Una espera con moraleja

Rafael M. Barrachina

 

Una calurosa tarde de verano alicantino, mi amigo Paco y yo fuimos a realizar una espera en una finca de las más altas de la provincia, lo que, además de la faena que pretendíamos hacer, nos permitía respirar con mucho más desahogo que en la ciudad.

Por allí rondaba un guarro grande, a juzgar por el rastro, que ya nos había burlado varias veces dando un gran rodeo para tomar el aire antes de entrar a comer en cualquiera de los bancales de cereal, y al que le teníamos ganas los amigos que cazamos en ese coto. Estábamos seguros de haber llegado a oírlo, pero nadie había logrado verlo.

Paco se colocó en un puesto que tenía preparado desde hacía tiempo sobre un montón de piedras y perfectamente camuflado, de tal modo que tenía una gran visibilidad al estar un poco alto sobre los bancales y más o menos centrado entre ellos. Yo me lo pensé mucho, y apostando a que el macareno daría la vuelta por donde yo pensaba que lo haría, y, confiando en el oído, me coloqué más o menos en el centro del bancal mayor sentado en un catrecillo bajo de pescador, de tal modo que la cabeza me quedaba a la altura de las espigas.

Para hacerse una idea de la situación, que es fundamental para comprender lo que sucedió, hay que pensar que, el bancal en el que me coloqué, es aproximadamente cuadrado, de unos doscientos por doscientos metros. A espaldas de la posición en que me encontraba hay más bancales a diferentes alturas que se dominan bastante bien desde el puesto en el que estaba Paco. A mi izquierda hay monte espeso en una ladera que desciende hasta el bancal. A la derecha, y hacia detrás hay un trozo con monte bajo y algún pinete, que lindan con el bancal y con un camino de tierra que lo bordea por la derecha y por el frente. El camino queda un poco más bajo que el bancal, y el margen que los separa estaba lleno de maleza, por lo que el camino no se veía desde el lugar que yo ocupaba. Este camino, que recorre el lado derecho, gira hacia la izquierda al llegar a una gran encina que hay en el vértice del bancal, y ,desde allí, ya a la misma altura que él, lo bordea por el frente hasta llegar a la ladera de monte, desde donde vuelve a girar, esta vez a la derecha, alejándose en ligera subida. Por el lado derecho, cruzando el camino, hay un claro con unas casas en ruinas, y monte bajo espeso. Por el frente, y también cruzando el camino, hay bancales pequeños y monte que desciende hacia un barranco.

Regularmente, el aire suele ir en la dirección desde la ladera de monte de mi izquierda, hacia el camino por la derecha en la zona de las ruinas y el claro, aunque no suele ser demasiado estable durante toda la tarde-noche.

Como quiera que lo que estaba bastante claro era que el macareno tenía el bancal tomado por diferentes sitios, que lo frecuentaban más guarros de menor envergadura, que no se podían precisar las diferentes entradas y salidas que tenía, y que no lo habíamos logrado ver, aunque habíamos visto algunas piaras, pensé en que debía entrar más tarde que éstas y tomando el rodeo necesario para llevar el aire de cara, por lo que debía entrar desde el lado derecho y por delante de mi postura, o sea atravesando el camino desde la zona de monte bajo para ir tapado el mayor tiempo. Por otra parte, si entraba a los bancales de mi espalda lo vería Paco entre su puesto y el mío. El caso es que estábamos deseando hacernos con él y eso podía suceder el día en cuestión si la suerte nos acompañaba, pues lo demás era bueno. La tarde estaba en calma, no había tráfico por la finca, ni paseantes, ni coches de la brigada de incendios, ni parejas buscando un lugar para sus cosas, y eso indicaba un buen presagio.

Soportamos un buen rato de insectos y de sol, hasta que lentamente fue cayendo detrás de las montañas, y con él la temperatura, así que me coloqué la ropa de abrigo que llevaba, y me preparé para aguantar unas cuantas horas con todos los sentidos alerta.

Las torcaces que anidan en la finca volaron hacia sus lugares de descanso, y se las oía arrullar. Los pájaros fueron desapareciendo y comenzó la sinfonía de sonidos típicos del monte durante la puesta del sol.

La visibilidad era muy reducida y, sin los prismáticos, el monte era una mancha oscura.

De pronto, me llegó por la derecha un leve sonido como el de una piedrecilla desplazándose y el corazón comenzó a latir con fuerza. Asomé un poco la cabeza sobre las espigas y permanecí alerta. Al momento, volvió a repetirse el sonido también por la derecha pero un poco más adelante, así que me eché el 8x68S a la cara y, lentamente, fui intentando ver algo con la ayuda del visor por la linde del bancal, y en ello estaba cuando volvió a sonar un poco más adelante, por lo que pensé que el macareno estaba recorriendo el camino pegado a la linde del bancal y aprovechando la protección de la maleza, y así que continué buscando a través del visor hasta que ¡Dios bendito!, ¡Ahí estaba!. Vi como se desplazaba por donde yo creía, pues apreciaba en algunos momentos la parte superior de su negro lomo desplazándose hacia la encina y siguiendo la linde del bancal con el camino. Me entraron ganas de terminar con la tensión, la postura forzada, y la emoción que sentía. ¡Esta vez le había ganado la partida!. El lance se podía terminar tomando la referencia del lomo y bajando un poco la cruz del visor, pero quise apurar para ver por dónde entraba, pues a partir de la encina ya le vería el cuerpo completo y podría afinar el disparo sin miedo a que la bala hiciese algo extraño al tocar la avena, así que, con el dedo en el gatillo, disfruté lo que debían ser los últimos instantes, pero.....¡Santo cielo!, ¡Que barbaridad y cuanta insensatez!, lo que apareció fue una bicicleta de campo sin luz de ningún tipo, con un imbécil, vestido con un maillot y culotte negros, completamente volcado sobre el manillar, y extenuado por la durísima subida que había hecho hasta llegar allí, de ahí la postura y la gran lentitud de su marcha. Por lo visto necesitaba tomar aire y no sabía lo cerca que estuvo de dar su última bocanada y de convertirme en un desgraciado para el resto de mis días.

No pude contenerme, saqué la linterna y comencé a darle gritos. La verdad es que no recuerdo nada de lo que le dije, pero no debió ser agradable de oír. Lo que recuerdo es que, como si recuperase las fuerzas de golpe, aceleró su marcha y desapareció camino arriba. También recuerdo a Paco dando voces a mi espalda, no se si al ciclista o a mí.

Salí del bancal y, al momento, Paco se reunió conmigo. Todavía estaba temblando por lo que podía haber sucedido y dándole gracias a San Huberto por haberme hecho actuar con frialdad pese a las ganas que le tenía al guarro, y por haber esperado para que se descubriese totalmente antes de disparar, cuando las ansias del momento te piden que bajes un poco la cruz y termines el lance, sin prolongar la ansiedad ni el dolor que llega a producirte la tensión por la mala postura y el rato que llevas manteniendo firme el rifle en la cara.

Decidimos regresar a casa, pues no estábamos para continuar, además de que, con las voces y la luz, previsiblemente habíamos estropeado la espera.

Al salir de la finca con el coche, observamos que el cable de acero con colgantes que, a modo de barrera y cortando el camino, había entre un pino y un poste, que se sujetaba con un gancho para que fuese fácil de abrir, y que habíamos dejado enganchado después de entrar nosotros, estaba suelto en el suelo.

Antes de estar este cable, y dado que el camino es privado de la finca, había una cadena con un candado, que alguien cortaba y se llevaba, y que nosotros reponíamos, y así hasta más de quince veces. De los candados que cerraban las tres cadenas que cortaban los accesos privados a la finca había un solo modelo de llave, de la que se entregaban copias al Forestal de la zona, a la Guardia Civil del pueblo cercano, al Seprona, al servicio de vigilancia de incendios, al servicio de bomberos forestales, a la Consejería del Medio Ambiente y al Ayuntamiento del pueblo. Cada vez que nos cortaban las cadenas, y para ello se precisaban unas grandes cizallas, se las llevaban con los candados, por lo que había que volver a reponerlos y a repartir llaves, hasta que pusimos un cable sin cierre, hartos de tanto gasto y faena por culpa de un presunto delincuente que es un cobarde que no da la cara y que se limita, en la sombra y amparado en la libertad de movimiento que le da su empleo, a cortar y apropiarse de un valor económico importante por las veces que lo ha hecho, y a propiciar que se puedan producir situaciones como la que se ha descrito, con evidente peligro. ¡Con lo fácil que es reunirnos y hablar de ello si es que cree tener algún motivo legal para que el camino permanezca abierto!. Y si no es hombre para dar la cara y tratar el asunto, también puede cursar la correspondiente denuncia para que siga el procedimiento que corresponda, aunque hubiese sido inútil, puesto que las autoridades conocían que se cerraba, ya que, como queda dicho, se repartían llaves de los cierres y eran depositarios de las mismas.

De todos modos, la cadena puede impedir el paso de un coche, pero no es obstáculo para ciclistas ni para personas a pie, que, con evidente desprecio a la propiedad ajena, y con total ignorancia de las consecuencias que puede tener su acción, se introducen en el monte tanto por caminos como campo a través y a cualquier hora del día y de la noche.

Pero a este hecho hay que sacarle otra moraleja, que es la que me atormentó durante días. ¿Porqué siempre “vi” el lomo de un jabalí?. Aquí juegan varios factores, como la seguridad de que había un macareno que tenía tomado el bancal, la intuición de que iba a entrar por esa zona, la incipiente oscuridad de la noche, la emoción al apreciar que se cumplía lo “previsto”, el no poder confundir un encorvado lomo negro moviéndose lentamente con cualquier otra cosa, etc. Si el ciclista hubiese llevado la postura normal, le hubiese visto parte del cuerpo y la cabeza, si hubiese llevado alguna luz, hubiese sido más que evidente que no era un jabalí, si su vestimenta hubiese sido de colores claros, tampoco cabía la confusión, pero no fue así. Estaba todo en contra.

¿Qué le salvó?. No se me ocurre otra cosa que el hecho de que, pese a todo, prefiriese prolongar las emociones del momento esperando a que el “jabalí” se me descubriese y me ofreciese totalmente el costado, aún a riesgo de que en cualquier momento cambiase de rumbo y no siguiese el camino que esperaba, con lo cual me habría vuelto a ganar la partida.

Es sabido que no se debe disparar a un animal sin identificarlo con seguridad, y esa premisa se cumplió. La identificación puede ser válida “a sensu contrario”. En la zona abundan los jabalíes, y, de hecho, se cuenta con autorización para su caza en espera. Los jabalíes salen a comer aprovechando la oscuridad, y era de noche y se trataba de un bancal de comida muy frecuentado por esa especie. Su color es dominantemente oscuro o negro. Salvo en los momentos en que se detienen para olfatear posibles peligros, su cabeza está más baja que el lomo. El lomo está encorvado, quedando más alta la parte central o la más próxima a la cabeza, y así lo que se nos ocurra. Cualquier otra res, tiene más alzada, cuello más o menos largo, anda con la cabeza más alta que el cuerpo y aún le sobresalen al menos las orejas, y, si está pastando, levanta frecuentemente la cabeza para “tomar el aire” y escuchar. Los humanos no andamos “a cuatro patas”. Los vehículos, por la noche, deben utilizar luces para iluminar el camino y para hacerse ver, y deben circular por vías adecuadas o en espacios o circuitos habilitados para ellos, y no por caminos privados y saltándose una barrera, a cuyo lado hay una placa que dice: “Camino privado. Prohibido el paso” y otra que dice. “Coto privado de caza”.

Para mí, es indudable que la identificación fue “correcta” aplicando la lógica, aunque ello no sirva de consuelo. ¡Gracias a Dios que no disparé!.

Lo que me cuestiono es si el conjunto de leyes nacionales, autonómicas, reglamentos, etc. son correctos. Me pregunto porqué se permite que la gente transite por los acotados, especialmente en época de caza, como lo hacen senderistas, paseantes, buscadores de setas, ciclistas, motoristas, etc., y máxime saliéndose de los caminos públicos que puedan haber. De los privados ni hablo, ya que, si son privados, no deben tomarlos. ¿Cuántas veces, en una montería o batida, aparecen por mitad del monte personas y vehículos que nada tienen que ver ni con la caza ni con la propiedad de la zona?. E incluso autoridades que, con evidente ultraje a los cazadores, y con total desprecio por su vida, atraviesan una finca que se está batiendo solicitando la documentación a los monteros.

Está claro que existe solución. Comenzamos prohibiendo las esperas nocturnas, y terminamos prohibiendo la caza, con todos los pasos intermedios que a alguien se le ocurran, como prohibir el uso de perros para cazar, determinadas armas, algunas especies más, todas las armas, etc. ¡Muerto el perro...., se acabó la rabia!

Pero pensemos en los vehículos a motor. Por una parte, son los que más victimas producen. Por otra parte la Ley está llena de obligaciones, de limitaciones y de prohibiciones, tanto para los vehículos como para los conductores y los peatones. Se gastan enormes cantidades de dinero en campañas más o menos afortunadas de concienciación sobre los riesgos, pero es inútil a juzgar por los resultados. Tanto en colegios como en parques habilitados para ello, se les enseña a los niños el significado de las señales y normas elementales de circulación. La inmensa mayoría de adultos son o han sido conductores de algún tipo de vehículo, lo que quiere decir que han tenido que superar unos exámenes teóricos y prácticos sobre la legislación y la conducción. Hay una laguna, que es la autorización para circular con velomotores de pequeña cilindrada y con una especie de minicoches, que solo precisa que el conductor tenga una edad mínima, sin que sea necesario acreditar facultades ni conocimientos, y en esa laguna es donde se producen la mayoría de accidentes con víctimas.

No cabe duda de que un autobús que se salga de la carretera, puede llegar a producir cincuenta o más víctimas entre los pasajeros, y que un accidente con velomotor puede ocasionar una o dos. Pero también es cierto que un velomotor puede ser la causa de que ocurra un grave accidente con un autobús, y, por lo tanto, de que se produzca una importante cantidad de víctimas. Ahora bien, de esos casos se habla poco, y no creo que sea porque no se produzcan.

Por otra parte tenemos las bicicletas, cuyos conductores no precisan acreditar conocimientos sobre circulación, ni cumplir requisito legal alguno, ni tan siquiera de una edad mínima, y que circulan por las carreteras creando, en muchísimas ocasiones, enorme riesgo físico para ellos y entorpeciendo la circulación de los vehículos más rápidos, que son la mayoría. Pero de eso, salvo que la víctima sea un ciclista conocido, tampoco se habla.

Y finalmente tenemos el estado de las vías de circulación, algunas de ellas llenas de auténticas trampas por una conservación irresponsable, otras con una construcción todavía más inconsciente, otras con evidente falta de señalización y otras con un exceso increíble. Y de ello son responsables las diferentes Administraciones.

Pues bien. A nadie le ha pasado por la cabeza prohibir la circulación, uso y tenencia de vehículos ¡y no lo permita Dios!. Hay muchos intereses en juego para unos pocos, pero muy poderosos: Administraciones, compañías petrolíferas, distribuidoras de combustibles, fabricantes de vehículos, etc.

Desgraciadamente, en el mundo de la caza eso no ocurre. Si a alguien se le ocurre prohibirla lo tenemos claro, aunque sea una de las actividades que menos accidentes produce por número de practicantes.

Todo menos invertir parte de la riqueza que produce la caza en darla a conocer en su auténtica dimensión, en concienciar sobre su necesidad y sobre el respeto que merecen quienes la practican. ¿Cuántas personas conocen el significado de las señalizaciones que delimitan un coto de caza?. ¿Cuántas conocen las épocas de veda sin ser cazadores?.

Además de unas Administraciones sordas a los requerimientos de los cazadores, y siempre dispuestas a incrementarnos las trabas para las prácticas cinegéticas, parece que los montes se llenen de analfabetos, aunque oficialmente ya no existan en nuestro país. Las señales cinegéticas no las conocen, y las placas indicando “Prohibido el paso”, “Propiedad privada”, etc., al parecer no saben leerlas. Si se cierran caminos con cadenas, barreras o cualquier otro medio, además de colocar los rótulos correspondientes, o las destruyen o las saltan. Igualmente, hacen pintadas sobre rocas y troncos de árboles, dejan latas, botes, plásticos y demás residuos no biodegradables en el monte, y consideremos que son personas que no van derribando puertas de casas ajenas para visitarlas, ni penetran por sus ventanas, aunque, por lo visto, el campo es otra cosa.

He llegado a pensar que la culpa es del color verde, que, casualmente, también solemos utilizar los cazadores en nuestra ropa. Por lo visto, es posible que los que pisamos sobre el verde en nuestra actividad en el campo, nos consideramos parte del mismo y somos respetuosos con el medio. Y los otros, como gran parte de los espectadores de fútbol que se juega sobre el también verde del césped, se tornan irrespetuosos y agresivos entre ellos, y especialmente contra los que están sobre el terreno verde, aunque, antes del partido y al día siguiente, puedan ser responsables ciudadanos.

Es curioso que, en los campos de fútbol, primeramente se cercó el terreno de juego, (césped verde), con una malla metálica para proteger a los jugadores de las barbaridades de algunos espectadores, y que, posteriormente, han retirado las cercas para que no se masacren contra ellas las masas de espectadores cuando estalla la violencia entre ellos, aunque facilite la invasión del terreno de juego y sea fácil agredir a los que allí se encuentran. Posiblemente por ello, el terreno de juego está custodiado por policías y perros preparados para combatir contra los violentos, o sea los que no están en el césped. Igualmente, la violencia estalla fuera del estadio tanto antes del comienzo de algunos partidos, como después de finalizar. Los muertos y heridos por causas relacionadas con el fútbol se cuentan por cientos. (Lo que, afortunadamente, no sucede con la caza).

Sin embargo, en los campos de golf no pasa lo mismo. Allí todos están sobre el verde. Los jugadores se distinguen por su atuendo y se mueven junto a los espectadores, que disfrutan, sufren y hasta conversan con ellos. El ambiente es agradablemente respetuoso, y no existen cercas ni policías antidisturbios.

Podríamos pensar que los “ecologetas” también pisan el campo, pero no se funden con la naturaleza a la que dicen defender. Cuando se convierten en grupos de acción, visten atuendos chillones, portan pancartas blancas y rojas, y van armando un escándalo de voces y pitos capaces de asustar a una manada de leones.

¡Que ocasión perdió Ortega y Gasset al no incluir un estudio sobre todo esto en su extraordinaria obra sobre la caza!. Y me refiero a su magistral prólogo para “Veinte años de caza mayor” del Conde de Yebes. ¿Se imaginan un capítulo titulado:“Influencia del color verde en el comportamientos de los humanos”?.

Si a los ciudadanos, desde la niñez, nos enseñan a circular por la ciudad y por las carreteras, si nos enseñan a llevar las prendas adecuadas en una piscina pública, a ducharnos antes de entrar al agua y al salir, a no usar gafas de buceo por el riesgo de una rotura de cristal en el agua y fuera de ella, a practicar toda una serie de normas de comportamiento social, etc. ¿Porqué no se enseña igualmente las señales y las normas de comportamiento en los espacios naturales, como la playa y el campo?

No se trata de que todos los niños y los adultos conozcan las señales y las normas de circulación de los trenes. Ni las marítimas ni las aéreas. Ya las conocerán si se dedican a ello. Pero, lo mismo que no se les permite andar por la vía de un tren, o por mitad de una carretera, y que se les enseña a pasar con el semáforo en verde y por los lugares adecuados, y a no atropellar los derechos de terceros, se podrían enseñar las señales y normas para moverse por espacios naturales. Por ejemplo: A conocer las boyas que, en las zonas costeras, separan los espacios para el baño de los de circulación de vehículos acuáticos, así como su significado y el riesgo que conlleva invadir la zona de los otros. Igualmente, a conocer las señales que delimitan los acotados cinegéticos y a ser conscientes de que los animales precisan tranquilidad, que no se puede circular con perros sueltos, que los perros de caza y las armas que se utilizan pueden producir daños graves, etc.

Creo que habría que meditar serenamente sobre todo esto, y realizar las campañas de formación necesaria con el fin de que todos conozcamos aquellas señales y normas que nos protegen y que evitan que lesionemos intereses legítimos de terceros, además de colaborar en la consecución de una mejor convivencia. Esperemos que, algún día, una mínima parte del dinero que los cazadores entregamos a las distintas instituciones se utilice en divulgación y planes de educación que eviten accidentes y situaciones como la sucedida aquella calurosa tarde.

 

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