Caza y conservación

Las dos últimas décadas del siglo XX han supuesto en los países más industrializados del planeta una etapa en la que la conciencia de la conservación de la Naturaleza se ha impuesto como una de las prioridades futuras, al menos en las tribunas y compromisos ambientales, en el modelo de crecimiento y desarrollo de aquellos.

Julen Rekondo

Julen Rekondo
Químico, periodista especializado en temas ambientales, Premio Nacional de Medio Ambiente 1998 y asesor de la ONC

30/03/2016

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Pero es precisamente en estos países donde la riqueza generada ha despreciado habitualmente el respeto al marco natural, a su conservación, habiendo sido ya muchas las consecuencias que este maltrato ha generado en cuanto a la degradación de la calidad de vida, y lo que es más preocupante, en cuanto a suponer un riesgo real, e inmediato ya en algunos casos, para poder seguir viviendo bajo los miopes condicionantes económicos que en tantos aspectos sustentan, solo a corto plazo, un desarrollo digno.

Quizá la actividad más importante entroncada en la naturaleza, a tenor de la entidad numérica, social, económica, legal… que moviliza, es la caza

Quizá sea pecar de euforia o de ingenuidad si asignamos de forma general a la sociedad esa nueva conciencia ambiental, ya que es verdad que queda lejos aun el momento en que todos y cada uno de los pilares que edifican el desarrollo urbano y rural estén presididos por el exitoso término de la sostenibilidad. Pero no solo por querer ser optimistas sino por mera confianza en la inteligencia del ser humano, podemos afirmar que la base para aplicar los fundamentos del desarrollo sostenible está, en estos países —los que por otra parte más responsabilidad tienen en ello ante los impactos ocasionados y en virtud de su estatus económico— cuajando progresivamente, al menos con mucha más fuerza y rapidez que lo hiciera hace diez o quince años.

Las inercias y reivindicaciones en estas geografías más ricas, para que las horas de vida laboral vayan irreversiblemente decreciendo en favor de las dedicadas al ocio y a las relaciones humanas en el sentido más amplio del término, van a seguir consolidando un hecho ya muy contrastado en los últimos años: el que los ciudadanos encuentren en el medio natural uno de los mayores atractivos para su reposo, serenidad y disfrute.

Los cazadores deberían pensar que la caza es una actividad que se entronca con el aprovechamiento racional de los recursos naturales

Bajo estas dos premisas indicadas y que podríamos simplificar en dos términos, conservación y ocio, hay actividades entroncadas desde siempre en la Naturaleza que tienen que demostrar, más que nunca en estos inicios del siglo XXI, que son acordes con esa nueva conciencia ambiental. Sin duda, una de estas actividades, quizá la más importante a tenor de la entidad numérica, social, económica, legal… que moviliza, es la caza.

La caza aprovecha una parcela de los recursos naturales y como tal está obligada legal y moralmente a practicarse bajo el denominador de la planificación, de una gestión que implique, antes que nada, la conservación de ese recurso y del hábitat del y en el que vive. La caza es, en estos países a los que venimos refiriéndonos, una actividad lúdica, muy alejada ya de lo que significó antaño como fuente alimenticia, motivo que le diera su origen hace miles de años y que ha supuesto, incluso hasta bien entrado el siglo XX, una parte importante del objetivo de la caza contemporánea en algunas latitudes de Europa occidental.

Actualmente, la práctica venatoria se ve enmarcada por argumentos muy diversos: sociales, económicos, ecológicos, recreativos… y no todos son ni mucho menos comprendidos en una sociedad que concluye a menudo que una actividad donde la muerte del animal es el final del lance, no puede por menos ser repudiada. Deberemos estar de acuerdo en que este diagnostico suele ser muy romo, y que responde más a una gran deficiencia de información e incluso de formación que a otra cosa, pero no es menos cierto que este rechazo que la caza suscita en ciertos sectores de la sociedad debe ser encauzado en cierta forma como lupa hacia la propia actividad.

El cazador del siglo XXI no tiene por qué cazar con sentido de culpabilidad

La mayor parte de los cazadores pensarán, al menos debieran hacerlo, que la caza, gestionada con criterios sostenibles, es una actividad que se entronca con el aprovechamiento racional de los recursos naturales, y que incluso puede promover la conservación de lo aprovechado y de su entorno. Dentro de estos últimos, los hay que, acertadamente, creen que esas frases son huecas o se vacían si no van mas allá de un mero ejercicio oral. Entre los no partidarios de la caza, hay quienes no se amoldarán a una sola explicación de las que intentan argumentar el por qué se puede cazar y en que condiciones, y no lo harán por el mero hecho de que es el propio lance cinegético lo que rechazan; esta posición se puede incluso entender, otra cosa es si sus defensores militan en la reprobable agresividad e intolerancia que algunos exteriorizan ante los cazadores. Y es aquí donde abunda la miopía en muchas acusaciones hacia lo venatorio y donde estas pecan de inercia por lo vulnerable que la actividad tiene (recordemos por ejemplo al respecto los mensajes anti-caza directos o subliminales que tan frecuentemente se arrojan desde televisión, cine, escuelas…).

El cazador del siglo XXI no tiene por qué cazar con sentido de culpabilidad, la que muchos detractores de la caza quieren adjudicarle, pero no por ello el esfuerzo en explicar o justificar esta actividad debe ser traducido como un peaje, como una forma de asumir pecado alguno, y si más bien como una manera de explicar con hechos el compromiso del gremio por una caza moderna, por una caza donde es solo el conocimiento de las especies y sus hábitat, y la prioridad de la conservación de ambos, la que debe marcar la planificación de cualquier extracción.

Los inicios del siglo XXI deben marcar el que la caza se ejerza desde la planificación, desde el conocimiento, desde la ética y desde el compromiso con la conservación

La caza es un mundo complejo porque son muchas las relaciones que mantiene no solo con el medio natural, sino con otros sectores económicos y sociales que están arraigados en aquel o que poseen sus expectativas en el mismo. La agricultura, la ganadería y la producción forestal como sectores primarios, y otros originados en los últimos años y con clara proyección en el futuro como son el senderismo, el ala delta, los paseos a caballo, la bicicleta de montaña… dependen del medio para su desarrollo, y muchos deberán ser los esfuerzos a realizar para conseguir convergencia de todos ellos en el espacio y en el tiempo. Dentro de estas actividades la caza se torna como la que más tejido social y económico arrastra, y es ya una realidad el que, a tenor de las nuevas políticas agrarias comunitarias y de la rala demografía rural española, la renta cinegética ha sustituido a la agraria en algunas latitudes y en todo caso supone un complemento muy importante de la economía local en muchos pueblos españoles.

Por ello, desde luego, y por lo que significa aprovechar un recurso natural, los inicios del siglo XXI deben marcar, ya lo están haciendo en buena medida, el que la caza se ejerza desde la planificación, desde el conocimiento, desde la ética y desde el compromiso con la conservación; en definitiva desde la aplicación de lo que hemos venido en llamar las Buenas Prácticas Cinegéticas que no son sino cazar bajo la aplicación de los fundamentos de la planificación, correcta gestión y compromiso con la conservación.

Así es, la concepción actual de la caza, entendida como aprovechamiento sostenible de ciertas especies de la fauna silvestre, tiene poco que ver con la explotación irracional de los recursos o con una actividad exclusivamente extractiva regulada por el mercado y la ley de la oferta y la demanda. Hablar hoy de caza es poner medios técnicos a disposición del análisis de poblaciones y ecosistemas, de economía y empleo ligados a los equipamientos e infraestructuras, de una actividad deportiva y de ocio, de, en fin, un hecho social y cultural, un conjunto de interacciones que descansan sobre unas especies y unos medios cuya conservación y mejora son, como parece evidente, el objetivo prioritario de la gestión cinegética.

Julen Rekondo
Químico, periodista especializado en temas ambientales, Premio Nacional de Medio Ambiente 1998 y asesor de la Oficina Nacional de Caza, la Conservación y el Desarrollo Rural

 

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