Malos tiempos. ¿Qué es cazar?

A modo de indagación o encuesta, querido amigo, hay quien anda preguntando qué es cazar. Cuando ese requerimiento llega a mí, recordando a Mark Twain, tengo dos opciones: Mantener la boca cerrada y parecer estúpido o abrirla y disipar la duda, ante el temor de no estar a la altura, habida cuenta de tan compleja pregunta.

Antonio Díaz de los Reyes | 17/07/2012

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También podía hacer frente a esta difícil cuestión dándole a esa pregunta una larga cambiada contestando que cazar es ejercer la acción de la caza y así salirme con habilidad del toro. Pero como no quiero que me acusen de buscar el recurso fácil, voy a tratar de responder a tan ardua interpelación sin más símiles taurinos.

Como entiendo que el verdadero sentido de la pregunta es ¿qué es la caza? voy a someterme en ese examen —sabedor del charco donde me meto— pues lo mismo puede contestarse en una sola línea que ser capaz de llenar un libro entero.

Jesús Caballero dijo que «La caza es emoción, intimidad y protagonismo»; por el contrario Ortega y Gasset necesitó un extenso y desarrollado estudio para describirla. Como se puede ver no exageraba entre los dos extremos. Sin lugar a dudas entre la capacidad de síntesis de Jesús y el espacioso tratado del filósofo, ambos admirables, debe existir un enunciado intermedio, aunque lo encuentro muy complicado. Para mí como para muchos, la caza son tantas cosas que me resultaría imposible encontrar una definición exacta y mucho menos en el corto espacio que se me concede.

Volviendo al pensador, nos encontramos con la siguiente explicación: «La caza es todo lo que se hace antes y después de la muerte del animal. La muerte es imprescindible para que exista la cacería». Esta definición, a pesar de la profunda admiración que siento por Ortega, está totalmente en desacuerdo con mi pensamiento pues no considero que el final, aunque este sea el motivo por el que se ha estado cazando, tenga que ser necesariamente la muerte de nuestro antagonista.

En la certeza que no se debe matar sin haber cazado antes —pues a eso podríamos llamarlo de mil maneras pero nunca caza— muchas veces cazamos sin provocar la muerte pues a pesar de haber estado practicando nuestra afición con toda diligencia, durante el desarrollo de la misma, podremos encontrarnos con algún impedimento que imposibilite ese momento final. Y, aunque no se produzca ésta, sí podemos calificar a nuestra labor de verdadera acción de cazar.

A mí, al menos, me queda claro que la muerte no es sino una consecuencia de haber cazado, pero que ésta, aunque deseable, no necesariamente debe producirse para tener sensación plena de haber estado cazando.

Aunque como enunciado lo encuentro algo pintoresco, el diccionario de la Real Academia Española se acerca algo más a mi percepción pues dice «Buscar o seguir a las aves, fieras y otras muchas clases de animales para cobrarlos o matarlos». A pesar de su exotismo, se aproxima más a mi manera de ver el asunto, pues para empezar habla de buscar o seguir y por lo tanto considera que ya se está cazando, como en realidad ocurre. De igual forma, para acabar utiliza el término cobrarlos, que se supone tan exclusivamente cinegético, y eso me parece más correcto y preferible a la utilización de matarlos.

Tony Sánchez Ariño, uno de los indiscutibles grandes del mundo cinegético la describe así: «La caza es un deporte noble, apasionante, donde el cazador utilizando la técnica trata de cobrar la pieza codiciada venciendo la astucia y la desconfianza de ésta en su propio hábitat». Esta exposición se encuentra en la órbita de mi ideario. Su principal reto estriba en superar dificultades para tratar de cobrar, e insistiendo, para concluir su exposición, en su propio hábitat.

Está claro que su autor, al utilizar un verbo intransitivo seguido de un sustantivo, quiere dejar bien sentado que intenta alcanzar la caza, todavía dudosa, ya que con anterioridad tiene que vencer los obstáculos de astucia y desconfianza, antes de conseguir su meta, siendo por lo tanto incierta su consecución. Sin embargo y pese a no haber conseguido la muerte del animal, imprescindible al parecer para Ortega, si se puede decir que efectivamente se ha cazado. No siendo por lo tanto de obligatorio cumplimiento ese requisito aunque inicialmente fuera el fin perseguido. Así como final, hace constar que esta acción debe desarrollarse en el propio medio donde se desenvuelve la res perseguida, pues hacerlo fuera de su natural ambiente se podría postular de otra forma pero nunca como verdadera caza.

El hecho de que cazadores somos todos, es un asunto fuera de toda discusión pues la posición frontal de nuestros ojos así lo delata. Otra cosa es que seamos apasionados de la caza o practicantes de este deporte. «La caza —nos dice Antonio Botín en el prólogo que le escribió al conde de Artaza para su libro Cacerías en el Alto Himalaya— es una actividad que, por muy dormida que esté en apariencia, palpita en el fondo más profundo y antiguo del hombre, que es, originariamente, como todos los animales carniceros, cazador».

Deseo aclarar que muchas de las nociones expuestas a continuación las he comentado o escrito con anterioridad, pero al encontrarlas tan necesarias para mi actual razonamiento, no siento ningún recato en reconocer que me estoy plagiando a mí mismo.

Como cazadores tenemos primordialmente que obligarnos a cazar, esto es, a realizar todo lo anterior al simple hecho de disparar. Algunos podríais opinar sin razón que lo demás es superfluo y a este grupo les recordaría que no olvidasen nunca del veredicto de Voltaire al respecto, «lo superfluo, esa cosa tan necesaria».

Y esas cosas tan necesarias hasta conseguir, o no, la pieza deseada son disfrutar de lo que nos rodea, recrearnos en la aproximación, sentirnos satisfechos de estar haciendo bien las cosas aunque no se materialicen en resultados, presumir de ser más pacientes y astutos que la pieza que perseguimos y finalmente, alegrarnos por haberle ganado la partida con rapidez y limpieza.

A esto es a lo que me refiero cuando digo obligarse a cazar y no a disparar simplemente sobre la pieza elegida. No existe nada más desagradecido y frustrante que un disparo, aunque éste sea certero, sin que anteriormente haya existido el lance.

En mi libro África Safari y en su capítulo sobre las homologaciones su autor José Serrano Súñer nos lo recuerda… «si lo que quieres es cazar y recordar lances con sabor dulce, procura cazar, exige que te hagan cazar»

Abundando en el asunto y para que la caza sea verdadera y constituya un reto, tenemos que analizar el viento, ver dónde pisamos, desplazarnos con suavidad evitando a toda costa los movimientos bruscos, tener paciencia pues la pieza que perseguimos la tiene en mayor medida que nosotros, confundirnos con el medio que nos rodea, observar con detenimiento a los otros animales y sacar consecuencias de su comportamiento sin olvidar los avisos sobre la caza que nos dan los pájaros… ¡Qué complicación! me dirán algunos. ¡Pues sí!, para que la caza sea verdadera y no otra cosa, siempre debe ser escasa, incierta y dificultosa. Ortega dijo, y aquí estoy plenamente de acuerdo con él, que «toda la gracia de la cacería está en que sea siempre problemática».

Actuando de esa forma, estarás cazando con mayúsculas y tu conciencia —si es que alguna vez se estremeció— estará tranquila y sosegada en estos malos tiempos que vive la caza y su entorno.

¿Por qué cazamos?

A esto podría contestar que, personalmente, cazo por que me gusta, lo considero necesario y no concibo la vida sin cazar. Para mi es una necesidad vital, junto a otras, sin las cuales no tendrían sentido muchas cosas.

Nos hallamos en unos momentos complicados para el mundo de la caza donde proliferan detractores, más por ser políticamente correctos que por pleno convencimiento. Una parte muy importante de esa actitud creciente por parte de los infamadores, la tenemos nosotros mismos por nuestra actitud —a veces— demasiado complaciente ante los ataques desinformados pero bien orquestados de estos subvencionados murmuradores.

Nos encontramos —con más asiduidad de la que quisiéramos— con el cazador vergonzante, ese que, practicando su afición, lo hace a escondidas y procurando que nadie se entere, pues su entorno social o político así se lo requiere y él cobardemente accede por motivos tan antiguos como aquello del qué dirán.

En este país, tan fructífero en cantamañanas, se podría conseguir que una ardilla atravesara la Península saltando de tonto en tonto al igual que en tiempos romanos lo hacía sin bajarse de los árboles, pues por simple contagio mediático cuando se pone de moda una idiotez —aunque sus conceptos sean muy discutibles— todos nos abalanzamos entusiasmados sobre ella, olvidando cualquier otra alternativa. Ya lo dijo Albert Einstein, «las dos únicas cosas infinitas son: El universo y la estupidez humana. Y no estoy tan seguro de la primera».

Sobre el elefante de Botswana

Últimamente hemos tenido que oír y sufrir las enclenques reflexiones hipotéticamente ecológicas sobre la noticia del safari del Rey y que solo demuestran el gran desconocimiento que sobre el asunto tienen esos memos de enciclopedia que mejor harían en callar o seguir el consejo de Manuel Azaña en el sentido de hablar únicamente de lo que se entendiera. Al igual que don Manuel, estoy seguro que el silencio en España sería clamoroso.

Como muy bien ha dicho el Doctor Ingeniero de Montes José Miguel Montoya Oliver, «el manejo racional de los ecosistemas no debe orientarse a la administración de la vida, sino justo al revés, a la conducción a la muerte. En ecología, ésta es el origen último de la evolución de la vida y es afortunadamente inevitable ante la que no queda otro remedio que resignarse».

Voy a centrarme en Botswana que es el país —¡qué casualidad!— que ha propiciado ese rosario de desafortunados comentarios. La población de elefantes, según fuentes del gobierno, es de 150.000 ejemplares. Siendo muy pesimistas, esta población se incrementa al año en un 5%, esto es, en 7.500 ejemplares. El Ministerio de la Vida Salvaje y Parques Nacionales autoriza la caza y vende los permisos —muy caros por cierto— de 300 trofeos durante la temporada anual de safaris. A todas luces una cantidad insuficiente.

¿Se han detenido estos detractores a pensar qué habrá ocurrido con los bosques de este enclave africano en tan solo 20 años? ¿Por qué no le preguntan su opinión a los agricultores, recolectores o habitantes de los poblados de la zona?

A más animales nacidos, son más muertes en el medio natural. ¿Han dedicado tan solo unos minutos a pensar sobre la muerte de estos paquidermos que no tengan la suerte de que un disparo certero acabe con su vida? Puedo asegurarles que allí estas muertes son horribles: deterioro por la edad, hambrunas insoportables, largos periodos de sequía y agonías interminables para los que no han tenido la suerte de toparse con el cazador que tanto y con tan gran desconocimiento se critica, insulta y menosprecia. Y que no me hablen nunca más de la crueldad del cazador, pues los que prefieren esto, además de ignorantes y crueles, son unos hijos de puta.

Deberían enterarse de una vez por todas y no dejarse llevar por el síndrome de Bambi, que el objeto de un mundo racional y sostenible, es siempre el ecosistema y no los individuos. Consecuentemente y ante la falta de predadores naturales, la figura del cazador cumple ese cometido. Ya he dicho en otras ocasiones que si el cazador no existiera, habría que inventarlo.

Resentidos, desinformados y personas que aparentan estar de vuelta de todo, desgraciadamente sobran en este país donde verdaderamente —como dijo Santiago Amón— no cabe un tonto más.

Antonio Díaz de los Reyes

4 comentarios
19 jul 2012 13:03
-1
kas-1983
No podría estar mas de acuerdo con tus palabras. Brillante artículo.
22 jul 2012 08:34
-1
edumigrastre
edumigrastre
Está bien....
14 ago 2012 21:34
sinceraty
Me gusta el artículo. Yo pienso que es demasiado complejo tratar de definir la caza. Me gusta decir que no es la caza, sino quien caza. La personalidad de quien la practica. Y en eso sí me parece que hay que definir una ética o un modelo de cazador, acorde a los tiempos actuales y priorizando unas capacidades y cualidades que hagan de un cazador noble, respetuoso y humilde en sus cobros, un multiplicador de su manera de ser y hacer en la caza, en otros lugares, otras cuadrillas, futuros cazadores... Un saludo y suerte en la media veda!
28 oct 2012 22:59
sinceraty
Después de comprobar en voz de muchas personas el tema de la cacería de elefantes y su majestad, creo que amén de las personas que detestan la caza sin conocer su necesidad, existe un grupo no menos numeroso de personas que, apoyando la importancia y necesidad de la caza, si parecen mostrar razones de peso para valorar su crítica fundamental. Subyace ésta en la noticia oportunista de la cacería en un país actualmente sumido en una profunda crisis, donde las noticias deberían ser más ajustadas a la tragedia que acontece a la clase trabajadora, y no al tiempo de ocio que nuestra majestad dedica a su afición.
Pienso que no se ubicó bien la noticia en el momento actual. Es una sugerencia tras mi reflexión. Un saludo y ánimo!

 

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En el número de septiembre:

  • Kruger National Park
  • El Armero: Olvídese de la velocidad
  • Instinto Cazador: Darwin tenía Razón
  • África: El antílope Roan