Sonrisas y lágrimas

Francisco Álvaro Ruiz de Guzmán-Moure nos hace una interesante y amena crónica de su temporada de reclamo 2013/14.

Francisco Álvaro Ruiz de Guzmán-Moure | 08/12/2014

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1. El Marqués maleducado

El primer puesto del año presentaba todas las trazas para ser un buen comienzo. Llegado al mediodía, con el tiempo justo de almorzar y cambiarme, subimos a la sierra y me quedé en un carril con Marqués... mucho por decir en su tercer celo. Con la ciclogénesis ya pasada, el sol y una brisa fresca se adueñaron de la tarde y Marqués trabajó lo justo y necesario en el tanto... Y no tenía excusa, un macho se había dejado oír a mis espaldas al poco rato de colgarlo, y el enjaulado mostró poco interés en buscar batalla con él...

Ya se nos había olvidado la presencia de ese macho a los dos cuando en una encina pegada al puesto se dieron cita una bandada de rabilargos. Nunca me había pasado, sí sabía de oídas sobre su molestia, pero hay que sufrirlo en persona para saber lo pesados que pueden ser estos pájaros si se nos acercan al puesto. Perfectamente visibles, unos posados y otros dando pasadas alrededor de la plaza y el puesto, me contuve como pude para no hacer alguna barbaridad y acabar con el guirigay que tenían formado.

Desde la tronera, los veía volar muy pegados al suelo, y siendo tantos, al menos ofrecían una distracción ante el desesperante silencio de Marqués. Sin embargo, cosas del ojo humano, un movimiento me hizo activar la alerta entre tanto rabilargo, y sorprendido, pude ver a la collera enfilando el carril para ir a pasar por delante de las mismas barbas de Marqués. Sin hacer ningún honor a su nombre, con toda la poca vergüenza del mundo, no se dignó a recibir a la visita como se merecía, y, haciéndose el loco, prefirió seguir mirando la puesta de sol, mientras yo veía perderse el par entre las jaras del margen del carril.

La sentencia estaba muy cercana, la prueba de fuego había sido bastante clara y solo la carencia de buenos pájaros permitió a Marqués salir al campo una vez más. Esa siguiente vez, conmigo en el puesto también, con un tanto de monte hecho en un chaparro, volvió a escuchar campo y volvió a desentenderse del tema, dando por terminada su andadura en nuestro equipo. Una pena, pero esta caza es así y el tanto es el chivato que te revela quien debe, o no, permanecer en el jaulero.

2. Albaserrada, la revelación

Regalo de Matías, ya daba por seguro que este pájaro tendría cosas interesantes que ofrecer. De segundo celo sin haber salido al campo, mi padre me animó a llevármelo al primer puesto de mañana a ver qué nos salía. Con un día apacible, el sol brillando y ni rastro de la ventisca ya pasada, le preparé a Albaserrada un tanto de monte en un chaparrillo, a los que me he aficionado este año. Con el puesto en un pegote de jaras, comprobé la estabilidad para el tiro y destapé a Albaserrada.

Tieso como una vela, comenzó unas series dando de pie, sin llegar a rematar reclamando. El campo le contestaba animoso, y tras un rato de sondear opciones, un macho parecía decidirse a acudir desde mis espaldas hacia el tanto. Cada vez más cercano, llegué a escucharlo a poco más de 2 metros, pero a la hora de la verdad no quiso comparecer y comenzó a alejarse. Sin descomponerse, Albaserrada enmendó la figura y era otro macho el que ahora le pedía cuentas desde mi derecha.

Abusaba del dar de pie, pero no desfallecía y mi interés era que pudiera entrarle alguna collera de la zona. Por eso, cuando el segundo macho tampoco pareció querer coles, y vi en el reloj que ya llevábamos 2 horas y media de puesto, me resistí a salirme. Mi padre cuelga siempre después de soltarme a mi, eso me da margen de alargar un puesto más de la cuenta si lo veo necesario. Por ello seguí observando con paciencia a Albaserrada, que estaba dando un puesto bastante esforzado siendo su primera vez.

Tras una callada, comenzó a trabajar a sus espaldas, donde un manchón de jaras y chaparros no me dejaban ver. De repente, sin dar ni los buenos días, la pareja se presentó en la plaza y Albaserrada comenzó a recibirlos con alegría.

La actitud del macho y las plumas ahuecadas me daban la seguridad de poder esperar para decidir, así que sin ninguna prisa comencé a examinar al novicio. Era evidente que su recibo era con el macho, la hembra deambulaba de aquí a allá, pero el macho parecía clavado al pie del chaparro y Albaserrada le echaba coraje al asunto. Tras un buen rato de vueltas de la hembra y pelea de los machos, esperé a que la señora se tapara con las jaras, apunté al galán, de espaldas a mi, eché un vistazo de reojo a Albaserrada, recibiendo con todas las de la ley, y la morena del 12 ejecutó.

Hecho un trapo, a los pies de Albaserrada, su primer tiro, su primer macho, y yo no cabía en el puesto de felicidad. Pero aún quedaba historia y Albaserrada cargaba el tiro mientras la hembra reclamaba esperando que su consorte la acompañara a marcharse de aquel lugar, que no parecía haberle gustado desde el momento en que llegó. Aunque trabajó, incluso tuvo alguna collera más cerca, a las 3 horas 38 minutos de reloj me apiadé de él y consideré que era más que suficiente. Sin haberme dado tiempo más que a taparlo, mi padre me silbó de lejos y le dije que se acercara. Tras el abrazo de rigor, le conté con todo detalle lo ocurrido, examinó el pelotazo del tiro y me dio la enhorabuena, que en todo caso era merecida por Albaserrada, se había portado de 10.

Tras este puesto, Albaserrada salió dos tardes más con mi padre, cosechando una hembra en cada una. Esta temporada los machos cantaban mucho pero se quedaban en las lindes de la plaza, y fueron las hembras las que iban entrando con más ánimo arrastrando en alguna ocasión a sus parejas.

3. Un Anónimo muy prometedor

Con la experiencia de Albaserrada, las ganas de colgar otros pájaros aún inéditos se me dispararon. Fue así como una mañana me colgué a la espalda a un pájaro de segundo celo sin probar, también sin nombre, aunque de la misma procedencia que Gaditano, algo que me hacía albergar ciertas esperanzas en su comportamiento. El puesto, de monte hecho por Matías y mi padre unos días atrás, aprovechaba el filo de un cortafuegos que no habíamos cazado hasta ese día.

En el tanto de arbolillo acomodé al sin nombre, que demostraba cierta nobleza y sosiego mientras terminaba de camuflar la jaula. Ya dentro del puesto, el anónimo comenzaba un dar de pie muy suave mientras cargaba la escopeta y me acomodaba. Su trabajo era medido, con silencios oportunos, y sin machacar ni alterarse o subirse demasiado. Sin embargo el campo no daba señales de vida.

Tras un rato de música en la que cada vez iban tomando más importancia y peso los silencios, una collera contestó desde muy arriba en el cortafuegos. El anónimo se desperezó y comenzó a dar de pie con suavidad y piñonear, mientras el canto de la collera parecía tomar camino hacia nuestra posición.

Cuando aún estaban lejanos, se piaron y por el ruido, deduje que habían aterrizado a mi lado, en mi margen del cortafuegos. El reclamo, lejos de amilanarse, les echó un “co,co,co” y unas embuchadas, y yo ya me frotaba las manos viendo lo que se venía. Pero esta caza, por suerte, es lo más impredecible que se puede uno echar a la cara. El tiempo fue pasando, el reclamo prácticamente recibía y no cesaba en su empeño, y a la collera no la vi ni sentí más en el resto de la mañana, por lo que con frustración y resignado acabé descolgando al pájaro que tan buenas sensaciones me había dejado... Se había merecido mucho más, pero este es el encanto de la modalidad que nos ciega tanto.

4. Lorenzo el silencioso

Se puede decir que escribo por mencionarlo, o tal vez por mencionar el tanto tan bonito de romero en el que lo colgué esa mañana. En otro cortafuegos, en la otra cara de la sierra, Lorenzo disfrutó del sol tranquilamente mientras yo me tuve que conformar con repasar otros asuntos mentalmente. Dos horitas de las que hacen afición, pues luego cualquier puesto te parece interesante o reciclable. El último día mi padre lo sacó y llegó el ultimátum; un macho le cantó (y casi le cagó encima) a su lado y no pareció tener nada que decirle. Un pájaro precioso, pero del tipo no se puede vivir.

5. Alatriste, los descuidos se pagan

Con cuatro celos, Alatriste tenía que definirse si no quería seguir el camino de otros gañanes que ya hemos mencionado anteriormente. Gustaba, y mucho. Sus maneras suaves en el tanto en especial, pero estaba pasándose en su busca de lo sutil y lo delicado. Daba de pie de manera que parecía un recibo, y dudo seriamente que los reclamos por alto se escucharan a más de 50 metros del tanto. La primera tarde que lo saqué pasó desapercibida, se agarró con una collera lejana con una parsimonia insultante, pero con el celo como estaba hacía falta más caña. Confiaba en poder hacerle algo bueno en la temporada, y no dejé pasar mucho tiempo.

La tarde siguiente subimos a la sierra y lo llevé a coronarla, en un punto que domina todo el coto. Sabía que iba a tenerlas cerca en un momento u otro y que si no acudían no sería por sus tonos tan bajos y, en apariencia, indolentes. Alatriste se arrancó con paciencia y sin dejarse la voz, como era su costumbre. Consciente de que habría que esperar para ver si se alineaban los planetas, observé con interés su comportamiento y tenía los oídos más afinados que nunca, en busca de alguna señal de vida perdicera en las proximidades.

Ya pasaba la hora larga y Alatriste trabajaba, sin elevar el tono, a ratos. Me hice a la idea de aguantar el máximo posible, había que apurar opciones para verlo con perdices bajo el tanto. No llegué a escucharlas, pero solo viendo a Alatriste sabía que las tenías cerca. Un nuevo registro, no mucho más alto, pero sí más alegre y convencido me hizo ponerme en alerta y no tardó mucho en entrar la collera desde la izquierda.

La hembra mostraba un interés inusual, mientras que el macho parecía estar allí por compromiso. Pero lo espectacular era el recibo de Alatriste. Con el pico en el culo de la jaula, inmóvil como una estatua y un recibo que de suave apenas se adivinaba por el movimiento de la garganta, con una voz melosa y que iba dirigida claramente hacia la hembra.

Me deleité dejando muchas vueltas a la hembra, que se posó en una rama caída por los cochinos. Tenían esa parte de la sierra levantada entera y no era extraño encontrar jaras y ramas caídas por todas partes. Cuando disparé el macho se voló pasando por encima de mi, y aunque no veía a la hembra muerta sabía que había caído. La paralela del 12 da una seguridad impagable para disparar en el puesto, más aún cuando se cazan pájaros no tirados.

Tras el disparo, Alatriste se quedó como perro al que le quitan las pulgas. No cortó el tiro y pareció gustarle pues volvió a tomar el tono decidido que había conseguido atraer a la pareja. Sin embargo, el macho no dio señales de vida y la tarde caía, por lo que me levanté a recoger y poder contarle todo pronto a mi padre.

Efectivamente, la hembra había caído fulminada, y la recogí para ofrecérsela a Alatriste, que no pareció aceptar con agrado el detalle. Por ello no quise entretenerme y taparlo pronto. Fui a sacarlo del tanto, que no es de maceta sino con tres hierros alargados entre los que se coloca la jaula. Fallo grave no, gravísimo, el nuestro de no asegurar las puertas de las jaulas con alguna brida o alambre.

Cuando quise darme cuenta, uno de los hierros se había enganchado en la puerta de la jaula, la había abierto con mi tirón para sacarla del tanto, y Alatriste había caído literalmente al suelo. Ningún problema, un pájaro alicorto y con las plumas recortadas es sencillísimo de capturar. Menos cuando sale botando sierra abajo y contando con el factor sorpresa.

En cuestión de dos segundos pasé de tener cara de gilipollas a correr sierra abajo (el puesto estaba en todo lo alto) como si me fuera la vida en ello. Casi llegué a alcanzarlo cuando el ímpetu y la pendiente me hicieron caer y pegarme un costalazo que pudo ser mucho peor. en el mar de jaras y lentiscos. Ya sólo apreciaba a Alatriste por el ruido, y para menos de un minuto después lo tenía perdido. Di mil vueltas y rodeos pero todo fue inútil. La impotencia era desconocida por mi hasta ese momento, se me llevaban los demonios y no podía creerlo todavía.

Subí con resignación y ganas de que me tragara la tierra, recogí todo y bajé al collado donde me tenía que encontrar con mi padre y Juanma. Los dos, ya en el coche, sonrieron viendo la hembra colgada junto a la jaula ensayuelada. Pero mi cara lo decía todo y no tardaron en torcer el gesto y acercarse a preguntarme. “¿No le ha gustado el tiro, no ha recibido bien, ha botado la hembra con el tiro..?” Como no me sentía capacitado para responder, me limité a quitarle la sayuela a la jaula vacía.

Con cara de incredulidad y sorpresa fueron escuchando mi explicación del suceso, tan grotesco y lamentable que no sabía uno muy bien si desahogarse a carcajadas o perderse del mundo por unos días. Intentaron tranquilizarme y quitarle hierro al asunto, pero yo ya sólo pensaba en sacar a Gaditano de alba por si, de milagro, Alatriste sobrevivía a la noche en la sierra y le daba por contestar o acercarse.

Mi padre se vino a dar el alba conmigo, el viudo dio guerra pero, de Alatriste, ni rastro. El trabajo constante de Gaditano no sirvió, si bien yo era realista y suponía que Alatriste no habría sobrevivido. Con total seguridad, la lección más dura de mi corta carrera como jaulero.

6. Gaditano en apuros

La sensación de deja vu, yo ya he vivido esto, era inconfundible. Con un sol radiante, con mucha tarde por delante, Gaditano y yo nos quedamos en la estación del cortafuegos, donde un año antes había dado un puesto de antología trayendo tres colleras a plaza y consiguiendo abatir una hembra.

Esta vez, en una posición más baja, lo coloqué en un tanto de romero de los que tanto nos gustan, y aún con la sayuela puesta me saludaba con piñones mientras yo terminaba de apañar un tanto digno. No llegué al puesto cuando ya salía con su dar de pie suave intercalado con piñones, y se respiraba una tarde de faena grande, de cante hondo y toreo del caro.

El campo no tardó en reaccionar y 3 machos diferentes, con voz de tener ya una edad respetable, se hicieron oír en los alrededores. Ninguno especialmente cercano, Gaditano empezó a cardar la lana, y la cosa prometía dar que hablar. Lo oí en uno de sus silencios tan característicos. Un macho de un canto por mayor descomunal contestaba a mis espaldas, y parecía tener intenciones de acercarse a subir la apuesta.

Para cuando llegó al filo ya le había oído dar de pie, piñonear, y el deseo de poder tener ese pájaro vivo en mis manos fue creciendo conforme se acercaba. Gaditano no le perdía el hilo, y cuando el macho empezó a subir la leve pendiente que les separaba, mi reclamo ya lo estaba recibiendo.

No perdió ni el tiempo de dar una mísera vuelta. Con un descaro y una superioridad aplastantes, se encaramó a lo alto de la jaula de Gaditano. La conversación fue corta. Digo corta, porque no sé qué le diría, pero se convirtió en monólogo en menos que canta un gallo. Gaditano, reducido a simple espectador, se quedó observando, como yo, el recital del dueño del cortafuegos.

Cuando vio ya apaciguado al enjaulado visitante, cogió carretera y manta. Pero no quedó ahí el espectáculo ni mucho menos. Gaditano en silencio, pero los machos cercanos seguían con ganas de gresca. Escuché al agresor de Gaditano desplazarse por mitad del jaral, y en pocos minutos escuché el último reclamo de un macho con una voz realmente ronca, con achaques de edad.

Fue el último porque sin apenas dejar pasar tiempo escuché al mismo pájaro piarse, y al señor del lugar regañando, cantando por alto y callando a los que seguían con ánimo de pelea. No fue el único que salió trasquilado. Dos machos más escuché piarse conforme se aproximaban los cantos del gañán, siendo el que me sirvió diversión, es quizá el puesto más bonito y divertido que he vivido teniendo al de la jaula callado casi en su totalidad. Porque el pobre Gaditano seguía mudo.

Al recogerlo, sus curicheos bajitos parecían pedirme una explicación, que ni yo tenía para él, ni él podía procurármela a mi. Simplemente, hay tardes que no sale la cosa como debe.

Es el único puesto que di con Gaditano. También el último que he compartido con él. En un reencuentro ideado por mi padre, Gaditano se resarció llevándose al machaco colgado de la percha, y en el puesto que finiquitaba temporada dio un puestazo, palabras de mi padre, trabajando de locura a una collera que acabó pasando por el yugo de la morena de ojos negros.

Nunca volveré a verlo, pero tampoco me olvidaré nunca de Gaditano. Su enseñanza en mi etapa más crucial de jaulero nunca se la podré pagar ni agradecer, y aunque solía señalar sus defectos para no ensalzarlo en demasía, su pérdida me ha hecho ver que es un pájaro no de bandera, pero sí de los que te acabas acordando siempre.

Gracias por todo compañero.

7. Muíllo, un préstamo para una clausura de película

Tan rápido como había llegado al coto, se habían pasado los días de estancia y el día de la despedida, nos daba tiempo a saborear el puesto de mañana y un almuerzo rápido para celebrar otro año cazando juntos. Matías me tenía reservado un regalo que para mi es un privilegio, y me mandó ensayuelar a uno de sus pájaros para llevármelo al último puesto de mi corta pero intensa temporada.

Ya tenía claro que Matías cuenta con, quizá, uno de los mejores jauleros de España, pero este día terminé de convencerme de ello. Juntos, nos dirigimos a una zona del coto que apenas se ha pisado en los dos años que llevamos cazándolo.

En una esquina de una T formada por dos carriles, colocamos el tanto para Muíllo. Con el puesto entre jaras, no tardó en empezar a caernos un chiribiri que, a lo tonto a lo tonto, acabó apretando y calándonos durante casi toda la duración del puesto.

Muíllo comenzó el trabajo con porte serio, sin moverse lo más mínimo, pero sin machacar, dando silencios y escuchando las reacciones del campo. Tras una media hora de paciente labor, una collera nos avisó de su llegada a espaldas del puesto.

Parecían venir directamente a pasarme a centímetros, pero acabaron escorándose hacia la derecha al carril, y se quedaron a mi altura, Muíllo podía verlos perfectamente pero yo sólo adivinaba sus siluetas por la mirilla lateral. El macho cantaba por alto pero no daba la cara, hasta que se armó la de San Quintín. Otro macho llegó callado y calado, valga el chascarrillo, sacudiendo el plumaje a la vez que avanzaba a pedir explicaciones.

Desde ese preciso instante Muíllo cerró el pico y se limitó a contemplar. Yo, sin entender, maldecía la suerte de que se callara justo con dos colleras al lado del puesto. La lección que me iba a dar era de órdago. El macho recién llegado se dirigió al campestre de mi derecha y comenzaron una batalla dialéctica de recibo puro y duro. Las dos hembras, como marujas que comentan una pelea callejera, aguardaban juntas el desenlace de la riña.

Posiblemente motivado por la lluvia que llevaba caída en el lomo durante la mañana, el macho recién llegado quería dejar aquello resuelto con todas las de la ley. Primero empecé a escuchar saltos y un revuelo que me hicieron fijarme bien y ver a las siluetas golpeándose en el aire, algo que no había tenido oportunidad de ver en el campo. Así pasaron largo rato hasta que uno empezó a correr al otro, cuales gallos de corral, alrededor del puesto.

El corazón me pedía una cavidad más amplia donde pegar botes, y yo no podía acabar de creerme la escena que estaba contemplando. Con riñas varias pasó largo rato, y Muíllo haciendo honor a su, por otra parte, desafortunado y erróneo nombre.

Las dos colleras estaban bajo los cañones de la escopeta, y deambulaban por el jaral sin llegar a la posición de Muíllo. Cuando estaba ya impaciente por poder, al menos, respirar con un poco de normalidad, el macho triunfante devolvió al otro a su lugar del carril y se quedó con las dos hembras tranquilamente.

Fue entonces, y solo entonces, cuando Muíllo dijo esta boca es mía. Con un dar de pie suave y atractivo comenzó a embelesar a las hembras, y el macho vencedor no dudó en ir a pedir explicaciones a ese otro rival que venía a tocarle los bemoles. Había esperado pacientemente que la disputa terminara para, una vez resuelto el ganador, retar a este a venir a la plaza.

El macho no se andó con chiquitas y se subió al tanto, mientras las hembras careaban tranquilamente en plaza. Sin embargo tardó poco en bajarse, y Muíllo recibía y titeaba a su hembra. Llegué a ver bastante clara (por primera vez en mi vida) la carambola, pero el sentido de la responsabilidad me pudo y no apreté el gatillo, dejando que el asunto siguiera su cauce.

Muíllo seguía con la hembra, por lo que esperé a que el macho diera unas pocas vueltas y, estando tapado en una de ellas, disparé a la hembra al pie del tanto. El macho lejos de espantarse, volvió a subirse al tanto. La otra hembra deambulaba por la zona, al parecer sin una idea clara de qué hacer o cómo actuar ante la situación.

No faltaba mucho para que se cumpliera una hora, que se dice pronto, del macho subido a la jaula, cuando de un salto bajó por la parte de atrás y se largó con viento fresco apeonando tranquilamente y sin dejarme opción a plantearme siquiera dispararle, como merecía Muíllo.

A este no pareció afectarle en nada, y siguió buscando campo, pero el pescado estaba vendido y salí a dar por concluido el puesto y la temporada. Ya con Matías de nuevo, le hice dos preguntas. Que, siendo este su 6º mejor pájaro, cómo cazan los líderes. Y que a qué se debía el nombre de Muíllo. La primera, se contestó sola con una risa complicente. La segunda, culpa del anterior dueño que se lo regaló asegurando que ese pájaro era mudo, que no servía.

Entonces entendí que no todos podemos aspirar a tener un jaulero de categoría. Que para lograrlo, antes incluso de tener buenos pájaros en las manos, es necesario recorrer un camino difícil en el que aprender a sacarle el provecho que tiene realmente un reclamo. Y yo me encuentro poco más avanzado de la línea de salida. No aspiro, ni le pido a la vida, llegar a la meta, pero sí compartir ese camino con la gente buena que la caza nos pone en el camino, y, como dijo el poeta, “hacer camino al andar”, practicando esta modalidad, como mínimo, hasta que la salud y la providencia me lo permitan.

 

Dedicado a mi tío Sebastián y a Pepe Mateo que, sin estar presentes, nos acompañan en nuestros corazones jornada tras jornada.

Francisco Álvaro Ruiz de Guzmán-Moure

1 comentarios

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09 dic. 2014 09:59
cabalgaderos
Curro, muchas gracias por compartir con todos estas vivencias tuyas. Sin lugar a dudas llegarás a ser un gran perdigonero, de los buenos buenos. Lo sientes y eso se nota. De casta le viene al galgo. Un abrazo

 

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