Modificación de conductas problemáticas en el perro: Aprender a castigar

Las opiniones sobre el castigo son tan diversas como el número de propietarios y adiestradores existente. Pero si hay algo innegable es que todos, lo admitan o no, usan el castigo como una forma de encauzar la conducta (en principio inhibiendo la indeseada).

Ricardo V. Corredera | 03/12/2012

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Los principios del castigo abarcan muchas más acciones y técnicas de las que a priori el dueño pudiera pensar, por lo que con frecuencia está aplicando un castigo sin ser consciente de ello. Toda acción adversa, tomada inmediatamente después de la conducta problemática con la intención de reprimirla, es, por definición, un castigo. Por lo tanto, no es necesario propinar un puntapié al animal para tornar la acción como un castigo: una simple reclusión inmediata en la perrera o una retirada firme de un juguete son a su vez castigos, por mucho que dicha palabra esté pasando a gozar de impopularidad debido a la influencia de ciertas corrientes ("¿positivistas?") del adiestramiento.

Pretender educar a los perros utilizando sólo técnicas positivas suena muy bonito. Pero no es más que una falacia, más aun si se trata de perros de caza, poseedores de una fuerza pulsional altísima.

El adiestramiento opera en busca de patrones de conducta deseables que el animal sólo adoptará a través de consecuencias tanto positivas como negativas. Pero el castigo por sí solo no adiestra al can, ya que sus efectos son sólo negativos, restrictivos e inhibidores. Es decir, el perro aprende lo que no debe hacer. Es importante guiar al perro para que pueda reemplazar la conducta punible por la búsqueda y, como dijimos con anterioridad, encontrar el equilibrio con refuerzos positivos estabilizadores.

El "Boby", cachorro de cuatro meses, es pillado in fraganti por su dueño royendo con satisfacción el guante de cocina: De inmediato recibe un merecido azote. El comportainiento intuitivo de la señora es correcto, pero incompleto e inútil si no se toma la molestia de enseñar al cachorro la posibilidad de fortalecer sus encías y relajarse mordiendo un hueso de colágeno que para tal efecto se le ofrece.

Es más, el castigo utilizado por sistema conlleva una disminución progresiva de sus efectos llegando a un punto en que obliga al dueño a incrementar su intensidad y frecuencia cayendo así en un círculo vicioso nefasto e ineticaz. Es el caso conocido como "cuello duro" que se usa para definir a tantos perros víctimas de la sobrecorrección con correa y collar, a base de jalones continuos que van progresivamente insensibilizando al animal. Se establece así una carrera de fondo donde el propietario se ve abocado a emplear cada vez más fuerza, hasta un punto donde ya no llega y el perro se convierte en una "bestia de arrastre" crónica. Admitiendo pues que el castigo puntual es inevitable y un hecho inherente al proceso natural de aprendizaje en todo ser vivo, las cuestiones que debemos resolver son por qué motivos, cuándo, con qué intensidad, y con qué frecuencia debemos usarlo.

A priori parece una cuestión sencilla, pero la realidad es que pocas veces las razones que nos han llevado a castigar a nuestro compañero han sido sujetas a reflexión previa o posterior. Es tan fácil castigar a un animal tan accesible, noble y sumiso, que con demasiada frecuencia lo hacemos más como consecuencia de una frustración, por seguir un impulso incontrolado, por ánimo de venganza o por dar rienda suelta a nuestra agresividad acumulada en nuestros avatares cotidianos que como técnica de enseñanza pautada. El perro se convierte así en víctima propicia y callada de los abusos de muchos dueños que en la sobrecorrección sistemática encuentran finalmente su propio castigo: el desencuentro con quien debiera ser su auxiliar y compañero de campo y termina siendo un lacayo amedrentado, inhibido y sometido.

El castigo, como ya hemos dicho, es una técnica llamada a conseguir la supresión o al menos la disminución de una conducta indeseada. Por lo tanto, los motivos del castigo no son otros.

Conductas indeseadas son aquellas que afectan a la aceptación social, a la convivencia en el entorno humano, a la eficacia del trabajo en la caza y a la propia seguridad del animal en ambas situaciones.

Con frecuencia castigamos al perro por conductas propias de su condición de cazador, como por perseguir a un pájaro, portar una pieza muerta alejándose del dueño o alargarse en el campo en pos de la caza. Y lo hacemos sin que haya mediado educación ni adiestramiento en obediencia previo. No debemos confundir las conductas punibles con las pulsionales. Las primeras son susceptibles de castigo si el animal entra en desobediencia, para lo cual debe haber un adiestramiento anterior y el perro por lo tanto debe conocer el comportamiento adecuado. Las segundas responden a instintos fundamentales para que un perro sea un cazador en potencia. Castigarlas sin más solo conlleva su anulación a largo plazo y por lo tanto a carencias y problemas de mayor calado (retraimiento en la búsqueda, muestra inexpresiva, negación al cobro…).

El castigo debe estar presidido por el sentido máximo de justicia para no llevarlo a cabo sin motivo y por la tolerancia, teniendo en cuenta las limitaciones propias del perro como animal que es.

El momento del castigo

Es común humanizar al perro en muchos aspectos de nuestra relación con él y en el momento del castigo esto ocurre de manera que muchos castigos son orientados como si fueran destinados a un niño. La demora del castigo es eficaz en el humano desde el momento en que el niño va adquiriendo la madurez necesaria para asociar y retener la conducta con sus consecuencias a largo plazo. Pero la mente del perro es mucho más simple y necesita de la inmediatez para que la relación causa-efecto se establezca. No genera más que confusión el castigo al perro que retarda su respuesta a la llamada. El lapso de tiempo entre la orden de venir (o el silbido) y el posterior acercamiento es suficiente como para que lo que el perro asocia al castigo es simplemente el contacto con el dueño, por lo que cada vez rehuirá más su vuelta.

Otro caso típico es el del cachorro que orinó en la alfombra del salón en nuestra ausencia y dos horas más tarde recibe una tunda con la pretensión de que entienda el motivo. Castigar a un individuo que casi siempre se encuentra fuera del alcance de la mano, que es más rápido que nosotros y que sabe "leer" nuestras intenciones evadiéndose con facilidad puede parecer a veces una tarea complicada. Pero no debemos olvidar que el perro tiene gran facilidad para establecer asociaciones de sonidos con efectos concretos. Así existen dos comandos infrautilizados y a veces mal establecidos y usados, que se corresponden con el placer y el displacer, motivos fundamentales de toda respuesta canina. Hablo del comando "¡bien!" y del "¡no!". Para todo perro el primer sonido debe suponer un refuerzo positivo inmediato y de primer orden, así como el "¡no!" debe hacer la función de refuerzo negativo por sí solo. Claro está que para que esto sea posible la educación en este sentido debe ser puesta en práctica desde tempranas etapas del cachorro, de modo que ambos comandos supongan sendos estímulos condicionados. Para un cachorro sensible un "¡No!" emitido con un tono firme puede suponer un castigo casi traumático, mientras que para otro de carácter dominante y sólido sólo tenga un efecto ligero. Por ello será importante tener en cuenta la sensibilidad de cada individuo a la hora de emplear el volumen y tono de la voz censuradora.

Existen asimismo recursos suficientes al alcance de todo adiestrador para castigar a distancia. Desde la cuerda larga y la correa extensible de carrete hasta el collar de impulsos eléctricos, pasando por los sonidos clave de silbato previamente condicionados. Cada método tiene sus pros y sus contras, por lo que lo ideal es su utilización combinada siempre dependiendo del carácter de cada animal, del momento de adiestramiento, de la tarea específica a entrenar y por supuesto de la experiencia del guía. Este último punto viene a colación sobre todo cuando se trata del empleo del collar electrónico, tan eficaz como destructivo si se usa de forma incorrecta o por motivos equivocados. Siempre he defendido que el electrónico es una herramienta que debería ser empleada exclusivamente por profesionales acreditados. Pero es éste un tema para otros foros. Mientras tanto seguiremos tratando sobre el procedimiento del castigo en nuestro
próximo capítulo.

Ricardo Vicente Corredera

1 comentarios

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19 oct. 2013 20:40
pasancer
El articulo me parece perfecto y esta claro que el perro casi nunca es el culpable

 

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