A Salto de Mata

19 jun. 2009 13:51

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Una de Historia: La cierva de Sertorio

Cita, textualmente, el moralista griego Plutarco −historiador, filósofo y ensayista, además de sacerdote de Apolo y augur del mítico Oráculo de Delfos−, en sus Vidas paralelas: Sertorio, que «[…] Espano, que vivía en el campo, se encontró con una cierva recién parida que huía de los cazadores; y a ésta la dejó ir; pero a la cervatilla, maravillado de su color, porque era toda blanca, la persiguió y la alcanzó […]».

Que era cazador, Quinto Sertorio, no lo dudéis. El gigantón de Nursia (en la Sabinia, región del Lacio de la Italia romana) −que luchara valientemente junto a su pariente, el siete veces cónsul Cayo Mario (se dice, pero no se asevera, que era su tío) en las guerras contra Yugurta y contra los cimbros, en las que perdió un ojo, allá por los albores del siglo I a.C.−, como buen sabino y mejor romano, tenía, por fuerza y origen, que ser un gran cazador. Sus conocimientos sobre la mítica religiosa venatoria de los íberos, que adoraban a Diana (en su concepción tribal, ya quasi romana) en dioses, ídolos, que imitaban a ciervos y corzos (los recientes descubrimientos arqueológicos de representaciones funerarias de esas especies por las albaceteñas tierras de Higueruela, Caudete o Liétor, así lo demuestran), solo podían estar al alcance de alguien que, por muy procónsul que fuese, conociese a fondo los secretos de la caza. Y la cervatilla blanca, leyenda o historia, así nos lo muestra.

Tras varias estancias en la conejera Hispania, primero como tribuno militar de Tito Didio y después como pretor y gobernador de la Citerior, su asentamiento definitivo en las tierras del Iberus (Ebro), se produjo huyendo (y haciendo frente al mismo tiempo con algunas legiones rebeldes) de la dictadura del terror que Sila instaurara en la todavía republicana Roma. Solicitado por los lusitanos, y querido por los íberos, Sertorio, autoproclamado procónsul, sería el auténtico romanizador de la España celtíbera creando en Osca (Huesca) una segunda Roma, con un senado y una academia en la que instruir a los retoños de las distintas tribus dominantes en nuestro patrio solar. No le duró mucho, pero intentarlo lo intentó. El brazo de los dictadores, como Sila, era largo y persuasivo.
Y lo de la cierva blanca… ¿a cuento de qué? Pues estar, lo que se dice estar, está en la Historia. Ahí están Plutarco y Salustio dando histórica fe escrita del evento.

Al tal Espano, siguiendo la costumbre, que honraba a nuestros ancestros, de ofrecer a sus invitados más ilustres las mejores piezas de caza, no se le ocurrió otra que regalarle la cierva a Sertorio y ésta, cosas de la madre naturaleza, se convirtió en perrillo del guerrero siguiéndole a todas partes lamiendo sus grebas, o espinilleras típicas de cuero. El hecho, que al principio no fue sino considerado una cosa graciosilla, con el tiempo comenzó a considerarse, por parte de los supersticiosos indígenas, como un poder divino que los dioses otorgaban al gran guerrero conocedor de los poderes de la diosa Cibeles, la madre tierra. Y el romano, más listo que el hambre, como demostró, no tardó en aprovecharse de la circunstancia.

Tras las primeras victorias, utilizando la guerra de guerrillas, sobre las legiones de los optimates −partido de la nobleza romana, con Sila a la cabeza, en contraposición a los populares, más innobles, acaudillados por Cayo Mario y al que perteneciera Sertorio y más tarde el mismísimo Julio César−, que no tardaron en venir a desalojarlo de Osca, al sabino no se le ocurrió otra cosa que hacerse confidente de la cierva, ya divinizada por los nativos, atribuyendo su pericia en la batalla y sus poderes a la intervención y secretos que el bichejo le comunicaba. De tal guisa motivaba a sus tropas indígenas y hasta a sus mismas legiones que, a la vista de los resultados, acabaron creyéndose el cuento. ¿Era o no era listo el amigo de Nursia?

Cabreado Sila, porque no había forma, no le quedó más remedio que enviar a cazarlo a sus pesos pesados. Por la Ulterior, desde Hispalis (Sevilla) llegó Quinto Cecilio Metelo Pio (conocido en ambientes literarios como el Meneitos) que, avanzando por la Oretana, La Mancha, y el valle del Tagus (el Tajo), pretendía cercarlo contra las tropas del ya invicto joven general Cneo Pompeyo, que llegaría con el tiempo a Magnus (hijo de Pompeyo Estrabón, alias el Carnicero y nominador, por su causa y desde entonces, de todos los que, con la vista cruzada, se denominan estrábicos), que había cruzado por los Pirineos Orientales y le esperaba cerca de Tarraco Nova (Tarragona) por la zona de Levante. Ni por esas. Metelo se llevó lo suyo a la altura de Consabura (Consuegra), a manos de Lucio Hirtuleyo, lugarteniente de el Tuerto, y Pompeyo se llevó la otra parte a manos del mismo Sertorio y, cómo no, con la intervención milagrosa de la cervatilla blanca.

Y ahora llega el quid the question. Cuentan ambos, el Plutarco y el Salustio (y Tito Livio, que también narró las denominadas Guerras Sertorianas), que ante una importante batalla, posiblemente la celebrada en el 76 a.C. en las inmediaciones del río Sucro (Jucar), no se le ocurre otra cosa a la cierva que largarse. El mosqueo de Sertorio y el desánimo de sus tropas fueron de los que hacen época. Conclusión: pasaron de la batalla y se echaron a rastrearla por el sopié y por la umbría. Conocedor Pompeyo del lío que se traían, no se le ocurrió otra cosa que, para conseguir ventaja moral, hacerse con los servicios de la cierva. Y… ¡legiones a la cuerda y la solana a pistear al pobre bicho! Pero, ni por esas. Así que… no les quedó más remedio que zurrarse sin la cierva. Pero hete aquí que cuando los manípulos y las cohortes de ambos bandos estaban en formación de batalla, aparece, la cierva blanca, tan campante. Las tropas de Pompeyo, aterrorizadas, huyeron en desbandada.

Cuentan los historiadores, y escrito está, que la pobre cierva murió bajo los cascos de los caballos despavoridos. Pero cuentan también los más viejos del lugar, que, asustada, salió corriendo y se metió en un gran charco. Cuando, gozoso, llegó Sertorio a recuperar su animalito, éste apareció, por el otro lado del charco, mostrando su hermoso lomo de piel marrón. ¿Los pompeyanos? Todavía están buscando al listo que le había dado una mano de cal a la cierva…

La guerra… al final la ganaron los mismos de siempre. Pero, que no quepa duda: ¡así se escribe la historia!

 

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Antonio Mata Antonio Mata es redactor de la revista Caza y Safaris.

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