad Española ya nunca alcanza al campo (Ingeniería de despachos). El campo, desde la perspectiva urbanita, es de cartón piedra.

Te paso el texto de mis apuntes sobre pastoreo e incendios. Ya ves, en realidad no aporto gran cosa a quien, como tú, vive y ama el campo. Por cierto, estas enseñanzas han sido vetadas; porque no les gustan a los paniaguados, directos o indirectos, de la Industria del Incendio Forestal. Lo rentable para ellos es la extinción: es allí desde donde han podrido las prácticas forestales de campo tradicionales y desde donde ha nacido una de las bolsas de corrupción más grandes que hoy existen aún en nuestro país (corrupción moral y corrupción económica). Yo no puedo hacer gran cosa, pero denunciarlo públicamente, sí que lo denuncio. Podrán difamarme, pero no callarme.

Un fuerte abrazo. MIguel


El pastoralismo en el paisaje y en la defensa de incendios


El pastoralismo en la almazuela del paisaje: discontinuidad horizontal

27. Unidad de gestión. Hemos dicho que “No arden los montes, sino los paisajes mal gestionados”. La unidad de gestión en materia de incendios forestales no puede seguir siendo el perímetro catastral de los montes; sino que tienen que ser las unidades globales de paisaje. El forestal debe pues transformarse en paisajista, y manejar los paisajes rurales de forma sostenible. Recordemos:

Paisajismo ≠ Jardinería

28. Paisaje rural. Entendemos por paisaje rural al resultado funcional de la prolongada interacción (plurigeneracional) entre un medio natural y la cultura rural que lo modela (El hombre como alfarero del paisaje).

29. Conservación del paisaje. El pastoreo es clave en la composición y gestión del paisaje: 1º/ en la transformación y diferenciación horizontal de las distintas teselas o piezas del mismo (bosques, pastos, cultivos...), y 2º/ en la interacción o puesta en relación de las mismas entre sí (fisiología del paisaje). Una buena integración paisajística, con la restauración hasta el límite de lo posible de todas aquellas características y heterogeneidades que fraccionen la continuidad de los combustibles, es esencial a efectos de defensa de incendios; la práctica del pastoreo fracciona primero y mantiene después las diversas teselas del paisaje, reduciendo el riesgo de grandes incendios forestales.

30. Economía. La restauración del paisaje rural, además de sus propios beneficios propios (ecológicos, económicos y sociales), puede ser en muchos casos más económica y eficaz que invertir solo en la defensa frente incendios forestales. El análisis y diseño de cada paisaje, para detectar los aspectos naturales y culturales más característicos o propios del mismo, y para establecer en consecuencia las actuaciones más eficaces (Ley de Liebig), resulta esencial en la racionalización de estos gastos que en muchos casos resultan actualmente desmesurados.


El pastoralismo en los procesos implicados: discontinuidad vertical

31. Discontinuidades. La defensa frente a los incendios forestales mediante el buen manejo del paisaje, se basa en dos elementos previos fundamentales: en la ruptura de la continuidad horizontal de los combustibles (almazuela paisajística), y en la generación de discontinuidades verticales por ruptura de la continuidad pasto-sotobosques-arbolado (“proyecto de hoguera”). En el manejo de ambas discontinuidades el pastoreo resulta esencial.

32. Procesos implicados. En materia de incendios forestales las labores técnicas implicadas son básicamente las de: prevención, detección, pronto ataque, y extinción, seguidas después en su caso de los procesos de restauración (natural o artificial). Veremos ahora la relevancia del pastoralismo en cada una de ellas.

33. Prevención. Debemos recordar siempre que el talón de Aquiles de la prevención, radica en que es perfectamente inútil, y hasta muy peligrosa, si no va unida a un buen manejo de las biomasas herbáceas y leñosas existentes: en su cuantía y en su distribución. Muy en especial, el pastoreo reduce la presencia de pastos resecos que en el estío actuarán como “yesca”.

o Pasto primavera. En zonas arboladas, la tendencia natural del ganado es a consumir preferentemente los pastos de sol, siendo menos eficaz por eso su acción bajo la cubierta arbórea (que es donde suelen conservarse los residuos y sobrantes), lo que exige tomar medidas de compensación en la ordenación pastoral. Lo ideal sería que el ganado consumiera el pasto de sombra en primavera, pero es probable que entonces tenga el bastante pasto fuera, como para tratar de no hacerlo (tanto el ganado como el ganadero), y por ello los residuos y sobrantes estacionales se concentran bajo cubierta.

o Cargas puntuales. Cargas puntuales elevadas, concentradas en áreas cortafuegos y cortafuegos, pueden llegar a resultar relevantes en su mantenimiento. El objetivo en esta materia es movilizar unidades forrajeras que muchas veces son económicamente marginales.

34. Detección. El pastoreo contribuye con la presencia humana y el mantenimiento de las infraestructuras básicas a la detección rápida y al pronto ataque, y a una mayor cooperación local durante las tareas de extinción. Los ganaderos suelen ser precisamente los últimos en abandonar un poblado, en razón de la necesidad de una continuada y próxima atención al ganado. Más tarde aún suelen abandonar la gestión los guardas de caza y los demás gestores de la fauna silvestre: la "otra" y más reciente forma del pastoralismo.

35. Pronto ataque. Los pastos herbáceos, resecos en el estío, facilitan siempre el inicio y el rápido avance del fuego. El control previo de los mismos mediante el pastoreo (menor cuantía de biomasa herbácea y menor talla en ella), frena la velocidad del avance inicial e incrementa el tiempo de reacción de los bomberos forestales (pronto ataque), facilitando al tiempo la posterior extinción del incendio, si es que el conato no se consigue controlar inicialmente.

36. Extinción. La persistencia del pastoreo conserva infraestructuras (caminos, balsas) y otros recursos materiales y humanos que contribuyen muy eficazmente al control de incendios. Prueba: las zonas bien pastadas no suelen tener incendios forestales. En las intensamente pastadas, como es el caso de los bosques del África Mediterránea, los incendios forestales son rarísimos. El minifundismo (una cuestión catastral sin resolver aún), una legislación pastoral inadecuada, circunstancias adversas de mercado, y una mala perspectiva ambiental sobre las infraestructuras rurales (algo desdichadamente muy frecuente en lo que concierne sobre todo a caminos, cortafuegos y cercados), pueden llegar a impedir el desarrollo de un buen pastoralismo preventivo de incendios. El problema de la extinción no es solo de disposición de medios y de poderío económico.

37. Restauración. Los procesos de restauración post-incendio deben proyectarse y ejecutarse previa segregación de: 1º/ Áreas que no han sufrido daños graves, 2º/ Superficies que se restaurarán por sí solas, 3º/ Superficies sin potencial de restauración, 4º/ Superficies a cambiar de uso, por razones de prevención futuras; las destinadas en el futuro al uso pastoral muy en particular. Solo así la restauración resultará bien integrada en el paisaje, contribuirá a su recuperación y podrá abordarse a costes razonables. No pocos incendios plantean un nuevo marco de oportunidades de racionalización y de enriquecimiento paisajístico.


Incendios cíclicos


38. Ciclos de incendio. Tras una etapa inicial de abandono rural y de la gestión, con la desaparición de los cultivos, pastoreo, y otras formas de control de la acumulación de biomasa vegetal y de diversificación interteselar, terminan por aparecer los homogeneizadores procesos de matorralización (más o menos rápidamente, en función del medio y de los propágulos vegetales presentes). Tras una cierta acumulación de la biomasa, aparece más tarde o más temprano un incendio que recorre e iguala el siempre monótono paisaje del abandono. El ciclo se reanuda rápidamente y el incendio se repite de forma más o menos frecuente (cada "i" años: 5-10-15...) y extensa. Si se practica la prevención hasta el extremo, los riesgos y la tensión acumulada llegarán al límite de la capacidad de carga del ecosistema. El incendio, cuando finalmente llegue, será mucho mayor y más difícil de controlar: poco habremos pues avanzado; simplemente habremos retrasado el problema. El manejo interteselar del paisaje y el control racional de las biomasas herbáceas y leñosas son siempre el verdadero camino. El automatismo legalista en materia de prohibición inmediata de usos rurales tales como la caza, el pastoreo, y otros, solo conduce al enfrentamiento social y a la potenciación de estos perniciosos efectos.


Quemas pastorales


Práctica tradicional

39. Quemas controladas. La quema pastoral controlada es una técnica de desbroce, consistente en quemar en pie el matorral o el pasto residual existente. Ha sido ancestralmente muy usada, como una técnica de mejora de pastos muy eficaz y económica. Tras las quemas pastorales el mismo ganado retrasa la reaparición del matorral y el nuevo ciclo de incendio. No pastar tras las mismas puede ser erróneo.

40. Prácticas ancestrales. La tradición del fuego, más o menos controlado o descontrolado en su aplicación real, abarca prácticamente a todas las culturas cazadoras y ganaderas del mundo, presentes en terrenos susceptibles de ser quemados. Por tanto, resulta incuestionable, desde una perspectiva espacial e histórica (por todo y siempre), la utilidad del fuego para los animales que pastan, domésticos o silvestres, y para las personas que los aprovechan. Otra cosa bien distinta sería el análisis de los efectos ambientales a largo plazo del fuego pastoral; unos efectos que no siempre son negativos, como se tiende a querer interpretar en nuestros días.

41. Uso en España. En España fue típica la quema en las zonas serranas de cabras (suelos escasos, pendientes, pobres, poblados a lo más de matorrales seriales, jarales, brezales...); mucho menos en los pastos ovejeros, porque típicamente pacen en terrenos herbáceos, tienen menos monte susceptible de ser quemado, y su pasto es demasiado corto para arder. El desbroce por quema fue una práctica más habitual en las solanas que en las umbrías, y tendió a repetirse con una frecuencia que era función del tiempo que el matorral tardaba en alcanzar una talla y densidad suficientes para ser quemado de nuevo: con relativa facilidad, pero sin graves riesgos de incendios descontrolados (5-10 años). En zonas con suelos, climas y sistemas pastorales incapaces de mantener bosques o pastizales permanentes, las quemas pastorales repetidas pueden ser aún un buen modelo de manejo de la vegetación natural; a condición de que no se generen erosiones en las pendientes o daños ambientales de otro tipo.

42. Animales dañinos. Algunas rozas “al fuego” tuvieron como finalidad prioritaria en el pasado -y desde la prehistoria- la eliminación de animales dañinos o peligrosos; como el oso, el lobo o el jabalí entre nosotros. Fue típico el fuego lobero en casi toda España, fuego que en Galicia y provincias aledañas (León, Zamora, Asturias) no ha llegado a desaparecer nunca.

o Roma. Los romanos diferenciaban entre tribus ibéricas que quemaban y tribus que no quemaban. Obviamente subyacían ecologías territoriales distintas. Es curioso que estas tendencias persisten hoy en idénticos sitios (por algo será).

o América. Los fuegos pastorales de los indios norteamericanos generaron las grandes praderas para los bisontes que cazaban; pastoreaban por tanto con animales silvestres, cuyos pastos fomentaban con quemas.

o África. Los fuegos pastorales en África han generado la mayor parte de las sabanas antrópicas que mantienen a los grandes herbívoros africanos.

o Australia. Los aborígenes australianos también quemaban sus malezas por igual razón.

43. Usos múltiples. En los montes silvopastorales son raras las quemas pastorales, porque en ellos el árbol resulta particularmente valioso para el pastor, por eso las dehesas son aún ecosistemas de muy baja siniestralidad. Sus diferentes usos múltiples generan un paisaje que, no solo no necesita del fuego, sino que, cuando este aparece accidentalmente, puede ser fácilmente extinguido. En tiempos se quemaron algunas solanas serranas, dispersas y de escaso suelo, para dar pasto a las cabras. Hoy, en iguales zonas, los cortaderos de caza mayor significan una defensa añadida. El uso múltiple silvopastoral es, indudablemente, la mejor defensa de incendios que pueda imaginarse para el universo mediterráneo.

44. Identificación. Es fácil reconocer el “paisaje del fuego”, porque las zonas ancestralmente quemadas aparecen deforestadas, y los viejos árboles que sobreviven, están asociados a roquedales, líneas de cumbres, pedrizas y zonas no combustibles o inalcanzables por el fuego; también por la composición misma del matorral residual pirófilo que hoy puebla las laderas de muchos montes. La abundancia de este tipo de paisajes en las sierras españolas prueba el uso histórico del fuego entre nosotros. Cuando se ha pretendido repoblarlas, o bien el arbolado no llega a término y muere, o bien termina ardiendo antes de tiempo. Por el camino los aprovechamientos ganaderos y su cultura asociada se han extinguido.

45. Daños. El fuego pastoral es finalmente una práctica ancestral que todavía subsiste en ocasiones. En ocasiones ha causado fuertes daños ambientales, especialmente en los bosques, pero el abandono de su práctica, también puede originar serias alteraciones. Son conocidos casos como:

o Incendios. Aparición de grandes incendios descontrolados en zonas serranas, bien quemadas antaño por sus cabreros, desde que se prohibieron estas prácticas de gestión.

o Nemoralización. Nemoralización e invasión de la vegetación leñosa en las praderas americanas.

o Acidificación. Acidificación de suelos en los brezales escoceses y en otros como las “herrizas” de Cádiz, tras la suspensión de las quemas pastorales.

o Fauna. Desequilibrios como la alteración del complejo conejo-lince en la zona de Doñana.

46. Balance. No es fácil por tanto hacer un balance claro y general. Pese a sus daños indudables, y aunque el fuego sea herramienta delicada y de empleo peligroso, el fuego no es siempre tan dañino como en ocasiones se ha pretendido; tuvo, tiene y tendrá, una utilidad en la gestión y buen manejo del medio natural, y en especial en el universo de los pastos, por lo que debe ser contemplado y estudiado con objetividad y en su globalidad como lo que es: una posible oportunidad, si se usa con prudencia y racionalidad.


Inconvenientes

47. Impactos negativos. Las quemas pastorales, controladas y descontroladas, realizadas a todo lo largo de la historia, han influido notablemente en nuestros paisajes actuales; hasta el punto de que estos muchas veces son difícilmente interpretables sin tener en cuenta este hecho. Muchos de sus efectos han sido negativos:

o Biodiversidad. Destrucción del bosque y el monte original. Eliminación de la componente conífera (incendios repetidos a baja frecuencia, menor que la edad de madurez de la conífera) y creación por degradación de masas puras de frondosas, muchas veces procedentes inevitablemente de rebrotes (chirpiales).

o Materia orgánica. Reducción de la materia orgánica del suelo, por lo que su excesiva frecuencia puede resultar finalmente dañina para el suelo y su estructura, especialmente en los medios que resultan agresivos para esta (fuertes y rápidos contrastes de temperatura y humedad: variaciones suaves crean estructura, variaciones bruscas la destruyen). Emisión neta de CO2 a la atmósfera.

o Erosión. Daños por erosión, especialmente importantes en zonas mediterráneas, y máxime en áreas afectadas por los fenómenos de gota fría. Estos daños son debidos, sobre todo, a que la materia orgánica del suelo requemado se vuelve con la sequía particularmente hidrófuga, y a que, en estas zonas, la enorme violencia de las primeras lluvias de otoño incrementa los daños de la erosión: montañas descarnadas del Levante, Sureste y Sur Peninsular y otras zonas similares.

o Alcalinización. Incrementos perjudiciales de pH, como sucede en los suelos calizos, con pH ya inicialmente alto.

o Extinciones. Desaparición de determinadas especies animales y vegetales poco resistentes a estos fenómenos, y no adaptadas a las crudas condiciones ambientales post-incendio. El fuego pastoral, mal gestionado, constituye en nuestros días una perturbación de elevada frecuencia, mayor que la prevista en el ecosistema inicial.

o Impactos paisajísticos. No debe olvidarse tampoco el negativo efecto paisajístico residual de las áreas quemadas, pese a que no siempre sea duradero.

o Enfermedades y plagas. Daños posteriores por ataques de plagas y hongos, los de origen edáfico usualmente generados por quemas hechas sin tempero bastante.


Ventajas

48. Impactos positivos. Las principales ventajas del fuego pastoral, conocidas y buscadas por sus autores, son:

o Bromatológicas. Mayor iluminación de los pastos que incrementan su calidad nutritiva. El fuego pastoral provoca un fuerte rebrote, leñoso y herbáceo, nuevo, tierno, muy nutritivo, rico en proteínas, sabroso y bien soleado. Controla, además, la abundancia de rechazos y sobrantes, evitándose así la nemoralización y matorralización de los pastos. También las “manchas huecas”, inaccesibles a los animales.

o Abonado. Incremento de la fertilidad de los suelos, asociada a la aportación de cenizas (el abono "químico" tradicional). Este abonado tiene un mayor interés en los terrenos ácidos y pobres (jarales y brezales), y tanto más cuanto más ácidos y pobres son. La geografía de las quemas pastorales en España, coincide sobre todo con la geografía de las rocas madres más pobres y ácidas, especialmente cuando se sitúan en climas fríos y lluviosos. La quema abona con sus cenizas el pastizal, evitando su acidificación, especialmente en esas zonas lluviosas y de suelos pobres. Las cenizas del fuego elevan el pH del suelo, por lo que el fuego pastoral suele ser más recomendable en terrenos de reacción ácida que en los muy básicos.

o Careo. Roza del monte y reducción de la espesura del arbolado, con mejor visualización del ganado durante su careo por el campo y más fácil acceso del ganado al pastoreo en el monte. Los montes muy cerrados resultan impenetrables para los animales y muy difíciles de pastorear.

o Saneamiento. Los pastos se liberan con el fuego de garrapatas y parásitos, tanto del pasto como de los animales, saneándose así pastos y ganados.

o Defensa. Expulsión de animales dañinos como el lobo y el zorro .

o Prevención. Las quemas pastorales controladas, pueden ser además una importante herramienta de prevención frente a posibles incendios descontrolados.

49. Perturbaciones. Correctamente administradas, las quemas controlan la acumulación de biomasa, reactivan la sucesión vegetal, y pueden ser fuente de diversidad. No se debe olvidar nunca que el fuego es un relevante agente de perturbación natural, en muchas partes del Mundo y muy en especial en los climas de carácter mediterráneo.


Normas de aplicación

50. Técnica. Su forma de aplicación incide mucho en la importancia y balance de sus posibles daños y beneficios. Serían las normas a seguir:

o Planificación. Ni la defensa frente a incendios forestales descontrolados, ni las necesidades pastorales mismas, suelen exigir la ejecución de quemas pastorales controladas sobre espacios de gran extensión (aunque las unidades de quema dentro de los mismos sean pequeñas). Es imprescindible un buen diseño espacial previo, separando: 1º/ lo que se debe de quemar por razón de paisaje y defensa de incendios, 2º/ lo que debe quemarse por puras razones pastorales, y 3º/ lo que no debe quemarse.

o Permisos. No pueden ejecutarse las quemas pastorales sin obtener antes los correspondientes permisos oficiales. No es fácil de momento el conseguir permisos de quema pastoral, o al menos es más difícil que conseguirlo para el control de restos de intervenciones forestales o para reforestación. Una labor de formación y concienciación debe desarrollarse en paralelo, para conseguir lograr modelos administrativos y prácticos sensatos.

o Frecuencia. Quemas frecuentes, aunque no tan frecuentes que la vegetación arda mal Esto sí: volver a quemar, antes de que la excesiva acumulación de biomasa haga incontrolable el fuego. Nunca es conveniente que se retrasen tanto las quemas sucesivas que el fuego sea demasiado intenso; con lo que se dañaría al suelo y a algunas especies de raíz superficial, y se aumentaría el riesgo de pérdida de control del fuego. Por tanto: repetirlas en cuanto se pueda, y retrasar al máximo este momento con un pastoreo lo más intenso posible. En ocasiones, cuando un retraso excesivo se ha producido, por razones de seguridad puede ser aconsejable comenzar con una roza propiamente dicha.

o Condiciones meteorológicas. Se dice que el viento durante la quema debe de ser significativamente menor de 30 km/hora (riesgo grave: 30 grados, 30 kilómetros por hora, 30 % de humedad relativa), que la velocidad de avance del fuego debe ser menor de 2 metros por minuto, que la humedad relativa del aire debe ser mayor del 50 %, que el suelo debe tener buen “tempero” para su labranza... Evidentemente todas estas no son, finalmente, sino referencias más o menos cifradas de auténticas “evidencias de campo”; bien determinables por el puro sentido común y el buen hacer de las personas rurales tradicionales.

o Condiciones edáficas. Quemar "con tempero", con el suelo suficientemente húmedo. Esto evita daños en los sistemas radicales de las plantas, y daña menos las reservas de semillas del suelo, permitiendo activar su banco de semillas. El buen tempero hace al fuego más lento y más fácilmente controlable en su caso.

o Distribución. Quemar de forma que el área a quemar esté rodeada por otras más seguras. Garantizar primero un perímetro seguro. Las quemas pequeñas y dispersas permiten quemar siempre hacia zonas sin peligro o recientemente quemadas, evitándose así los fuegos que puedan escapar al control en caso de un cambio brusco de las condiciones meteorológicas. Las unidades de quema deben oscilar entre las 5 y las 50 hectáreas, según las condiciones de seguridad y la dimensión de los espacios a tratar, así como de los riesgos realmente existentes. Se delimitan inicialmente por obstáculos sólidos frente al fuego: otras áreas ya quemadas, caminos, labrados, cortafuegos, pantanos, etc. Normalmente la quema de una parcela se hace por bandas debidamente estudiadas, para evitar riesgos, y previo reforzamiento por quema de su perímetro. En el avance de cualquier incendio, las heterogeneidades en la vegetación a quemar, frenan siempre sus frentes. Un frente que se encuentre ante un mosaico de pequeñas zonas con cantidades de combustibles muy heterogéneas, como consecuencia de quemas pequeñas, dispersas y repetidas, se divide y frena, evitándose frentes poderosos e incontrolables.

o Dirección. La quema pastoral, una vez asegurado el perímetro, se suele practicar preferentemente a favor del viento; para quemar más deprisa, evitar el recalentamiento del suelo, y reducir el riesgo de incendio, si el aire cambia de dirección. En las laderas es recomendable quemar de abajo hacia arriba, pero mediante “escalones” descendentes de arriba hacia abajo.

o Época. Las épocas mejores para la quema son el inicio del otoño, tras las primeras lluvias intensas, o al inicio de la primavera, para facilitar el pronto rebrote. Es frecuente la práctica de las quemas tras las primeras lluvias de otoño, con los rechazos herbáceos resecos, y antes del rebrote de la vegetación: suelo húmedo y vegetación seca. Las quemas de otoño pueden resultar más erosivas, especialmente si caen después precipitaciones bruscas (gota fría), que las hechas en primavera que se recubren antes de vegetación. El clima local puede ser por tanto determinante.

o Horario. Las horas cercanas al amanecer y el atardecer, y en especial las del amanecer, suelen ser las más seguras para hacer un fuego controlado, porque suele hacer menos viento, y son más frescas y por tanto húmedas. Trabajar “hacia ellas” permite esperar mejores condiciones de extinción en caso de incidencias imprevisibles.

o Prevención. La roza mediante el fuego exige la toma de medidas previas suficientes frente al riesgo de incendio, como cortafuegos y medidas de pronto ataque al fuego, y el análisis cuidadoso de las condiciones meteorológicas y otras óptimas para la quema.

o Medios. Para su ejecución pueden ser precisos cortafuegos y, por supuesto, los materiales de lucha contra incendios precisos y la conexión directa con los servicios competentes, en prevención de posibles accidentes. Tras la quema deben establecerse los oportunos retenes en prevención de incendios descontrolados.

o Costes. La quema, sin contar los costes de los posibles cortafuegos y otras medidas preventivas, consume del orden de 0,25 y 2,5 jornales por hectárea, con media de 1 por hectárea, por lo que es la forma de desbroce más económica y racional en muchas ocasiones. Barato, rápido y eficaz, son las cualidades esenciales de este tipo de desbroce. Otra cosa es que condiciones técnicas abusivas para autorizar su realización las encarezcan hasta la inviabilidad práctica. Las quemas controladas tienen obviamente un riesgo, pero las no-quemas también.

o Riesgos. Siempre se debe recordar que el incendio del matorral es mucho más peligroso que los aparatosos fuegos de copa, porque en estos los poderosos fenómenos de convención frenan el avance del fuego y en el incendio de matorral no: el fuego corre mucho más en este último caso.


Las prohibiciones y sus efectos

51. Histeria. Probablemente, y ante la frecuencia, número e intensidad de los incendios forestales que hoy padecemos y su enorme impacto mediático, existe en nuestros días un temor histérico al uso de esta sencilla y eficaz herramienta: la quema pastoral controlada. Paradójicamente, es posible que la no utilización de la misma, esté siendo la causa última de múltiples incendios forestales descontrolados. En el fondo el fuego es el peor enemigo del incendio.

52. Simulación. Hoy tienden a prohibirse las quemas pastorales, en razón del riesgo de incendio forestal, aunque no en todas las ocasiones. A veces se simulan los efectos del fuego mediante rozas, pero a costes usualmente inasumibles. Muchas veces, las otras clases de rozas que en muchos aspectos simulan el efecto del fuego, suelen acabar con la quema más o menos controlada y puntual de los residuos originados.

53. Vedas. La legislación forestal prohíbe, en principio, el pastoreo durante dos años en las zonas incendiadas “accidentalmente”, para tratar así de evitar estos fuegos de origen pastoral. Como tras los fuegos suele mejorar mucho la caza menor (perdiz, liebre, conejo), también es frecuente la prohibición de la caza durante 2-5 años. Los resultados de esta política son negativos. Muy en especial son injustos, porque establecen una presunción de culpabilidad y la consecuente condena social para pastores y cazadores. En estas condiciones no son de esperar ni la implicación ni la corresponsabilidad de estos relevantes colectivos rurales en las tareas de defensa frente a los incendios forestales.

54. Sociología. Se han destacado en ocasiones los riesgos asociados a la prohibición del fuego pastoral: una excesiva carga de biomasa por falta de frecuencia de fuego, y la tendencia de usuarios descontentos a quemar furtiva e irregularmente, en muy pocas veces, pero de forma masiva y descontrolada: con abandono de la prácticas culturales ancestrales. Una vez más aparecen deficiencias en la formación de los técnicos forestales ligadas a la falta de conocimientos sobre sociología rural.

55. Tensión. La prohibición de las quemas pastorales conduce a la homogeneización de los mosaicos vegetales en las serranías (especialmente en las más cabrerizas). La progresiva acumulación de biomasa eleva la tensión y riesgo de incendio. Cuando este se inicia, por causas naturales, negligencias, o incluso intencionalmente, su control, ausente cualquier heterogeneidad espacial (horizontal o vertical), se hace dificilísimo y peligroso. Así, la prohibición de las quemas controladas, lejos de reducir el impacto del fuego en los ecosistemas, probablemente lo incrementa y agrava, al menos en determinadas ocasiones.

56. Impactos. El temor histérico ante el fuego se traslada a sus "presuntos" daños ecológicos. Se tiende a olvidar que los ecosistemas mediterráneos (como también muchos otros), han evolucionado siempre en presencia del fuego y están especialmente adaptados al mismo; tanto que hasta lo precisan para su conservación, al ser en los mismos un factor de perturbación ancestral, clave y natural. El fuego debe ser dominado por el hombre, pero la supresión total del mismo, a largo plazo puede llegar a causar severos daños ecológicos en el medio mediterráneo. No arder no es siempre sinónimo de progresar hacia una mayor "naturalidad"; en muchos casos puede ser una seria desviación de la normalidad ecológica.

57. Regeneración. Muchos de los presuntos daños ecológicos de los incendios, no son sino regeneraciones de ecosistemas envejecidos; en ocasiones no hay otra lectura ecológica posible. La racionalidad y el uso sensato de las quemas pastorales controladas es una herramienta peligrosa, pero que puede llegar a ser útil, y que... ¡está ahí!


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