Safari en África, el mejor banco de pruebas (I)

Otra vez más, y ya son cuatro, estuvimos en África para vivir nuevas experiencias en las que las armas y sus complementos serían también protagonistas. Rifles, cartuchos, visores, cuchillos... nos acompañaron durante casi dos semanas para demostrar sus prestaciones, y no precisamente en un polígono de tiro o en nuestra redacción, sino en la sabana arbustiva sudafricana y practicando la CAZA (con mayúsculas), incluso la de una de las especies perteneciente a los “cinco grandes”.

Luis Pérez de León

Luis Pérez de León
Director de la revista Armas Internacional

10/07/2012

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También de nuevo tengo la intención de trasladarles al menos algo de esas extraordinarias sensaciones que hasta hora sólo he vivido en aquellas lejanas tierras, a casi 10.000 Km de la nuestra. Y es que a cualquiera que le atraiga la Naturaleza, los animales, los paisajes extraordinarios, o las puestas de sol increíbles, podrá vivir un montón de situaciones inolvidables. Pero si además es cazador el asunto se multiplica hasta niveles que no son fáciles de explicar. Y es que nuestro cuarto safari africano iba a incluir, además, la caza de uno de los protagonistas indiscutibles de la fauna cinegética de ese continente, de un animal cuya impresionante fuerza, bravura y astucia lo hacen codiciado por millones de aficionados de todo el mundo, y seguramente también el que más accidentes y muertes ha causado entre los cazadores: el búfalo cafre; por derecho propio uno de los "cinco grandes" de la caza en África.

Fueron dos los búfalos abatidos, con diferentes armas y cartuchos, y ambas situaciones con sus recechos, lances y "demás aderezos" merecen ser comentadas. Pero también cazamos representantes de otras diferentes especies, y además coincidimos con otros varios amigos cazadores. Algunos era la primera vez que vivían esta extraordinaria experiencia africana, y creo no equivocarme al afirmar que –por lo visto y vivido– no será la última. Y es que, por si no se lo he dicho antes, aquello "engancha" como deben hacer las drogas.

No creo que haya un solo día a lo largo del año en el que en algún momento (o en muchos) yo no recuerde la cosas apasionantes que he vivido allí. Alguien dijo que África es como un libro que cambia de guión en cada página; realmente no sabes con qué puedes encontrarte cada día, o tras cada curva del camino. Quizás también por ello yo repetía por cuarta vez, mientras que mi amigo Javier Ferrúz lo hacía por tercera, esta vez acompañado de su hermano Juan después de que el año pasado su madre, Dña. Carmen, nos diera toda una lección de arrojo y decisión a más de uno demostrando cómo, a los setenta y tres años, se repiten jornadas de caza que comienzan antes de la salida del sol, cómo se monta en elefante (africano, claro) durante horas por la sabana, o cómo se aprende a cazar en un "cursillo rápido" para también vivir en primera persona esa experiencia antes de regresar a España.

Quiero mencionar asimismo al matrimonio alicantino compuesto por Antonio Quesada y su mujer, Jessica, que se estrenaban con este safari (y ya verán que hay cosas que comentar sobre ellos), y a los barceloneses Jordi y Anna, de Vic, y a otra familia de Madrid con la que coincidimos... y es que el campamento de Elandsbosch está más que habituado a recibir cazadores españoles, muchos, como nosotros mismos, repitiendo la experiencia (que por algo será), y como ven muchas veces acompañados por familiares y amigos que, cazando o no, deciden vivir unos días tan fascinantes como inolvidables en esas excelentes instalaciones al norte de la provincia sudafricana de Limpopo, casi haciendo frontera con Bostwana.

Sin duda que también a lo largo de estos relatos habré de referirme en más de una ocasión a Gerhardo Esteenekamp (el dueño de Elandsbosch) y a sus cazadores profesionales, pisteros, etc., y no debe quedar fuera de estas páginas mi reconocimiento, y el de todos los componentes de esa "colonia española" que nos reunimos en el Hemisferio Sur, por la profesionalidad y buen hacer demostrado en todo momento.

Quien afortunadamente tampoco suele perderse estas actividades, que en mi caso implican pasión y profesión –y colaborando de forma muy importante–, es mi hija Diana, ya conocida por muchos de ustedes desde otros trabajos, y también en la zona de Elandsbosch por su actuación en las ya varias experiencias anteriores.

Las armas

Pero entremos ya en materia, y en nuestro caso la "materia prima", lo fundamental quiero decir, son las armas; así que les haré una breve presentación que será posteriormente ampliada cuando tratemos el trabajo de cada uno de los rifles.

Para el abate del búfalo Javier llevó un Remington 700 de la serie limitada Dangerous Game (Caza Peligrosa), comercializada hace un par de años. Monta culata sintética verde con los insertos de goma para mejorar su manejo que se han incluido en diferentes versiones de este modelo en los últimos tiempos. Sus partes metálicas están acabadas en negro mate, y dispara el .375 H&H Mag, un cartucho magnífico a punto de cumplir un siglo de existencia (se presentó en 1912), y el mínimo legal exigido para la caza de las grandes especies peligrosas, que les aseguro el búfalo lo es.

Reconociendo que es un cartucho fenomenal, potente, preciso, con más alcance del que muchos suponen, y hasta versátil en función de la variedad de puntas que se le pueden montar, digo a la vez que para mi gusto se queda un "pelín" escaso para abatir a estas extraordinarias bestias con toda la suficiente seguridad que me parece necesaria. Desde luego que se han cazado miles de búfalos, elefantes y demás "grandes" con el .375 H&H a lo largo de su dilatada historia, pero insisto en que puede quedarse un poco escaso si el proyectil no se coloca idóneamente en estos bichos, dando además por supuesto que se dispare el adecuado en cada caso. Javier dispuso de cartuchos RWS y Remington con puntas de 300 grains que comentaremos más adelante.

Una de las características más destacables de este Remington 700 –que por otra parte comparte los rasgos de sus millones de hermanos fabricados desde hace ya medio siglo (1962)–, es que podría ser el rifle perfecto para un cazador que disfrute siguiendo las huellas de sus presas durante horas. Es ligerísimo, ideal para portarlo durante mucho tiempo, aunque con la lógica contrapartida de los "estacazos" que propina al dispararlo. Pero, insisto, manejarlo es toda una delicia y además agrupa magníficamente los tiros a 100 metros de distancia. Eso sí, como la inmensa mayoría de las armas estadounidenses de los últimos años, su gatillo está muy, muy duro; cerca de tres kilos en éste. Se hizo por tanto necesario recurrir a un buen profesional para que lo suavizara hasta niveles adecuados. Una tercera parte de lo indicado sería correcto en mi opinión para un rifle de este tipo y calibre, y contando con un tirador de experiencia para dispararlo en situaciones de caza MAYOR.

En mi caso, el arma era un sensiblemente menos ligero Sako 75 en calibre .416 Rem Mag, un "escalón" de cierta altura por encima del .375 H&H, y más con los cartuchos Norma PH con puntas Woodleight de 450 grains elegidos. También de ellos hablaremos más detenidamente al tratar la diferentes municiones empleadas.

Dando por sabida mi antigua afición por los Sako, éste en concreto se lo compré a Riki Medem, de Armería Española, hace un par de años pensando ya en la caza del búfalo (y si la crisis no lo impide en la de alguna otra especie grande en un futuro). Montaba la culata correspondiente a la versión Hunter, y yo encargué la sintética de camuflaje con la que ha viajado a África a la empresa norteamericana McMillan. Curiosamente, no mucho después tuve oportunidad de hacerme con otra de la versión de lujo, realmente espectacular, y hace apenas unas semanas también compré la sintética original de Sako que montan las versiones de acero inoxidable. Todas ellas se las mostraré en este artículo como curiosidad, y también para que vean hasta dónde puede llegar el vicio de un "Sakomaníaco". Pero quizás muchos se sorprenderían al conocer el número de culatas de madera de rifles de gran calibre que literalmente se rajan debido a los cambios de temperatura y presión, a un inadecuado apriete de los tornillos, o también a veces por no tener un encamado correctamente trabajado para que la acción asiente perfectamente en la culata. Son cuestiones que sencillamente te ahorras con las sintéticas si están bien hechas y son de material adecuado. Y si las Sako de origen están muy bien, las McMillan son seguramente de lo mejor que existe. Y todo ello sin olvidar lo mucho más resistentes que resultan frente a las de madera a la hora de soportar golpes o arañazos, como generalmente es casi imposible evitar que reciban en 12 ó 15 días con 10 horas de paliza diaria.

Quizás a alguien le pueda sorprender que utilizase un rifle del modelo 75, pero es que Sako no produce el más moderno en calibre .416 –que era el mínimo que yo quería usar con el búfalo–, sino sólo en .375 y de éste ya tengo otros dos rifles de la marca; en concreto un 85 y un veterano L61R en la preciosa versión Safari Grade, la misma que Sako recuperó no hace mucho para el 85, pero a precios desorbitados, aunque sin llegar al nivel de los 90 rifles de serie limitada y numerada para conmemorar el 90 aniversario de la marca que hoy pueden verse en la web: www.sako.fi. De éstos, una versión se ha hecho en .375 con el armazón "L" del modelo 85, el conocido hasta ahora de mayor tamaño, pero existen otras opciones en las que se ha empleado un nuevo chasis denominado "85 XL" para los .416 Rigby, .450 Rigby y .500 Jeffery, y al margen de una decena de rifles con más grabados, incrustaciones en oro y otras lindezas que se han recamarado al .450 Rigby Rimless. De momento, ninguno de estos calibres está disponible en otras gamas de Sako. Pero volvamos a la realidad de nuestro relato.

Como ya han sido tratados en otros diferentes artículos, me limitaré a recordar que el modelo 75 fue presentado por Sako en 1997, y que su principal diferencia respecto a sus predecesores era su cerrojo con tres tetones de cierre en cabeza, una innovación que representaba auténtica mejoras en "calidad de funcionamiento" y precisión, y que supuso un notable avance para estos rifles nórdicos, que no obstante ya contaban con una reconocida fama en todo el mundo desde muchos años atrás.

Casi una década después, en 2006, aparecería el modelo 85, directamente basado en el anterior, aunque con algunos cambios en la configuración de los propios tetones del cerrojo y el extractor, con cargador separable y algunas otras modificaciones para hacerlo más ligero y poder presentarlo como novedad. Casi desde entonces hay defensores para cada uno de los modelos, argumentando una potencial mayor precisión por la configuración del cerrojo 75, y una asimismo mayor fiabilidad de uso con los calibres grandes en el caso del 85. Si les sirve de algo, desde los bastantes tiros que yo he disparado con ambos, les puedo asegurar que a 100 metros del blanco y con el rifle bien apoyado no encuentro ninguna diferencia sustancial en precisión. Respecto a la manejabilidad y fiabilidad de empleo, el cerrojo 85 se muestra ligeramente más cómodo, y hasta casi sorprende por su fiabilidad al alimentar la recámara con vainas vacías desde el cargador, lo que supone que lo hace de forma suave, precisa e IMPECABLE con los cartuchos completos.

Pero aún tendríamos otro Sako en esta cacería, y me refiero a otro modelo 85, precisamente en .338 Win Mag, que repetía safari en la batería de Javier.

Como calibre menor yo utilizaría el Blaser R8 Professional que estrené allí el pasado año, con cañones del 8x68 S y del .30-06.

Por su parte, Antonio Quesada emplearía también Blaser R8, pero llevó dos rifles y cañones de 9,3x62, 7 mm Rem Mag y .30- 06. Jordi usó un Browning X-Bolt también en 7 Rem Mag.

Tras la muerte negra

Por fin Javier y yo tendríamos la oportunidad de conseguir estos impresionantes toros que se han ganado fama por su fiereza y peligrosidad. Su nombre científico es Sincerus Cafer, existen cuatro subespecies en África y éste que cazaríamos es el más grande y extendido geográficamente; es el llamado búfalo septentrional o del Cabo.

Para explicar de qué tipo de animal hablamos he recurrido a unos párrafos del libro "El Tiro Perfecto", cuyo autor, el sudafricano Kevin Robertson, reúne cualidades para tratar estos temas con la mayor propiedad al ser veterinario y también cazador profesional. Por tanto, en el capítulo de su obra dedicada a nuestro protagonista podemos leer:

...Cualesquiera de las cuatro subespecies de búfalo puede considerarse como el animal de caza africano más peligroso...

...Pesando tres cuartos de tonelada, o algo más en ocasiones, bendecido con una vista excelente, un fino oído y un sentido del olfato muy agudo, y cubierto con el más duro y grueso de los pellejos, un búfalo adulto es un enemigo formidable. Su caza no debe tomarse a la ligera. Su inclinación a ir incluso a por sus agresores, y su habilidad para que algunas veces parezca hecho a prueba de balas, hacen de él lo que es: el peor y más formidable de todos los animales africanos de caza...

Y es que ese gran toro, llamado mbogo o nyati en idioma swahili y otras lenguas africanas, se ha ganado también el rotundo apelativo de "La Muerte Negra".

Pues bien, de la experiencia de Javier les hablaré en el próximo artículo, que les aseguro que no se les va a olvidar a ninguno de los que la "disfrutaron", mientras que ahora voy a comentar la que se produjo en primer lugar y que pude vivir en primera persona.

Ya contaba con la experiencia de tres safaris de antílopes, que "sin ser lo mismo" sí valen para acostumbrarte a muchas cosas y situaciones en África. Sin duda que la caza y el rastreo de numerosos animales, incluyendo el de algún oryx herido, o del enorme sable abatido el año pasado (que ambas especies han de tomarse con mucha seriedad cuando están heridas) te ayudan para aprender a moverte entre la maleza de una forma especial; pero esta vez ya tocaba enfrentarse a la caza de un animal que no era "potencialmente peligroso", sino el que muchos expertos consideran como el que más.

Qué quieren que les diga; hay quien disfruta saltando en paracaídas, o siendo piloto de carreras, o con tantas otras cosas en las que el riesgo supone precisamente la principal motivación para hacerlas.

Así que después de ya más que bastantes tiros de caza a lo largo de los años, me tocaba prepararme para hacer alguno más (ojalá que los menos posibles) para abatir uno de esos formidables animales.

El Sako admite nada menos que 4+1 cartuchos del .416 Rem Mag. Por supuesto que la primera bala sería una de expansión controlada, en concreto una Norma PHWoodleight de 450 grains. Se supone que ese primer tiro tendría ocasión de colocarlo adecuadamente, mientras que tras él (cuando muchas veces empieza "lo divertido de verdad" en esta caza), sólo habría puntas blindadas en el cargador. Como no sabes en qué situación o ángulo vas a tener que disparar al búfalo, y dada su fortaleza ante los tiros, es preferible tener la seguridad de que la bala va a "entrar" en cualquier sitio que lo alcance, aún a costa de no expandir. Pero de las municiones les hablaré más tarde.

Disponía de varios días, sin duda más que sobrados para cazar el búfalo. No estábamos en las inmensas llanuras de Tanzania, donde pueden hacer falta jornadas agotadoras para dar con el trofeo pretendido, o por el contrario encontrar enormes manadas en las que se hace complicadísimo localizar y no perder entre la multitud de animales al que quieres tirar, y eso sin olvidar que "sólo" quieres alcanzar y "pagar" a ése.

Seguro que puede ser una aventura magnífica, pero reconozco que a mis años, a mis piernas y a mi ardor aventurero le iban a valer las más de 4.000 hectáreas de la finca en la que debíamos localizar a uno de los excelentes machos que habían motivado mi viaje. Tenían controlados un par de grupos y también había algunos moviéndose solos. Madrugón a las cuatro de la mañana y dos horas largas hasta llegar a la finca. El grupo está compuesto por Gerhardo, Eksteen (uno de sus PH, con quien ya cacé el año pasado), mi hija Diana, Jan (el pistero principal de Elandsbosch, tuerto desde que el reventón de un "rifle" que se había fabricado para furtivear le vació un ojo, y a quien verlo rastrear es todo un espectáculo), y un servidor de ustedes.

Atrás ha quedado una enorme puerta metálica con un letrero que anuncia, en inglés y afrikáans: "Prohibido el paso. Animales peligrosos"... y a eso hemos venido; ya es una realidad.

Anduvimos un buen rato con el coche buscando huellas en los caminos, mientras nos dirigimos a una zona con varias charcas. Eksteen y Jan, sentados en las barras de protección del frontal de la pick-up, escudriñan el suelo y ya nos hemos parado en varias ocasiones, cuando esta vez hacen bajar a Gerhardo que conducía. Todos están de acuerdo y desde aquí vamos a seguir a pie. Una vez más comienza esa parte de la caza que estoy seguro es la fundamental para muchos, cuando has de localizar y aproximarte a la pieza sin que te descubra; sólo que esta vez el tema implica que el ser descubierto puede "tener premio".

Gerhardo, que abre la marcha, vuelve a demostrar su admirable trabajo en el rehecho. Avanzar no es nada fácil en muchas ocasiones; los pinchos de ramas y arbustos, sobre todo los que llaman "gancho azul", son como auténticos anzuelos de pesca que te enganchan la ropa y hasta la piel como te descuides. Más vale que no tengas prisa para librarte de ellos y lo hagas con todo cuidado si te atrapan.

El terreno por el que nos movemos es el perfecto ejemplo de sabana arbustiva, con algunas zonas de cierta claridad en la vegetación –aunque con arbustos tupidos y bien altos–, y otras en las que la espesura se hace impenetrable.

Llevamos ya más de tres horas recechando, muchas veces "de puntillas", vigilando la dirección del viento. Hemos llegado a sorprender a un par de kudus enormes que han salido corriendo, pero que afortunadamente no nos han "ladrado" (algo parecido al que emiten los corzos, pero multiplicado en proporción hasta el tamaño del kudu), alterando el silencio que nos rodea.

El Sako se hace notar en las manos. En ningún momento quiero que el cañón se proyecte hacía arriba (que se hace bien visible desde lejos y más con los brillos que puede acompañar), ni que su boca apunte hacia el frente, donde está Gerhardo. Por supuesto le he quitado la correa, pues puede ser muy delicado que en el peor de los momentos se enganche en este mar de pinchos y espinas. Además, así no corres el riesgo de colgártelo y dejar de tenerlo en tus manos cuando más falta te puede hacer; es una antigua táctica militar.

Una vez más Gerhardo ha hecho la señal para que nos detengamos, y les aseguro que no muevo ni un músculo (seguro que los que me siguen tampoco), y de nuevo pasan unos interminables segundos de total inmovilidad. Hasta ahora esas situaciones han acabado en un movimiento de la mano de Gerhardo que podría traducirse en: "nada", pero esta vez indica que nos movamos muy despacio. Delante tenemos un "semi-claro" de buen tamaño, con una leve inclinación y tupido de enormes arbustos.

Estamos moviéndonos agachados y todavía más de puntillas que antes. Casi a ras del suelo Eksteen recoge la horquilla del pistero para que yo apoye el rifle si es que he de disparar, y parece que es posible que no tengamos que seguir recechando. Desde luego que yo hasta ese momento lo que más he tenido ante mi vista ha sido la espalda del sudafricano, pero ahora que el terreno lo permite nos hemos abierto un poco. Me estoy dejando los ojos mirando esa ladera sin lograr ver nada más que arbustos enormes, hasta que sí aprecio una sombra de gran tamaño desplazándose muy despacio hacia abajo; y es allí donde exactamente también está mirando el profesional. Si no fuera porque estamos intentando cazar un búfalo, podría parecer que alguien ha robado "un piano" –de más que buen tamaño y por supuesto negro– y lo está tratando de alejar con todo sigilo... pero no, no era un piano.

Seguimos encorvados y sin movernos en absoluto; y es que la sombra también se ha detenido. Está a unos 60 metros, pero si sigue la dirección que lleva se va a acercar a nosotros.

No nos ha visto, no nos ha olido... pero seguro que ya sabe que estamos ahí. Sigue bajando; nos movemos muy despacio sólo cuando él lo hace. Eksteen está preparado para ponerme el trípode en cualquier momento. Un poco más a la izquierda. Lo veo, 40 metros. Los arbustos casi lo cubren, y durante un segundo (quizás menos) no tengo más remedio que fijarme en sus cuernos ¡Enormes!. Gerhardo ya me ha susurrado SÍ; tengo que tirar ya, y en ese momento el otro sudafricano me coloca los palos por delante.

Todo se produce en un instante: el búfalo se para. Lo hemos visto, pero también él nos ha visto a nosotros y ya se gira para correr. Pero cuando apoyo el rifle me encuentro con que casi no puedo apuntar, el trípode está altísimo. Eksteen no se ha dado cuenta (ni yo tampoco) de que hay un leve talud en el suelo, lo suficiente para crearme todo un problema.

Así que, después de todo lo comentado hasta ahora, ya supondrán que no era lo más recomendable hacer ese tiro. No puedo precisar bien el impacto de esa primera bala semiblindada, con un enorme bicho a la carrera, apenas mostrándome su culo semioculto por la maleza, ya a unos 80 metros. Muy incómodo por la forzada postura a la que me obligaba el trípode, que en el vídeo que grababa Diana desde detrás de mi se puede ver media cantonera del Sako por encima de mi hombro. En fin, que no era ocasión para tirar... pero tiré, y hasta Gerhardo me dobló el tiro.

Ya supondrán el cabreo que me inundó instantes después, y no con el pobre Eksteen, que no sabía ni qué decir tras la faena del trípode, sino fundamentalmente conmigo mismo.

¡Está tocado! me dijo Gerhardo. Ya lo sé, he visto perfectamente como levantaba la grupa acusando el impacto. Pero esto no es así. Y me puse a recordar que debería haberle tirado con toda precisión, que tendría que haberme esperado; vaya, que casi me estaba echando yo la bronca para no tener que escucharla de él.

Bueno, pues a lo hecho, pecho. Ahora toca eso que todos los expertos en caza consideran de todo menos recomendable: seguir un búfalo herido (sin además tener ni idea de cuánto lo está), por un terreno entre espeso y súper espeso, que desde luego no va a poner las cosa fáciles. No tengo ya espacio en estas páginas para relatarles cuantas veces las ramas, los arbustos, las sombras parecían cuernos, orejas, ojos... narices dilatadas amenazando una carga inmediata. Apenas vemos sangre, y si yo estoy cabreado ya se imaginarán cómo debería estarlo el búfalo. Estamos siguiendo sus huellas, y si antes de los tiros nos movíamos con sigilo, les puedo asegurar que ahora nuestra atención implica 360 grados.

Pese a lo arenoso del terreno se confirma que apoya mal una pezuña, seguramente por al menos alguna de las dos balas que le lanzamos. Y ese mal apoyo se convirtió en un surco, pues tras cada unos cuantos pasos dejaba al arrastrar la pata.

Por fin, tras casi una hora de rastreo bastante emocionante, Gerhardo me señala "algo" a nuestra izquierda, y la mancha negra que surge de unos enormes arbustos toma rápidamente la forma del gran toro; está prácticamente de costado, a unos 40 metros, mirándonos sin aún detenerse. Ya supondrán que nadie se planteó recurrir al trípode, ni falta que hacía a esa distancia, con lo que me eché el Sako a la cara le puse la cruz del visor un pelo por delante del hombro y sonó el disparo.

El búfalo ha girado, lo vemos alejarse entre la maleza, pero seguro que va muy tocado y unos metros más allá cae entre una nube de polvo que él mismo ha provocado.

Como es casi obligatorio le dejamos unos minutos, que de otra forma podríamos provocar que se levantara pese a lo muy herido que pudiera estar. Lo han hecho muchas veces ante quienes se han precipitado. Lo mismo que es también más que recomendable hacer otro disparo de seguridad antes de acercarse definitivamente hasta el animal.

Ya junto a él la situación es fundamentalmente de sorpresa por el tamaño del trofeo. La envergadura de la cuerna es de 40 pulgadas (se considera un buen trofeo desde 38), pero lo que resulta de verdad espectacular es el espesor de su boss (como se llama la zona central de la que emergen los cuernos, pues tiene nada menos que 18 pulgadas; es sencillamente enorme.

Al comprobar los impactos, confirmamos que un tiro del .416 le había entrado por la nalga derecha, afectando muy seriamente el hueso principal y el estado del proyectil es bastante elocuente, como pueden ver en una de las fotos. El segundo tiro que le disparé debió contar con todas las ayudas por parte de San Huberto (patrón de los cazadores) o de la mismísima Diosa Diana, porque la bala lo alcanzó en el mismo centro del hombro, esa zona que el veterinario y cazador Robertson llama el triángulo vital al situarse tras él los pulmones y el corazón. Aún así anduvo otros 40 metros tras el impacto. Esta fue una bala blindada que evidentemente no pudimos recuperar, como tampoco la otra del mismo tipo que le disparé por seguridad cuando ya estaba abatido e inerme.

Es un animal adulto, no anciano, pero ya con su vida reproductiva prácticamente acabada. El momento ideal para que los criadores sudafricanos lo vendan como trofeo –que repito es espectacular– y también aprovechen los varios cientos de kilos de carne que se obtendrán de su canal.

Reconozco que las cosas no salieron como yo había supuesto, pero ya dijimos que en esta tierra los guiones muchas veces nos se ajustan a la realidad. No hubo carga (y lo lógico sería decir ¡Gracias a Dios!), pero fue emocionante y les aseguro que toda una experiencia. Aunque todos estábamos muy lejos de suponer la que al día siguiente, y no a muchos kilómetros de donde se había producido la mía, Javier, su hermano y los dos profesionales que les acompañaban iban a disfrutar de un lance de caza verdaderamente inolvidable. Cuando lean nuestro próximo número seguro que me darán la razón.

Luis Pérez de León

Este artículo pertenece a la serie :

Safari en África, el mejor banco de pruebas (I)

Safari en África, el mejor banco de pruebas (II)

Safari en África, el mejor banco de pruebas (y III)

 

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