El polimórfico trofeo del macho montés

Una misma especie y, según autores, cuatro o cinco ecotipos en atención a la forma de sus cuernos y en aras de incrementar el potencial cinegético de España entre los cazadores coleccionistas de medio mundo.

Antonio Díaz de los Reyes | 26/09/2011

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El cuerno del macho montés, a diferencia de la cuerna de los cérvidos, es una estructura perenne que recubre a modo de funda o estuche al hueso óseo. Aparece tanto en los machos como en las hembras aunque mucho más grande en los primeros, que pueden llegar a alcanzar hasta un metro de longitud y que también tienen un carácter sexual secundario. En las hembras los valores medios se mueven entre 20-30 centímetros. Esta estructura cornual es la principal característica que identifica la peculiaridad de esta especie.

En los machos, además del mayor tamaño mencionado, éstos crecen en forma de espiral con una curvatura hacia atrás y marcados por una pronunciada quilla que empieza en la cara interna de la base. La forma de estos puede variar de diseño —aunque siempre con el mismo patrón— lo que ha llevado a la descripción errónea de distintas subespecies.

En el Departamento de Arqueología de la Universidad de Salamanca se puede ver una fantástica colección de dibujos y esquemas de arte prehistórico y en ellos, según Losa(1) «se observa una diversidad de forma de los cuernos que descalifica totalmente la teoría de las subespecies basada en una falsa homogeneidad de sus cuernos».

Más que de subespecies —asunto completamente obsoleto—, a estas alturas sería más correcta la definición (De la Cerda y De la Peña, 1971a) de cuatro fenotipos de los mismos: de forma acarnerada, en forma de alfanje o tipo íbice, de lira tradicional y de lira muy abierta, tipo avión.

Personalmente yo agregaría un quinto prototipo al contemplar la típica de Sierra Nevada, que forma una lira con más curvatura en el primer tramo o menos verticalidad en su curvatura como se puede apreciar en las distintas fotografías. Aunque se ha querido asociar cada tipo de cuerno a una zona determinada de los montes españoles, esto es totalmente incierto pues cualquiera de los ejemplos lo podemos encontrar en cualquier punto de la geografía, como ya se ha dicho, y dentro de cada población hay variación individual de la morfología de los mismos (Granados et al., 2001).

Yebes opinaba respecto al trazado o forma de los cuernos que era «imposible establecer una diferencia entre los ejemplares de unas regiones y otras pues solo con ejemplares de Gredos se podría establecer toda la gama de formas posibles».

No me gustaría dar la sensación de estar poniendo constantemente en tela de juicio el valor descriptivo de las variedades establecidas por Cabrera en contra de la opinión de Yebes —y de otras más actuales— pero es muy probable que el científico hiciera esta clasificación en base a unos pocos ejemplares, mientras que las observaciones del conocido cazador habrán sido, sin ninguna duda, infinitamente más numerosas. Tampoco debemos olvidar que median casi 40 años de diferencia entre las observaciones de uno y otro. Más de 60 años después, el mundo de la ciencia está de acuerdo con la opinión del cazador-observador.

En este punto parecen estar de acuerdo muchos autores pues se puede ver que dentro de cada población hay variación individual de la morfología de los trofeos (De la Peña, 1978) (Ergländer, 1986) (Fandos, 1995) (Granados et al., 1997) (Wyrwoll, 1999) y (Granados et al., 2001). Tal vez el más asociado a una región determinada y más difícil de encontrar en otras sea el trofeo tipo alfanje tan propio de los machos de la Serranía de Ronda.

La mayor o menor separación entre ambos cuernos y el número y situación de los puntos de inflexión, determinan la forma final y la calidad del trofeo, jugando un papel importante en su tamaño definitivo, aparte de la alimentación y la demografía antes mencionadas, los factores hereditarios (Coltman et al., 2002) y ambientales (Fandos, 1995), así como las condiciones físicas del individuo.

Desarrollo de la cuerna

El cuerno —como ya se ha dicho— es una estructura epidérmica queratinizada y hueca que recubre el núcleo óseo cornual (Fandos, 1991). Este va formándose a partir de una estructura de origen dérmico que va fusionándose al hueso frontal. Su crecimiento se va produciendo por la añadidura de sucesivas capas de tejido queratinizado que se desarrolla a partir del botón inicial del cuerno. La progresión anual se manifiesta en forma de anillos o medrones.

Al principio comienza el crecimiento epidérmico de la funda externa o vaina del hueso frontal, posteriormente se produce la expansión del hueso frontal dentro del estuche mencionado creándose una sutura o acoplamiento entre el botón inicial y el cráneo, produciéndose al mismo tiempo un crecimiento de la base ósea dentro del estuche corneo (Fowler, 1993).

El crecimiento de los cuernos, aunque se ralentiza al final de su vida, no se interrumpe hasta la muerte del animal (Jiménez, 1993), siendo este desarrollo indicativo de las características de la población y de la calidad de su hábitat (Cote et al., 1998).

De la misma manera opinan otros autores (Almendral, 1979) cuando dicen que el crecimiento del cuerno refleja el índice de población y las condiciones bióticas del medio, o bien (Jiménez, 1993) que la señal de interrupción del crecimiento anual nos expresa muy a las claras en qué tipo de año creció cada medrón, pudiéndose encontrar un paralelismo entre el crecimiento anual y las condiciones medio ambientales del año.

Por lo tanto, no es de extrañar que las anomalías morfométricas en los cuernos de los ungulados estén íntimamente relacionadas con las condiciones físicas de los individuos y los parámetros demográficos (Moller et al., 1996).

Las afirmaciones iniciales de Cabrera vuelven a estar en desacuerdo con un planteamiento que actualmente no admite discusión y es en lo referente al crecimiento anual marcado por los medrones. Este autor califica este hecho de creencia popular muy extendida entre los montañeses y lo compara con «esa afirmación tan corriente entre el vulgo de que los venados tienen necesariamente en sus cuernas un candil por cada año de vida» (2).

La calidad de la cuerna de los machos —tanto en longitud como en grosor— se asocia con la motilidad del esperma (Santiago-Moreno et al., 2007) y las tasas de crecimiento de los mismos parece que se correlacionan negativamente con los niveles estacionales de testosterona en plasma, deteniéndose, al parecer, su evolución durante el periodo de celo (Toledano-Díaz et al., 2007).

En referencia al macho montés en la zona de Gredos (Álvarez de Toledo, 1975), los medrones aumentan una media de ocho centímetros por año hasta alcanzar los 10 de vida del animal para bajar de forma drástica a un centímetro de crecimiento anual al alcanzar dicha edad.

Los cuernos de los chivos macho tienen mayor diámetro en sus bases, y sus extremos o puntas apuntan hacia fuera superando la altura de las orejas cuando alcanzan los seis meses de vida. Contrariamente los chivos hembra son más finos y con menor diámetro de bases y sus puntas tienen tendencia a hacer un giro hacia dentro, no superando a los seis meses la altura de las orejas (Losa, 1989).

Distintas localizaciones

Diferentes autores han tratado sobre los cuernos del macho montés en distintas localizaciones geográficas. En la Sierra de Gredos (Álvarez, 1975) existen dos poblaciones, una en la vertiente norte y otra que se asienta en la cara sur de la sierra. Los primeros, realizan movimientos migratorios exclusivamente en esa vertiente, ascendiendo o bajando en funciones estacionales y meteorológicas, por el contrario la población meridional, en época estival realiza movimientos migratorios hacia la zona septentrional o vertiente norte. En relación con esta división poblacional, este autor asegura que los monteses de la cara norte tienen los cuernos más gruesos con valores medios de 25 centímetros de base contra la media de los de la vertiente sur. que tienen 23 centímetros de perímetro basal.

En la Sierra de Cazorla y con ejemplares con trofeos en forma de lira, se ha comprobado (De la Cerda, 1975) que se sitúa la edad máxima de los machos alrededor de los 16 años alcanzando los máximos crecimientos de medrones entre los seis y los ocho años, para ir disminuyendo las dimensiones de estos hasta hacerse casi imperceptible en los últimos años de vida. En Sierra Nevada y zonas adyacentes, los machos muestran caracteres diferenciadores en sus cuernos (Contreras, 1975) al ser estos, tipo los de Gredos pero con la lira menos marcada, gruesa, larga y arqueada hacia atrás, existiendo ejemplares con tendencia a acarnerarse hasta el punto de que las puntas casi les llegan a la nuca, denominando en la zona a estos machos como cornigachos (Salas, 2005). Esta tendencia, según su autor, es más fácil encontrarla en las sierras costeras que en el macizo central.

Esta diferencia tan acentuada en la forma de los trofeos hizo que, mientras hasta la década de los 70 el Safari Club International (SCI) medía y homologaba en general el trofeo de macho montés como un solo fenotipo y para todo el territorio de su distribución, Ricardo Medem, a principios de la década de los ochenta y sin entrar en polémicas científicas, recopiló una amplia información gráfica sobre los cuatro tipos diferentes de trofeos de macho y consiguió que el Comité del Libro de Récords del SCI aprobara las cuatro categorías siguientes:

Spanish Gredos Ibex para los ejemplares de Gredos y Las Batuecas.

Spanish Beceite Ibex para los machos de Tortosa, Maestrazgo y Muela de Cortes.

Spanish Ronda Ibex para los conseguidos en Ronda y Grazalema.

Spanish Southeastern Ibex para los cazados en Sierra Nevada y Tejeda Almijara.

A partir de entonces, se acuñó el término Spanish Ibex Grand Slam para el cazador que consiguiera los cuatro tipos, convirtiéndose desde entonces en un premio con muy alta cotización dentro de los cazadores internacionales.

Aunque el cazador deportivo español no empieza a preocuparse por nuestro macho hasta principios del siglo XX, estando su caza reservada a pastores, lugareños y furtivos, ya que, como hemos dicho, era la carne su único interés, resulta curioso que en la segunda mitad del siglo XIX los cazadores extranjeros ya se interesaban por el trofeo de tan formidable animal. Brehm(3) comentaba: «Tengo en mí poder —me escribe mi hermano— la cuerna de un macho montés viejo que tiene 76 centímetros de longitud por 22 de anchura en la base, a pesar de que solo tiene 11 medrones, no dudo que algunos cuernos medidos según su curvatura puedan alcanzar hasta un metro de longitud». En cualquier caso, lo midieran como lo midieran, sin duda se trataba de un buen ejemplar.

A partir del primer tercio del siglo XX es cuando el cazador deportivo español empieza a preocuparse de este formidable trofeo hasta el punto que como dijo el inolvidable Paco León, «el trofeo del macho montés ha sido el primero de los buscados en España con ansias de medalla».

Antonio Díaz de los Reyes

 

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En el número de enero:

  • Leones de Melopo
  • Entrevista Antonio Reguera
  • ¿Qué pasa en Irán?
  • Ummimmak en el Círculo Ártico

 

 

Notas

(1) José Ramón de Camps Galobart. Conversaciones sobre el Macho Montés. Cabrame 98. Barcelona, 2009.

(2) Ángel Cabrera. Fauna Ibérica. Mamíferos. Museo Nacional de Ciencias Naturales. Madrid, 1914.

(3) Se refiere A. E. Brehm a una carta de su hermano R. Brehm, médico y naturalista, residente en Madrid y muy en contacto con la Sierra de Gredos (N. del A.). Alfonso de Urquijo. Altos vuelos. Aldaba Ediciones. Madrid, 1989.