El perro de sangre: talabartes

Trastos, cachivaches, achiperres o, simplemente, útiles. Para iniciar, entrenar y trabajar con un perro de rastro de sangre hacen falta una serie de elementos físicos que, aún sin ser imprescindibles, nos facilitarán mucho las cosas a la hora de pistear. No los echaremos de menos hasta el crítico momento en que nos hagan verdadera falta y en ese instante nos daremos cuenta de que es una bobada el prescindir de ellos.

Juan Pedro Juárez | 10/10/2011

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Como dirían algunos de los que conozco: «con una pita se llega al fin del mundo». También con una escopeta de perrillos, pero la mayoría usamos rifle y visor para ir a la caza mayor. No son imprescindibles, pero sí altamente prácticos. No ocupan tanto espacio como cabría suponer y se podrían diferenciar en tres grupos. Los primeros son de obligado uso; los segundos, de apoyo en las labores de seguimiento y los terceros se podrían encuadrar en el marco del entrenamiento o preparación.

Trastos de obligado uso

Entre ellos, cómo no, están el collar o arnés, la correa y el cascabel o cencerrilla. Existen de diversos tipos, como vamos a ver. Varios de ellos tienen origen europeo, que es la zona donde más tradición de rastro de sangre existe, al menos en apariencia. Y digo en apariencia porque allí donde se cazan animales se ha de pistear, por lo que aquí, no lo obviemos, también se hace, y quizá en un medio más complicado, pero a otro son, a otro ritmo y desde otras expectativas, por lo que intentaremos adaptar aquella tradición a estos terrenos.

Collares y arneses

Existen teorías y experiencias divergentes entre el uso de una u otra cosa. Hay quien piensa que el arnés hace menos daño al perro o que se sujeta mejor… De todos modos, son apreciaciones personales y, por lo tanto, sujetas a subjetividad, como del mismo modo aquí se van a exponer mis experiencias subjetivas también.


Las modernas técnicas nos han brindado el poliéster para las traíllas, que resulta barato, fácil de conseguir y de muy buen uso.

Así, considero que el arnés se debe usar en perros pequeños y el collar en los de más talla. Un collar ancho no hace daño a un perro, pero le controla más. Por el contrario, con el arnés, el perro va sujeto de un modo muy cómodo para él, en el que puede apoyarse. Sobre ese apoyo, como dicta la física y la lógica, el can puede ejercer mucha más fuerza sobre la correa, lo que puede derivar en una lucha de potencia entre perro y brazo humano, algo que no lleva a ningún resultado. Con un collar el perro grande se controla al notar la presión sobre el cuello, lo que hace más cómoda su conducción y, sobre todo, su corrección en caso de ser necesaria. Los collares, como hemos dicho, han de ser anchos para no dañar a los perros; en caso de haber demasiada vegetación, y para evitar los enganchones, se puede cambiar por otro más fino, pero ha de dejarse más holgado para que repose y ejerza la fuerza en la parte más retrasada del cuello y más alejada de la tráquea.

Con los perros de pequeño tamaño, en cambio, un arnés lo que hace es controlar el cuerpo entero del animal, traduciéndose en una guía más cómoda para ambos. Además, como la mayoría de las razas pequeñas que se usan para el rastro son alargadas, al ejercer el guía fuerza sobre la correa, el tirón del collar puede producir esguinces en las vértebras de la espalda. Aunque no se llegue a estos extremos, el dolor continuo que se le puede infringir puede hacer que el perrillo desista en el rastro.

Correas

Ya hemos comentado que con una pita bastaría, pero no nos resistimos a la comodidad de un tacto algo más agradable y, por qué no, algo más vistoso. Se conocen varios tipos de correas, cada una con sus ventajas y sus inconvenientes. En un principio se utilizaron las cuerdas de cáñamo, por lo común del material y por su bajo coste, y porque, además, se podían fabricar en un tamaño suficientemente largo como para utilizarlas en el rastro. Para entender esto hay que pensar en Centroeuropa donde, en condiciones normales, la caza se desarrolla en bosques y planicies no demasiado enmarañadas y las longitudes de las correas usadas han sido siempre muy largas, utilizándolas según las necesidades del terreno y el grado de fijeza del perro en el rastro.


Para los perros grandes son preferibles los collares anchos. Con ellos no nos arrastrarán y no los lastimaremos.

Cuando las nuevas técnicas llegaron y teniendo en cuenta que Europa era por entonces dueña de África, con la posibilidad de la masiva importación de cuero de búfalo y de otras especies, se pudieron fabricar correas de cuero larguísimas, sin nudos, costuras ni remaches y abaratándose los costes del material. Con esto tenemos unas correas largas, duraderas y de poco peso. Más recientemente, las modernas fibras han revolucionado el tema, como las cuerdas de poliéster, tanto planas como redondas. La más usada en España es la redonda de las que se emplean en la escalada, algunos franceses utilizan las planas y los centroeuropeos siguen siendo bastante fieles al cuero. Sigue siendo cuestión de gustos y de sentido práctico, pero, ¿cómo han de ser las correas?

Las correas planas son muy ligeras, lavables y resistentes a todo lo que no sean zarzas. En este tipo de vegetación, llegado cierto tiempo de uso, se acaban deshilachando y se forma una pelusa que se engancha con todo. Por el contrario, son fáciles de arreglar y de empalmar, el calor las derrite y se pueden quitar las pelusas; además, se pueden coser con facilidad y garantía para perros no muy fuertes. En su contra tienen que se retuercen mucho, a pesar de los quitavueltas y yo, personalmente, las uso poco porque voy más pendiente de las vueltas de la cinta que del rastro (manías…) Las de poliéster redondas presentan las mismas buenas cualidades que las planas, salvo que se ensamblan difícilmente.


Si no se dispone de arnés, los collares han de ser finos y holgados para que reposen en los hombros y no en la garganta del perro.

Las correas de cuero son más resistentes al roce y al desgaste. Bien cuidadas son eternas y si están bien hechas son de un agradable tacto. Las más apropiadas son redondas, de piel de búfalo, porque el grosor de su piel permite sacar cordones de una sección de cuatro milímetros y pueden tener más de diez metros de largo sin empalmes.

Por último, algo fundamental en las correas de rastro es que no deben tener nudos ni lazos ni nada que se pueda enganchar en la vegetación en caso de que el perro se nos escape: no han de ser como las correas de paseo en las que hay una parte donde podemos introducir la mano.

Juan Pedro Juárez

 

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