Caza y pesca. Perspectiva básica

Por qué cazar, por qué pescar.

José Miguel Montoya Oliver | 20/04/2013

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La razón genética: los orígenes del hombre

Mayoría de recolectores y cazadores en minoría

Aunque a fuerza de repetirlo haya pasado a ser “verdad”, es falso que el hombre primitivo fuera un cazador-recolector. Entonces, como hoy, apenas si un 3-4 % de los humanos presentaban fuertes tendencias depredadoras. El hombre era un recolector que tan sólo a veces cazaba, y aún esto apenas si lo culminaban algunos de sus individuos. Los demás practicaban la recolección y todo lo más ayudaban en la caza. Todos conducían al pacífico mamut hacia la ciénaga, pero muy pocos le acechaban allí para atacarle y darle muerte.

Cuando observamos lo que come este animal omnívoro que es el hombre, como cuando se estudia su dentición, deducimos su tremenda adaptación al consumo de vegetales; lo que prueba que para su alimentación las meras labores de recolección fueron bastante más importantes que las de depredación. La mayor parte de los alimentos procederían de la recogida directa en campo de vegetales y también de pequeños animales indefensos, más propios de la recolección que de la caza propiamente dicha: caracoles, cangrejos, saltamontes, reptiles, algunos peces y mariscos... Sin embargo, para este recolector-cazador las actividades de fuerza y riesgo auténticamente depredadoras, ligadas a la caza y la pesca, fueron sin duda vitales para su supervivencia y, sobre todo, para su evolución etológica y social. Somos los que somos hoy, porque fuimos los que fuimos antaño.

La hipótesis del gen de la depredación

Las proteínas eran importantes, como también las pieles, la grasa, los cuernos, los huesos, las espinas y hasta los tendones de los animales. Por eso había que cazar y pescar, pero nuestra especie tuvo que desarrollar, además, la capacidad de defenderse de forma organizada frente a sus enemigos y depredadores. Todo parece indicar que una pequeña fracción de los hombres eran los responsables del liderazgo, de la organización del clan, de la seguridad, y de las cazas y pescas más duras. Sin ellos la especie no hubiera podido sobrevivir y continuar su imparable evolución biológica y cultural; pero, como veremos a continuación, parece que tan sólo era necesario que fueran cazadores unos pocos.

Por razones de movilidad-distancia los hombres primitivos tenían que vivir organizados en pequeños clanes familiares de apenas unos pocos individuos; no más de 20 ó 30, tal vez hasta 50. Tampoco mucho menores por razones de riesgos de consanguineidad y por necesidades defensivas. Aquellos grupos, en buena parte un tanto nómadas y errabundos, se movían a la búsqueda y recolección de sus alimentos, y en continua lucha por la supervivencia. Tiempos de inclemencias meteorológicas, de hambrunas terribles, de grandes fieras, de comportamientos humanos salvajes y de feroz canibalismo.

Nuestra especie, organizada en aquellos pequeños clanes precisaba para la caza, la pesca y la organización de su defensa, a algunos poderosos individuos, guerreros y ferozmente depredadores; pero nunca demasiados, para evitar violencias, tensiones y choques internos entre ellos mismos. Probablemente los clanes se fraccionaban, al aumentar en número o al coincidir varios de estos individuos-alfa más o menos dominantes. Para nada precisaba nuestra especie demasiados individuos con un instinto depredador y guerrero muy marcado. Finalmente, tan sólo un 3-4 % de los varones adultos de cada clan, muchas veces ligados por estrechos vínculos familiares, ejercían la depredación más dura y transmitían genéticamente los instintos cazadores y guerreros más acentuados. Todavía hoy es frecuente que los cazadores nazcan en familias cazadoras. Su liderazgo organizativo se mantiene, siendo frecuente que los cazadores participen en política (aunque no pocos se lo callen en nuestros días) y que las peñas de cazadores de los pueblos tengan mayor vigor y capacidad organizativa que cualquier otra asociación local, partidos políticos incluidos.

El instinto fuertemente depredador aparece más mitigado en las mujeres. También parece estar presente o activo tan sólo en unos pocos individuos machos. No todos cazamos, porque la diversidad interna dentro de nuestra especie es una de las razones de su adaptación y supervivencia a tantos lugares y durante tanto tiempo. Imprescindible en nuestra supervivencia y evolución de antaño, las tendencias depredadoras determinan todavía hoy individuos claramente diferenciados en el contexto de nuestra especie. Desde la niñez se observa o el acentuado desinterés o el intenso interés de los niños por gorriones y palomas, el instinto de verlos (recolección) frente al instinto de intentar cogerlos (caza).

Es llamativo el hecho de que, aunque la tendencia a cazar y a pescar suela aparecer simultáneamente en las mismas personas, la filosofía de ambas actividades es diferente. Ambas aúnan las tendencias “apropiativas” de los individuos, pero difieren en diversos aspectos. La pesca aparece como una mezcla de instinto depredador (cinegético) y de reflexiva actividad recolectora; predominando tal vez esta segunda en la mayor parte de los casos y con excepciones muy claras (pescas de fuerza y riesgo).

Singularidades personales, derechos básicos y libertad

Evidentemente, millones de años de positiva e imprescindible evolución genética no han podido desaparecer en apenas un milenio; mucho menos aún en el último medio siglo. Los humanos actuales que han recibido el “gen” o que, exista o no este gen, han heredado un intenso instinto de depredación desde sus ancestros primitivos, tienen indudablemente el derecho legítimo a ejercerlo. Todos tenemos el derecho a ejercer y desarrollar cualquiera de nuestros instintos naturales, los comunes a todos… ¡y los propios de nuestras peculiaridades y singularidades personales! Los que lo desean tienen pues derecho a cazar y pescar, por razones evolutivas e históricas, al margen de que el hacerlo sea hoy vital, o no, para la supervivencia de nuestra especie.

Plantear otra cosa, como la moda hace pensar a algunos, es atentar contra las libertades de las minorías. En concreto es homofobia ante personas diferentes, el vértice supremo de la homofobia: el odio al evolutivamente distinto y que nos fue imprescindible antaño. La mayoría social anti-caza se confronta pues a hechos para los que no puede alegar ni fuerza ni número, al atentar contra derechos básicos.

La razón legal: los animales silvestres como “res nulius”

En el principio de los tiempos, los hombres eran tan poco numerosos que probablemente no sentían la necesidad de apropiarse de la tierra. Por otra parte ¿qué utilidad tendría el hacerlo? No obstante, tal vez fuera importante luchar por alguna buena cueva, algún punto clave para la fácil captura de animales, o por algún lugar donde crecieran abundantes los frutos de la tierra. Mínimas cuevas, aldeas costeras y palafitos. Los guerreros cazadores luchaban sobre todo con las grandes fieras, cazaban animales de toda talla, y probablemente luchaban bastante poco con los clanes próximos, con los que en su mayoría estarían emparentados. Los cruzamientos no consanguíneos probablemente les ocuparan bastante más tiempo que la guerra.

La progresiva evolución desde la recolección y la caza hacia la ganadería propiamente dicha, llevaría a una cierta tendencia a la apropiación de los mejores pastos, proceso probablemente frenado por el nomadismo ganadero que era inevitable entonces. El posterior descubrimiento de la agricultura (hace no más de unos 10.000-12.000 años), conduciría a intensos e imparables procesos de sedentarización, a la construcción y el crecimiento de las aldeas, y a la apropiación permanente de las tierras. Con esta última aparecen las desigualdades sociales.

Pero desde siempre y hasta fechas recientes, los derechos de los recolectores-cazadores, los primeros usuarios y en buena medida hasta “gestores” del espacio natural, subsistieron e incluso prevalecieron sobre los derechos de los primeros ganaderos y de los primitivos agricultores, quienes después de todo llegaron bastante más tarde que ellos.

El derecho a la propiedad de tierras y aguas en España, como en todas las zonas en las que el feudalismo no pudo implantar sus abusos y tropelías, está limitado al cultivo y cosecha, quedando fuera de este marco los derechos preexistentes de los cazadores y pescadores, e incluso no pocos de los pastorales o ganaderos (recordemos el “Honrado Concejo de la Mesta”), y por supuesto los mineros. En España, cazadores y pescadores tienen pues derecho a actuar en todas partes, sin excepción alguna, porque los animales libres no son en principio de nadie, ni están ligados aquí al derecho de propiedad de la tierra.

Felizmente en España, y gracias al derecho romano y a la lucha de nuestros antepasados por los derechos comunes, la propiedad privada nunca llegó a los extremos que alcanza en los países germánicos; entre otras cosas porque en países con frecuentes crisis naturales, como el nuestro, la propiedad comunal y la conservación de los derechos individuales preexistentes, garantizan la supervivencia de los menos favorecidos por la Diosa Fortuna. Los comuneros así lo entendieron. También lo entiende así la cultura islámica, de la que hemos recibido fuertes influencias. Otra cosa fue la monstruosidad de las desamortizaciones, poderosos y proletarios, que algunos pretenden repetir en nuestros días.

Últimamente vienen defendiendo algunos vecinos, ribereños, y grandes propietarios de tierras, la necesidad de considerar a la caza, e incluso a la pesca ribereña, como parte integrante de la propiedad de la tierra. Se ampliaría así el derecho de propiedad, hasta incluir la fauna silvestre. El derecho romano cedería frente al germánico. Incluso hasta algunas leyes autonómicas, con tal de ir en contra de la caza y olvidando los límites tradicionales del derecho de propiedad en España, están comenzando a reconocer a los propietarios de tierras el derecho a prohibir la caza en sus terrenos: el derecho a la no-caza. Se amplía así gratuitamente el derecho de propiedad de la tierra, a costa de otros derechos preexistentes y al menos tan legítimos como esos: los ancestrales derechos de los cazadores y los pescadores.

¿Estamos defendiendo aquí y ahora la antigua caza y pesca, caza y pesca libres en terrenos libres? No, porque la caza libre, como la pesca libre, por banal y desordenada, es hoy inviable por insostenible. Por esto ha habido que regularlas y tecnificarlas; pero la legislación cinegética y piscícola española sigue partiendo del concepto de “res nulius”: los animales silvestres son del que los captura legalmente. Sin embargo, cuando es preciso protegerlos, como inevitablemente sucede ante la excesiva presión actual de caza y pesca (por mayor movilidad y mejores equipos), es razonable que el legislador atribuya su gestión al mismo gestor del espacio (gestor público o gestor privado: persona física o jurídica, grupo comunal y grupo asociativo). Pero esto no es una ampliación del derecho de propiedad. Es un contrato social: usted señor gestor cuida, guarda y fomenta la caza y la pesca ¡que sigue siendo básicamente de todos! y a cambio, la sociedad le autoriza a organizar su aprovechamiento en su propio beneficio.

El derecho de cazadores y pescadores está reconocido por la normativa legal española y por todas las autonomías. Esta regulación legal, hecha y aprobada por el conjunto de los ciudadanos, es respetuosa con los derechos de cazadores y pescadores, y protege a la vez a las especies silvestres y a todos los usuarios e intereses implicados: agricultores (daños), transeúntes (accidentes), necesidades sanitarias (zoonosis), etc. Cazar y pescar son pues actividades históricas y legítimas. Cuestionarlas es atropellar derechos de terceros; un acto de violencia e insolidaridad con cazadores y pescadores y con sus legítimos derechos, heredados desde nuestros más remotos ancestros, y más antiguos incluso que el mismo derecho de propiedad de las tierras. De nuestros ancestros habremos heredado, o no, el derecho de propiedad sobre alguna tierra; pero siempre hemos heredado el derecho a cazar y pescar, un derecho de hombres libres y que siempre debemos reivindicar. Tan sólo los siempre siniestros enemigos de la libertad del otro, que son muchos más de los que se piensa y escucha, pueden cuestionar la caza o la pesca como un derecho natural fundamental. Recordemos: la revolución francesa no fue tanto obra de pensadores, como de cazadores. Cualquier amante de la libertad, sea o no cazador o pescador, debe defender el derecho de todos a cazar y pescar; esto sí: ordenadamente hoy.

La razón ecológica: la necesidad de cazar y pescar. Los derechos de los animales

Porque se reproducen y crecen, las poblaciones silvestres tienden de forma natural a aumentar en su biomasa (número y dimensiones), y teóricamente podrían hacerlo hasta el infinito. En la práctica, los múltiples limitantes naturales existentes, acababan limitando esta expansión hasta la llamada “capacidad de carga del ecosistema”: de cada ecosistema. Pero… ¡También existe una capacidad de descarga!

Entre esos limitantes naturales son destacables los predadores de todo tipo y también esa depredación complementaria o sustitutiva que es la depredación ejercida por el hombre: caza y pesca. En ausencia de predadores, o de las actividades de caza y pesca, las poblaciones crecen, sus individuos envejecen, y todos los demás agentes encargados de limitar el crecimiento de toda población en el medio natural, los agentes de perturbación de debilidad o equilibrio, comienzan a actuar: hambrunas, accidentes climáticos, enfermedades, plagas... Finalmente, la ausencia de depredación como la ausencia de la caza o la pesca, además de conducir a poblaciones anormales en su comportamiento, pirámide natural y densidad:

  • Conduce a un excesivo número de muertes, al ser muy elevado el número de nacimientos no viables, en todo ecosistema poblado hasta el límite mismo de su capacidad de carga.
  • Además las muertes en estos casos, normalmente a cargo de enfermedades y parásitos de debilidad, y de otros agentes de equilibrio, son de una lentitud y crueldad inusitadas.
  • La sucesión, las dinámicas naturales, y las inevitables variaciones de las condiciones ecológicas, terminan conduciendo a auténticas catástrofes poblacionales, descargas violentas en el ecosistema que llegan en ocasiones a la extinción local de algunas especies.

Eliminar la caza o la pesca, es pues un atentado a la conservación y… ¡la forma más cruel y masiva de maltrato a los animales! Quienes abogan por la prohibición de la caza o la pesca, están abogando por una crueldad sin límites hacia los animales: muchas muertes por unidad de espacio y tiempo, y además muertes extremadamente lentas, crueles y dolorosas. Cruentas siempre serán la caza y la pesca, lo que no quiere decir que tengan que ser crueles o inhumanas; pero la alternativa de la no-caza o la no-pesca es de un sadismo inaudito, vil y despreciable por ilegítima y por inmoral.

Algunos quieren creer que los depredadores podrían sustituir la actuación de los cazadores y los pescadores; pero nunca su actuación resulta tan bien orientada y localizada como con un manejo racional. Aparte de que muchos de ellos están extinguidos en amplias zonas y, además, buena parte de los mismos causarían muchos otros desequilibrios y daños “colaterales”, como el lobo o el oso. ¿Por qué no reconocer la enorme importancia ecológica del depredador humano? Cualquiera debería entenderlo desde la formación ambiental en la escuela ¿Por qué no asumir definitivamente los progresos científicos y técnicos en materia de ordenación cinegética y piscícola? El técnico, a su vez, no puede estar ni a favor ni en contra ni de esto ni de nada, no debe “optar”, sino sólo “saber”. Esto no es ni un partido político ni una religión, es una tecnología: se sabe o no se sabe y “Saber es hacer”.

La razón social: disfrute y empleo

Cazadores y pescadores realizan en España no menos de unos 40 millones de jornadas de disfrute al año. Muy pocas actividades lúdicas o deportivas, logran tal número de jornadas reales en el medio natural. Esto pese a que algunas de ellas están fuertemente promocionadas y apoyadas desde el erario público.

Ambas actividades contribuyen a retener en el campo a una parte significativa de la población rural, siempre más cazadora y pescadora que la urbana, generando además un importante movimiento de turismo rural cinegético-piscícola.

El disperso reparto de los beneficios ambientales y económicos generados, alcanza a los lugares más alejados, y a las capas sociales más desfavorecidas.

Generan además abundante empleo directo (guardería, gestión y mejoras) e indirecto en las áreas rurales.

La razón económica: desarrollo endógeno en el medio natural

Importancia

Los valores (social, ecológico y económico) de las actividades cinegéticas y piscícolas en España son enormes. En muchas zonas superan hoy con creces a casi todos los demás posibles en el ámbito de lo natural; siendo además compatibles con la mayor parte del resto de los usos y potenciadores sinérgicos de los mismos. Muy en especial constituyen valores que se internalizan en un elevado grado dentro del mismo territorio gestionado, lo que permite plantear para el mismo un desarrollo sostenible y, sobre todo, endógeno (no a costa de otros). Por otro lado generan cuantiosas externalidades de las que se beneficia centralmente la sociedad globalmente entendida (conservación paisajística, mantenimiento de los equilibrios biológicos, reducción de daños, y de riesgos sanitarios y en vías de circulación, mantenimiento de la población rural, industrias y servicios asociados...).

Aplicaciones

Algunas observaciones resultan claves en la comprensión de esta primera aproximación a la economía de la caza y de la pesca:

  • El valor neto gestionado acaba repartido entre muchos de los intervinientes en el proceso productivo. No es un gran negocio para nadie, pero es un sano “negociete” para muchos. Cuando se habla de la presunta rentabilidad de la caza o de la pesca, no suelen tenerse en cuenta sus costes de producción: las rentas resultantes son más bien escasas.
  • Dentro de los costes de producción, cualquier partida, subcapítulo o capítulo que crezca con desmesura, repercute los demás, pues sólo puede hacerlo a costa de ellos, puesto que la suma del conjunto es siempre el valor neto gestionado. La “caja” no es goma, sino de madera.
  • Las pautas administrativas, casi siempre fuera del mercado y sordas ante la sociedad, suelen generar este tipo de comportamiento “tumorales” perversos. Los costes transaccionales son especialmente peligrosos en esta materia.
  • En los planes técnicos, el valor neto gestionado siempre debe cuantificarse con precisión en su cuantía, e identificarse con claridad en lo que a su reparto concierne: distribución racional del mismo en las condiciones sociales, ecológicas y económicas locales, propias de cada coto, entre los diferentes costes de producción y rentas. Sin este análisis económico el plan técnico o no existe o no sirve para nada. También aquí la administración tiene una tendencia enfermiza a meter la pata: guardería, daños, riesgos, mejoras…
  • Algunas aplicaciones económicas resultan relevantes:
    • El valor real de lo ofertado a cazadores y pescadores, para evitar las auténticas estafas que hoy se cometen en la materia.
    • La valoración de las rentas que deben ser objeto de fiscalidad, para evitar el excesivo movimiento de dinero negro en la materia.
    • Los esfuerzos que en materia de costes de producción son exigibles a quienes disfrutan de unas rentas y de unos beneficios, para evitar la apropiación ilegítima de la fauna: cobrar por la caza o por la pesca, sin gestionar esa “res nulius” común a todos.

José Miguel Montoya Oliver

7 comentarios

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20 abr. 2013 12:27
montemonte
Magnifico alegato, he disfrutado especialmente con el análisis sobre la genética y la depredación.
Así se defienden las libertades, desde la razón solidamente argumentada.
23 abr. 2013 12:05
+3
Fuente Andrino  
Un artículo así, sólo puede escribirlo uno de los hombres más valiosos de España en este campo. Me refiero a don José Miguel Montoya Oliver. Un ingeniero de montes que dada la situación económica del País, no le podemos ignorar, pues mucho me temo que tengamos que dar un giro de 180º para volver a vivir del sector primario. Pero antes tienen que desaparecer quienes entienden que el progreso de nuestro mundo rural consiste en adornar cuatro charcas con barandillas de baratillo y manchar el campo con senderos de asfalto donde cuatro patos pelones comen cangrejos rojos o señales, ambos portadores de la afanomicosis.

Miguel Ángel Romero Ruíz
27 abr. 2013 11:41
jmmontoyao@terra.es  
Intuido amigo "montemonte" y bien probado amigo "Fuente Andrino":

Gracias a los dos. Será por mi parte una estupidez, pero es por el cariño de algunos como vosotros, por lo que puedo seguir adelante. No poca gente me dice que qué adelanto en esta extraña lucha, que bien visto no aporta sino disgustos; pero, cualquiera sabe los porqués, tengo la impresión de que es mi obligación. Tal vez hacer lo que uno debe de hacer, cumplir con el destino que Dios nos da (Él sabrá los porqués), sea una de las mejores formas de la oración.
Pienso que si no nos fortalecemos (cazadores y pescadores) con un pensamiento colectivo sólido, argumentado y, sobre todo, moderno, no vamos a conseguir reconectar con la sociedad. Una sociedad a la que pertenecemos, que es nuestra, y de la que no debemos ni marginarnos ni dejarnos marginar. Porque es nuestro derecho y es nuestra obligación.

Bueno Miguel Ángel, ayer me dió por ir de carpas, es todavía demasiado temprano, y se rieron un poco de mí. Una buena lección de humildad que me arrimaron. Me reivindicaré en las truchas.

Un fuerte abrazo para ambos. A tí Miguel Ángel te pasaré el resto de mi "rollo" de pesca, pues bien sabes que preciso y deseo tu crítica.

Miguel Montoya
30 abr. 2013 02:21
Igor24
Igor24  
Este artículo describe la caza y la pesca desvelando su esencia desde sus más profundas raíces hasta su más moderno significado. ¡Un 10 Sr. Montoya!
05 may. 2013 09:47
jmmontoyao@terra.es  
¡Pues un abrazo Ígor24! No sé quién eres, pero tengo la impresión de que nos conocemos. Miguel
12 jun. 2013 00:11
uno en la mancha
Extraordinario artículo.Interesante, instructivo y veraz.Los argumentos apuntados son fundamentales para defender los derechos de las minorias en las sociedades buenistas.Enhorabuena y que sigas produciendo más. Lo que comentas de la pesca pienso que es de interés para todos, así que espero leerlo en cuanto lo tengas pulido.
14 ago. 2013 09:49
VICTOR RODRIGUEZ
VICTOR RODRIGUEZ
Felicidades por su escrito Profesor Montoya.

Yo estoy especialmente interesado en el análisis económico de las actividades cinegéticas y piscícolas, aspecto que usted boceta en este artículo. De modo que desde mi humilde posición de seguidor suyo, me permito solicitarle una profundización sobre este tema en un próximo artículo.

Gracias de nuevo por la divulgación de su conocimiento sobre medio ambiente en general, y sobre caza y pesca en particular. Para mí constituye una iluminación.

 

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