El perro de sangre

El entrenamiento del perro de sangre… Desde el punto de vista del perro

Mi nombre es Nanuq. Soy un alano español de dos años y medio que, al igual que Troncha, mi tía abuela, estoy acreditado por AEPES de la mano de mi propietario y conductor, Abdón Cabeza de Vaca Molina. Así es como viví mi entrenamiento hasta el día de hoy.

Abdón Cabeza de Vaca Molina

24/07/2018 | 7065 lecturas

Ya desde cachorro, con dos meses, me mostraron una cosa para mí desconocida, una piel de jabalí, la cual me dejaban morder y jugar con ella, animándome y premiando esa actitud. Después, cuando más entretenido estaba con ella, me la quitaban. El motivo lo desconocía, pero al poco tiempo me llevaron a un jardín con césped y me enseñaron un olor que tenía grabado por la sensación de diversión que me había causado. Era el de ese juguete, así que decidí seguir ese aroma hasta llegar de nuevo a mi premio, que era la piel de jabalí. Y allí encontré otra vez caricias y palabras de ánimo.

Los incios

Con el tiempo, mi dueño fue viendo mis facultades para encontrar la piel y, desde entonces, nunca escatimó tiempo y dedicación hacia mí, llevándome a muchos sitios diferentes, ambientes nuevos y mucho campo donde había muchos olores. Todo eso me ayudó en los posteriores entrenamientos. También me dio enseñanza básica y sociabilización con la gente, animales y más perros. Eso me hacía cada vez ser más equilibrado y me daba más confianza en mí mismo, llegando un momento en el que nada me resultaba extraño, lo que me permitía centrarme en mi trabajo de rastreo.

A medida que cumplía meses y crecía físicamente, empezó a ponerme más dificultades, más metros en los rastros y más horas desde su trazado, a la vez que cada vez había menos olor a esa piel con la que jugaba y olía más a sangre. Enseguida comprendí que ese olor, junto con el de las pezuñas, es lo que tenía que buscar para encontrar mi juego preferido, la ansiada recompensa de esa piel.

La cosa se complica

Cuando ya me metí en el rastro rojo y pensé que todo era muy fácil, empezaron otras complicaciones: ángulos, caminos, ríos a atravesar, sitios casi sin sangre, distancia más larga, etc.… Pero lo que me hizo centrarme más y tener que usar mas mi nariz fueron las horas pasadas desde que Abdón había puesto el rastro. Entonces me di cuenta que tenía que bajar mi velocidad de rastreo y ser mas meticuloso y preciso, pues el olor era cada vez más sutil y difícil de seguir.

Recuerdo que evitábamos entrenar los días con mucho aire en zonas abiertas, y solíamos hacerlo en zonas con más vegetación. Sin embargo, la lluvia nunca nos asustó, al revés, yo lo agradecía.

Cuando ya me metí en el rastro rojo y pensé que todo era muy fácil, empezaron otras complicaciones: ángulos, caminos, ríos a atravesar, sitios casi sin sangre, distancia más larga

Otra cosa que hacemos juntos es investigar muy bien el lugar donde el animal ha recibido el impacto de la bala, y yo me esmero en aprender bien ese olor específico, que será el que me lleve al final. Abdón me ha dicho que es fundamental ignorar el resto de olores, aunque sean más fuertes y a mí me apetezca más perseguirlos.

También en mi memoria está ese collar que me pone siempre para desempeñar los rastreos. Un collar ancho y cómodo, con quita vueltas, y nunca me lo aprieta, pues si me quedo enganchado se me saldrá fácilmente. Eso va unido a una cuerda larga, creo que le llaman traílla, que es la que me une con el jefe en los inicios hasta que llegamos a zonas en las que me tiene que soltar porque se engancha. Sé que no me debo alejar, y aun así llevo una cencerrea para que me oiga. Sus gestos, la actitud, el ambiente, sus palabras ya me indican que toca faena, y eso me hace feliz.

Cuando Abdón consideró que ya tenía un nivel de rastreo alto, empecé a trabajar casi todos los días. Le escuché decir que tenía que pasar una prueba importante y por eso quedaba con un amigo suyo para valorar y grabar en video mi rastreo, cada vez más complicado: 1.000 metros y 24 horas de antigüedad.

Es cierto que nunca me aburrió esa rutina. Él nunca lo permite, y en esos casos me da días de relax para desconectar, con paseos por el campo, cazando o simplemente disfrutando de un día bueno tumbado al sol.

Con todo este trabajo conjunto, mi conductor empezó a conocer e interpretar mis gestos (la posición de la cola, cómo muevo la cabeza, mis giros, mi forma de andar) que es la manera que tengo de comunicarle cómo va la cosa, si me despisto, si estoy en el rastro etc.… Es entonces cuando se nota el tiempo que nos dedicamos uno al otro.

Ahora estoy aprendiendo a llamar a parado, o sea, a ladrar cuando encuentro al animal herido o muerto

Él siempre me habla con voz de ánimo, suave y con las mismas palabras, siempre muy agradables, pero no todo es bonito, alguna voz más seria como un «NO» enérgico, acompañado de una corrección seca de la traílla, me informa que voy mal y fuera del rastro de entrenamiento. Aunque esto lo hace cuando pasa un tiempo prudencial y yo ya no soy capaz de resolver ese escollo por mí mismo. Esto me enseña a tener recursos y no estar pendiente de mi conductor, pues hay veces que no sabes por dónde va el rastro real y de esta manera él puede ponerme de nuevo en la pista buena, pero he de ser yo quien se lo pida, ya que siempre me dice que soy sus ojos cuando él no ve indicios en el monte. Eso realmente me gusta y me motiva, pues demuestra que confía en mi.

Con el tiempo he demostrado que no soy nada malo, obteniendo muchos resultados positivos. Otras veces no se logró el éxito, pero siempre ponemos lo mejor de nosotros, tanto mi conductor como yo, y nos ayudamos mutuamente, confiamos tanto él en mí como yo en él.

Ahora estoy aprendiendo a llamar a parado, o sea, a ladrar cuando encuentro al animal herido o muerto. Esto es más difícil para mí, pero se lo veo hacer a Troncha, mi tía abuela, y, aunque complicado, creo que voy poco a poco mejorando, ya que cada vez que llego a mi querida piel, me la sube hasta un punto que no llego y me retiene con la traílla, así que, de pura ansia, al no llegar, termino por ladrar. Y es justo en ese momento cuando me la ofrece un poco y la alcanzo mas fácilmente. Y así repetimos varias veces ese día. Me he dado cuenta que es lo que tengo que hacer y estoy muy contento, ya que en el último rastreo localicé un jabalí y llamé por primera vez a parado, pues estaba vivo.

Me cuidan muy bien

En el tema sanitario y de alimentación, el que se preocupa es mi propietario, proporcionándome siempre lo mejor y teniéndome en perfecta forma física, pues nos toca trabajar a los dos muchas veces en condiciones difíciles y largas distancias. Pero esto es lo normal, ya que mis compañeros, Troncha y Preto, salen conmigo y comemos juntos por la noche.

La seguridad, lo primero

Mi conductor antepone siempre mi integridad a cobrar el animal, ya lo ha hecho en algunas ocasiones. En este tema él no escatima nada y siempre que vamos a por jabalís llevo mi chaleco de protección, el cual me ha evitado ya algún disgusto y, aunque es incómodo, poco a poco uno se va acostumbrando, hasta el punto de que al ponerlo en el suelo meto las manos para que me lo abrochen, pues es parte de mi equipo de trabajo. La seguridad es siempre prioritaria. Abdón usa ropa de alta visibilidad, guantes, perneras y pantalones anti corte, por si acaso, porta en su hombro un arma de remate y en su cinturón, un cuchillo.

No son las razas, sino los individuos los que llegamos a ser grandes perros de rastro de sangre

Tan solo me queda agradecer a Abdón que me diese esta oportunidad de demostrar que no son las razas las que hacen grandes rastreadores, sino que somos los individuos, con mejor o peor pedigrí, e incluso sin él, los que llegamos, tras un gran trabajo de entrenamiento y paciencia, a ser grandes perros de rastro de sangre.

No es la raza, es el individuo y el trabajo

En mi caso y el de Troncha queda patente esto, no somos sabuesos de Baviera, ni teckels, ni bracos, ni perros en principio con más facilidad para poder rastrear. Es la selección que realizan los humanos buscando perros adecuados para luego, tras un duro entrenamiento, poder tener más opciones en este difícil trabajo. En mi caso, vengo de una línea de perros de trabajo, en la cual destacan varios rastreadores, a pesar de ser también buenos perros de agarre, función que además desempeñamos sin dudar. Mi bisabuelo Brujo, mi tía abuela Troncha, mi padre y alguno más ya tenían esa afición.

Nanuq
Alano español acreditado por AEPES

 

Sesiones de entrenamiento del perro de sangre

A continuación, vamos a asistir a dos sesiones de entrenamiento del autor de este texto, Abdón Cabeza de Vaca Molina, delegado territorial AEPES en Extremadura, con Rufo y con Cross, dos sabuesos de Babiera. En estos interesantes documentos, Abdón explica las evoluciones de los perros durante los rastreos. Una verdadera joya para el aficionado a la caza con perros y más aún para los que disfrutan del trabajo de los perros de rastro.

Abdón Cabeza de Vaca Molina

Delegado territorial AEPES en Extremadura

 

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Este artículo pertenece a la serie:

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Caza noble, digna y respetuosa con la pieza abatida

Esta serie especial sobre el perro de sangre está compuesta por siete artículos que iremos publicando a lo largo de los próximos 7 días. Entre ellos, la Asociación Española del Perro de Sangre (AEPES) realiza un repaso a su labor, de dónde vienen y hacia dónde se dirigen. También se puede leer un interesantísimo texto que aborda el entrenamiento del perro de sangre contado por el mismo perro, no tiene desperdicio. Sigue el Programa Reservas de AEPES, otorgando la relevancia que ostenta el perro de rastro en los recechos de las reservas nacionales de caza, y se termina con las distintas iniciativas de la asociación para la formación en el seguimiento del rastro de sangre.

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