La faz de cazador de Don Quijote madrugador

Este artículo comenta el reciente libro de Santiago Ballesteros «Don Quijote, gran madrugador y amigo de la caza», uno de los raros estudios sobre el tema. Cervantes vivió entre Carlos I y Felipe III, cuando cazar era arte. Un arte secular indiscutible, hasta que llegó el arcabuz y la caza comienza a despojarse de lo artístico que le era ínsito, barrido del todo por las armas automáticas con mira, telémetro y farol, que dan paso a la fullería.

Eduardo Coca Vita | 27/10/2015

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El libro, con el que se aprende más de historia que de caza, y que instruye más que divierte, es una exposición documentada de los cazaderos, las piezas, los cazadores y las armas en el Siglo de Oro, el de los genios creadores, el de las peripecias de nuestro hidalgo más loco. Y Santiago es un escritor espléndido, adjetivo insuficiente para ponderar su solidez y su ligereza (igual a soltura, viveza, prontitud) en el oficio de recoger palabras, ensamblar frases y construir atinados juicios sobre Cervantes y su novela única. El libro es un florero de visiones, pensamientos e imágenes unidos a la caza y a la historia entre Renacimiento y Barroco: el blinco de la lanza y la ballesta al arcabuz; del silente venablo a la pólvora ruidosa; de la paz del campo al trueno del tiro; del aire puro al humazo negro. Una foto de la caza en la realeza y la nobleza como escuela de guerra. Y en el pueblo como despensa o defensa de cosechas, pastos y ganado, sus medios de subsistencia.

Fuentes fiables

Genial el parangón entre lo que sucedía en el Siglo de Oro con la caza y los cazadores y lo que ahora sucede con los cazadores y la caza en el siglo de hojalata

Apoyado en solventes fuentes gráficas y bibliográficas, queda muy bien radiografiada la caza del periodo cervantino, los auxilios para llevarla a cabo y la valoración intelectual y social que recibe. No menos acreditada la localización temporal del origen de la protección ambiental, las primeras vedas y prohibiciones —muy frecuentes— y las balbucientes normas de seguridad. Genial el parangón entre lo que sucedía en el Siglo de Oro con la caza y los cazadores y lo que ahora sucede con los cazadores y la caza en el siglo de hojalata. Una película de la decadente España y su avatar bélico al hilo de la inclinación regia y popular a la caza, arraigada en la colectividad para sostén de muchos o como preparación de los ejércitos sin academias. Una constatación también de la correlación social de castas y modalidades cinegéticas, prorrogada hasta nuestros días, de modo que cada caza se practicaba y practica por cada gente: la galana en mano o al salto es ahora para quien entonces era la chuchería; los ojeos y monterías, caza de galanes, son hoy para quienes entonces eran la ballestería, montería y cetrería. La eterna paremia: «Nata al rico y posos al tontico».

El libro de Santiago demuestra asimismo el interés de los artistas del XVI y XVII por la venatoria deleitando el paladar del historiador y cazador con los brotes de su pluma agilísima movida por una mente cultivada bajo la voluntad del esfuerzo como peana del ascenso. Un autor con técnica buceadora, capacidad de escudriñar e inagotable curiosidad, un enfermizo cotilla de lo natural y lo rural, porque, al cabo, él es un producto espontáneo de la ruralidad, aunque casi doctorado ya, con los atributos que le hacen ilustrado al ser ciudadano recto, abogado experto y cazador despierto. Y con capacidad de sintetizar en poco lo mucho del tiempo y el espacio que abrace su discurso.

Rutas del pasado

No puedo describir el gusto, el placer, el regocijo con que se lee el libro, aprendiendo historia al hilo de un elegante estilo o recreando cuadros de las llanuras y sierras manchegas cuatro siglos atrás

Ballesteros no puede quedarse en este hito, mero banco de parque o venta quijotesca donde recuperarse antes de seguir por las rutas pasadas de la venación y mostrarnos el fruto de su indagación. Yo no puedo describir el gusto, el placer, el regocijo con que se lee el libro, aprendiendo historia al hilo de un elegante estilo —la baza y virtud reinas del autor— o recreando cuadros —plásticos más que líricos— de las llanuras y sierras manchegas cuatro siglos atrás, sin estorbos ni embarazos del progreso, atravesadas por rebaños trashumantes seguidos de manadas de lobos. Y meditando sobre las alteraciones sociales o el cambio en la vida y la caza, para comprobar, como el autor, que nada hay nuevo bajo el sol, que el hombre sigue de hombre y el mundo de mundo entre las interrogantes cotidianas del maldito rey y señor de la creación, lacero y envenenador.

Cometeré el acierto de releer el libro de Santiago como preludio de la nueva lectura que prometo del Quijote, porque el cazador-escritor Ballesteros me ha espoleado con las cosas del caballero y el escudero que me estaban inadvertidas, dando yo por sentado que bastantes más —de caza y no caza— se agazaparían en mi primera batida a sus andanzas. Mañana mismo inicio un examen más reflexivo del librito de Santiago y, a su final, el del librazo de Cervantes. Hagan lo propio quienes puedan.

Santiago es un valor seguro de las letras. De existir un premio nacional al libro cinegético, este suyo sería el del año. Y, cargado de proyectos como está, ¿adónde llegará? No lo sé, pero bien arriba: «Volará tanto y tan alto / que dará a la gloria el salto». Y quizá me quede corto ante su espumoso, burbujeante, rabioso entusiasmo y su impetuosa mediana edad: augusto de senectud por prudencia y sapiencia; inmaduro de mocedad por pasión y ciencia. Quién pudiera.

Eduardo Coca Vita

 

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