¿Y cómo mueren los elefantes? (Una reflexión sobre la muerte)

Tenemos un temor instintivo a la muerte, y lo tenemos porque es imprescindible para garantizar la supervivencia, de nosotros mismos en primer término y de nuestra especie en segundo. Por supuesto más tememos a la nuestra que a la de nuestros semejantes, a no ser que sean muy allegados.

José Miguel Montoya Oliver | 24/04/2012

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Luego la vemos reflejada en la muerte de los demás seres vivos, pero siempre desde el privilegiado nivel que disfrutamos en la escala zoológica. La muerte de los animales mamíferos como nosotros, nos marca más que la de las aves, o los peces, no digamos que ya la muerte de los vegetales, o la de los hongos o las bacterias. En particular, aquellos mamíferos que consiguen colarse en nuestra vida a través del televisor, Bambi y Yumbo, los venados y los elefantes ¡y hasta los mismísimos leones! llegan a despertarnos la máxima proximidad desde esa humanización que asumimos de forma subconsciente (después de todo, casi cada tarde toman café con nosotros).

El manejo racional de los ecosistemas no debe orientarse a la administración de la vida, sino justo al revés, a la conducción de la muerte

Sin embargo, cuando uno viste el uniforme legionario y se transforma en novio de la muerte (que tampoco en suicida); como cuando uno viste casulla y estudiando y reflexionando sobre el origen y el fin último de la vida, se arroja feliz en los brazos de la muerte; como cuando fría y simplemente piensa en términos de ecología, siempre se llega a una misma conclusión: la muerte no es final. Es una puerta abierta a la gloria, al paraíso, o a la supervivencia. Véala cada uno como quiera.

En el caso de la ecología, la muerte es el origen último de la evolución de las especies y de la sucesión de los ecosistemas: el motor de la vida. Todo debe morir para que la vida siga. Más aún: el verdadero descubrimiento en el proceso creativo-evolutivo de los ecosistemas y de los seres vivos de hoy (la gallina y el huevo), el origen último no fue la vida sino la muerte. La vida de los primeros seres no hubiera podido evolucionar, y nada sería hoy como es, si no se hubiera inventado la muerte. Porque es la clave de la vida, siempre he afirmado que la muerte es la clave de los ecosistemas. El manejo racional de los ecosistemas no debe orientarse a la administración de la vida, sino justo al revés, a la conducción de la muerte. Cierto, a casi nadie le gusta escuchar esto que digo; porque para entenderlo, antes hay que haber perdido el miedo: legionarios, curas, ecólogos, cazadores, pescadores, toreros… Al menos llegamos a entenderlo ¿Y otros? No, otros no. Sin embargo está claro: porque la muerte es felizmente inevitable, no cabe ante la misma el miedo, sino la resignación. Curioso: forma parte de la vida el instante mismo de la muerte.

¿Cómo muere un elefante, un hombre, un pájaro, un pez, una hierba, un árbol?… Desde una perspectiva ecológica, todo en la Naturaleza muere de manera tan similar que me atrevo a afirmar que todo muere de manera idéntica; porque el proceso intermedio seguido nos diferencia, pero la muerte final nos iguala. Piense cada uno en su propia muerte (y si quiere toque madera...); pero verá: la Parca siempre sigue un mismo modelo. El que sigue:

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Cómo se muere

Se puede morir de manera brusca o lenta, cada ser vivo tendrá su propia muerte, porque la muerte es un acto individual. Podremos estudiar, desde la perspectiva forense, la muerte particular de cada ser vivo; pero desde la perspectiva ecológica los seres vivos sólo mueren por la presencia de cuatro tipos de factores, a mayor o menor intensidad y convergencia entre ellos:

  • Factores de predisposición. Que predisponen a morir. Determinan quiénes morirán.
  • Factores detonadores. Azares que agrupan las mortalidades. Determinan cómo morirán.
  • Factores catalizadores. Que multiplican el riesgo de morir en determinadas circunstancias. Determinan el dónde y el cuándo de las muertes.
  • Factores ejecutores. Los agentes bióticos o abióticos que finalmente causan la muerte de los seres vivos. Serán quienes los maten, pero normalmente en colaboración con alguno o algunos de los demás factores.

Cuando de factores ejecutores hablamos, los médicos combaten ardorosamente con ellos, a la vez que tratan de controlar mediante la medicina preventiva a los factores detonadores y catalizadores (desencadenantes ambos). Por su parte los veterinarios actúan sobre los mismos en distinta medida, pues plantean cuestiones de economía (el valor de los animales) que no es razonable aplicar a los seres humanos. Cuando de controlar los agentes ejecutores bióticos en el medio natural se trata, los forestales sabemos que suele resultar extremadamente difícil la actuación en condiciones de costes y eficacia razonables. Curar a los animales silvestres o las plantas de los bosques, es complejo, caro, y casi siempre ineficaz, pues basta con curar una enfermedad, para que otra distinta inicie su actividad.

Control de los factores de predisposición. Caza preventiva

Cuando de animales y plantas en el medio natural hablamos, sometidos por tanto a los rigores de los ecosistemas, tan sólo por excepción puede actuarse sobre los factores detonadores y catalizadores. Prácticamente imposible resulta en lo técnico y en lo económico tratar los agentes ejecutores, porque son muchos y encadenados. Normalmente sólo la actuación sobre los factores de predisposición es posible, y toda actuación sobre ellos se basa en la muerte de algunos seres vivos en beneficio de otros: la muerte es la clave de los ecosistemas. Veamos los factores de predisposición y las posibles intervenciones:

  • Inadecuación de edad: exceso o defecto → control de senescentes e inmaduros. En caza: caza de reviejos y de crías defectuosas y procedentes de nacimientos atípicos.
  • Inadecuación genética: heredada o sobrevenida → repoblación, selección individual, mejora genética. En caza: renuevo de sangres, caza selectiva, eliminación de defectuosos.
  • Competencia interespecífica natural: sucesión → mejora de la composición específica. En caza: elección de especies, control de competencia inter-específica.
  • Factores individuales: subordinación, inmadurez, conducta → selección y liberación individual. En caza: control de comportamientos atípicos.
  • Inadecuación de densidad-espesura: exceso o defecto → control de la densidad o espesura. En caza: eliminación de los excesos poblacionales, por reducción del número de individuos hasta cuantías acordes con la capacidad de carga ideal del ecosistema.
  • Daños previos: recientes y pretéritos → gestión adecuada y defensa del recurso. En caza: eliminación de enfermos y heridos.

Todavía, y ante este amplio catálogo de razones y herramientas, habrá quien siga en sus trece y pretenda seguir sin hacer nada o oponiéndose a la caza, tal vez argumentando trasnochados razonamientos presuntamente ecológicos.

¿Para qué intervenir?

  • Para evitar daños mayores en los ecosistemas. Basta ver cómo están los bosques y manchas donde no se caza lo bastante, o los mismos bosques de los elefantes en los presuntos Parques nacionales africanos. El objeto de un manejo racional y sostenible es siempre el ecosistema y no tanto los individuos.
  • Para reducir el número de muertes y la cantidad de sufrimiento en el medio natural. Porque todo lo que nace muere, más animales nacidos son más muertes, y las muertes en el medio natural son muertes terribles. El sufrimiento en la Naturaleza se reduce con la caza, una cuestión que no puede ser discutida, porque puede demostrarse matemáticamente.

La muerte en el medio natural

¿Y si no lo hacemos? Lo que no cace el hombre lo cazará el campo. Las hambrunas y los agentes bióticos y abióticos, se encargarán de reponer el orden natural debido, causando muchas más muertes, y matando a los animales de formas muchas veces horrendas. Es curioso, espantoso incluso, pero el ecosistema no ha evolucionado previendo paliativo alguno para el sufrimiento del que va a morir; porque de los que mueren nunca nacen nuevas generaciones. Ninguna función vital realiza en la Naturaleza el sufrimiento atroz del moribundo, por lo que ésta, altiva y distante, se ha despreocupado de él. Para el elefante es realmente una suerte que le dispare el cazador. Para el ecosistema es imprescindible.

¿Que cómo mueren los elefantes? Faltos por su enorme talla de predadores suficientemente eficaces, o mueren por enfermedad horrible, o bien por hambre directa tras agotarse sus molares con la edad; de forma terrible en ambos casos. La mala suerte por tanto fue la del elefante que se quedó sin cazar, y la que sufrirá el monte en el que quedó. Crueldad la de los que quieren ver más y más elefantes, destruyendo el medio ambiente y padeciendo muertes terribles. ¡Hay que tener mala leche!

José Miguel Montoya Oliver

 

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