A Salto de Mata

16 jul. 2009 0:23

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Otra... de romanos

Heredera de la Artemisa griega, la mas popular y conocida Diana Cazadora no es si no una adaptación de aquella, con sus mitos y leyendas, a la cultura romana. De la misma forma, Roma adaptará las técnicas y costumbres griegas en todos los ámbitos de la práctica venatoria.

Los Escipiones, a mediados del siglo II a.C., grandes apasionados de la cultura helénica, se ejercitaron bajo la dirección de los maestros venatorios del rey de Macedonia para después introducir en Roma los placeres de la caza deportiva así como sus técnicas. El propio Escipión Emiliano se convierte, ya en Roma, en compañero de caza del historiador griego Polibio, rehén de Roma, y entre ambos, ejercitaban y adiestraban a los jóvenes patricios inculcándoles ardor y entusiasmo cinegético. Terencio Varrón describe en su Adrianna la pasión juvenil romana por los caballos y perros de caza y el traidor Catilina, (el de las Catilinarias de Cicerón), regalaba a la juventud patricia perros y caballos de caza para alistarlos en su partido.

Salustio declara la caza «…honrosa e imagen viva de la guerra». El propio emperador Augusto se rodea de poetas que, bajo sus indicaciones, cantan los placeres de la vida campestre y los deleites venatorios. Virgilio canta en sus Georgicas: «Persigue al fiero onagre, y caza con los perros a la liebre, el venado consagre sus cuernos al cuchillo y se los quiebre, y a la red industrioso trae acosado al jabalí cerdoso».

Pero es, sin duda, Horacio, quién coloca a la cinegética en el primer lugar de los placeres campestres calificándola de «… viril, solemne, digna de romanos, útil a su renombre y reposo...», aunque también ‘lanza dardos’ contra los ‘cazadores de ventana’, los jactanciosos que de mañana atraviesan el foro seguidos por su cortejo de criados, esclavos y perros, armados hasta los dientes y con todos sus aparejos, para regresar por la noche con un hermoso jabalí comprado en los mercados del Foro Boario, o contra los hermosos mancebos patricios que, recién casados, dejan a sus hermosas y patricias esposas para ver a sus perros perseguir ciervos y jabalíes, eso si, permitiendo que sus esposan ‘cacen otras piezas’, en sus cubiculum o dormitorios.

También Lucano y Séneca dedican páginas de elogios a la venatoria, pero es Gratius, contemporáneo de Virgilio y Horacio, quien compone el más hermoso y antiguo poema latino sobre la caza en el que describe técnicas, armas y artificios, razas de perros y caballos y todos los placeres que el arte venatorio supuso para la sociedad romana.

El indago
Entre otros aspectos de los influyentes griegos, hay que destacar el hecho de que Roma no es una cultura original e inventiva sino asimiladora e incluso predadora y carroñera de todas las culturas que conquista. En multitud de ocasiones, el afán romanizador que los propios romanos sienten hacia los pueblos bárbaros −el significado real de bárbaro es ‘de fuera’, mas allá del limes o frontera−, no consiste en imponer, (a veces si), la cultura romana, sino en depredar la cultura indígena, además de su riqueza.

El llamado indago, no es otra cosa que la técnica griega de los arkys. En un principio se utiliza exactamente el mismo sistema, formando grandes espacios cerrados con redes y palos de distintas alturas hacia los que se dirigen las piezas con perros y ojeadores. Con el tiempo, la técnica se perfecciona y se construyen pasillos de empalizadas sujetas con cuerdas y perfectamente camuflados en la naturaleza con ramas, hierbas y maleza. Los ojeadores se sustituyan por jinetes a caballo armados de rodela y jabalina o bien por bigas, carros de dos ruedas, cuya misión es la misma que la de los ojeadores, es decir, levantar, acosar y dirigir las piezas hacia la entrada del indago. Una vez dentro del pasillo, se pueden dar dos opciones, cuando se pretende abatir a las piezas, los cazadores, apostados y camuflados detrás de las empalizadas, armados con arco o con venablo, asaetearán a las piezas a su paso. Si por el contrario se pretende cazar a las piezas vivas, al final del pasillo se colocará una fuerte red vertical, a modo de pantalla, tapando la salida y en la que quedarán enredadas las piezas en su intento de huida.

Esta técnica se usará en todo tipo de caza mayor, herbívoros, jabalíes, fieras e incluso felinos, sobre todo cuando se pretende cazarlos vivos para el circo. Destacar la curiosidad de que algunos autores consideran esta técnica de origen galo.

Redes y Ondas
Por supuesto las artes griegas también son heredadas por Roma: las trampas, pedicae, las cuerdas, pinatum formido, los lazos, laquei, y las redes y telas, retia, casses y plegae. Los placeres de la cocina romana, faisanes, tórtolas, becadas, tordos, patos, codornices, perdices e incluso pavos reales, sólo pueden ser cazados con redes que no dañen el cuerpo de las piezas para su presentación en los refinados banquetes y bacanales a los que se entrega la nobleza romana, única receptora de los dichos placeres culinarios.

Los esclavos especialistas venatorios de las familiae, junto con los soldados de las legiones, que hicieron de la venta de las piezas un lucrativo negocio, han sido considerados los mejores tramperos de la historia, al menos de la Historia Antigua. Los modelos de redes son importados, como no, de Grecia, aunque también de la Galia, Germania y Egipto confeccionándose, posteriormente, en Roma con importantes y útiles mejoras inventadas por los propios indagatores, (miembros de las familiae especialistas en redes y trampas), calculando la resistencia de las cuerdas y dimensiones de las mallas en función del tamaño, fuerza y costumbres de las piezas a la que están destinadas. Su colocación también requiere distintas técnicas en base a la propia presa. Colgadas y dispuestas a caer sobre la pieza en pasos o abrevaderos; camufladas en al suelo, con o sin cebo, para cerrarse al contacto inmediato con las patas del animal; verticales y mimetizadas, para resistir la presión de la carrera e incluso a modo de banderola, como en otras civilizaciones, para atrapar a las aves en vuelo.

Para atrapar a los patos se utiliza un sistema que ya se usó, muy similar, en la cultura china −¿contacto de culturas?−. Al posarse los patos en el agua, son atraídos hacia la orilla con cebo colocado sobre una tabla que flota y mediante una cuerda es arrastrada hacia la orilla seguida de los golosos patos. Camuflados en la orilla, los cazadores lanzarán sus redes sobre la bandada antes de que levanten el vuelo.

El uso de la onda, originario de los pastores nómadas baleares, también tiene auténticos especialistas. Su empleo se basa en el mismo principio que el de las redes, no dañar el cuerpo de las piezas. Sin embargo, además de la onda ligera, que usa la piedra como proyectil, también se utilizaron grandes ondas de malla para lanzar grandes bolas de hierro capaces de romper piel y huesos de las piezas más grandes.

A caballo y en biga
La caza de la liebre, al contrario que la de las volátiles, es apreciada por los romanos, no por su gusto culinario, sino por el mero placer cinegético. Si en un principio se usa la técnica de redes para rodear las piezas y abatirlas, con el tiempo y tras la importación de lebreles de otras latitudes, el lance deportivo de la carrera, hábil y veloz, tendrá su preferencia entre los seguidores de la diosa Diana.

Si desligamos el hecho deportivo de toda lo que le rodea, negocio, manjar e incluso ostentación, el noble romano del final de la época republicana ama la caza por el mero hecho de su esparcimiento y su contacto con la naturaleza. Las guerras civiles, represiones y conflictos que afectan a la política romana, hacen que la clase poderosa, en el momento en que su actividad se lo permite, o, en muchos casos huyendo de los problemas, se refugie en sus famosas villas y se dedique al disfrute de la naturaleza y a la venatoria.

En estos casos, las preferencias se dirigen hacia la galopada a lomos de caballos, entrenados específicamente para estos lances, o al acoso de las piezas desde el carro de dos ruedas, la biga. En los terrenos llanos, se levantan las piezas, principalmente herbívoros y jabalíes, con el acoso de las jaurías para, una vez avistadas, lanzarse en su persecución al galope o desde el carro. El arma mas común es el arco con flechas de punta roma, con el fin, siempre presente, de dañar el mínimo a las piezas, si bien, para el jabalí, se utilizan venablos y jabalinas. Es patente la habilidad de los cazadores, al galope o en el carro, para disparar las flechas, sobre todo teniendo en cuenta los vaivenes propios de estos vehículos ligeros y sin amortiguación.

Por lógica, se puede deducir que el origen de las más que conocidas carreras de cuádrigas en el circo, tienen su origen en la persecución cinegética de los carros en pos de las piezas y por ser el primero en abatirlas.

 

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Antonio Mata Antonio Mata es redactor de la revista Caza y Safaris.

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