La Caza

Diego

 

Amanecía en la sabana, mi amigo descorrió la cremallera de su tienda y salió al exterior, el sol africano bañaba de fuego la interminable llanura, cerró los ojos, la imagen del gran búfalo desplomándose a escasos metros de sus pies, abatido por el certero disparo de Nik, el profesional, se repetía una y otra vez en su cabeza, todavía sentía el temblor en sus piernas, se habría percatado aquel alto y rubio cazador de que el intenso terror le había atenazado los músculos, impidiéndole disparar sobre el animal herido, recordó su sonrisa y el breve movimiento de cabeza a izquierda y derecha y comprendió que sí.

Era su primer búfalo, se dijo, justificándose y ante la humeante taza de café se abandono a sus pensamientos…. ¿qué era la caza?, ¿qué tremendo impulso le obligaba a abandonar su casa para vivir aventuras tan inciertas? Se dice que la caza es tan antigua como el hombre, pero en realidad lo es mucho más, pues desde que en un momento de la evolución de la vida, unos seres "decidieron" alimentarse de otros, se hizo necesario ejercitar lo que llamamos la caza.

Los depredadores o cazadores deben capturar antes a la presa para poder alimentarse de ella y en ello consiste la caza precisamente, una actividad aparentemente sencilla unida a un fin determinante de la supervivencia de las especies y que al mismo tiempo contribuye a la selección natural, al ser los ejemplares viejos o enfermos lo que mas fácilmente son objeto de caza.

Pero he aquí que el hombre, inicialmente casi exclusivamente vegetariano, irrumpe en este grupo y cada vez mas, incluye en su dieta las proteínas provenientes de otros animales que, como decíamos, antes tiene que capturar. El hombre, animal gregario por naturaleza, organizado en tribus más o menos numerosas, va desarrollando técnicas de caza colectivas que le proporcionan un nada despreciable porcentaje de éxito en esta actividad pasando rápidamente a competir con otros depredadores; utilizando su incipiente inteligencia suple la falta de adaptación natural para la caza. En efecto el animal humano es débil y torpe además de demasiado lento para perseguir abiertamente a las presas, pero en cambio su inteligencia le lleva a utilizar toda suerte de tretas y trampas, así como inventar instrumentos que le permiten cazar desde una relativa distancia y sin tener que utilizar sus manos y dientes, así surgieron los cuchillos, lanzas, arcos y flechas; precursores de las armas de fuego actuales.

Muy pronto la caza es, para el hombre primitivo, algo mas que una forma de conseguir alimento y este es el error de las organizaciones y colectivos que desprecian la caza, pues la caza nunca ha sido una mera forma de conseguir presas, sino que se apodera del ser que la practica imprimiéndole carácter, de manera que, antes de ser tal o cual especie animal, se es depredador o presa.

De tal forma se apodera la caza de nuestros antepasados, que la vida de la tribu gira en torno a ella. Antes de las expediciones de caza se convoca a los dioses y a los espíritus para que sean propicios, después se agradecen los buenos resultados obtenidos celebrándose fiestas y sacrificios, se plasman en las paredes de las cuevas las escenas de la cacería, quizá con fines religiosos o conmemorativos, el jefe de la tribu lo es por ser el cazador mas hábil y fuerte y a él se le reserva honor de dar el golpe definitivo que acabará con la vida de la presa, de la misma forma que es la vieja leona la que dirige la partida de caza y con una bravura y destreza sin límites se abalanza sobre la garganta del gran búfalo macho, con grave riesgo de su vida. El cazador humano de la misma forma que el cazador felino, siente la necesidad de intentar abatir piezas cada vez mas grandes y difíciles y si lo hace así no es por conseguir una mayor cantidad de carne, sino para poner a prueba su fuerza y valor y consolidar su estatus dentro del clan. Se lucha de forma sangrienta con otras tribus por los territorios de caza y algunos pueblos creen firmemente que las cualidades de la presa quedan incorporadas al cazador que la abate y consume. Los trofeos adornan el cuerpo del gran cazador que es temido y respetado por el resto de la tribu.

En la sociedad actual todo lo que he descrito carece aparentemente de sentido, el cazador no tiene ni que acercarse a la pieza para abatirla de un disparo mas o menos certero, la aparición de la ganadería y la agricultura, robaron a la caza la finalidad primaria que la justificaba, ya no tiene connotaciones religiosas y ser cazador no despierta precisamente simpatías en los círculos sociales. ¿Donde está entonces la razón de que varios millones de hombres civilizados en el mundo, sienta la necesidad de seguir cazando? Pues sencillamente en que dentro del ser humano se sigue manifestando el instinto que desarrollaron nuestros antepasados a través de tantos siglos, las formas han cambiado, evidentemente, pero los sentimientos son los mismos y de la misma manera que el gatito doméstico, teniendo el sustento garantizado, no pierde su instinto de perseguir la presa, aunque esta se haya transformado en un ovillo de hilo, el hombre actual fiel a su condición de cazador persigue y da muerte a las especies "presas" que han adquirido esta condición por imperativo legal y respeta las que, por la misma causa no lo son.

Se le acusa al cazador de ser un asesino que ha ocasionado incluso las desaparición de especies enteras, nada mas lejos de la realidad, pues son precisamente las especies denominadas cinegéticas las mas abundantes y al proteger éstas se han protegido también, tal vez no intencionadamente, las no cinegéticas y los recursos económicos han revertido en el cuidado del medio ambiente.

Las organizaciones ecologistas cometen el error de, además de aplicar criterios éticos y morales "humanos" a la vida natural, percibir el planeta como una fotografía, inmóvil y al que hay que conservar en su estado actual, sin embargo el planeta se encuentra en constante evolución, muchas especies han desaparecido (dinosaurios por ejemplo), sin que los cazadores tengan nada que ver, y otras muchas desaparecerán, incluso quizá la nuestra y surgirán otras nuevas; infinidad de cambios climáticos producirán grandes daños a la vida, desaparecerán continentes y aparecerán otros, a periodos de lluvias torrenciales seguirán sequías pertinaces, y el planeta tierra seguirá existiendo o tal vez sucumbirá con el impacto atroz de un gran asteroide, quien sabe, mientras tanto, depredadores y presas seguirán representando el eterno drama de la vida y de la muerte: LA CAZA.

 

DIEGO DE LA MANCHA

 

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