Cariño y valoración del perro del cazador

Uno de los periodos de mayor reconocimiento fue durante La Mesta.
José Luis Garrido

José Luis Garrido

25/12/2017 | 15213 lecturas

Hasta finales de noviembre el campo ha estado arrebatado con esos colores pardos y marrones de tierra baldía que ha impuesto la meteorología en uno de los años más cálidos y secos de la historia climática datada. El verde de la otoñada está ausente y las especies diezmadas, a pesar de la pausa que hemos impuesto a la caza. Yo, que tengo a Zipi, con cinco meses y mucha ilusión tras tres años sin perro, estoy frustrado porque le prometí el paraíso y la paseo jueves y domingo por el infierno africano en que se han convertido las tierras de labor y caza.

José A. Pérez Garrido, reconocido cazador e investigador en Perdiz Roja, y su padre, felices con sus perros y su percha.

Últimamente, a cuenta de Zipi, estoy hablando de nuevo sobre los perros con muchos cazadores y criadores, cuando ya se me han olvidado tantas cosas como enseñaron en aquellos cursos de la Escuela Española de Caza dos virtuosos, Amando y Ricardo, que dieron recitales durante aquellos nueve años gloriosos de enseñanza a tantos alumnos que asistían para relacionarse y entender mejor a su perro o para obtener su acreditación de instructores y seguir la rueda de la enseñanza, que ahora se mantiene viva en otros muchos centros de formación canina.

Estoy volviendo a revivir situaciones que me hacen ver lo mucho que quieren a su perro los cazadores y sus familias. Estas cosas del cariño por el perro nos las contamos entre nosotros, que nos conocemos muy bien, pero de puertas afuera no nos entiende nadie en esta sociedad tan inducida. Alguien que mata animales. ¿Cómo puede querer a un animal? La imagen que quieren dar de los cazadores los animalistas perversos —y de hecho lo consiguen—, es la de gentes que nos deshacemos del perro en cuanto no está facultado, por un viejo baldón que avivan diariamente de que los galgos solamente se mantienen vivos y activos los tres o cuatro años de plenitud de facultades. Después: la guillotina. Pero no es cierto.

Voy a poner un ejemplo haciendo un muestreo, para mí evidente, dentro de mi cuadrilla de caza, compuesta de cinco cazadores de menor. Podría igualmente hacer encuestas con grupos de galgueros y rehaleros, saldrían resultados también positivos, aunque los datos serían para mí menos evidentes, porque no me muevo entre estos colectivos más especialistas. Se podría hacer idéntica estadística en otros colectivos mayores, el más contundente y ajustado sería una encuesta por clubs, pero esto lo podrían hacer las entidades que coordinan los colectivos sociales de la caza. A partir de entonces podríamos bombardear los medios con los datos que se obtengan para acabar con la muletilla animalista perversa que se acoge a la frase apuntada por el propagandista nazi Joseph Goebbels: «una mentira que se repite mil veces se convierte en verdad».

ZIPI, en su primer contacto cinegético.

Hay algunos animalistas que quieren mucho a su perro, conocen a cazadores que tratan muy bien al can y reconocen nuestro cariño al fiel compañero, pero son las excepciones. De la misma manera que aparecen noticias de personas con perfil de buen animalista que dejan morir de hambre a los perros que recogen y con los que negocian, hay algún cazador bestia que avergüenza al gremio. Contra estos bárbaros, tengan el perfil que tengan, todos decimos como Lord Byron: «cuanto más conozco a algunos hombres, más quiero a mi perro». Pero quiero poner ejemplos de cazadores y perros a los que conozco.

Os doy datos concretos de mis compañeros de cuadrilla e íntimos amigos. Cada uno de mis amigos de caza va con un perro o dos a los que conozco desde hace años, alguno sin las mejores virtudes perrunas, pero al que no cambian por nada, porque en la cinegética el cazador y el perro han hilvanado una relación única que supera en muchas ocasiones el afecto entre humanos; se quieren de verdad y para siempre.

Hay entre esta cuadrilla tres perros más viejos aún y muy conocidos míos desde cachorros, que ya no vienen al campo, y pregunto por ellos: Neil (16 años) está con cataratas y sordo perdido, solo come y duerme y no quiere ya salir; Zar (15 años) está ciego, pero se mueve perfectamente por la casa si no cambia algo en el paisaje, como una silla fuera de su sitio, lo que supone un golpe inesperado, y Dama (12 años) está en el huerto, lleva coja 4 años y ya no puede andar por el campo. Luna (7 años), nació con un dedo de la pata torcido y viene de caza con malos andares, pero seguirá viniendo mientras viva y pueda, porque su dueño no la cambia por nadie.

Yo voy este año con la ilusión de un principiante con mi nueva Zipi ─de la Prohida, la familia es importante─ y vuelvo a casa con la carga del fracaso que supone la mala temporada, a la que se asocia cada día mi falta de puntería, que todo hay que decirlo. Pero no puedo comparar mi situación con la de estos amigos que he mencionado. A Oscar, Juan, Carlos y David, ¿les va a enseñar alguien a querer a sus perros? Le van a contar a José Antonio el afecto perruno, que siempre se le ve emocionado con su padre y sus perros, o a Leonardo, que da voz al can con su Palabra de perro (A TENAZON, Radio-Marca), como Antonio Gala monologaba con el pensamiento de Troilo, o como un San Francisco de Asís que hablaba con las bestias. Y así, cientos de miles.

Mía haciendo prácticas para grabar ‘Palabra de perro’.

Con lo anterior no quiero decir que el 80% de los cazadores hagan lo mismo, porque no todos podemos llevar el perro a casa, o pagar una perrera, aunque es evidente que los cazadores quieren a su compañero, pero en un momento doloroso deben acabar su relación. Y les queremos bastante más que esos otros de la nueva corriente animalista, que fustigan a la sociedad pidiendo para las mascotas condiciones de confort que no gozan sus familiares y vecinos de piso. Estos animalistas, a la vez humanizan a esas pequeñas bestias con una injerencia impropia de un ser en otro.

El mejor trato hacia un perro es el que le da un cazador, manteniendo sus condiciones naturales. Todos los cazadores hacemos un contrato afectivo con el perro, porque ayuda a nuestra pasión cinegética y todos los perros hacen un contrato de fidelidad con su dueño porque les ofrecemos lo que más les gusta: cariño y posibilidades de cazar. Es perverso lo que hacen algunos animalistas quitándole su condición de cánido y borrándole sus características, convirtiéndole en un animalillo desnaturalizado al que su dueño ha eliminado todos los instintos. Esto es especismo: «Una desconsideración moral que sufren los animales no humanos en comparación con los humanos», según definís vosotros, pero que aplicáis de manera pura y fina, cuando troqueláis la personalidad y las condiciones biológicas de vuestra mascota.

El instinto y las facultades naturales del perro se manifiestan perfectamente en cualquier jornada de caza. La memoria olfativa dura al perro toda su vida activa y en su faceta cinegética recuerda todos los olores del campo y sus animales vecinos, por eso busca al dueño con gran alegría cuando huele movimiento de ropa o aperos de caza el día anterior a una cacería o sigue su rastro cuando se ha perdido entre retamas y carrascas y te encuentra. Por esta virtud olfativa del buen amigo del hombre es muy verosímil la historia de Argós, que reconoció vestido de mendigo a su dueño Ulises, Rey de Itaca, cuando regresó a esa ciudad veinte años después y le olió. Argos murió de emoción tras ver a Ulises, según contaba Homero hace 2.800 años en La Ilíada.

El mastín durante La Mesta

Durante el periodo 1273-1836, el conocido como Honrado Concejo de la Mesta creado por Alfonso X, el Sabio, para organizar a los ganaderos de León y Castilla, el perro Mastín, como elemento esencial en aquellos tiempos para defender al rebaño, dispuso de unos privilegios excepcionales que le fueron dados por ley, porque es el único animal domesticado capaz de hacer frente al lobo. El canis lupus familiaris, un perro doméstico que se asoció con el hombre hace unos 15.000 años, le sirvió para combatir al canis lupus ferus, del que procedía. El perro nunca ha estado más dignificado que en aquella primera época del Paleolítico Superior cuando era imprescindible para ayudar al hombre primitivo a empujar la caza al despeñadero tras manejar el fuego. El perro (el lobo) se asoció con aquel homínido primitivo porque el humano le ofrecía lo que más le complacía: caza, comida y calor. Un momento de los de mayor felicidad para un perro es cuando place tumbado a la vera de una hoguera o la calefacción.

Otro momento especial de reconocimiento del perro por el hombre fue a partir del siglo XIII con la creación de La Mesta. En esa época se ensalzó a un perro seleccionado por sus virtudes, el Mastín, que tenía privilegios especiales, porque sus funciones de ayuda y guarda para el ganadero no se conseguían con otro can. Los mastines son perros tranquilos (molosos) que tienen el cometido de defender propiedades y personas, pero no sirven para carear y dirigir al rebaño. Un perro de pastor o careador nunca es amigo de las ovejas, pues para dirigirlas debe responder a sus impulsos de perro cazador, aunque reprimidos y orientados a través del adiestramiento. El mastín que mejor defiende el rebaño es el que nace y crece troquelado entre las ovejas de las que toma la impronta. Es socialmente una oveja más del rebaño. Cuando alguien externo las acosa, el mastín se siente agredido y sale triunfante porque tiene muchas facultades especiales, tal como: su gran poderío físico y concepción dominante y territorial, visión durante la oscuridad y entre otras virtudes un repliegue en el cuello que impide ser agañotado por el lobo como una oveja y menos aún si lleva carlanca. Durante la trashumancia los mastines se colocaban estratégicamente para dormir alrededor del aprisco o redil rodeados por resalte natural y telera o red, y el perro dominante se colocaba en una zona prominente con el aire a la cara para detectar al lobo en la noche; antes de que se produjera el ataque, el mastín ya daba señales al pastor y al resto de perros.

Mastines en la montaña leonesa, en zona lobera, custodiando vacas de carne en extensivo.

Los mastines cuidaban todos los animales que formaban la cabaña dirigida por un mayoral: ovejas, caballos, vacas y cerdos, además de la impedimenta y hatos propios de la trashumancia. Las normas de La Mesta eran contundentes. Un pastor era quien tenía a su cargo cada rebaño de mil ovejas, ayudado por cuatro zagales y cinco mastines cuyas funciones no podían ser sustituidas por el pastor. Cada mastín tenía la misma comida asignada que el pastor. Cualquier daño a un mastín se multaba con una pena de más de cinco ovejas. La sustracción estaba penada con una fuerte sanción. La posesión de un mastín extraviado era ilegal si no se disponía de la autorización de La Mesta en su reunión anual. Todos estos privilegios del mastín se consideraban así por ley, dadas las virtudes de este perro cuidando los rebaños para hacer posible una actividad básica y determinante para la economía rural y más aun de las ciudades en aquella época, cuando eran tan importantes los tejidos de lana de oveja, especialmente la más apreciada, la merina, a partir de mediados del siglo XV.

Publicado FEDERCAZA, diciembre 2017em>

José Luis Garrido
Presidente honorífico Federación de Caza Castilla y León
Director honorífico de la Escuela Española de Caza
Ex Director general de la fundación FEDENCA-RFEC

José Luis Garrido: Modalidades y Métodos de Caza (2ª Ed. Junio-2015) Edita: Federación de Caza de Castilla y León. (www.fedecazacyl.es, correo electrónico autonomica@fedecazacyl.es)

 

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