El perro de sangre: «Trastos» de apoyo

Hay cosas que no parecen, en un principio, necesarias a la hora de realizar una actividad cinegética. Seguramente, no son necesarias para portarlas habitualmente y, de un modo tajante, podríamos pasar sin ellas. Pero, de la misma forma se podría decir que, cuando disponemos de ellas, no solamente las empleamos, sino que nos resultan de una gran utilidad.

Juan Pedro Juárez | 07/11/2011

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Una porción importante de las ocasiones en las que pisteamos transcurren en la temporada general de caza; es decir, invierno. Ergo, la luz acaba yéndose antes de que podamos concluir el rastro, por lo que, aunque sea para poder volver al coche, hay que llevar una linterna. Personalmente, creo que es imprescindible, porque a determinadas horas la escasez de luz puede hacernos confundir algunas manchas naturales con gotas de sangre. Algunos líquenes y hojas de arbustos rastreros presentan coloraciones que, con poco sol y en invierno, son difíciles de distinguir a simple vista.

Una correa de repuesto es otro de esos talabartes que se echan de menos cuando la que llevamos habitualmente se mancha de barro o de sangre. En el primero de los casos nos puede resultar desagradable a nosotros; en el segundo, puede incluso llegar a despistar al perro. Las correas de algodón se llenan de pinchos en el verano, por lo que acaban resultando más como estorbo que como ayuda.

El agua es otro de los trastos que podemos llevar encima. El agua relaja al perro, le crea cierta dependencia con nosotros y le ayuda a humedecer su nariz. Eso que habitualmente vemos en las películas, cuando el experto frota la nariz del perro con un paño húmedo, no sirve de mucho, porque lo que ha de estar húmedo es el interior de la nariz del animal y eso se consigue hidratando al perro y no sólo a su nariz.

El silbato, para todos aquellos que no sabemos hacerlo, es un cacharrito que, en caso de que soltemos al perro o se nos escape, nos puede sorprender lo útil que es. Mi Currito late de parada cuando llega suelto a la res y, hay veces, si está cansado, que solamente late cuando oye el silbato.

Balizas

En el campo, al discurrir el paso del sol, las sombras se alargan o se acortan, y lo que hace unos minutos parecía una gatera clara, ahora puede parecer otra cosa. Resumiendo, los puntos de referencia en el campo se pierden fácilmente. No hablamos de puntos de referencia tales como riscos, árboles o arroyos, sino que estamos hablando de una jara determinada, de un tomillo o de un pequeño hinojo, muy fáciles de perder sobre todo cuando vamos detrás de un perro que sí sabe lo que hace. A veces, a pesar de que sabe lo que hace, un tirón de la correa mal dado, un tropezón o un rastro fresco que se cruza, hace que el perro se equivoque. Entonces, para estar seguros de que nuestro amigo retoma el rastro adecuado, es necesario que nosotros seamos los que tenemos las referencias marcadas para poder saber si el perro se equivoca y, en su caso, orientarle hacia el rastro adecuado.

Evidentemente, todos prensamos que resulta muy difícil que nos despistemos, ya que somos 'orzoweys' de pura sangre, pero la cantidad de casquillos, balas, navajas y prismáticos perdidos al cabo del año en el campo, nos demuestran lo contrario. Por eso, aunque no sea imprescindible, algo para marcar referencias físicas y no naturales será muy útil a la hora de pistear en lugares de monte cerrado.

Banderolas, cintas, tiza o pegatinas nos vendrán de perrilla a la hora de marcar la última sangre en la que hemos reparado y que es claramente identificable. Las banderolas (pequeñitas) son las más eficaces en bosque, aunque un poco engorrosas de transportar y de colocar. Las pegatinas blancas que se utilizan para marcar las dianas de tiro al blanco son algo pequeñas, pero muy prácticas; además, no hay que preocuparse de quitarlas, ya que se deshacen con el agua. Si nos comprometemos a retirarlas, lo más práctico son las bolsas de plástico que, hechas jirones, son de rápida ubicación, de color llamativo y pueden llevarse en cualquier lado. Las tizas en zona de roca y en bosque también son muy útiles y limpias.

Recordemos que las balizas han de ser pequeñas, vistosas y que no dejen el campo hecho un basurero. Conocí un guarda que marcaba con spray de pintura, pero, por muy sutil que pretendiera ser, se podían seguir sus itinerarios varios meses después.

Apoyo al aprendizaje

Como ya hemos dicho en ocasiones anteriores, hay tantas formas de enseñar a un perro al rastro como dueños de ellos hay. Por ello, les enumeraremos una serie de útiles de apoyo en el aprendizaje que, aunque no sean la panacea, al menos sí son curiosos.

Sangre

En los primeros pasos del perro hacia ser un maestro del rastro de sangre, podemos hacerle pequeños rastros con sangre de jabalí, venado e incluso cerdo. No hay que ser médico ni veterinario para meter una botellita de agua en el cárcavo de una res y sacar algo de sangre, a la que se añadirá sal y se congelará para posteriores jornadas de juegos.

Pezuñas

Para comenzar el entrenamiento del perro a detectar la herida en tierra, se pueden (de hecho, se hace) utilizar pezuñas de animales muertos, sujetas a palos. No hace falta dejar olor, pero sí abrir la tierra, por lo que se pueden congelar o secar, pero bajo ningún concepto se deben usar pezuñas disecadas, ya que huelen a pegamento y a productos de taxidermia. Si no se dispone de pezuñas, con un bastón con contera clavado adecuadamente se puede conseguir un efecto similar a lo de la pezuña.

Esponja

Por último, si se pretende dejar rastros de sangre en los lugares deseados lo haremos con una pequeña esponja adherida a un bastón: se empapa la esponja y con ella se va impregnando el terreno en el emplazamiento deseado. Es una alternativa a esparcir la sangre directamente de la botella, más selectivo y más sutil.

Existen otros artilugios como, por ejemplo, unas raquetas que se ponen en los pies y en las que van insertadas las pezuñas para hacer la herida en tierra. Pero eso ya es harina de otro costal…

Juan Pedro Juárez

 

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