Celo y algo más

Hasta bien poco, el sabor de la caza mayor en verano era de único plato. Cuántas noches llenaba el jabalí las ilusiones de tantos aficionados y calmaba el desasosiego producido por el obligado parón entre ambas temporadas de la mayor: una, la noche de la ronda o el aguardo, y otras mil con la ilusión de su llegada. Ahora el corzo es parte de esa espera entre ambas temporadas.

Patricio Mateos-Quesada

20/08/2007 | 9402 lecturas

Hasta bien poco, el sabor de la caza mayor en verano era de único plato. Cuántas noches llenaba el jabalí las ilusiones de tantos aficionados y calmaba el desasosiego producido por el obligado parón entre ambas temporadas de la mayor: una, la noche de la ronda o el aguardo, y otras mil con la ilusión de su llegada. Ahora el corzo es parte de esa espera entre ambas temporadas.

La terminación del celo podemos situarla a finales de agosto, salvo para las poblaciones centrales

Es más, podríamos afirmar que el corzo representa para muchos cazadores lo que la misma temporada de mayor. ¿Diez años? Poco más es el tiempo desde que el corzo forma parte de la parrilla de caza en la Península. De ahí hacia atrás era sólo considerado por una escasa fracción de cazadores. La demanda de corzo es cada día mayor, tanto de caza como de conocimientos. Conocimiento como tal o para la aplicación a la gestión. Veamos en qué momento está en el contexto peninsular en agosto.

No sólo agosto es celo


Durante el celo los machos están siempre atentos y, a diferencia de otras épocas del año, presentan una actividad diurna muy intensa.

El celo sería ese momento. Para la especie representa acertar las hembras en la elección de un macho y el instante por el que un macho ha luchado, establecido territorios y, por qué no, el motivo por el que ha sobrevivido hasta ahora. Para él es la única época del año en que puede asegurar la transmisión de sus genes a la siguiente generación, oportunidad que —a diferencia de las hembras— no está garantizada.

Sin embargo, ese celo no llega por igual a todo el solar ibérico, a pesar de que no existen lugares donde no esté descrito en agosto. Estudios en montañas cantábricas y gaditanas coinciden en situar el celo centrado sobre este mes. Pero en montes extremeños es distinto: se localiza de mediados de junio a mediados de septiembre, con un pico de mayor actividad en julio. Cierto es que en agosto el celo se ve incrementado de alguna forma por los machos nacidos el año anterior y que, con catorce meses, entran en celo por primera vez. Aunque tienen pocas opciones de cubrir hembras en poblaciones consolidadas, sí podrían ser importantes en los márgenes de las poblaciones o en nuevas áreas colonizadas por el corzo.

Estrategia reproductora de la especie

No podemos hablar de que cada macho tenga una hembra, ni tampoco que pueda acaparar un número muy por encima de los demás. A lo largo del año, existen uniones constantes de un macho con un mismo grupo familiar y podríamos decir que ambos adultos se encuentran de alguna manera vinculados. Sin embargo, la sex-ratio es favorable para las hembras y, al final de la temporada, todas las corzas estarán cubiertas.

Podemos argumentar que cada macho forma parte de un grupo con una hembra adulta, pero en el celo, después de cubrir a ésta, deambula en busca de otras que pudieran aceptarle como reproductor. Y es la razón por la que tan pocos grupos formados por machos y hembras se ven en este mes. Un macho tiene un contacto eventual con una hembra y, tras cubrirla, busca otras receptoras de su carga genética. Es lo que se ha llamado monogamia, con tendencia a la poligamia.

Buena parte de las hembras están con sus recentales —las que han estado en condiciones de gestar y las que no han perdido a sus crías en los primeros momentos de vida—. Durante las horas que el protocolo del celo se lleva a cabo, las hembras abandonan a sus crías para unirse con el macho en el frenesí del celo. Las crías en estos momentos tienen en torno a cuatro o cinco meses, por lo que son perfectamente válidas por sí mismas; en todo caso, de nuevo se verán protegidas por la presencia de la madre en cuanto ésta finalice su estado de gravidez.


Como en el resto de los cérvidos, los machos de corzo luchan por mantener a sus competidores lejos de sus hembras.

Más actividad para menor visibilidad

Esta intensa actividad podría traducirse como un momento en donde los machos deberían ser bien localizados. Sin embargo, es el instante del año en que con mayor dificultad se les localiza, a pesar de la intensa actividad que desarrollan a lo largo de casi todo el día. Durante las horas de luz tendrán cinco picos de actividad: al alba, al ocaso, al mediodía y dos entre el mediodía y los dos anteriores. Es decir, que , a diferencia de otras épocas del año, desarrollan una actividad febril durante todas las horas de luz. Parece que en una especie donde no interesa la formación de grupos como estrategia antipredadora, se subsana este inconveniente en el celo mediante idas y venidas, en las que unos y otros se ponen en contacto de manera puntual. Pero idas y venidas con la capacidad de percepción al máximo, quizá la mayor de ninguna otra época. No olvidemos que, más en estos momentos, cada macho debe mantener su territorio a salvo de intrusos y ser capaz de descubrir la presencia de hembras.

Con esta actividad, los posibles predadores serán vistos con mayor prontitud que en ningún otro momento, a diferencia, por ejemplo, de lo que sucede con el ciervo. En efecto, la labor del ciervo en los harenes es la de atender a las hembras y no consentir la entrada de otros machos en su entorno de influencia; más allá de este entorno, casi podríamos decir que los ciervos son ciegos y la labor de vigilancia recae sobre las hembras. El corzo en celo anda, patrulla su territorio de manera incansable, y trata de localizar e identificar todo movimiento en un estado de alerta constante: hembras, otros machos o predadores.

Comienzo y final discreto

La terminación del celo podemos situarla a finales del mes de agosto, salvo para las poblaciones centrales que, como dijimos, se prolonga hasta mediados de septiembre. Para los machos es el final de la temporada y culminará con el desmogue de la cuerna en octubre, los más tempraneros. La tranquilidad parece que volverá a sus cuerpos y una aparente tregua se extiende por los territorios: esto implica que serán más conspicuos para aquéllos que quieran detectar su presencia o establecer en este momento el período de caza.

Para las corzas es un continuar. Su temporada comenzó en abril-mayo con la paridera y, tras este breve paréntesis en el que han sembrado la semilla de lo que será un nuevo arranque, el retorno junto a sus crías las devuelve a la cotidianeidad del día a día, incluso con la presencia habitual de un macho.


En agosto es difícil ver a grupos de machos y hembras, pues éstos tras cubrir a una corza buscan a otras hembras receptivas.

¿Cazar en agosto?

Es esta la época escogida por algunas administraciones para la caza del corzo, a pesar incluso de que algunas de ellas se contradicen con leyes que prohíben cazar en el período reproductor. En todo caso, la ética que debe acompañar a la caza y al cazador salvaguarda este período de esta actividad, y las razones biológicas apoyan y dan argumento a esta máxima venatoria.

Un momento excelente en donde ningún ciclo de la especie se ve afectado por la caza, se encuentra precisamente en el final del período de celo. Existe al menos un mes desde el final del celo y los primeros desmogues, un mes que podría ser aprovechado para llevar a término esta actividad. En septiembre, tampoco se trastoca ningún momento especialmente sensible en hembras ni crías, ni ha comenzado la temporada de caza mayor, por lo que este período podría ser considerado como óptimo.

Patricio Mateos-Quesada

Biólogo. Grupo Corzo de la RFEC

 

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